Fe, amor y esperanza: «Vosotros sois la luz del mundo»

Carta del
Card. D. Carlos Osoro Sierra
Arzobispo de Madrid

Mons. Carlos Osoro Sierra

Domingo 27 de noviembre de 2016

Quiero daros palabras que hagan crecer vuestra fe, amor y esperanza y deseos de asumir el compromiso de ser discípulos de Cristo. Las palabras de Jesús: «Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5, 14), tienen un eco especial en mi vida. Mi corazón y mi cabeza las ha traducido así: que el Evangelio sea el criterio que guíe siempre tus decisiones y el rumbo de tu vida. Solamente así lograrás ser discípulo misionero, evangelizador con la alegría del Evangelio, misionero con la vida, con los gestos y las palabras y, dondequiera que trabajes y vivas, serás signo del amor de Dios y testigo creíble de la presencia amorosa de Cristo. No olvides estas palabras: «No se enciende una lámpara para ponerla debajo del celemín» (Mt 5, 15), pues nos piden un compromiso que sintetizo así:

1. La vida misma de Dios, un título y una realidad que nos regaló el Señor. Os invito y me invito a mí mismo a mantener un diálogo sincero con el Señor para saber lo que hizo en nosotros por el Bautismo. Escuchemos de sus propios labios: «Vosotros sois la luz del mundo». Os pido que hagáis una composición de lugar. Pensemos todos por unos momentos que no vemos absolutamente nada. Incluso hagamos la experiencia de cerrar los ojos y todos nuestros sentidos. No poder saber nada de quien está a nuestro lado, no poder distinguir lo que sucede, no poder oír ningún ruido… esta experiencia tiene que ser tremenda. Pero lo es más aún cuando, teniendo todos los sentidos, no sabemos vivir como hijos de Dios y por ello como hermanos de todos los hombres. Aunque distingamos a quien tenemos a nuestro lado, nos quedamos en lo más superficial de él. Es terrible pasar por la vida sin saber de verdad nada de uno mismo ni de los demás.

¿Os imagináis lo que es pasar por la vida, hacer la historia de esta manera, construir este mundo así? Os invito a tener una experiencia diferente. Os invito a descubrir y a vivir aquello que nos dice el Señor y que nos entregó el día en que morimos a la vida antigua y nos dio su misma vida por el Bautismo: «¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron» (Mt 13, 16-17). Señor, ¿qué sucedió en nuestra vida el día de nuestro Bautismo? Fue un día tan excepcional como indescriptible, porque alcanzamos las medidas de Dios y estas no se pueden describir. Un día el Señor hizo una obra maravillosa con nosotros. Nos dio su propia vida en el sacramento del Bautismo. El Bautismo nos incorpora a la Iglesia.

2. Gracias Señor por el Bautismo que me hizo entrar en tu santidad. Os invito a decir conmigo, desde el silencio de vuestro corazón, así: gracias Señor, por esta vida que me entregaste y por este mundo que me diste a gozar y a trabajar por mejorarlo. Gracias porque me hiciste instrumento tuyo, porque tú eres quien hace todo bien sin que me necesites para nada. Gracias por hacerme gustar hoy quien soy yo verdaderamente. Por el Bautismo he entrado en la santidad de Dios. Me has injertado en ti, Señor. No puedo contentarme con una vida mediocre. Quiero ser santo Señor. Todo lo que soy y tengo es tuyo. Tómalo Señor. Todo es tuyo. Es cierto que, teniendo tu vida, me he manchado las manos, el corazón y el pensamiento, que eran tuyos. La túnica blanca con que me vestiste en el Bautismo la he convertido en una túnica sucia y harapienta. Devuelve a su estado auténtico esta túnica. Señor Jesucristo, amigo de la luz y de la vida, anhelo vivir en plenitud.

Me sorprende siempre esa llamada tajante, esa tarjeta de visita que me indica la dirección que debo tomar: «Vosotros sois la luz del mundo». Quiero asumir hoy aquí el oficio de vivir siendo luz. Deseo ser esa luz que es el mismo Jesucristo y que me fue entregada por Él en el Bautismo. Señor, quiero recordar aquellas preguntas que el sacerdote hizo el día de mi Bautismo y que mis padres y padrinos respondieron por mí; hoy deseo responder por mí mismo. «¿Quieres recibir el Bautismo?», que es lo mismo que decir: «¿Quieres ser santo?». Y ciertamente lo quiero Señor y acepto tu vida en mí y deseo poner la vida en la dirección que Tú marcaste para siempre. Gracias Señor por poder tener esta conversación contigo en el camino de la vida.

3. Un encuentro con Jesucristo tan profundo que cambió todo mi ser y hacer. ¿Te das cuenta que eres luz del mundo por Jesucristo? Vive de esta Luz para que tu ser alcance la plenitud y progrese esta humanidad. No hagas lo que nuestra cultura acostumbra a entregar, esa luz que a cualquier viento se apaga. Lo que en nuestra cultura se alienta para crecer y se llama progreso, podemos compararlo a una máquina de tren con caldera de carbón y muchos vagones de madera. Un día se agota el carbón. Para que siguiera funcionando el tren, a unos cuantos se les ocurrió la feliz idea de ir desarmando los vagones de madera y así alimentar la caldera. Pero un día la madera se acabó, la máquina se detuvo y se quedaron sin tren y sin viaje. Como veis esa luz no sirve, se apaga; y además nos quedamos en el camino sin nada. En el encuentro con Jesucristo reconocemos el precio, es decir, el valor, de nuestra existencia personal. Por eso, a partir de esa acogida que Dios mismo nos hace y que percibimos en toda su intensidad en el Bautismo, cuando el Hijo de Dios nos da su propia vida, entonces es cuando tenemos una percepción de la existencia tan maravillosa que tomamos conciencia de la unidad, de la bondad, de la verdad y de la belleza de la misma. Y todo ello porque descubrimos que Dios mismo nos dice: ¡qué bueno que existas y que tengas mi vida!

4. Gracias Señor por este encuentro que me hace ser «luz del mundo». «El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? / El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?» (Sal 26). Gracias Señor por la Luz. Gracias porque me haces ser luz para el mundo. Señor, tu Luz me hace ver cómo desde hace cien años los hombres han hecho casi cien guerras. Tu Luz me hace pedirte que nos enseñes a amarnos. No hay amor sin tu Amor. No hay luz sin tu Luz. Haz Señor que cada día y de por vida, en la alegría y en el dolor, nosotros seamos hermanos sin fronteras que entregamos la Luz. Entonces nuestros hospitales, nuestros laboratorios, nuestras fábricas y oficinas, nuestras universidades, nuestros campos y todo lo que existe y el hombre hizo, serán testigos de tu grandeza y de tu Luz. Y en los corazones de los olvidados también aparecerá esa Luz. Y en nuestra civilización, machacada por el odio, la violencia, el dinero, la utilización de las personas para nuestros fines egoístas, aparecerá la Luz. Señor, con tu Luz que se hace visible a través de nosotros, nacerá la esperanza, crecerá la paz, progresará la justicia.

5. Con el título del bautizado se nos entrega una misión, gracias Señor. Hemos recibido la Luz para alumbrar en este mundo. No puede existir misión sin un misionero, sin un enviado. Recordemos que Cristo fue pura misión del Padre. Recordemos que aquella pregunta que hicieron a Jesucristo: «¿Quién eres tú?, es la misma que se les formula necesariamente a los enviados de Cristo. Y aquí, ante esta pregunta, no cabe disolverse en brillos anónimos y encomendar la respuesta a Cristo y al Espíritu Santo. Los testigos deben enseñar su documento de identidad, debemos saber justificar nuestra fe y nuestra misión. Cristo ha determinado que nosotros seamos los enviados y los que Él destina para ser «luz del mundo». ¿Sabes en qué consiste el envío misionero que te entrega el Señor? Consiste en irradiar la luz de la reconciliación de Dios en Cristo a todo el mundo. Y ser luz tiene una traducción concreta: es vivir la generosidad hasta el fondo; la entrega sincera por todos los hombres.

Gracias Señor porque nos entregas la misión de ser luz en este mundo. Un mundo que está lleno de contradicciones: de un crecimiento económico, cultural, tecnológico, que ofrece a pocos afortunados grandes posibilidades, dejando no solo a millones de personas al margen del progreso, sino a vivir en condiciones de vida muy por debajo del mínimo requerido por la dignidad humana. Junto a estas pobrezas surgen otras nuevas que afectan a ambientes y grupos no carentes de recursos económicos, pero que viven expuestos a la desesperación del sinsentido, a la insidia de la droga, al abandono en la edad avanzada o en la enfermedad, a la marginación o la discriminación social. Gracias Señor porque en estas situaciones escuchamos con una fuerza especial las palabras que expresan el modo en que la Luz debe iluminar: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13, 35). Gracias Señor porque vivir y ser esa luz pasa por un decidido empeño de encarnar y manifestar lo que es la esencia misma del misterio de la Iglesia, que es la comunión; no blindar nuestra vida para que no entre en ella nadie. Gracias Señor por hacernos partícipes del movimiento del descenso para, como Tú, ser de todos y para todos.

Con gran afecto, os bendice,

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✠ Carlos, Card. Osoro Sierra
Arzobispo de Madrid

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