Esperar vigilantes la venida del Señor

Catequesis de
Mons. D. Julián López Martín
Obispo de León

lopezmartinjulian

Real Colegiata-Basílica de San Isidoro, León
Domingo 4 de diciembre de 2016

CATEQUESIS DE ADVIENTO 2016
La esperanza, virtud del Adviento

ESPERAR VIGILANTES LA VENIDA DEL SEÑOR

El domingo pasado anuncié que las catequesis de Adviento de este año iban a versar sobre la esperanza, la segunda de las tres virtudes teologales y sin duda la más característica de este tiempo litúrgico que nos prepara para celebrar la renovada venida del Señor en la Navidad. Sin embargo son muy pocos los textos del Misal que se refieren directamente a la esperanza. En este tiempo litúrgico los ejemplos aluden más bien a la espera de la venida del Señor. Uno de esos textos fue la oración con la que terminé la catequesis del domingo pasado y que me va a servir hoy como punto de partida. Por eso vuelvo a leerla antes de comentarla brevemente:

Dios todopoderoso,
concede a tu pueblo esperar vigilante la venida de tu Unigénito,
para que nos apresuremos a salir a su encuentro
con las lámparas encendidas,
como nos enseñó nuestro Salvador [1]

“Concede a tu pueblo esperar vigilante la venida de tu Unigénito”: Esta frase, a continuación de la invocación a Dios, el Padre todopoderoso, y antes de referirse a la finalidad de la súplica, contiene el objeto central de la plegaria, formulado con dos palabras: “esperar vigilante”. “Esperar vigilante” es una expresión que encierra un gran dinamismo y sugiere precisamente una actividad de vigilancia unida a la actitud fundamental de la espera. Merece la pena que nos detengamos un momento en analizar estos dos conceptos tomando como referencia la Sagrada Escritura, especialmente el Nuevo Testamento.

1. Trasfondo bíblico de la esperanza unida a la vigilancia

El trasfondo bíblico y neotestamentario de los verbos esperar y vigilar, lo mismo que los substantivos que les corresponden, esperanza y vigilancia, es indudable. Bastaría recordar algunas indicaciones: Esperanza y esperar pertenecen al vocabulario de san Pablo. Curiosamente, en los evangelios no hay alusiones explícitas a la esperanza, aunque el mensaje de Jesús está lleno precisamente de esperanza. Está claro, además, que la buena nueva de la salvación, anunciada y realizada por él, aparece en su predicación acerca del reino de Dios, un reino esencialmente escatológico o futuro y, sin embargo, presente y activo en la persona y en la actitud de Jesús (cf. Mt 4,17ss.; 10,6; 12,28; etc.).

En efecto, en los evangelios, entre las promesas del Señor dirigidas a los pobres, a los humildes y a los oprimidos, destacan las relativas al Reino de Dios y a la salvación (cf. Mt 5,3.12; Lc 6,21-26). Otro aspecto importante consiste en que la esperanza que el Señor ofrece es muy distinta de lo que pensaba la mayoría de sus contemporáneos, que soportaban con impaciencia el yugo de los romanos y aspiraban a su liberación, una liberación con tintes más bien políticos como se ve cuando preguntaron a Jesús acerca de la licitud del tributo al César (cf. Mc 12,13-17). En cambio en san Pablo, como ya he indicado, se encuentra una rica reflexión acerca de la esperanza como espera confiada y paciente de lo que no se ve (cf. Rom 4,18), “pues hemos sido salvados en esperanza. Y una esperanza que se ve, no es esperanza” (Rom 8,24-25). Para el apóstol de las gentes la esperanza está hecha de espera, de confianza y de paciencia, tres actitudes que nunca aparecen separadas en sus escritos, si bien san Pablo unas veces destaca la confianza (cf. 1 Cor 15,19; 2 Cor 1,10; 3,12; Flp 1,20) y otras subraya con fuerza la espera y la paciencia (cf. Rom 5,4ss; 15,4; 1 Tes 1,3; 5,8). Otro aspecto muy importante en él consiste en que, en la nueva alianza, la esperanza difiere substancialmente respecto de la antigua porque ahora se apoya en Cristo y en su obra redentora. Una bellísima frase resume la doctrina paulina acerca de esta virtud, cuando el apóstol afirma que los cristianos “hemos sido salvados en la esperanza” (Rom 8,24).

Respecto del otro concepto, “vigilar” y “vigilancia”, aparte las referencias a otros significados de estas palabras como, por ejemplo, el guardarse de las tentaciones del demonio (cf. 1 Jn 5,21) o el cuidado de la comunidad que han de tener los presbíteros (cf. Hch 20,31), en el Nuevo Testamento se subraya con fuerza precisamente la exhortación a estar preparados para la venida del Señor, puesto que no sabemos ni el día ni la hora (cf. Mt 24,42; 25,13). Hemos de estar alerta como el padre de familia que vigila para que el ladrón no le sorprenda (cf. Mt 24,43). En efecto, Dios Padre nos ha ocultado el día y la hora para que asumamos la vigilancia como una actitud permanente (cf. Mt 25,13), de manera que este encargo se dirige a todos los discípulos de Jesús sin excepción (cf. Mc 13,35.37). Por lo mismo él llamó “Bienaventurados (a) aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; (porque)… se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo” (Lc 12,37; cf. 12,38ss.). Esta exhortación de nuestro Señor Jesucristo, en quien se advierte además que su propia actitud de vigilancia iba acompañada de la oración -recuérdese la escena de la oración en el huerto (cf. Mt 26,38-42)- fue muy bien asimilada por los apóstoles que insistieron precisamente en la relación entre oración y vigilancia (cf. 1 Cor 16,13; Col 4,2; Ef 6,18; etc.).

Esta reflexión acerca de esta íntima relación entre esperanza y vigilancia -el “esperar vigilantes” de la oración que he citado al principio- nos ayudará a comprender mejor el significado y la importancia que tiene la virtud de la esperanza en la celebración y vivencia del Adviento. Este tiempo litúrgico tiene aquí un fortísimo punto de apoyo y de referencia. Dicho de otro modo: la espera del Adviento no tiene nada que ver con la actitud pasiva y a veces resignada del que se limita a entretener el tiempo o a dar lugar a que se produzca algún hecho o a que llegue alguna persona sin que sea necesario poner nada de su parte para que esa llegada se produzca. La oración lo dice muy claramente: “para que, cuando llegue y llame a la puerta -está refiriéndose a Cristo-, nos encuentre velando en oración y cantando con alegría sus alabanzas”. La expresión se inspira en las recomendaciones del Señor que he citado antes, pero con un añadido relativo al canto, a la alegría y a la alabanza, actitudes propias también del Adviento que se ponen de manifiesto especialmente en el domingo III, denominado domingo “Gaudete” (Alegraos”: Flp 4,4-5). Sobre este aspecto hablaré en la catequesis del próximo domingo.

2. Algunas ideas acerca de la esperanza en su significado y alcance

Antes de entrar más a fondo en el significado de la esperanza teniendo en cuenta la perspectiva e importancia que tiene durante el tiempo de Adviento, quisiera ofrecer algunas ideas de carácter general acerca esta virtud teologal específicamente cristiana. Quisiera recordar, en primer término, lo que se dice en el Catecismo de la Iglesia Católica (= CCE). De la esperanza se trata en varios lugares, pero especialmente en el dedicado a las virtudes teologales dentro de la primera sección, a su vez, de la III parte del Catecismo, en la que se expone “La vida en Cristo” y que se refiere a la moral cristiana. La sección lleva por título: “La vocación del hombre: la vida en el Espíritu”. Esto nos da ya una idea acerca de la importancia de la esperanza, definida como la virtud “por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo” (CCE 1817). Notemos de entrada algunas expresiones muy significativas: “Reino de los cielos”, “confianza en las promesas de Cristo”, “auxilios de la gracia del Espíritu Santo”, etc.

La esperanza corresponde, por tanto, al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo ser humano y asume los deseos que inspiran sus actividades, purificándolos para orientarlos al Reino de los cielos. La esperanza cristiana tiene su origen y su referencia primera en la esperanza del pueblo elegido, heredero de la confianza de Abrahán en las promesas de Dios. El papa Francisco, en una homilía en la Misa celebrada en la capilla de Santa Marta de su residencia, recordaba que existe un “hilo de la esperanza” que une toda la historia de la salvación, comenzando con Abraham y terminando con Jesús. Explicando las características de la esperanza afirmaba que era más fácil asegurar que se tiene fe y caridad que responder acerca de la esperanza: “Tantas veces podemos decir esto fácilmente, pero cuando se nos pregunta: ‘¿Tú tienes esperanza? ¿Tú tienes la alegría de la esperanza?’… ‘Pero, padre, no entiendo, explíquemelo’. La esperanza, aquella virtud humilde, aquella virtud que corre bajo el agua de la vida, pero que nos sostiene para que no nos ahoguemos en tantas dificultades, para no perder aquel deseo de encontrar a Dios, de encontrar aquel rostro maravilloso que todos veremos un día: la esperanza” [2].

La esperanza que recorre la historia humana reaparece, efectivamente, en la predicación de Jesús, sobre todo al proclamar las bienaventuranzas que nos hacen elevar la mirada hacia la nueva tierra prometida, a la vez que trazan el camino para alcanzar los bienes que Dios ha reservado para los que le aman (cf. CCE 1818-1820). El papa Francisco completaba su predicación sobre la esperanza afirmando: “Es el mismo Dios que en la plenitud de los tiempos hace que aquella promesa llegue a ser una realidad para todos nosotros. Y lo que une aquel primer momento a este último momento es el hilo de la esperanza; y lo que une mi vida cristiana a nuestra vida cristiana, de un momento al otro, para ir siempre hacia adelante – pecadores, pero adelante – es la esperanza; y lo que nos da paz en los feos momentos, en los momentos peores de la vida, es la esperanza. La esperanza no decepciona, está siempre allí: silenciosa y humilde, pero fuerte” [3].

En este sentido la Iglesia solo alcanzará su perfección en la gloria del cielo, cuando llegue el tiempo de la restauración universal y la humanidad sea perfectamente renovada en “los cielos nuevos y en la tierra nueva” (2 Pe 3,13). Entonces se producirá la realización definitiva del designio de Dios de “recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra” (Ef 1, 10). La esperanza, así asimilada y vivida, nos sitúa en esa tensión vital y comprometida hacia el encuentro final con Jesucristo que se manifiesta en la invocación “¡Ven, Señor Jesús!” (el “Marana-tha” de Ap 22,20b al que aludía en la catequesis del domingo pasado). Mientras tanto vamos construyendo el Reino definitivo donde se manifestarán la justicia y el amor, a la vez que anunciamos el mensaje evangélico y participamos en la Eucaristía como anuncio eficaz de la muerte del Señor hasta que vuelva (cf. 1 Cor 11,26).

3. Belleza y profundidad de la esperanza cristiana a la luz del Adviento

La liturgia de Adviento, tanto en las misas como en la Liturgia de las Horas, nos ofrece un cauce espléndido para tomar conciencia de lo que es y de lo que representa la esperanza en la vida cristiana. Esta es una virtud que, por una parte, responde al anhelo y a la nostalgia de Dios inscrita en la conciencia de los hombres y aún en la historia de la humanidad y, por otra, contribuye de manera poderosa a unir profundamente y a estimular y sostener a los hombres que desean y procuran un mundo más justo, más solidario y más fraterno, afrontando con coraje los desafíos actuales de la humanidad.

Esto no son palabras carentes de fuerza y eficacia. La Iglesia, todos los cristianos, estamos llamados a estar presentes y activos, especialmente a través de la justicia social, de la promoción humana y de la caridad fraterna, en la tarea de hacer realidad lo que he dicho antes, un mundo más justo y más humano, unidos a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que procuran esto mismo. Pero hemos de hacerlo desde la certeza de que Dios es Padre y “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4). Esto quiere decir que debemos buscar el bien de todos sin excepción, cooperando en esa tarea sin exclusivismos ni exclusiones. Aunque las motivaciones de los hombres sean distintas, es la humanidad entera la que ha de avanzar hacia un futuro de justicia y de paz. La paz es una meta común y, no lo olvidemos, cuando Dios se hizo hombre y nació en Belén, de una mujer y bajo la ley tal y como recuerda san Pablo en la Carta a los Gálatas (cf. 4,4), resonó en las alturas un canto de paz universal: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad” (Lc 2,14). ¿Acaso cabe mayor esperanza en Adviento, de cara a la Navidad?

En el año 2007 el entonces obispo de Roma y pastor de la Iglesia universal, Benedicto XVI, hoy emérito, hizo pública una encíclica dedicada precisamente a la esperanza. Él mismo la presentó en una homilía en las II Vísperas del domingo I de Adviento de aquel año celebradas en la basílica de san Pedro. Dijo lo siguiente: “Este domingo es un día muy adecuado para ofrecer a la Iglesia entera y a todos los hombres de buena voluntad mi segunda encíclica, que quise dedicar precisamente al tema de la esperanza cristiana. Se titula ‘Spe salvi’, porque comienza con la expresión de san Pablo: «Spe salvi facti sumus», «En esperanza fuimos salvados» (Rom 8, 24) [4]. Ciertamente, el Adviento como tiempo especialmente centrado en la esperanza en el horizonte de la historia humana a la luz de Cristo Salvador que viene a nosotros, ofrecía el marco más adecuado para presentar un documento tan relevante del magisterio pontificio como dicha encíclica.

4. La esperanza cristiana se basa en la fe y apunta a la salvación

El papa se preguntaba a continuación: “¿En qué consiste esta esperanza, tan grande y tan «fiable» que nos hace decir que en ella encontramos la «salvación»?”. En efecto, si tenemos en cuenta que la salvación, nuestra salvación, no puede ser una simple promesa o una especie de ilusión, cabe preguntarse qué nos ofrece, asegura e indica esa esperanza. Porque se nos habla de “salvación en esperanza”, pero ¿qué clase de esperanza es la que se nos promete para poder justificar la afirmación de que, a partir de ella y porque hay esperanza, alcanzamos la salvación o redención? Benedicto XVI, al comienzo de su encíclica, empieza a responder diciendo: “Según la fe cristiana, la «redención», la salvación, no es simplemente un dato de hecho. Se nos ofrece la salvación en el sentido de que se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino” (Spe salvi, 1). Más adelante explica la relación de la esperanza con la fe, virtud que precede a la esperanza pero que en cierto modo la define y determina. Ambas virtudes, viene a decir, son intercambiables, como aparece por ejemplo en la I Carta de San Pedro cuando se exhorta a los cristianos a estar “dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza” (1 Pe 3,15). Claramente aquí la esperanza equivale a la fe, de manera que el haber recibido la fe supone también el poseer la esperanza (cf. Ef 2,12), y el tener la esperanza se traduce en vivir de otra manera, porque al creyente le ha sido dada una vida nueva (cf. Spe salvi, 2).

Y es verdad. Benedicto XVI, al presentar su encíclica, respondía de este modo a la pregunta que he recogido anteriormente: “(La esperanza) esencialmente consiste en el conocimiento de Dios, en el descubrimiento de su corazón de Padre bueno y misericordioso. Jesús, con su muerte en la cruz y su resurrección, nos reveló su rostro, el rostro de un Dios con un amor tan grande que comunica una esperanza inquebrantable, que ni siquiera la muerte puede destruir, porque la vida de quien se pone en manos de este Padre se abre a la perspectiva de la bienaventuranza eterna”. Conocer a Dios, encontrarse con él, es tener esperanza. San Pablo les recordaba a los cristianos de Éfeso que antes de su encuentro con Cristo eran ajenos a las alianzas y a las promesas divinas, hombres “sin esperanza y sin Dios en el mundo” (Ef 2,12).

Y para explicarlo más fácilmente Benedicto XVI ponía como ejemplo a una joven africana, nacida en Sudán y canonizada por san Juan Pablo II el 1 de octubre del año 2000, santa Josefina Bakhita, vendida varias veces como esclava, maltratada física y moralmente hasta que llegó a conocer a un “dueño” totalmente diferente, el Dios de Jesucristo que estaba por encima de todos los demás dueños y señores y que era la bondad en persona. “Se enteró, afirma Benedicto XVI, de que este Señor la conocía, que la había creado también a ella; más aún, que la quería. También ella era amada… Incluso más: este ‘dueño’ había afrontado personalmente el destino de ser maltratado y ahora la esperaba «a la derecha de Dios Padre». En este momento tuvo «esperanza»; no sólo la pequeña esperanza de encontrar dueños menos crueles, sino la gran esperanza: yo soy definitivamente amada, suceda lo que suceda; este gran Amor me espera. Por eso mi vida es hermosa” (Spe salvi, 3).

Este bello ejemplo nos permite concluir la catequesis con una gran alegría, al comprobar que la esperanza, aunque no es una virtud tan simple como puede parecer a primera vista, sin embargo está al alcance de todas las personas, aun de las más humildes y sencillas como santa Josefina Bakhita, en la que sin duda se cumplió con creces la promesa del Señor: “Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt 5,3). Por eso quiero terminar recitando la oración colecta de la Misa en honor de esta virgen santa cuya memoria litúrgica se celebra el día 8 de febrero:

Oh Dios,
que condujiste a santa Josefina Bakhita
de la humillante esclavitud
a la dignidad de hija tuya y esposa de Cristo,
concédenos, por su ejemplo,
seguir con amor constante al Señor Jesús crucificado
y, movidos a misericordia, perseverar en la caridad.


[1] Colecta del viernes de la II semana de Adviento. Otros textos: id. del lunes de la I semana; or. sobre las ofrendas del día 20 de diciembre; id. del día 24 por la mañana. Significativamente, la alusión a la esperanza se hace utilizando el verbo esperar al que acompañan expresiones que aluden a la vigilancia, a la alegría, la fe, el amor, etc.

[2] Texto ofrecido por M.F. BERNASCONI en Internet (Radio Vaticano, 17-III-2016).

[3] Ib.

[4] BENEDICTO XVI, Carta encíclica”Spe salvi” sobre la esperanza cristiana (30-XI-2007), Editrice Vaticana.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s