“…Con un mismo pensar y un mismo sentir” (1Cor 1, 10)

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Carta Pastoral de
Mons. D. FRANCISCO CERRO CHAVES
Obispo de Coria-Cáceres

Amoris Laetitia en el marco de nuestro
XIV Sínodo Diocesano y el Plan Pastoral
de la Conferencia Episcopal Española.

Adviento, Navidad y Epifanía
2016-2017

Nuestra Diócesis sigue avanzando en su camino en XIV Sínodo Diocesano, del cual queremos que salgan las bases de la acción pastoral que desarrollaremos posteriormente en un período más o menos largo de tiempo.

No nos son ajenos los otros grandes acontecimientos que hemos vivido a nivel de Iglesia Universal convocados por el Papa Francisco: el año dedicado a la Vida Consagrada, el año dedicado a la Misericordia y, entre otros, el Sínodo de los Obispos sobre el matrimonio y la familia del cual es fruto la Exhortación Apostólica Postsinodal Amoris Laetitia (La alegría del amor).

Sínodo Diocesano y Matrimonio y Familia son dos realidades que bien merecen esta Carta Pastoral. Es bueno recordar que muchas de las propuestas que vais haciendo en los grupos sinodales están especialmente relacionadas con la situación que viven las familias de nuestra Diócesis.

Amoris Laetitia es un documento que os animo a leer y profundizar, personalmente, en familia, en las distintas comunidades de las que formáis parte. Su extensión no me permite desarrollarlo aquí de manera íntegra pero no quiero dejar de tratar algunas cuestiones que hacen referencia a cómo el Papa Francisco define el matrimonio y la familia, las perspectivas pastorales que aparecen en el capítulo VI de dicha Exhortación, así como la cuestión de cómo abordar, desde un punto de vista pastoral, el tema de los divorciados vueltos a casar por la vía civil.

1. MATRIMONIO Y FAMILIA EN AMORIS LAETITIA.

El Papa Francisco parte de la Escritura meditando el salmo 128, característico de la liturgia nupcial, tanto judía como cristiana y otros pasajes en los que aparecen familias, generaciones, historias de amor y crisis familiares [1] , deduciendo que la familia no es un ideal abstracto sino, lo que él llama, un “trabajo artesanal” [2], que se expresa con ternura [3] y que se ha confrontado desde el inicio con el pecado, cuando la relación de amor se transforma en dominio [4].

Siempre, pero de manera especial en esos momentos más “oscuros”, la Palabra de Dios se muestra como “compañera de viaje para las familias que están en crisis o en medio de algún dolor, y les muestra la meta del camino” [5] .

Queda claro que la Exhortación hace una apuesta más a favor de la persona que de las normas abstractas.

Pero el Papa quiere poner “los pies en la tierra” [6] y muestra los numerosos desafíos que ha de afrontar hoy la familia: desde el fenómeno migratorio a la ideología de género; desde la cultura de lo provisorio a la mentalidad antinatalista y al impacto de la biotecnología en el campo de la procreación; desde la falta de casa y trabajo a la pornografía y abuso de menores; desde la atención a las personas con discapacidad al respeto de los ancianos; desde la desconstrucción jurídica de la familia a la violencia contra las mujeres.

El Papa insiste en lo concreto, porque son las cosas concretas y el realismo que suponen, lo que manifiesta la diferencia substancial entre una teoría de interpretación de la realidad y las “ideologías”.

Es sano prestar atención a la realidad concreta donde también resuenan las exigencias y llamadas del Espíritu Santo mediante las cuales, la Iglesia puede ir comprendiendo mejor el misterio del matrimonio y de la familia [7].

En nuestra Diócesis de Coria-Cáceres, el Sínodo nos está dando la oportunidad de escuchar la realidad, de caminar juntos para comprender mejor y discernir adecuadamente. Sin escuchar la realidad, no es posible comprender las exigencias del presente ni las llamadas del Espíritu.

Seguramente todos estamos de acuerdo en que el individualismo hace difícil hoy la entrega a la otra persona de manera generosa [8]. El Papa nos hace una interesante fotografía de esta realidad: “se teme la soledad, se desea un espacio de protección y de fidelidad, pero al mismo tiempo crece el temor de ser atrapado por una relación que pueda postergar el logro de las aspiraciones personales” [9], como si el matrimonio y la familia fueran la causa de la muerte de la libertad del ser humano.

En la Exhortación, el Papa nos anima a hacer una autocrítica con el tipo de presentación que hacemos de la realidad matrimonial y familiar (especialmente cuando esa presentación no es la adecuada), insistiendo en que es necesario dar espacio a la formación de la conciencia de los fieles: “estamos llamados a formar las conciencias, no a pretender sustituirlas” [10].

Jesús proponía un ideal exigente, pero “no perdía jamás la cercana compasión con las personas más frágiles como la samaritana o la mujer adúltera” [11].

Esto no quiere decir que no tengamos claros los principios dogmáticos y morales del matrimonio y de la familia, como los ha enseñado la Iglesia a través de los siglos en su Magisterio.

La exigencia de la verdad del amor, es una llamada a conocer bien los elementos esenciales en la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia. El Papa ilustra de manera sintética la vocación de la familia según el Evangelio, así como fue entendida por la Iglesia en el tiempo, sobre todo en relación al tema de la indisolubilidad, de la sacramentalidad del matrimonio, de la transmisión de la vida y de la educación de los hijos. En relación a estos temas, son ampliamente citadas la Gaudium et Spes del Vaticano II, la Humanae Vitae de Pablo VI y la Familiaris Consortio de Juan Pablo II.

En Amoris Laetitia [12], el Papa Francisco nos ofrece una especie de resumen sobre la doctrina del sacramento del matrimonio. Yo quiero destacar los puntos que me parecen más importantes:

  • La familia es imagen de Dios Trinidad, que es comunión de personas [13].
  • Jesús, Redentor del mundo y del hombre pecador, volvió a llevar el matrimonio y la familia a su forma original, elevando dicho sacramento a signo sacramental de su amor por la Iglesia [14]. De Cristo, mediante la Iglesia, el matrimonio y la familia reciben la gracia necesaria para testimoniar el Evangelio del amor de Dios [15].
  • El sacramento del matrimonio es un don para la santificación y la salvación de los esposos, porque su pertenencia mutua es representación real, mediante el signo sacramental, de la misma relación de Cristo con la Iglesia, el cual la desposó en la cruz [16].
  • El matrimonio es una vocación, es una respuesta a la llamada que Dios hace a un hombre y a una mujer para vivir el amor conyugal como signo imperfecto del amor entre Cristo y su Iglesia, de ahí la importancia de que la decisión de casarse y formar una familia sea fruto del discernimiento vocacional [17].
  • Arraigados en la fe bautismal, “en la acogida mutua, y con la gracia de Cristo, los novios se prometen entrega total, fidelidad y apertura a la vida, y además reconocen como elementos constitutivos del matrimonio los dones que Dios les ofrece, tomando en serio su mutuo compromiso, en su nombre y frente a la Iglesia. Ahora bien, la fe permite asumir los bienes del matrimonio como compromisos que se pueden sostener mejor mediante la ayuda de la gracia del sacramento” [18].
  • “Cristo mismo ‘mediante el sacramento del matrimonio, sale al encuentro de los esposos cristianos’ [19], permanece con ellos, les da la fuerza de seguirle tomando su cruz, de levantarse después de sus caídas, de perdonarse mutuamente, de llevar unos las cargas de los otros” [20]. El matrimonio cristiano es un signo que no sólo indica cuánto amó Cristo a su Iglesia en la alianza sellada en la cruz, sino que hace presente ese amor en la comunión de los esposos.
  • La unión sexual, vivida de modo humano y santificada por el sacramento, es a su vez camino de crecimiento en la vida de la gracia para los esposos. Como decía San León Magno, es el “misterio nupcial”.

    “El valor de la unión de los cuerpos está expresado en las palabras del consentimiento, donde se aceptaron y entregaron el uno al otro para compartir toda la vida. Pero, en realidad, toda la vida en común de los esposos, toda la red de relaciones que tejerán entre sí, con sus hijos y con el mundo, estará impregnada y fortalecida por la gracia del sacramento que brota del misterio de la Encarnación y de la Pascua, donde Dios expresó todo su amor por la humanidad y se unió íntimamente a ella” [21].

  • “Según la tradición latina de la Iglesia, en el sacramento del matrimonio los ministros son el varón y la mujer que se casan, quienes, al manifestar su consentimiento y expresarlo en su entrega corpórea, reciben un gran don. Su consentimiento y la unión de sus cuerpos son los instrumentos de la acción divina que los hace una sola carne.

    En el bautismo quedó consagrada su capacidad de unirse en matrimonio como ministros del Señor para responder a la llamada de Dios. […] la Iglesia puede exigir la publicidad del acto, la presencia de testigos y otras condiciones que han ido variando a lo largo de la historia, pero eso no quita a los dos que se casan su carácter de ministros del sacramento ni debilita la centralidad del consentimiento del varón y la mujer, que es lo que de por sí establece el vínculo sacramental” [22].

    En el matrimonio se descubre también la fecundidad y la generatividad del amor. El Papa habla de manera espiritual y psicológicamente profunda de recibir una vida nueva, de la espera propia del embarazo, del amor de la madre y del padre… pero también de la fecundidad ampliada, de la adopción, de la aceptación, de la contribución de las familias para promover la cultura del encuentro, de la vida de la familia en sentido amplio, con presencia de tíos, primos, parientes de parientes, amigos… Amoris Laetitia no toma en consideración la familia “mononuclear” porque es consciente de que la familia es una amplia red de relaciones. La misma mística del sacramento del matrimonio tiene un profundo carácter social [23].

2. PERSPECTIVAS PASTORALES EN AMORIS LAETITIA.

El Papa invita a las comunidades cristianas a desarrollar nuevos caminos pastorales, propuestas más prácticas y eficaces que tengan en cuenta, tanto las enseñanzas dela Iglesia como las necesidades y los desafíos locales.

En nuestro caso, el Sínodo es un momento óptimo para elaborar propuestas concretas para nuestra Diócesis. Iremos haciendo referencia a ellas y a las realidades que el Papa subraya en su Apostólica, algunas de las cuales ya estamos trabajando en nuestra Iglesia particular.

El Papa Francisco insta a anunciar el Evangelio de la familia hoy, con el deseo de “acompañar a cada una y a todas las familias para que puedan descubrir la mejor manera de superar las dificultades que se encuentran en su camino” [24], atendiendo los problemas reales de las personas. “La pastoral familiar debe hacer experimentar que el Evangelio de la familia responde a las expectativas más profundas de la persona humana: a su dignidad y a la realización plena en la reciprocidad, en la comunión y en la fecundidad” [25].

Ante los problemas que surgen en la pastoral matrimonial, se plantea que se mejore la formación de los presbíteros, diáconos, religiosos y religiosas, seminaristas, catequistas y otros agentes de pastoral, con la ayuda de técnicos y expertos en las diversas materias [26], con apertura a recibir los aportes de las ciencias humanas.

Una buena capacitación pastoral es importante “sobre todo a la vista de las situaciones particulares e emergencia derivadas de los casos de violencia doméstica y el abuso sexual” [27]. Todo esto complementa el valor fundamental de la dirección y acompañamiento espiritual, de los inestimables recursos espirituales de la Iglesia y de la Reconciliación sacramental.

¿Quién es el principal sujeto de la acción pastoral? “Los Padres sinodales insistieron en que las familias cristianas, por la gracia del sacramento nupcial, son los principales sujetos de la pastoral familiar, sobre todo aportando el testimonio gozoso de los cónyuges y de las familias, iglesias domésticas.” [28]

Esta pastoral consiste en “hacer experimentar que el Evangelio de la familia es alegría que llena el corazón y la vida entera, porque en Cristo somos liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento” [29].

A la luz de la parábola del sembrador [30], nuestra tarea es cooperar en la siembra: lo demás es obra de Dios. Tampoco hay que olvidar que la Iglesia que predica sobre la familia es signo de contradicción, pero los matrimonios agradecen que los pastores les ofrezcan motivaciones para una valiente apuesta por un amor fuerte, sólido, duradero, capaz de hacer frente a todo lo que se le cruce por delante. […] No basta incorporar una genérica preocupación por la familia en los grandes proyectos pastorales. Para que las familias puedan ser cada vez más sujetos activos de la pastoral familiar, se requiere un esfuerzo evangelizador y catequístico dirigido a la familia, que la oriente en este sentido” [31].

2.1. La parroquia: familia de familias.

“La principal contribución a la pastoral familiar la ofrece la parroquia, que es una familia de familias donde se armonizan los aportes de las pequeñas comunidades, movimientos y asociaciones eclesiales” [32]. En la parroquia deben establecerse, en la medida de lo posible, todos los medios para acompañar a los matrimonios y las familias, en todas sus fases.

2.1.1. Guiar a los prometidos en el camino de preparación al matrimonio.

Los jóvenes necesitan ayuda para descubrir el valor y la riqueza del matrimonio, para que puedan “descubrir el valor y la riqueza del matrimonio… percibir el atractivo de una unión plena que eleva y perfecciona la dimensión social de la existencia, otorga a la sexualidad su mayor sentido, a la vez que promueve el bien de los hijos y les ofrece el mejor contexto para su maduración y educación” [33].

Toda la comunidad cristiana debe ayudar en la preparación de los prometidos al matrimonio, especialmente con la educación en las virtudes y con su testimonio de vida. Entre las virtudes destaca la castidad, condición preciosa para el crecimiento genuino del amor interpersonal.

Sin duda es importante que se arraigue la preparación del matrimonio en el camino de iniciación cristiana, haciendo hincapié en el nexo del matrimonio con el bautismo y con los otros sacramentos.

Hacen falta programas específicos para la preparación próxima al matrimonio que sean una auténtica experiencia de participación en la vida eclesial y profundicen en los diversos aspectos de la vida familiar [34].

Acompañar el camino de amor de los novios, es un bien para las parroquias [35]. En nuestra Diócesis contamos con un itinerario de formación para los novios, Serán un solo corazón [36], con unas normas establecidas sobre los encuentros de formación al matrimonio aprobadas por mí, Obispo de esta Diócesis.

No podemos relajarnos en esta materia porque en la formación de los futuros esposos nos jugamos la renovación de la comunidad cristiana.

Hay que encontrar además las maneras de ofrecer una preparación remota a los novios, que haga madurar su amor con un acompañamiento cercano y testimonial de matrimonios con experiencia. Sería muy positivo conseguir la implantación de grupos de novios y ofrecer charlas opcionales obre diversos temas que interesen realmente a los jóvenes. En este campo, no podemos obviar la importancia de la formación en la familia y la gran ayuda que ofrece un acompañamiento personal y espiritual de los novios [37].

En nuestra Diócesis contamos con un curso de formación afectivo-sexual para grupos de confirmación desde hace años. Actualmente se está trabajando para que llegue a todos los ámbitos educativos de los adolescentes y jóvenes de nuestra Diócesis, a través del trabajo en común de varias Delegaciones, coordinadas por la Delegación de Familia y Vida. ¡Qué bueno sería abrir las puertas de todas las parroquias y grupos de jóvenes a esta formación hoy día indispensable!

Todo lo desarrollado en este punto nos lleva a poder afirmar que la preparación remota y la próxima, han de hacer ver a los novios que la boda no es el final, sino el inicio real del camino de la vocación matrimonial que “los lanza hacia delante, con la firme y realista decisión de atravesar juntos todas las pruebas y momentos difíciles. La pastoral prematrimonial y la pastoral matrimonial deben ser ante todo una pastoral del vínculo, donde se aporten elementos que ayuden tanto a madurar el amor como a superar los momentos duros” [38].

Es importante indicar a los novios lugares donde encontrar ayuda en las dificultades. En nuestra Diócesis contamos con el Centro de Orientación Familiar (COF) Sagrada Familia, con profesionales que pueden ayudar tanto a los novios como a los matrimonios, sin olvidar nunca la propuesta de la reconciliación sacramental [39].

Un punto que, en muchas ocasiones, crea “agobio” en la pareja es la preparación de la celebración, centrada la mayoría de las veces, más en lo superficial que en la necesaria preparación interior para afrontar el nuevo estado de vida matrimonial.

Hay jóvenes que no se casan porque piensan que es necesario hacer un enorme gasto. La Iglesia no está de acuerdo con esta mentalidad mundana, de hecho, el Papa les dice a los novios: “tened la valentía de ser diferentes, no os dejéis devorar por la sociedad del consumo y de la apariencia. Lo que importa es el amor que os une, fortalecido y santificado por la gracia. Vosotros sois capaces de optar por un festejo austero y sencillo, para colocar el amor por encima de todo. Los agentes de pastoral y la comunidad entera pueden ayudar a que esta prioridad se convierta en lo normal y no en la excepción” [40].

En este sentido, es importante iluminar a los novios sobre la celebración litúrgica, en la que darán su consentimiento para toda la vida y comenzarán su vida matrimonial [41].

Un importante detalle a tener en cuenta es que “la liturgia nupcial es un evento único, que se vive en el contexto familiar y social de una fiesta. […] Generalmente, el celebrante tiene la oportunidad de dirigirse a una asamblea compuesta de personas que participan poco en la vida eclesial o que pertenecen a otra confesión cristiana o comunidad religiosa. Por tanto, se trata de una ocasión imperdible para anunciar el Evangelio de Cristo” [42].

2.1.2. Acompañar en los primeros años de la vida matrimonial.

Sin lugar a dudas, es un gran valor que se considere el matrimonio como una cuestión de amor, que sólo pueden casarse los que se eligen libremente y se aman, pero el amor no puede reducirse a una mera atracción afectiva o física, que hace muy frágiles a los cónyuges cuando la afectividad entra en crisis o cuando la atracción física decae. Por eso es “imprescindible acompañar en los primeros años de la vida matrimonial para enriquecer y profundizar la decisión consciente y libre de pertenecerse y de amarse hasta el fin” [43].

A veces la decisión del matrimonio es precipitada y falta maduración en los contrayentes, por lo que se debe completar el noviazgo mal vivido. Además, el matrimonio no es algo acabado, ha de vivirse como un proyecto de vida en común. El futuro hay que construirlo cada día con la ayuda de la gracia de Dios y por eso mismo no se puede exigir la perfección al cónyuge. El matrimonio es una realidad dinámica con un proceso de crecimiento que exige paciencia, comprensión, tolerancia y generosidad. El matrimonio se está haciendo cada día [44]. Es “un camino de maduración, donde cada uno de los cónyuges es un instrumento de Dios para hacer crecer al otro” [45].

Se debe animar a los matrimonios jóvenes a ser generosos con la vida mostrándoles el camino del diálogo que les lleve a tomar la decisión sobre si concebir o no un nuevo hijo, respetando los tiempos y la dignidad de cada uno de los miembros de la pareja [46]. Hay que intentar contrarrestar una mentalidad, a menudo, hostil a la vida.

Para esto es necesario la formación de la conciencia de los esposos, pues es “el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que este se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquella” [47], para que los esposos traten de escuchar más en su conciencia a Dios y sus mandamientos [48], con el debido acompañamiento espiritual, su decisión será más libre de la mentalidad mundana.

Sigue en pie lo dicho con claridad en el Concilio Vaticano II: “Cumplirán su tarea […] de común acuerdo y con un esfuerzo común, se formarán un recto juicio, atendiendo no sólo a su propio bien, sino también al bien de los hijos, ya nacidos o futuros, discerniendo las condiciones de los tiempos y del estado de vida, tanto materiales como espirituales, y, finalmente, teniendo en cuenta el bien de la comunidad familiar, de la sociedad temporal y de la propia Iglesia. En último término, son los mismos esposos los que deben formarse este juicio ante Dios” [49]. Por otra parte, “se ha de promover el uso de los métodos basados en los ‘ritmos naturales de fecundidad’ [50].

También se debe hacer ver que ‘estos métodos respetan el cuerpo de los esposos, fomentan el afecto entre ellos y favorecen la educación de una libertad auténtica’ [51], insistiendo siempre en que los hijos son un maravilloso don de Dios, una alegría para los padres y para la Iglesia. A través de ellos el Señor renueva el mundo” [52].

La Delegación diocesana de Familia y Vida y el Centro de Orientación Familiar (COF), ofrecen para todo el que lo desee cursos de reconocimiento natural de la fertilidad que permitan a los esposos vivir la sexualidad de una manera verdaderamente humana.

Para acompañar a los nuevos matrimonios resulta fundamental:

  • La presencia de esposos con experiencia que en la parroquia pueden ayudar a los más jóvenes, con el eventual apoyo de asociaciones, movimientos eclesiales y nuevas comunidades.
  • Resaltar la importancia de la espiritualidad familiar, la oración y la participación en la Eucaristía dominical y alentar a los cónyuges a reunirse regularmente para que crezca la vida espiritual y la solidaridad en las exigencias concretas de la vida. Liturgias, prácticas de devoción y Eucaristías celebradas para las familias, sobre todo en el aniversario del matrimonio, son ocasiones vitales para favorecer la evangelización mediante la familia [53].
  • Dedicar un tiempo de calidad necesario para dialogar, compartir proyectos, escucharse, mirarse, valorarse y fortalecer la relación. Los agentes pastorales y los grupos matrimoniales deberían ayudar a los matrimonios jóvenes o frágiles a aprender a encontrarse en esos momentos y a compartir espacios de silencio que los obliguen a experimentar la presencia del cónyuge [54].
  • Crear una rutina propia, que brinde una sana sensación de estabilidad y de seguridad, y que se construya con una serie de rituales cotidianos compartidos. Es bueno darse siempre un beso por la mañana, bendecirse todas las noches, esperar al otro y recibirlo cuando llega, salir juntos, compartir tareas domésticas. Pero al mismo tiempo es bueno cortar la rutina con la fiesta, no perder la capacidad de celebrar en familia, de alegrarse y de festejar [55].
  • Los pastores deben alentar a las familias a crecer en la fe, animando a la confesión frecuente, la dirección y acompañamiento espiritual y la asistencia a retiros.

Nuestra Delegación diocesana de Familia y Vida promueve retiros de familias en los tiempos fuertes del Adviento y Cuaresma, peregrinaciones en las que pueden participar las familias, Adoración al Santísimo en familia, etc.

También es importante intentar crear espacios semanales de oración familiar, porque “la familia que reza unida permanece unida” [56], teniendo en cuenta que “la Palabra de Dios es fuente de vida y espiritualidad para la familia. Toda la pastoral familiar deberá dejarse modelar interiormente y formar a los miembros de la iglesia doméstica mediante la lectura orante y eclesial de la Sagrada Escritura” [57].

Además conviene alentar a cada uno de los cónyuges a tener momentos de oración en soledad ante Dios, porque cada uno tiene sus cruces secretas [58].

2.1.3. Las crisis matrimoniales.

Algunas perspectivas pastorales tienen que ver con las heridas del matrimonio y de la familia. El Papa Francisco hace hincapié en la cuestión del desafío que suponen las crisis para los matrimonios y para las familias.

Las crisis pueden ser de todo tipo, y no conviene olvidar que una crisis superada lleva a mejorar, asentar y madurar la unión matrimonial, aprendiendo a ser felices de un modo nuevo, pues una tarea importante del matrimonio es superar los obstáculos juntos.

Los matrimonios con experiencia y formación podrán ayudar a los que sufren la crisis para que no se asusten ni tomen decisiones apresuradas [59]. Dice el Papa que “cada crisis esconde una buena noticia que hay que saber escuchar afinando el oído del corazón” [60].

Afrontar las crisis y no ocultarlas

El primer paso es asumir la crisis y afrontarla, sin dejarlo todo al paso del tiempo, para no retardar la solución, impedir que los vínculos se deterioren y, debido al aislamiento, se pierda la comunicación [61]. El drama es que la mayoría de las parejas en crisis no acude al acompañamiento pastoral ya que, según el Papa, no lo siente comprensivo, cercano, realista, encarnado… [62].

Clasificación de las crisis

  • Comunes: los comienzos, la llegada del hijo, la crianza, la adolescencia del hijo, la del “nido vacío”, la vejez de los padres de los cónyuges. Todas estas situaciones son exigentes, y provocan miedos, sentimientos de culpa, depresiones y cansancios que pueden afectar gravemente a la unión [63].
  • Personales: dificultades económicas, laborales, afectivas, sociales, espirituales y circunstancias inesperadas que pueden alterar la vida familiar, y que exigen un camino de examen de conciencia de cada cónyuge, de perdón y reconciliación, sin caer en culparse mutuamente y no ver los propios errores. El perdón ayuda a superar muchas crisis. “El difícil arte de la reconciliación, que requiere del sostén de la gracia, necesita la generosa colaboración de familiares y amigos, y a veces incluso de ayuda externa y profesional” [64].
  • Viejas heridas: alguno de los miembros de la familia, no sólo del matrimonio, no ha madurado su manera de relacionarse, porque no ha sanado heridas de etapas anteriores de la vida, por ejemplo, de la infancia o de la adolescencia [65]. También puede reaparecer una relación mal vivida con los padres y hermanos, que no ha sido sanada y daña al matrimonio.

Es necesario conocerse bien y hacer el camino de curación de la propia historia cuando el amor conyugal no va bien y se deben tomar decisiones importantes. No se puede superar una crisis esperando que solo cambie el otro [66].

2.1.4. Acompañar después de rupturas y divorcios.

¿Cuáles son las causas de la separación o del divorcio?

“La valoración de la dignidad propia y del bien de los hijos exige poner un límite firme a las pretensiones excesivas del otro, a una gran injusticia, a la violencia o a una falta de respeto que se ha vuelto crónica” [67].

Hay casos donde la separación es inevitable e incluso moralmente necesaria, cuando precisamente se trata de sustraer al cónyuge más débil, o a los hijos pequeños, de las heridas más graves causadas por la prepotencia y la violencia, el desaliento, la explotación y la indiferencia. Pero “debe considerarse como un remedio extremo, después de que cualquier intento razonable haya sido inútil” [68].

Es necesario un discernimiento particular para el acompañamiento pastoral de los separados, los divorciados y los abandonados, acogiendo especialmente a los que son víctimas de estas situaciones, sufriéndolas sin buscarlas, incluso habiendo sufrido violencia por parte del cónyuge [69]. Nunca se debe dejar de lado la posibilidad del perdón y de la reconciliación, por eso hace falta una pastoral de la reconciliación y de la mediación, a través del acompañamiento espiritual y los centros de escucha especializados [70]. En nuestra diócesis contamos con el Centro de Escucha San Camilo y el Centro de Orientación Familiar Sagrada Familia, como ya hemos señalado anteriormente.

A las personas divorciadas que no se han vuelto a casar (testigos de la fidelidad matrimonial), se les debe alentar “a encontrar en la Eucaristía el alimento que las sostenga en su estado. La comunidad local y los pastores deben acompañar a estas personas con solicitud, sobre todo cuando hay hijos o su situación de pobreza es grave” [71].

Los divorciados que viven en una nueva unión han de ser invitados a integrarse en la comunidad eclesial, porque no están excomulgados, y deben ser cuidados con la mayor caridad, para que no se sientan discriminados [72].

El Papa no se olvida de los efectos de la separación o el divorcio sobre los hijos, que son las “víctimas inocentes de la situación”: lo más importante es que los hijos no sean tratados como rehenes y se les ponga en contra del otro cónyuge [73]. Hay que cuidar de los niños y de su educación cristiana, de ahí la necesidad de integrar lo máximo posible a los divorciados vueltos a casar y no discriminarlos [74]. También hay que ayudar a las familias monoparentales, sea cual sea su causa [75].

Sobre la cuestión de las familias que tienen en su seno personas con tendencias homosexuales, el Papa primero aclara que el amor de Jesús es ilimitado y se ofrece a toda persona, en segundo lugar opina que no es una situación nada fácil ni para los padres ni para los hijos y reitera la doctrina cristiana: “toda persona, independientemente de su tendencia sexual, ha de ser respetada en su dignidad y acogida con respeto, procurando evitar ‘todo signo de discriminación injusta’ [76], y particularmente cualquier forma de agresión y violencia” [77].

Las familias deben ser acompañadas para que los que manifiesten una tendencia homosexual sean ayudados a comprender y realizar la voluntad de Dios en sus vidas [78].

¿Cómo vivir la experiencia de la muerte en la familia?

Es una ocasión de acompañamiento pastoral, pues “abandonar a una familia cuando la lastima una muerte sería una falta de misericordia, perder una oportunidad pastoral, y esa actitud puede cerrarnos las puertas para cualquier otra acción evangelizadora” [79].

Hay que procurar acompañar durante la experiencia del duelo, ayudando a superar las preguntas, el sufrimiento y anunciando la vida eterna de los difuntos y nuestra posibilidad de orar por ellos y de que ellos oren por nosotros, poniendo de relieve el contenido del dogma de la comunión de los santos [80].

3. LA CUESTIÓN DE LAS SITUACIONES LLAMADAS IRREGULARES

El Papa no aporta una nueva normativa general de tipo canónica, aplicable a todos los casos, sino que anima a un discernimiento responsable, personal y pastoral, de los casos particulares, reconociendo que “el grado de responsabilidad no es igual en todos los casos” [81]

3.1. Punto de partida

Toda ruptura del vínculo matrimonial válido, va contra la voluntad de Dios; pero los cristianos, como el resto de seres humanos, son frágiles y vulnerables y por eso la Iglesia, iluminada por la mirada de Jesucristo, mira con amor a quienes participan en su vida de modo incompleto, reconociendo que la gracia de Dios también obra en sus vidas.

La Iglesia está llamada a acompañar con atención y cuidado a sus hijos más frágiles; su tarea se asemeja muchas veces, a la de un “hospital de campaña” [82]-

3.2. Las diversas situaciones que debemos acompañar.

En el número 292, el Papa deja claro cuál es el ideal del matrimonio cristiano: “…se realiza plenamente en la unión entre un varón y una mujer, que se donan recíprocamente en un amor exclusivo y en libre fidelidad, se pertenecen hasta la muerte y se abren a la comunicación de la vida, consagrados por el sacramento que les confiere la gracia para constituirse en iglesia doméstica y en fermento de vida nueva para la sociedad”.

En este mismo número 292 se afirma que otras formas de unión que contradicen radicalmente este ideal, pero algunas lo realizan al menos de modo parcial y análogo. Lo que está claro es que la Iglesia no deja de valorar los elementos constructivos en aquellas situaciones que todavía no corresponden o ya no corresponden a su enseñanza sobre el matrimonio.

¿Cuáles son esas situaciones a las que se refiere la Exhortación Apostólica Amoris Laetitia?

El matrimonio civil, e incluso la mera convivencia que alcanza una estabilidad notable mediante un vínculo público, donde existe afecto profundo, responsabilidad por la prole y capacidad de superar las pruebas, puede ser vista como “una ocasión de acompañamiento en la evolución hacia el sacramento del matrimonio” [83].

La acción indicada en estos casos, que no son divorciados, es el diálogo pastoral para poner de relieve los elementos que puedan llevar a las parejas a abrirse al Evangelio del matrimonio en su plenitud, potenciando los elementos que favorezcan la evangelización y el crecimiento humano y espiritual [84], acogiendo y acompañando con paciencia y delicadeza [85].

Discernimiento de las situaciones llamadas «irregulares»

La Exhortación propone el camino de la misericordia y de la integración, evitando los juicios simplistas que no tengan en cuenta la complejidad de las situaciones y los sufrimientos que provocan [86].

¿Cómo tratar las situaciones llamadas «irregulares»?

La acción pastoral de la Iglesia con las personas que han contraído matrimonio civil, que son divorciados y vueltos a casar o que, simplemente, conviven, consiste en “revelarles la divina pedagogía de la gracia en sus vidas y ayudarles a alcanzar la plenitud del designio que Dios tiene para ellos, siempre posible con la fuerza del Espíritu Santo” [87].

Los divorciados en nueva unión: situaciones diferentes

En relación a los divorciados vueltos a casar por la vía civil, es bueno tener en cuenta que cada situación merece un “adecuado discernimiento personal y pastoral” [88]. Veamos los diferentes casos:

  • “Una segunda unión consolidada en el tiempo, con nuevos hijos, con probada fidelidad, entrega generosa, compromiso cristiano, conocimiento de la irregularidad de su situación y gran dificultad para volver atrás, sin sentir en conciencia que se cae en nuevas culpas. La Iglesia reconoce situaciones en que ‘el hombre y la mujer, por motivos serios (por ejemplo, la educación de los hijos), no pueden cumplir la obligación de la separación’” [89].
  • Los que han hecho grandes esfuerzos para salvar el primer matrimonio y sufrieron un abandono injusto [90].
  • Los que han contraído una segunda unión en vista a la educación de los hijos y, a veces, están subjetivamente seguros, en conciencia, de que el precedente matrimonio, irreparablemente destruido, no había sido nunca válido [91].

En relación a esto, la Exhortación advierte en este número 298 de que: “otra cosa es una nueva unión que viene de un reciente divorcio, con todas las consecuencias de sufrimiento y de confusión que afectan a los hijos y a familias enteras, o la situación de alguien que, reiteradamente, ha fallado a sus compromisos familiares”.

En el primer caso, puede haber todavía una vuelta atrás y hay que proponer la reconciliación y reconstrucción del matrimonio canónico, debido a que la nueva relación aún no se ha asentado porque, como afirmaba anteriormente, la separación es una obligación cuando es posible realizarla sin “caer en nuevas culpas” [92].

Ahora bien, ¿cómo integrar más plenamente a los divorciados vueltos a casar?

Conviene recordar que, los bautizados divorciados y vueltos a casar civilmente:

  • han de integrarse y ser integrados más en la comunidad cristiana, en las diversas formas posibles;
  • deben evitar cualquier ocasión de escándalo;
  • el acompañamiento pastoral debe ser la lógica de la integración, ya que pertenecen al Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, y están llamados a vivir en ella una experiencia feliz y fecunda;
  • su participación en la comunidad cristiana puede expresarse en diferentes servicios eclesiales;
  • esta integración es necesaria para el cuidado y educación cristiana de sus hijos, que deben ser considerados los más importantes [93].

No podemos olvidar que, para poder integrar, es necesario llevar a cabo un responsable discernimiento personal y pastoral de los casos particulares. Es evidente que, de la misma manera que “el grado de responsabilidad no es igual en todos los casos”, tampoco lo son las consecuencias o efectos de las normas aplicadas [94].

¿Quién debe acompañar el proceso de discernimiento?

“Los presbíteros tienen la tarea de «acompañar a las personas interesadas en el camino del discernimiento de acuerdo a la enseñanza de la Iglesia y las orientaciones del Obispo” [95], para que todos actúen de un mismo modo.

El proceso de discernimiento. Pasos a seguir: [96]

1) Los divorciados vueltos a casar, acompañados por el presbítero, deben hacer un examen de conciencia, a través de momentos de reflexión y arrepentimiento, con los siguientes contenidos:

a) ¿Cómo se han comportado con sus hijos cuando la unión conyugal entró en crisis? Se puede hacer referencia a si han buscado el propio bien o el de los hijos (que necesitan al padre y a la madre para una correcta educación).

b) ¿Hubo intentos de reconciliación? Tener en cuenta si se han planteado la validez o no del primer matrimonio canónico, si se dejaron aconsejar antes de decidir la separación, si han sometido la validez del primer matrimonio al juicio objetivo de la Iglesia… Son importantes, en este contexto, las nuevas normas dadas por el Papa Francisco para la celebración de los procesos canónicos de nulidad [97].

c) ¿En qué situación ha quedado el cónyuge abandonado? Es importante plantear en quién recayó en mayor grado la responsabilidad de la separación definitiva, para solventar la cuestión de la culpabilidad [98], y si se ha perdonado o no a la otra parte. También es importante no olvidar si se está actuando en justicia en las cuestiones económicas respecto al cónyuge abandonado y a los hijos del matrimonio roto, si los hubiere.

d) ¿Qué consecuencias tiene la nueva relación sobre el resto de la familia y la comunidad de fieles? Es importante caer en cuenta de si la ruptura provocó o no escándalo (por ejemplo, si la nueva relación nace de la ruptura de dos matrimonios anteriores).

e) ¿Qué ejemplo ofrece esa relación a los jóvenes que deben prepararse al matrimonio? Porque sí “debe quedar claro que este no es el ideal [99] que el Evangelio propone para el matrimonio y la familia” [100].

Una reflexión sincera puede fortalecer la confianza en la misericordia de Dios, que no es negada a nadie.

2) El itinerario de acompañamiento y de discernimiento debe orientar a estos fieles a la toma de conciencia de su situación ante Dios. La conversación con el sacerdote, en el fuero interno, contribuye a la formación de un juicio correcto sobre aquello que obstaculiza la posibilidad de una participación más plena en la vida de la Iglesia y sobre los pasos que pueden favorecerla y hacerla crecer [101].

Dado que en la misma ley no hay gradualidad [102], este discernimiento no podrá jamás prescindir de las exigencias de verdad y de caridad del Evangelio propuesto por la Iglesia. Esto es así porque no se puede comprometer y falsificar la medida del bien para adaptarla a las circunstancias, porque sería como hacer de la propia debilidad el criterio de la verdad sobre el bien, que sería como justificarse a sí mismo en la propia debilidad [103].

Entonces, conforme a la enseñanza de la Iglesia, ¿cuáles son las exigencias de verdad y caridad del Evangelio que el presbítero debe tener en cuenta y ponerlas en conocimiento de los bautizados divorciados en segunda unión?

Amoris Laetitia hace referencia a las circunstancias atenuantes en el discernimiento pastoral y afirma que “ya no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación así llamada «irregular» viven en una situación de pecado mortal, privados de la gracia santificante” [104] (AL 301). Y esto es verdad en algunos casos, que a primera vista pueden parecer “irregulares”.

En la nota a pie de página nº 345 de la Exhortación Amoris Laetitia, aparece la referencia a la Declaración sobre la admisibilidad a la sagrada comunión de los divorciados que se han vuelto a casar, n. 2, del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, del 24 de junio de 2000, donde se refleja el pensamiento de la Iglesia referido siempre a los que deciden vivir en continencia porque no pueden tomar la decisión a la que están obligados, que es la ruptura [150] sin contraer una nueva culpa [106]. El citado número 2 de la declaración se refiere al canon 915 del Catecismo de la Iglesia Católica, en el que se dice que la prohibición de recibir la Eucaristía comprende también a los divorciados vueltos a casar.

La misma Declaración aclara que no se encuentran en esa situación de pecado grave habitual los fieles divorciados vueltos a casar que, no pudiendo interrumpir la convivencia por causas graves, se abstienen de los actos propios de los cónyuges, permaneciendo la obligación de evitar el escándalo (por ejemplo, recibiendo la comunión donde no sean conocidos), puesto que el hecho de no vivir como matrimonio, es de suyo oculto.

Otro factor muy importante que debemos tener en cuenta es que no se puede exigir que los fieles que viven en una segunda unión civil garanticen absolutamente que nunca más tendrán relaciones. Basta que tengan el sincero y firme propósito de abstenerse.

Desde aquí se comprende la cita que hace Amoris Laetitia, n. 298 de Gaudium et Spes, n. 51, referida a los casados canónicamente, pero mostrando el camino de la misericordia a los divorciados vueltos a casar que pueden fallar a veces en su propósito [107].

A veces este propósito puede tenerlo uno solo de los cónyuges. En este caso, según las circunstancias y la edad, puede ser suficiente para que pueda acceder a los sacramentos, tratando siempre de evitar el escándalo.

Aquí se puede incluir el caso de una persona no bautizada que contrae matrimonio con otra persona divorciada de anterior matrimonio canónico, vuelto a casar por la vía civil, y que se convierte al cristianismo y quiere recibir el bautismo, dándose la imposibilidad de romper el matrimonio por el bien de los hijos [108]. Esta persona convertida podría recibir los sacramentos de la iniciación cristiana en el caso de que tenga el propósito personal, aunque no sea compartido por el otro cónyuge, de abstenerse de las relaciones maritales [109].

Fuera de este caso, en la atención pastoral de estos fieles, habrá que tener también en cuenta que parece muy difícil que quienes viven en una segunda unión tengan la certeza moral subjetiva de estar en estado de gracia, pues sólo mediante la interpretación de signos objetivos, ese estado podría ser conocido por la propia conciencia y por la del confesor. Además habría que distinguir entre una verdadera certeza moral subjetiva y un error de conciencia que el confesor tiene la obligación de corregir [110].

¿Qué ocurre si los divorciados vueltos a casar no pueden acceder a la comunión al final del discernimiento? ¿No pueden participar de ningún modo en la vida de la Iglesia?

Benedicto XVI, en su Exhortación Apostólica Sacramentum Caritatis n. 29, respondía a estas cuestiones al hablar de los modos de participación que no incluyen ni la absolución ni la comunión sacramental: “Los divorciados vueltos a casar, a pesar de su situación, siguen perteneciendo a la Iglesia, que los sigue con especial atención, con el deseo de que, dentro de lo posible, cultiven un estilo de vida cristiano mediante la participación en la santa Misa, aunque sin comulgar [111], la escucha de la Palabra de Dios, la Adoración eucarística, la oración, la participación en la vida comunitaria, el diálogo con un sacerdote de confianza o un director espiritual, la entrega a obras de caridad, de penitencia, y la tarea de educar a los hijos” [112].

3) Para que las personas puedan reconocer su situación ante Dios, deben darse unas condiciones necesarias de humildad, reserva, amor a la Iglesia y a su enseñanza, en la búsqueda sincera de la voluntad de Dios y con el deseo de alcanzar una respuesta a ella más perfecta.

4) Las actitudes anteriores son fundamentales para evitar el grave riesgo de mensajes equivocados:

a) Algún sacerdote que se crea capacitado para conceder rápidamente «excepciones» sin tener en cuenta los criterios de amor y verdad de la Iglesia.

b) Que pueda haber personas que quieran obtener privilegios sacramentales a cambio de favores. Cuando se encuentra una persona responsable y discreta, que no pretende poner sus deseos por encima del bien común de la Iglesia, con un pastor que sabe reconocer la seriedad del asunto que tiene entre manos, se evita el riesgo de que un determinado discernimiento lleve a pensar que la Iglesia sostiene una doble moral [113].

¿Y ahora qué?

Después de leída y trabajada la Exhortación Apostólica Amoris Laetitia y de la relectura hecha de la misma en esta Carta Pastoral, ha surgido como fruto y, en diálogo con los sacerdotes, vida consagrada y agentes de pastoral, especialmente los dedicados a la pastoral familiar, un PROTOCOLO que ya se está confeccionando, recomendado en el texto Amoris Laetitia, como ayuda a la hora de tratar y buscar soluciones en estos casos difíciles a los que se refiere la Exhortación.

Francisco Cerro Chaves
Obispo de Coria-Cáceres


[1] Cf Amoris Laetitia, n. 8.

[2] Cf Amoris Laetitia, n. 16.

[3] Cf Amoris Laetitia, n. 28.

[4] Cf Amoris Laetitia, n. 19.

[5] Cf Amoris Laetitia, n. 22.

[6] Cf Amoris Laetitia, n. 6.

[7] Cf Amoris Laetitia, n. 31.

[8] Cf Amoris Laetitia, n. 33.

[9] Amoris Laetitia, n. 34.

[10] Amoris Laetitia, n. 37.

[11] Amoris Laetitia, n. 38.

[12] Cf Amoris Laetitia, n. 71-75.

[13] Cf Amoris Laetitia, n. 71.

[14] Cf. Mt 19, 1-12; Mc 10, 1-12; Ef 5, 21-32.

[15] Cf Amoris Laetitia, n. 71.

[16] Cf Amoris Laetitia, n. 72.

[17] Cf Amoris Laetitia, n. 72.

[18] Cf Amoris Laetitia, n. 73.

[19] Gaudium et Spes, n. 48.

[20] Catecismo de la Iglesia Católica, canon 1642.

[21] Amoris Laetitia, n. 74.

[22] Amoris Laetitia, n. 75.

[23] Cf Amoris Laetitia, n. 186.

[24] Amoris Laetitia, n. 200.

[25] Amoris Laetitia, n. 201.

[26] Cf Amoris Laetitia, n. 202-203.

[27] Amoris Laetitia, n. 204.

[28] Amoris Laetitia, n. 200.

[29] Cf Evangelii Gaudium, n. 1.

[30] Mt 13, 3-9.

[31] Cf Amoris Laetitia, n. 200.

[32] Cf Amoris Laetitia, n. 202.

[33] Cf Amoris Laetitia, n. 205.

[34] Cf Amoris Laetitia, n. 206.

[35] Cf Amoris Laetitia, n. 207.

[36] R. PIÑERO MARIÑO, Serán un solo corazón. Itinerario de formación prematrimonial. Ed. Monte Carmelo. Colección Agua Viva. Burgos, 2011.

[37] Cf Amoris Laetitia, n. 208.

[38] Cf Amoris Laetitia, n. 211.

[39] Cf Amoris Laetitia, n. 211.

[40] Amoris Laetitia, n. 212.

[41] Cf Amoris Laetitia, n. 213.

[42] Cf Amoris Laetitia, n. 216.

[43] Cf Amoris Laetitia, n. 217.

[44] Cf Amoris Laetitia, n. 218.

[45] Cf Amoris Laetitia, n. 221.

[46] Cf Humanae Vitae, n. 10-14; Familiaris Consortio, n. 14. 28-35.

[47] Cf Gaudium et Spes, n. 16.

[48] Rm 2, 15.

[49] Cf Gaudium et Spes, n. 50.

[50] Cf Humanae Vitae, n. 11.

[51] Catecismo de la Iglesia Católica, canon 2370.

[52] Cf Amoris Laetitia, n. 222.

[53] Cf Amoris Laetitia, n. 223.

[54] Cf Amoris Laetitia, n. 224.

[55] Cf Amoris Laetitia, n. 226.

[56] Cf Amoris Laetitia, n. 227.

[57] Cf Amoris Laetitia, n. 227.

[58] Cf Amoris Laetitia, n. 227.

[59] Cf Amoris Laetitia, n. 232.

[60] Cf Amoris Laetitia, n. 232.

[61] Cf Amoris Laetitia, n. 233.

[62] Cf Amoris Laetitia, n. 234.

[63] Cf Amoris Laetitia, n. 235.

[64] Cf Amoris Laetitia, n. 236.

[65] Cf Amoris Laetitia, n. 239.

[66] Cf Amoris Laetitia, n. 240.

[67] Cf Amoris Laetitia, n. 241.

[68] Familiaris Consortio, 83. Cf. Amoris Laetitia, n. 216.

[69] Cf Amoris Laetitia, n. 242.

[70] Cf Amoris Laetitia, n. 242.

[71] Cf Amoris Laetitia, n. 242.

[72] Cf Amoris Laetitia, n. 243.

[73] Cf Amoris Laetitia, n. 245.

[74] Cf Amoris Laetitia, n. 246.

[75] Cf Amoris Laetitia, n. 252.

[76] Catecismo de la Iglesia Católica, canon 2358.

[77] Cf Amoris Laetitia, n. 250.

[78] Cf Amoris Laetitia, n. 250. Sobre el llamado “matrimonio homosexual” cf. el n. 251 de la Exhortación.

[79] Cf Amoris Laetitia, n. 253.

[80] Cf Amoris Laetitia, n. 255-257.

[81] Cf Amoris Laetitia, n. 300.

[82] “La Iglesia debe acompañar con atención y cuidado a sus hijos más frágiles, marcados por el amor herido y extraviado, dándoles de nuevo confianza y esperanza, como la luz del faro de un puerto o de una antorcha llevada en medio de la gente para iluminar a quienes han perdido el rumbo o se encuentran en medio de la tempestad”. Cf Amoris Laetitia, n. 291.

[83] Cf Amoris Laetitia, n. 293.

[84] Cf Amoris Laetitia, n. 293.

[85] Cf Amoris Laetitia, n. 294.

[86] Cf Amoris Laetitia, n. 296.

[87] Cf Amoris Laetitia, n. 297.

[88] Cf Amoris Laetitia, n. 298.

[89] Cf Amoris Laetitia, n. 298. Se cita Familiaris Consortio, n. 84 y Gaudium et Spes, n. 51.

[90] Cf Amoris Laetitia, n. 298.

[91] Cf Amoris Laetitia, n. 293. Se cita Familiaris Consortio, n 84.

[92] Cf Amoris Laetitia, n. 298.

[93] Cf Amoris Laetitia, n. 299.

[94] Nota 336 de Amoris Laetitia: “Tampoco en lo referente a la disciplina sacramental, puesto que el discernimiento puede reconocer que en una situación particular no hay culpa grave. Allí se aplica lo que afirmé en otro documento: cf. Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, n. 44.47”.

[95] Cf Amoris Laetitia, n. 300.

[96] Cf Amoris Laetitia, n. 300.

[97] Cf., Bula del PAPA FRANCISCO Mitis Iudex Dominus Iesus (2015).

[98] Según Familiaris Consortio, n. 84, “hay diferencia entre los que sinceramente se han esforzado por salvar el primer matrimonio y han sido abandonados del todo injustamente y los que, por culpa grave, han destruido un matrimonio canónicamente válido”, lo cual no quiere decir que éstos últimos no puedan entrar en un proceso de conversión y acompañamiento.

[99] El Papa Francisco identifica el ideal del matrimonio (cf. Amoris Laetitia n. 34-36. 38) con el “proyecto originario de Dios” (Amoris Laetitia n. 62), que se hace presente en el sacramento del matrimonio (cf. Amoris Laetitia n. 71-76), que es “un don para la santificación y salvación de los esposos” y una vocación (Amoris Laetitia n. 72). Esto está plenamente de acuerdo con Veritatis Splendor, n. 103 donde se afirma que la norma enseñada por la Iglesia no es un “ideal” (como algo imposible de vivir) que deba luego ser adaptado. El ideal se puede cumplir porque Cristo nos ha redimido.

[100] Cf Amoris Laetitia, n. 298.

[101] Cf Amoris Laetitia, n. 300.

[102] Cf Familiaris Consortio, n. 34.

[103] Cf Veritatis Splendor, n. 104.

[104] Cf Amoris Laetitia, n. 301.

[105] Cf Amoris Laetitia, n. 298.

[106] Cf Amoris Laetitia, n. 298.301.

[107] Dice la nota 329 de Amoris Laetitia: JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Familiaris Consortio (22 noviembre 1981), n. 84: AAS 74 (1982), 186. En estas situaciones, muchos, conociendo y aceptando la posibilidad de convivir “como hermanos” que la Iglesia les ofrece, destacan que si faltan algunas expresiones de intimidad “puede poner en peligro no raras veces el bien de la fidelidad y el bien de la prole” (Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución Pastoral Gaudium et Spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, n. 51).

[108] Amoris Laetitia, n. 249.

[109] Cf Amoris Laetitia, n. 249, donde se cita el Catecismo de la Iglesia Católica, canon 1735: “La imputabilidad y la responsabilidad de una acción pueden quedar disminuidas e incluso suprimidas a causa de la ignorancia, la inadvertencia, la violencia, el temor, los hábitos, los afectos desordenados y otros factores psíquicos o sociales”.

[110] Cf. ÁNGEL RODRÍGUEZ LUÑO, Amoris Laetitia: Pautas doctrinales para un discernimiento pastoral.

[111] Incluida la llamada “comunión espiritual”, como recomienda el Pontificio Consejo para la Familia. Recomendaciones para la pastoral con los divorciados; sugerencias pastorales, apartado e), 14 de marzo de 1197.

[112] En este número el PAPA BENEDICTO XVI cita: Cf JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica postsinodal Familiaris Consortio (22 noviembre 1981), n. 84: AAS 74 (1982), n. 184-186; CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la recepción de la comunión eucarística por parte de los fieles divorciados y vueltos a casar, Annus Internationalis Familiae (14 septiembre 1994): AAS 86 (1994), n. 974- 979. En Familiaris Consortio, n. 84, aparecen también modos de participación de los divorciados vueltos a casar.

[113] Cf Amoris Laetitia, n. 300.

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