Adviento, tiempo para la esperanza

Carta de
Mons. D. Casimiro López Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón

lopezllorentecasimiro

Domingo 27 de noviembre de 2016

Queridos Diocesanos:

Este domingo comienza el tiempo litúrgico de Adviento. Señala el Catecismo de la Iglesia católica que “al celebrar anual­mente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza la es­pera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ar­diente deseo de su segunda Venida”. El Adviento nos habla, pues, de una doble venida de Cristo. Por una parte, recordamos que Jesús nació en Belén y nos preparamos para celebrarlo en la Navidad. Por otra, se nos anuncia que Jesucristo volverá al final de los tiempos para llevar a total cumplimiento su obra de salvación y reconciliación de toda la creación. El Señor volverá y entonces quedará cumplido el tiempo de la historia y la Iglesia entrará en su plenitud.

Pero el Adviento mira también al presente: Cristo Jesus ha resucitado, está entre nosotros y sale constantemente a nuestro encuentro. Uno es cristiano, nos dijo el Papa Benedicto XVI y repite el Papa Francisco, a partir del encuentro con una Persona: Cristo. Ello nos lleva a una transformación y reorientación total de nuestra vida. Ese encuentro con Él ha sido posible porque un día se hizo carne, y porque hoy sigue acercándose al hombre, a través de su Iglesia, en su Palabra, en sus Sacramentos -en especial en la Eucaristía-, en el prójimo y en los acontecimientos de la vida.

Pero, por muy viva que sea nuestra relación con el Señor, la vivimos en la fe. Sin embargo, Él nos ha prometido que se nos manifestará plenamente, y hacia ello hemos de caminar cada día con esperanza. El camino de la esperanza pasa por armonizar nuestros pasos con los de Cristo. El Adviento es el tiempo propicio para profundizar en nuestro deseo y en nuestra esperanza de que se realice en nosotros la redención que Cristo Jesús ya ha cumplido y nos ofrece en su Iglesia. Necesitamos avivar o fortalecer la esperanza, para que se mantenga viva nuestra fe. Como nos dijo san Juan Pablo II, muchas personas están afectadas hoy por un oscurecimiento de la verdadera esperanza. Ésta sólo está en Dios. Y Cristo es nuestra única esperanza.

Muchos hombres y mujeres parecen desorientados, inseguros, sin esperanza. Muchos cristianos están también sumidos en este estado de ánimo. En nuestra sociedad se extiende el miedo a afrontar el futuro, a asumir compromisos duraderos, a adoptar decisiones de por vida, a abrirse al don de la vida.  El vacío interior y la pérdida del sentido de la vida atenazan a muchas personas. En la raíz de la pérdida de la esperanza está el intento de excluir de la vida a Dios y a su Hijo, Jesucristo. 

Sin embargo, el hombre no puede vivir sin esperanza: su vida, sin esperanza, se convertiría en insoportable. Con frecuencia, quien tiene necesidad de esperanza busca poder saciarla con realidades efímeras y frágiles. La esperanza queda así reducida al ámbito intramundano; es una esperanza cerrada a Dios; una esperanza que se contenta con el paraíso prometido aquí en la tierra por la ciencia y la técnica, con la felicidad de tipo hedonista, del disfrute del día a día y del consumismo, o la huida en el sexo, el alcohol o las drogas. Pero, al final, todo esto se demuestra al final ilusorio e incapaz de satisfacer la sed de amor y felicidad infinitos que el corazón del hombre continúa sintiendo dentro de sí. Algo que sólo Dios puede dar.

El Adviento, tiempo de deseo y de espera del Señor, nos exhorta a volver nuestra mirada y nuestro corazón a Dios, a escuchar su Palabra. Adviento nos recuerda que tenemos que estar listos para dejarnos encontrar por el Señor en todo momento de nuestra vida.  Adviento quiere despertarnos a los cristianos ante el riesgo de dormirnos en la vida diaria, de entretenernos en el momento presente y de olvidar que estamos de camino hacia la casa del Padre, hacia la consumación de todo al final de los tiempos.

Pero,  ¿qué esperamos de la vida o a quién esperamos? ¡Dime qué esperas y te diré quién eres! En medio de nuestras oscuridades, de nuestras tristezas y secretos, de nuestras dificultades y enfermedades  abramos los ojos y tomemos conciencia de la presencia de Dios en el mundo y en nuestras vidas. El es la esperanza que no defrauda. Seamos testigos de la esperanza. Es lo mejor que podemos ofrecer a nuestros contemporáneos.

Con mi afecto y bendición,

Casimiro López Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón

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