I Domingo de Adviento

Homilía de
Mons. D. Francisco Javier Martínez Fernández
Arzobispo de Granada

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S.I. Catedral de la Encarnación, Granada
Domingo 27 de noviembre de 2016

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, pueblo santo de Dios; muy queridos Antonio Luis y demás sacerdotes concelebrantes; queridos hijos de Dúrcal y amigos todos:

Puede parecer que no tiene nada que ver, pero leyendo las lecturas de hoy y pensando en este comienzo del Adviento, una y otra vez me venía a la memoria una imagen de hace unas pocas semanas, que salió en algunos medios de comunicación social, en una de esas poblaciones cristianas de los alrededores de Mosul, en medio del fragor de la batalla, una de las que habían sido liberadas por los pesmerga y por las otras tropas que estaban luchando contra ISIS, lo primero que hicieron nada más volver a la ciudad, y la foto era una iglesia antiquísima, como son la mayoría de las iglesias de Siria, del siglo V o siglo VI, una iglesia semiderruida con el cielo abierto, el techo estaba caído, las paredes estaban medio quemadas, y un pueblo cristiano celebrando la Eucaristía; fue lo primero que hicieron al volver a ocupar…no sé si era Qaraqosh, o una de las otras ciudades cristianas, porque Mosul era una población fundamentalmente cristiana en Irak y muchos de los pueblos de alrededor también. Y yo me preguntaba: ¿y por qué me viene a mi esta imagen si en este tiempo lo que hacemos es prepararnos a la Venida del Señor? Y me venía la imagen como diciendo: Dios es fiel, Dios es fiel. Es decir, nosotros, nuestro mundo está sacudido por mil batallas, mil historias, mil cosas, pero Dios es fiel.

Los tiempos litúrgicos son tiempos donde nos ayudan a experimentar todos los aspectos del Misterio de Cristo, que es nuestro Salvador y nuestro Redentor. Están todos, siempre, todos los días. No es que en Adviento sea una cosa. Cristo es siempre todo. Cristo es todo facetas, decía un Padre de la Iglesia: “Lo mires por donde lo mires, como las perlas, te encuentras con la luz”, la luz que lo habita por todas partes. Como esa luz es tan grande, la Iglesia, a lo largo del año, nos va poniendo algunas de esas facetas delante de los ojos. La palabra Adviento significa “Venida”, y en el tiempo del Adviento, de la Navidad, la Iglesia trata como de educarnos a percibir la luz que hay en esa palabra, en ese acontecimiento que es la Venida de Cristo a nosotros: la Navidad, el Nacimiento del Hijo de Dios, el que el Hijo de Dios no haya considerado algo digno de ser retenido su dignidad divina, sino que por amor a nosotros, por amor a ti, por amor a mi, haya dado el salto a venir hasta nosotros.

Luego viene la Semana Santa y el Misterio Pascual. Y en la Semana Santa celebramos el amor de Cristo como combate con nuestros enemigos, con Satán y con la muerte. Y el combate que había empezado al principio del ministerio público de Jesús –bueno, empezó en el nacimiento con la matanza de los inocentes-, pero en cuanto Jesús se da a conocer aparece el Enemigo y lucha con él, y Jesús lo derrota, derrota la muerte y derrota a Satán. Y lo derrota en nuestra carne, es decir, lo derrota por amor a nosotros y para entregarnos su Vida; entregó su Espíritu, dice el Evangelista San Juan, que leemos todos los Viernes Santos.

Y en la Ascensión y en Pentecostés celebramos la consumación de esa alianza que el Señor ya hizo al venir a nosotros, esa alianza de amor que se consuma porque después de la Ascensión, en Dios, está la carne y está para siempre; la carne que ha vencido al Enemigo y en nosotros está sembrada la vida divina, y sólo entonces se cumple aquellos de que serán los dos una sola carne: Dios y nosotros, una sola carne. Y eso es lo que celebramos en la Ascensión y en Pentecostés. Ahora celebramos la Venida del Señor.

Dios mío, el Salmo que cantábamos era una salmo de peregrinación, que lo cantaban los judíos cuando subían a Jerusalén y con el gozo de llegar a ver la Gloria de Dios en la ciudad santa. “Ya están nuestros pies pisando tus umbrales Jerusalén”. Ese canto lo hacemos nuestro. Sin la Venida de Cristo la vida humana sería una sucesión de acontecimientos sin sentido: hoy toca esto, mañana toca esto otro, el día tal examen, el día tal hay oposiciones, el día tal tengo que hacer no se qué, luego tengo que ir al médico y una serie de cosas. Y cuando uno se quiere dar cuenta, casi la vida se le ha ido entre las manos. Entonces, ¿y para qué Señor?, ¿y quién soy yo?

Gracias a tu Venida yo sé que nuestra vida es un camino hacia Jerusalén y vamos juntos. Las peregrinaciones nunca se hacen solos o rara vez se hacen solos, o no son tan provechosas cuando se hacen solos. Las peregrinaciones: un camino que sigue un pueblo y como parte de ese pueblo, y uno llega, uno sabe que llega, entonces la vida humana deja de ser un vacío sin sentido y se convierte en camino alegre hacia el Señor, junto con el pueblo cristiano, junto con la Iglesia, justamente gracias a tu Venida, Señor. ¡Y cómo necesitamos esa venida! Cuántas cosas en nuestra vida son misteriosas, cuántas cosas son oscuras. Qué expresiva es esa imagen de San Pablo: “¡Despertaos!”, que ahora está ya más cerca, puede ser noche…Yo me imagino cómo habrán vivido los cristianos de Irak el tiempo que han estado refugiados, lejos de sus casas, escondiéndose en cuevas por las montañas o en casas de unos amigos en otros países, como podían. Qué oscura puede llegar a ser la noche en el mundo por muchas luces que brillen. Y sin embargo, nosotros sabemos que la luz viene. Si habéis hecho montañismo, me imagino que alguno de vosotros lo habéis hecho por aquí por las montañas de la sierra, hay un momento en la noche justo antes de que empiece ese primer gris marengo o azul muy oscuro, muy oscuro, muy oscuro, que ya permite intuir que el alba va a llegar, hay un momento donde hasta los insectos del bosque están en silencio, parece que no existe nada, que todo es noche, en ese momento el alba está más cerca. Y eso es lo que nos dice San Pablo: “¡Despertaos!, ¡despertaos!, que ahora está más cerca la Venida del Señor que cuando vinisteis a la fe”. Claro que está más cerca porque somos probablemente, no porque haya pasado más tiempo, o no solo porque haya pasado más tiempo, que no es lo más importante, sino porque ahora nos damos cuenta, a medida que pasa la vida y uno piensa: Señor, cuánta paciencia a lo largo de la vida para que yo pueda comprender cuánto te necesito; soy mucho más consciente ahora que cuando tenia veintitrés años, y fui ordenado sacerdote por ejemplo, de la necesidad que tengo de Ti, de Ti para vivir, no digo para ser un buen cristiano, o un buen sacerdote, o un buen Obispo solo. Claro que para todo eso tengo necesidad de Ti, sin Ti no podría serlo. Pero para vivir, para vivir como hombre, para poder amar el mundo en el que vivo, para poder mirar a un ser humano y ser consciente de que tengo delante de mi la imagen viva de Dios, infinitamente amada por Dios, con el mismo amor con el que yo necesito ser amado y con el que sé que el Señor me ama.

Hay una frase casi al final de Apocalipsis que es una frase también de Adviento: “El Espíritu y la Esposa dicen ¡ven Señor Jesús!”. La Esposa es la Iglesia y el Espíritu que está en Ella anhela la Venida del Esposo, anhela a Cristo. Anhela a Cristo.

Que en este tiempo nosotros podamos decir: Ven, Señor, ven con su misericordia, te necesitamos, te necesita este mundo, no sólo para que no haya guerras, y para que todos podamos vivir, y para que los bienes de este mundo estén repartidos con justicia y con equidad. Por supuesto, eso no sucederá si Tú no te manifiestas y si nosotros no Te acogemos y nos dejamos invadir por ese amor con el que Tú nos amas y con el que Tú nos has salvado y nos salvas. Sino, ven porque Te necesitamos para poder vivir con alegría, porque Te necesitamos para poder comprender que nuestra vida no es un sinsentido, que levantarse por las mañanas es poder abrir los ojos a una luz que ya es regalo tuyo, que todo lo que somos es regalo tuyo, pero que ese regalo Tú quieres cumplirlo, llenarlo, llevarlo a su plenitud dándote a Ti mismo a nosotros.

Mis queridos hermanos, nos preparamos en Adviento para celebrar la Navidad. Y es verdad que la liturgia entiende la Navidad como una celebración de una boda, de una alianza de Dios con nuestra humanidad, pero cada Misa es una Navidad, cada Eucaristía es una boda en la que el Señor se une a nosotros, en la que todo eso que celebramos a lo largo de todo el año litúrgico se cumple, acontece en un momento y el Señor se nos da y se hace carne de nuestra carne y nosotros nos hacemos cuerpo suyo, miembros de su Cuerpo, carne suya, carne de Dios, carne del Hijo de Dios.

Mis queridos hermanos, es sorprendente, es bellísimo, sobrecogedor, el don de Dios. Jesús le decía a la samaritana: “¡Ay, si conocieras el don de Dios!”. Nosotros no hemos hecho nada para conocerlo pero lo conocemos, aunque sea un poquito, si no no estaríamos aquí.

Señor, intensifica en nosotros (es lo que hemos pedido en la oración) el deseo de salir al encuentro de Cristo que viene a nosotros, que quiere venir, que nos suplica poder venir; es Él quien nos suplica venir, no porque Él nos necesita, como nosotros muchas veces cuando amamos o decimos que amamos a las personas, en realidad nos amamos a nosotros mismos y lo que las otras personas nos dan. El Señor, no. El Señor no nos necesita, en absoluto. Nos ama porque nosotros le necesitamos. Viene a nosotros, y se entrega, y entrega su Sangre, porque nosotros Le necesitamos.

Incrementa, Señor, en nosotros el deseo de salir al encuentro de Cristo que viene. Ese deseo es la actitud del Adviento y ese deseo es ya una gran gracia de Dios.

Señor, que Te deseemos, porque si Te deseamos, Tú cumples ese deseo siempre, siempre, siempre. Esa es la única oración que jamás dejas de cumplir. ¡Ven! El Espíritu y la Esposa piden ¡ven!. Ven, Señor Jesús. Ven a nuestras vidas, a nuestras casas, a nuestras familias, a nuestros lugares de trabajo. Ven a este mundo, que es de noche, que está a oscuras y que tanto, tanto, tanto Te necesita.

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