Santa María de la Esperanza

Carta del
Card. D. Ricardo Blázquez Pérez
Arzobispo de Valladolid

ricardo blazquez perez

Diciembre 2016

El Adviento es un tiempo litúrgico marcado particularmente por la esperanza. En medio de las incertidumbres personales y colectivas, en nuestra vida con sus inquietudes y preocupaciones, celebramos el tiempo de Adviento. Una súplica repetimos constantemente: “Ven, Señor, no tardes. Ven, ven que te esperamos”. Y Él nos responde: “Sí, vengo pronto”.

La venida del Señor despierta nuestra esperanza, nos invita a la vigilancia, nos otorga descanso y serenidad.

San Bernardo habló de una “triple venida del Señor”. La primera recuerda el nacimiento de Jesús en Belén, como el Salvador del mundo. La segunda venida se refiere a la que en el Credo profesamos con las palabras “Vendrá de nuevo a juzgar a los vivos y a los muertos”. La tercera es la que diariamente acontece. Dios viene a nuestro encuentro en cada persona y en cada acontecimiento.

“El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará y venderemos a él, y haremos morada en él” (Jn. 14, 23). El prometido por Dios fue esperado en la larga noche de los tiempos y vino al mundo naciendo en Belén; el Señor vendrá al final de nuestra vida y ante su venida debemos estar preparados y vigilar; el Señor vendrá al final de nuestra vida y ante esta venida debemos estar preparados y vigilar; el Señor llama diariamente a nuestra puerta y desea habitar en nosotros como compañía en la soledad y como consuelo en nuestros trabajos, penas y desolación. El que cree en Dios y recibe su Palabra nunca está solo. Dios hace su morada en nosotros. Las tres venidas del Señor hallan eco en el tiempo de Adviento.

A todo ser vivo limitado, -las plantas, los animales y los hombres-, pertenece la muerte como parte integrante. El ser vivo nace, crece, se reproduce y muere. La muerte forma parte de la vida de los seres finitos. Solo Dios es el viviente por los siglos. Dios vive por su misma naturaleza y da la vida. Pero hay una diferencia muy importante en la forma de morir el hombre y los demás vivientes creados.

Solo el hombre conoce anticipadamente que su vida camina hacia la muerte; y de este saber previo no puede desentenderse. Nuestra vida y nuestra conciencia y nuestra responsabilidad moral están caracterizadas por nuestra condición mortal. El hombre no puede prescindir de introducir la realidad de la muerte en la vida diaria. No le es posible resignarse, como si fuera una planta o un animal inconsciente sin hacer las cuentas con su muerte. Y justamente con el conocimiento anticipado de la muerte nacen en el hombre sentimientos de temor y de esperanza, de angustia y de confianza. La muerte sombrea la vida entera, y la esperanza que va más allá de la muerte ilumina toda la vida del hombre (cf. Heb 6, 18-20).

El tiempo de Adviento es una oportunidad para aceptar nuestra muerte y para recibir de Dios a través de la esperanza inmarcesible el sentido de la vida. ¡Es muy distinto vivir sin esperanza, como si todo desembocara en el vacío y en la nada, que vivir con la esperanza depositada en Dios que es el Señor de la vida y de la muerte! El Adviento es un tiempo de vigilancia, de vivir preparado para cuando el Señor, sin avisar, venga definitivamente a nuestro encuentro.

La esperanza es una virtud teologal, que tiene a Dios como término, por lo que somos alentados a mirar hacia el futuro con serenidad. Por la esperanza pasamos de la tristeza al gozo, de la incertidumbre a la confianza, de vivir como cercados por la muerte a vivir con aliento siempre nuevo para caminar. Incluso, cuando por razones de edad y de salud, no podemos proyectar nuevas metas en la vida, aún es posible la esperanza, ya que la Vida eterna es nuestra meta definitiva.

El que espera está llamado a prestar a los demás el servicio de la esperanza. En medio de la noche podemos preguntar a otras personas: ¿Qué ves en la noche, dinos centinelas? Para los decaídos, para los que no levantan su mirada hacia lo alto, para los que no ven más allá de dos palmos del camino, la persona que espera les ayuda a superar el abatimiento y a caminar con renovada ilusión. Por la esperanza que testifica el cristiano, en virtud de la fe en Jesucristo vencedor del pecado y de la muerte, es posible ensanchar la fraternidad de los que esperan.

Las invocaciones con las que nos dirigimos a la Virgen, además de las letanías de Loreto o lauretanas, han crecido incesantemente en la piedad cristiana. En el tiempo del Adviento celebramos la Inmaculada Concepción, ya que María fue concebida sin pecado original y es “la toda santa” para ser “morada digna de su Hijo”.

En la Liturgia hispana se celebró desde el año 656 el día 18 de diciembre, en la proximidad de la fiesta del Nacimiento de Jesús, una fiesta de la Virgen que se conoce con tres nombres: María en la expectación del parto, nuestra señora de la esperanza y la Virgen de la “O”.

María gestando a Jesús es portadora del Esperado, del Prometido por Dios, del Mesías, del Salvador. El parto de María fue el alumbramiento de la Luz del mundo. María es como el puente a través del cual vino Dios a nosotros y cada uno podemos recibir de su regazo a Jesús que lo muestra desde Belén a todos los que lo buscan.

¿Por qué llaman a esta fiesta de la Virgen Nuestra Señora de la “O”? María de la O es también el nombre que en el bautismo han recibido algunas niñas. Es un nombre extraño que tiene su motivación litúrgica. Desde el día 17 hasta el día 23 la antífona al canto del Magníficat comienza con la admiración “Oh” Sabiduría, Sol naciente, Enmanuel… Comienza cada antífona con esa oración de sorpresa y a continuación hace una petición en que siempre se dice “Ven” y enséñanos el camino de la salvación.

Recorramos el tiempo de Adviento acompañados por María, que vivió su Adviento singular en la expectación del parto.

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