Vigilia de la Inmaculada Concepción

Homilía de
Mons. D. Vicente Jiménez Zamora
Arzobispo de Zaragoza

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Parroquia de San Miguel de los Navarros, Zaragoza
Miércoles 7 de diciembre de 2016

VIGILIA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN

María, Madre de la evangelización

Queridos hermanos sacerdotes, miembros de vida consagrada, seminaristas y  fieles laicos.

“Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador, porque ha mirado la humildad de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí; su nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación” (Lc 1, 46-50). Con estas palabras del cántico evangélico del Magníficat nos unimos en esta noche a la Virgen María en su himno de acción de gracias a Dios, que la eligió para que fuera digna Madre de su Hijo y Madre nuestra.

Con esta Vigilia de Oración, aquí en la Parroquia de San Miguel de los Navarros, que nos acoge y abre sus puertas, organizada por la Vicaría II (MIDE) de nuestra ciudad de Zaragoza, a cuyos organizadores les felicito y les doy las gracias, nos preparamos para celebrar dignamente la solemnidad litúrgica de mañana, 8 de diciembre,  en la que “se celebran conjuntamente la Inmaculada Concepción de María, la preparación primigenia a la venida del Salvador (cfr. Is 11, 1, 10) y el feliz exordio de la Iglesia sin mancha ni arruga” (Pablo VI, Marialis Cultus 3).

Sentido de la solemnidad y compromiso cristiano

En la solemnidad de la Inmaculada Concepción, volvemos la mirada y el corazón al núcleo más profundo del misterio que celebramos: en la plenitud de los tiempos, Dios Padre preparó una Madre para su Hijo, que se encarnó por obra del Espíritu Santo para nuestra salvación, para hacernos hijos suyos, para que seamos santos e irreprochables ante Él por el amor (cfr. Ef 1, 4-5). Y pensó en una Madre que no tuviera parte con el pecado, pura y santa, la Nueva Eva no contaminada por el pecado de la primera Eva, como anuncia proféticamente el libro del Génesis (Gn 3, 13-15). Ella es “la llena de gracia”, como la saluda el ángel en la Anunciación (cfr. Lc 1, 18).

María es enriquecida en su Concepción con la plenitud de la gracia del Espíritu Santo, cuya luz brilla en ella con destellos incomparables de santidad y con el fulgor de todas las virtudes que resplandecen a lo largo de su vida terrestre.

En esta noche contemplamos a María como Madre de la evangelización, a la luz y en sintonía con la exhortación apostólica Evangelii gaudium (nn. 284-288).

María tiene una función eminente en la historia de la salvación, como ha puesto de relieve el Concilio Vaticano II (1ª parte de la Vigilia).  María es la Madre de la Iglesia evangelizadora. Con el Espíritu Santo, en medio del pueblo siempre está María. Ella reunía a los discípulos para invocarlo (cfr. Hch 1, 14), y así hizo posible la explosión evangelizadora que se produjo en Pentecostés. La Virgen María está presente en el momento de la natividad de la Iglesia, cuando el Espíritu la consagra para cumplir su misión (2ª parte de la Vigilia). El Magníficat es el punto culminante del encuentro de María e Isabel. Esta reconoce que en María se ha cumplido lo que le fue prometido por el ángel. A la bendición de Isabel responde María con el Magníficat (3ª parte de la Vigilia).

María es modelo eclesial para la evangelización

El Papa Francisco, en la exhortación apostólica Evangelii gaudium  nos propone un estilo mariano para la actividad evangelizadora de la Iglesia. “Porque cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes. Mirándola descubrimos que la misma que alababa a Dios, porque “derribó de su trono a los poderosos” y “despidió vacíos a los ricos” (Lc 1, 52.53) es la que pone calidez de hogar en nuestra búsqueda de justicia. Es también la que conserva cuidadosamente “todas las cosas meditándolas en su corazón” (Lc 2, 19). María sabe reconocer las huellas del Espíritu de Dios en los grandes acontecimientos y también en aquellos que parecen imperceptibles. Es contemplativa del misterio de Dios en el mundo, en la historia y en la vida cotidiana de cada uno y de todos. Es la mujer orante y trabajadora en Nazaret, y también es nuestra Señora de la prontitud, la que sale de su pueblo para auxiliar a los demás “sin demora” (Lc 1, 39)” (EG, 288).

Esta dinámica de justicia y ternura, de contemplar y caminar hacia los demás, es lo que hace de la Virgen un modelo eclesial para la evangelización. Por eso la contemplamos esta noche como La Madre de la evangelización.

La Concepción Inmaculada de María significa, además,  el comienzo de la nueva humanidad. Ella es la nueva Eva, el modelo humano más acabado, en quien no  se da la desintegración  y ruptura, que produce el pecado. Ella es toda de Dios y para Dios y, a través de Él, para toda la humanidad. En ella no hubo, como en nosotros, primero un “no” y luego un “sí”, pues en Ella, como en su Hijo, desde el primer instante de su ser natural, todo se ha convertido en un inmenso “sí” (cfr. 2 Cor 1, 19-20). Por ello, el hombre desencantado, fragmentado y roto de nuestro tiempo, debe volver los ojos a la Virgen Inmaculada para curar sus heridas con el bálsamo de la misericordia divina.

La santidad que es en María una feliz realidad, obra de la gracia, debe ser en nosotros un anhelo y una llamada incesante al esfuerzo y a la conversión continua confiando en la ayuda de Dios. María nos estimula y alienta en el camino de la vida con su “múltiple y continua intercesión” y “con amor de Madre se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada” (LG 6

Invocación final

Virgen Inmaculada, llena de gracia, vela por nuestra Diócesis de Zaragoza, por nuestros sacerdotes, por nuestras personas consagradas, por los seminaristas de nuestro Seminario Metropolitano y por todos los fieles laicos. Haznos hombres y mujeres testigos de la de Misericordia de Dios Padre.

Ayúdanos como Madre a realizar los proyectos del nuevo Plan Diocesano de Pastoral 2015-2020, y de la Programación Pastoral de este curso 2016-2017. Intercede ante tu Hijo, el fruto bendito de tus entrañas virginales, para que caminemos como Iglesia del Señor, que vive la comunión, anuncia la Palabra, celebra los misterios de la fe y testimonia con el compromiso el amor fraterno y la misericordia divina, en este pueblo y en esta tierra bendita de Zaragoza y Aragón. Haz que seamos una Iglesia Diocesana en salida y en conversión. Amén.

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