Mensaje con motivo del Año Jubilar Calasancio

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Al reverendísimo padre
PEDRO AGUADO CUESTA
Prepósito general de los Padres Escolapios

Con gran alegría me dirijo a usted y a todos los hermanos Escolapios con motivo de los 400 años del nacimiento de las Escuelas Pías como Congregación Religiosa y del 250 aniversario de la canonización de san José de Calasanz. En esta feliz ocasión también me he querido hacer presente no solo para celebrar la extraordinaria historia que ustedes han escrito desde los tiempos del fundador hasta hoy, sino también para animarles a continuarla con entusiasmo, dedicación y esperanza «para gloria de Dios y utilidad del prójimo» con la seguridad de que, si bien las circunstancias en que nació la Orden no son las de hoy en día, las necesidades a las que responde siguen siendo esencialmente las mismas: los niños y jóvenes necesitan que se les distribuya el pan de la piedad y de las letras, los pobres siguen llamándonos y convocándonos, la sociedad pide ser transformada de acuerdo con los valores del Evangelio, y la predicación de Jesús debe ser llevada a todos los pueblos y todas las naciones.

El Papa Pablo V, hace 400 años, comprendió que era el Espíritu Santo quien guiaba a José de Calasanz a dedicarse a la educación de los niños que en aquel tiempo vagaban por las calles de Roma, y por eso erigió la «Congregación Paulina de los Pobres de la Madre Dios de las Escuelas Pías» con la bula Ad ea per quae, como la primera congregación en la Iglesia dedicada exclusivamente a la educación de los niños y jóvenes, especialmente los más pobres. En el siglo pasado, Pío XII reconoció a su vez la importancia de su fundador, proclamándolo, con motivo del tercer centenario de su muerte y el segundo de su beatificación, patrono celestial de todas las escuelas públicas cristianas (cf. Breve Providentissimus Deus: AAS 1948, 11, 454-455).

En estos cuatro siglos las Escuelas Pías se han mantenido en una permanente actitud de apertura a la realidad y de «salida»: de Roma hacia los pequeños pueblos italianos, donde su servicio educativo era solicitado con apremio; de Italia a los países europeos, donde la Iglesia quería educar sólidamente a los niños en la fe católica; y más tarde a otros continentes, para servir a la Iglesia y al mundo en el campo de la educación. Han ejercido siempre su ministerio en la escuela, pero han sido capaces de encarnar su carisma también en varias otras áreas. Y, al mismo tiempo han sido capaces de responder a las peticiones de la Iglesia, asumiendo servicios pastorales donde fuera necesario. Por último, en respuesta a los deseos del Vaticano II que pedía una participación más activa de los laicos en la vida de la Iglesia, han abierto el camino de las Fraternidades Escolapias, invitando a hombres y mujeres de buena voluntad a compartir su carisma y su misión, fomentando una rica variedad de vocaciones.

Desde que Calasanz comenzó sus actividades educativas, en 1597, hasta que la Iglesia erigió la congregación, pasaron veinte años, veinte intensos años en los que se estaba configurando su identidad. En el aniversario que celebramos y que vais a vivir como Año Jubilar Calasancio, espero que hagan memoria de lo que son y de lo que están llamados a ser. Pido al Señor que les conceda vivir aquellas disposiciones que hicieron santo a su fundador. De esta manera, las Escuelas Pías serán lo que san José de Calasanz quiso y lo que los niños y los jóvenes necesitan.

Les invito a vivir este Año Jubilar como un nuevo «Pentecostés de los Escolapios». Que la casa común de las Escuelas Pías se llene de Espíritu Santo, para que se cree en ustedes la comunión necesaria para llevar adelante con fuerza la misión propia de los Escolapios en el mundo, superando los miedos y barreras de todo tipo. Que sus personas, comunidades y obras pueden irradiar en todos los idiomas, lugares y culturas, la fuerza liberadora y salvadora del Evangelio. Que el Señor les ayude a tener siempre un espíritu misionero y disponibilidad para ponerse en camino.

El lema que han elegido para este Año Jubilar «Educar, Anunciar, Transformar» les orienta y les guía. Permanezcan abiertos y atentos a las indicaciones que el Espíritu les sugiere. Por encima de todo, sigan las huellas que los niños y los jóvenes llevan escritas en sus ojos. Mírenles a la cara y déjense contagiar por su brillo para ser portadores de futuro y esperanza. Dios les conceda encontrarse proféticamente presentes en los rincones donde los niños sufren injustamente.

Hoy más que nunca necesitamos una pedagogía evangelizadora que sea capaz de cambiar el corazón y la realidad en sintonía con el Reino de Dios, haciendo a las personas protagonistas y partícipes del proceso. La educación cristiana, especialmente entre los más pobres y allí donde la Buena Nueva tiene poco espacio o toca marginalmente la vida, es un medio privilegiado para lograr este objetivo. En un carisma educativo como el suyo se perciben enormes potencialidades, muchas de las cuales están aún por descubrir. La educación abre la posibilidad de comprender y acoger la presencia de Dios en el corazón de cada ser humano, desde la más tierna infancia, haciendo uso del conocimiento humano (las «letras») y divino (la «piedad»). Solo la coherencia de una vida basada en este amor les hará fecundos y les colmará de hijos.

Quiero recordar las palabras fuertes con las que su fundador describió el ministerio al que dedicó su vida: «Muy digno, muy noble, muy loable, muy beneficioso, muy útil, muy necesario, muy arraigado en nuestra naturaleza, muy conforme a la razón, muy apreciado, muy agradable y muy glorioso» (Memorial al cardenal Tonti). ¡Estas palabras siguen siendo válidas! De hecho, hoy en día hay millones de niños sin acceso a la educación, excluidos en las grandes ciudades, limitados en sus aspiraciones y planes para el futuro debido al egoísmo y la codicia humana; miles de niños alejados de sus hogares y de sus escuelas debido a las guerras, y que requieren una atención educativa especial. Y todos los niños que están escolarizados tienen continuamente necesidad de auténticos maestros, para ayudarles a crecer desde raíces profundas, que les muestren a Cristo y les acompañen en el viaje de la vida.

No quiero dejar de decir una cosa que siento con particular fuerza cuando pienso en la vida consagrada. Ser parte de una familia religiosa para san José de Calasanz significa elegir un camino de continuo y marcado abajamiento. Ser Escolapio es, por definición, ser una persona en un estado de abajamiento, un pequeño que se puede identificar con los pequeños, un pobre con los pobres. La historia de nuestra salvación es la historia de un supremo abajamiento: el divino se hace humano, el celeste se convierte en terrestre, el eterno se hace temporal, el absoluto se vuelve frágil, la sabiduría de Dios se convierte en locura y su fuerza se convierte en debilidad; porque la Vida, la verdadera Vida, se abaja hasta la muerte, y muerte de cruz. Seguir a Jesús es seguir su abajamiento, es llegar, como Él, al fondo de la humanidad, de nuestra debilidad y allí convertirse en servidor, como Aquel que no vino para ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por todos (cf. Mt 20, 28).

Dijo san José de Calasanz: «El camino más corto y más fácil para ser exaltado al propio conocimiento y de este a los atributos de la misericordia, la prudencia y la paciencia infinita de Dios, es el abajarse a dar luz a los niños y en particular a los que son como desamparados de todos, que por ser oficio a los ojos del mundo tan bajo y vil, pocos quieren abajarse a él» (Epistolario, 1236). Su fundador descubrió que el verdadero camino del conocimiento de sí mismo y del ejercicio de las más altas virtudes era el abajamiento frente a los niños, sobre todo ante los más abandonados, para traerlos a la luz. De la misma manera que el Señor quiso poner la verdadera felicidad y dicha en la bajeza de la cruz, lo mismo ustedes, como consagrados, encuentren su plenitud y su alegría en el diario abajamiento entre los niños y los jóvenes, especialmente a los más pobres y necesitados. Ustedes no han sido fundados para otra grandeza que la de la pequeñez, ni para ninguna otra cima que la del abajamiento, que les reviste de los sentimientos de Cristo y les lleva a ser cooperadores de la Verdad divina y a hacerse niños con los niños y pobres con los pobres (cf. Constituciones, 19).

Encomiendo a todos ustedes, la Orden, la Familia Calasancia y las Fraternidades Escolapias a María Santísima, de la cual la Orden de las Escuelas Pías lleva el nombre. María, que fue la primera maestra de Jesús, sea su modelo y protección para continuar llevando a cabo su misión, acompañando a los pequeños hacia el Reino de Dios.

Con estos sentimientos, les imparto a todos una especial bendición apostólica.

Vaticano, 27 de noviembre de 2016

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