Adviento, tiempo de la esperanza

Catequesis de
Mons. D. Julián López Martín
Obispo de León

lopezmartinjulian

Real Colegiata-Basílica de San Isidoro, León
Domingo 27 de noviembre de 2016

CATEQUESIS DE ADVIENTO 2016
La esperanza virtud del Adviento

ADVIENTO, TIEMPO DE ESPERANZA

Hoy, domingo I de Adviento, siguiendo el ciclo “A” del Leccionario de la Misa hemos escuchado en la segunda lectura el estimulante fragmento de la Carta a los Romanos de san Pablo: “Comportaos así, reconociendo el momento en que vivís, pues ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada, el día está cerca” (Rom 13,11-12a). Cada mañana, al despertar del sueño, si uno quiere recuperar el vigor para comenzar una nueva jornada, es indispensable despejarse, vencer la pereza, entre otras acciones. Es lo que viene a decirnos también la Iglesia haciendo suya la recomendación del apóstol, referida no al vigor natural sino al vigor del espíritu. La metáfora es muy clara y sugerente. No debemos dejarnos invadir por la inercia del descanso nocturno ni por la falta de estímulos en esa hora temprana en la que poco a poco todo ha empezado a funcionar. San Pablo es categórico: “Dejemos, pues, las obras de las tinieblas y pongámonos las armas de la luz. Andemos como en pleno día” (13,12b-13a).

Estamos comenzando un nuevo año litúrgico. El tiempo de Adviento es como el amanecer de un nuevo día, abierto a la novedad y a la esperanza, al optimismo y a la responsabilidad. Por eso el Adviento es un tiempo de gracia y de alegría, en contraste y como desafío a la brevedad de la luz solar, un tiempo en el que la Iglesia nos invita a levantar la mirada hacia el Señor que viene hacia nosotros gloriosamente, no desde el pasado sino desde el futuro, haciéndonos vislumbrar y gustar ya en la esperanza el triunfo final de la redención humana y el comienzo de los “cielos nuevos y de la tierra nueva” (cf. Ap 21,1).

Pensando en el posible tema para estas catequesis de Adviento, al término de las II Vísperas de estos domingos, me ha parecido oportuno dedicarlas a la virtud teologal de la esperanza, virtud típica y significativa no solo de este tiempo litúrgico sino de toda la existencia cristiana. El año próximo, una vez clausurado el jubileo dedicado a la Misericordia, no tiene, que yo sepa, ninguna connotación especial de carácter general o particular. Por eso creo que nos vendrá bien a todos reflexionar sobre esta virtud básica en la vida cristiana que es la esperanza.

El plan es el siguiente: Hoy, domingo I de Adviento, deseo ofrecer algunas ideas y referencias acerca de este tiempo litúrgico y de su fuerte vinculación con la esperanza. Para los domingos siguientes me centraré exclusivamente en esta virtud, la segunda entre las denominadas virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Comencemos, pues.

1. El Adviento, tiempo particularmente significativo

No sé si ustedes comparten mi apreciación acerca del tiempo de Adviento. Les diré que, para mí, es la parte del año litúrgico que me ha resultado siempre más atractiva y, en cierto modo, más estimulante. No hablo de la importancia objetiva de este tiempo litúrgico, puesto que, prácticamente, todos saben que la cumbre de este sagrado recuerdo del misterio de Cristo en el curso del año es la Pascua, el día y el triduo santo en que se enmarca la celebración anual de los misterios de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Redentor. Me refiero a una especial simpatía hacia el Adviento, nacida en mis años de seminarista, cuando en el Seminario nos explicaban el significado de este tiempo que precede a la Navidad y que se vivía con una particular intensidad, alimentada por unas celebraciones de la palabra de Dios que tenían lugar la víspera de los domingos de Adviento. Las lecturas, proclamadas en castellano -el latín dominaba todavía en la liturgia- iban acompañadas de unos cantos inspirados en los textos litúrgicos, como “Derramad cielos vuestro rocío y que las nubes lluevan al Justo…” (el célebre “Rorate caeli desuper”). Reconozco que el encanto de aquellas celebraciones se nutría también del ambiente de la naturaleza y de la cercana Navidad. Todo contribuía a crear una cierta tensión positiva que nos predisponía de manera óptima para vivir el Adviento.

Hoy este tiempo ha sido enriquecido por la reforma litúrgica postconciliar de una manera exuberante tanto en el Misal como en la Liturgia de las Horas. Las “Normas universales sobre el Año litúrgico y el Calendario” dicen a propósito del Adviento: “El tiempo de Adviento tiene una doble índole: es el tiempo de preparación para las solemnidades de Navidad, en las que se conmemora la primera venida del Hijo de Dios a los hombres, y es a la vez el tiempo en el que, por este recuerdo, se dirigen las mentes hacia la expectación de la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos. Por estas dos razones, el Adviento se nos manifiesta como tiempo de una expectación piadosa y alegre” (NUALC 39).

“Expectación piadosa y alegre”. Estas palabras resumen la teología litúrgica del Adviento. La expectación, actitud que tiene como referentes el interés, la inquietud e incluso la curiosidad, supone mucho más que una simple espera, actitud esta generalmente pasiva aunque no esté exenta de una cierta tensión. La expectación es un modo de esperar particularmente intenso. En relación con el Adviento la expectación está motivada y se apoya en no pocos textos bíblicos y litúrgicos que evocan y actualizan, al ser proclamados o recordados, la memoria de la comunidad cristiana y de los miembros que la integran, sobre todo cuando han recibido una cierta formación espiritual y participan asiduamente en la liturgia de la Iglesia. Me estoy refiriendo a los pasajes bíblicos tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento que evocan las promesas del Señor acerca de su venida, tanto las que ya se han cumplido como las que aún no lo están de manera definitiva.

2. Adviento, recordatorio y súplica intensa de la venida del Señor

En este sentido hay dos pasajes en el Nuevo Testamento que, además de ser reflejo de la actitud expectante de las primeras comunidades cristianas al celebrar la eucaristía, constituyen una verdadera exclamación litúrgica. Me refiero a la célebre expresión aramea Marana-thá: “¡Ven Señor” que aparece en griego al final del Apocalipsis: “’Erjou Kyrie Iesou”: “Ven, Señor Jesús” (Ap 22,20b), y que es transcrita con caracteres griegos en la I Carta a los Corintios no como invocación sino como afirmación: Maran-athá, significando “El Señor viene” (1 Cor 16,22). La invocación aparece también en la Didaché: la “Enseñanza” de los Apóstoles, un documento de los primeros cristianos compuesto hacia la mitad del siglo I. La exclamación es como un grito que nace en el corazón de los cristianos que suspiran, quién sabe si a causa de una persecución, por la venida del Señor. De todos modos la exclamación condensa el significado del Adviento.

La venida del Señor constituye, por tanto, el mensaje fundamental del Adviento. Es el que se percibe ya en la primera antífona de las I vísperas de Adviento: “Anunciad a los pueblos y decidles: ‘Mirad, viene Dios, nuestro Salvador’”. Esta breve frase es muy sugerente: afirma con fuerza que “viene Dios”. El verbo “venir” está en presente, en un presente continuado, es decir, que acontece ahora y por tanto no se refiere tan solo al pasado o al futuro. Estamos, por tanto, ante un verbo que tiene un alcance teológico, es decir, relativo a un atributo de Dios que tiene que ver con su mismo ser eterno: Dios es “el que es, el que era y ha de venir” como se dice en el Libro del Apocalipsis (1,8; cf. 4,8). Por eso decimos también que Dios existe y que permanece en un “eterno presente”, de manera que en él no aparece lo que conocemos como el tiempo sino la eternidad. Este atributo divino nos cuesta entenderlo porque nuestra capacidad de comprensión de la existencia está muy condicionada por nuestra condición mortal. Es cierto que somos conscientes del presente, que recordamos el pasado y que somos capaces de intuir y desear el futuro, pero dentro siempre de las limitaciones de nuestro ser. Desde esa experiencia decimos también que “Dios ha sido siempre” y que “siempre será”.

Sin embargo, como afirma la antífona citada, “Dios viene” y viene hoy, ahora, en nuestro presente, y lo creemos y afirmamos del mismo modo que creemos y afirmamos que “ha venido” y que “vendrá”, es decir, manifestándose en nuestras vidas, en nuestra historia, en la de todos los hombres porque no se ha desentendido de nosotros, sus criaturas. De ahí que ese “venir” suyo significa que se acerca a nosotros, que permanece a nuestro lado y nos acompaña para librarnos del mal, para salvarnos. Es lo que expresan las exclamaciones bíblicas que he citado antes, tanto la que dice: “¡Ven Señor!” como la que asegura: “el Señor viene”. El hoy papa emérito, Benedicto XVI, lo expresaba de este modo en una catequesis:

“Adviento invita a los creyentes a tomar conciencia de esta verdad y a actuar coherentemente. Resuena como un llamamiento provechoso que tiene lugar con el pasar de los días, de las semanas, de los meses: ¡Despierta! ¡Recuerda que Dios viene! ¡No vino ayer, no vendrá mañana, sino hoy, ahora! El único verdadero Dios, el Dios de Abraham, de Isaac y Jacob» no es un Dios que está en el cielo, desinteresándose de nosotros y de nuestra historia, sino que es el Dios-que-viene. Es un Padre que no deja nunca de pensar en nosotros, respetando totalmente nuestra libertad: desea encontrarnos, visitarnos, quiere venir, vivir en medio de nosotros, permanecer en nosotros. Este «venir» se debe a su voluntad de liberarnos del mal y de la muerte, de todo aquello que impide nuestra verdadera felicidad, Dios viene a salvarnos” [1].

La conciencia de la permanente venida del Señor a nuestras vidas hace que el Adviento adquiera unas connotaciones especiales entre las que sobresalen, además de la esperanza como virtud típica de este tiempo, otros valores como la verdad, el amor, la salvación, la libertad, la alegría, la misericordia, el consuelo, etc. He aquí un ejemplo de lo que pide la Iglesia en la plegaria litúrgica durante el Adviento:

Oh Dios, que para librar a la humanidad de la antigua esclavitud del pecado
enviaste a tu Unigénito a este mundo,
concede a los que esperamos con fe el don de tu amor,
alcanzar la recompensa de la libertad verdadera [2].

3. La referencia del Adviento a las tres venidas de Cristo

Estos aspectos de la espiritualidad del Adviento están presentes de manera muy clara a lo largo de las cuatro semanas, más o menos, que comprende la celebración de este tiempo litúrgico. No obstante, como ya he indicado antes, en el transcurso del Adviento se advierten dos acentos en la expectación de la venida de Cristo que se yuxtaponen. El primero hace referencia a la última manifestación de Cristo al final de la historia humana, verdadero punto focal de lo que debe vivirse y hacerse realidad en nuestras vidas. El segundo aspecto, que da fortaleza a esa expectativa, lo constituye el recuerdo de la primera venida en el acontecimiento de la Navidad. De este modo nuestra esperanza en la realidad futura se fortalece gracias al recuerdo de lo que aconteció la primera vez, cuando se cumplieron las promesas relativas a la venida del Mesías anunciado por los profetas.

Ya los Santos Padres de la Iglesia habían llamado la atención sobre ese “venir” de Dios, el que viene continuamente a nosotros pero cuya venida se concentra principalmente en dos momentos de la historia humana o, si preferimos expresarlo así, en las dos principales venidas de Cristo a nosotros: la que tuvo lugar en la encarnación del Verbo de Dios en María y en su nacimiento en Belén, la de su anunciado regreso glorioso al final de la historia humana. Hoy mismo, nos lo recordaba, en la liturgia de las Horas: “Anunciamos la venida de Cristo pero no una sola, sino también la segunda, mucho más magnífica que la anterior… En la primera venida fue envuelto en pañales en el pesebre; en la segunda se revestirá de luz como su vestidura. En la primera soportó la Cruz, sin miedo a la ignominia; en la otra vendrá glorificado, escoltado por un ejército de Ángeles. No pensamos pues en la venida pasada; esperamos también la futura” (San Cirilo de Jerusalén, Catequesis 15, 1).

Lo mismo hace la liturgia del Adviento. He aquí la parte central del bellísimo prefacio I de este tiempo litúrgico:

… por Cristo, Señor nuestro.
Quien al venir por vez primera en la humildad de nuestra carne,
realizó el plan de redención trazado desde antiguo
y nos abrió el camino de la salvación eterna;
para que cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria,
revelando así la plenitud de su obra,
podamos recibir los bienes prometidos
que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar.

El prefacio menciona claramente las dos venidas de Cristo, pero insinúa, además, una tercera venida. La primera venida es la venida histórica, la que ya tuvo lugar en Belén: “al venir por vez primera en la humildad de nuestra carne”. La segunda venida es la futura, al final de los tiempos: “cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria”. La tercera se sobreentiende en la alusión a nuestra actitud de “vigilante espera” y a los bienes que “ahora… confiamos alcanzar”. El Adviento aparece así como un momento intenso en el que se acentúa una larga espera que contempla y abarca de algún modo toda la historia de la salvación, condensada en cada celebración litúrgica. Este tiempo litúrgico nos hace vivir, por tanto, entre esos dos polos, el recuerdo de la venida histórica de Jesús en Belén y la expectación de su venida anunciada para el final de los tiempos, pero invitando también a que ahora, lo recibamos en la “vigilante espera” que nos ofrece la liturgia.

El dinamismo esperanzador y estimulante del Adviento se manifiesta en esta manera de conjugar el presente, la venida actual del Señor en la liturgia ante todo, sobre la base del pasado, la primera venida en Belén, y ante la expectación del futuro, la última venida al final de la historia. Por eso es tan importante prestar mucha atención a las lecturas de la liturgia de la Palabra en las misas de Adviento, sobre todo cuando resaltan las promesas mesiánicas. Estas promesas, que se cumplieron ya en el nacimiento de Cristo, son la garantía, además, de que el Señor vendrá de nuevo al final para consumar su obra. Más aún, que viene también a nuestras vidas para renovarnos y transformarnos ahora. Nos lo dice también, esta vez, un doctor de la Iglesia, san Carlos Borromeo: “Ha llegado, amadísimos hermanos, aquel tiempo tan importante y solemne, que, como dice el Espíritu Santo, es tiempo favorable, día de la salvación… La Iglesia celebra cada año el misterio de este amor tan grande hacia nosotros, exhortándonos a tenerlo siempre presente. A la vez nos enseña que la venida de Cristo no sólo aprovechó a los que vivían en el tiempo del Salvador, sino que su eficacia continúa, y aún hoy se nos comunica si queremos recibir, mediante la fe y los sacramentos, la gracia que él nos prometió, y si ordenamos nuestra conducta conforme a sus mandamientos” [3].

Termino con otra oración del Adviento invitando a cada uno a que la haga suya. Nos servirá como punto de partida en la catequesis del próximo domingo y como referencia para empalmar con esta de hoy:

Dios todopoderoso,
concede a tu pueblo esperar vigilante la venida de tu Unigénito,
para que nos apresuremos a salir a su encuentro
con las lámparas encendidas,
como nos enseñó nuestro Salvador [4].


[1] BENEDICTO XVI, Homilía en la celebración de las I Vísperas del domingo I de Adviento (2-XII-2006).

[2] Misal Romano: Colecta del sábado de la I semana de Adviento; cf. col. del miércoles de la II semana; colecta del sábado de la II semana; col. del lunes de la III semana; col. del martes de la III semana; etc.

[3] S. CARLOS BORROMEO, Carta pastoral: Oficio de lectura, lunes I semana de Adviento.

[4] Colecta del viernes de la II Semana de Adviento.

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