Víspera de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción

Homilía de
Mons. D. Francisco Javier Martínez Fernández
Arzobispo de Granada

martinezfernandezfranciscojavier

Parroquia de Inmaculada Concepción, Alhendín
Miércoles 7 de diciembre de 2016

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa de Jesucristo y pueblo santo de Dios; muy querido Antonio Manuel; y queridos todos:

Celebrar una fiesta de la Virgen es siempre, al mismo tiempo, celebrar una fiesta de la Iglesia. La Virgen es, en efecto, el comienzo de una humanidad nueva. No porque nosotros seamos mejores que los que vivían antes de Cristo -los hombres hemos sido siempre más o menos iguales-, sino porque el Señor ha querido venir a vivir en nosotros. Justo a la vista de que en esa batalla, que nos describía la primera lectura, el hombre y la mujer pierden siempre la batalla con el Enemigo, con Satán, el Adversario, siempre es curioso cómo el Señor dice “tú le vas a pisar la cabeza y ella se revolverá y te morderá en el talón”. Tenéis que imaginaros un mundo de beduinos donde la gente va descalza y donde puede uno pisar una víbora sin darse cuenta. Recuerdo, tenía yo 16 años o así, la primera vez que caminé por el desierto, en Palestina, y venía una mujer, una beduina, con un cántaro de leche de cabra en la cabeza. Aquello era un desierto de piedras, no era un desierto como el Sáhara de arena. Y me llamó mucho la atención ver que aquella mujer, que probablemente se iba a hacer con ese cántaro diez o doce kilómetros, iba descalza. Por lo tanto, cuando se escribe el Antiguo Testamento se está pensando en los hombres y las mujeres que sencillamente andaban por el campo descalzos y podían pisar una víbora.

En esas palabras está contenido algo que también dirá después el Evangelio: nadie puede entrar en la casa del fuerte y quitarle su ajuar a no ser que sea más fuerte que él. El fuerte es Satán. Ante Satán sucumbimos todos. Unos de una manera, otros de otra, cada cual con una historia y una forma diferente, pero nosotros no podemos llegar hasta Dios con nuestras fuerzas. Y el Señor ha ido educando al pueblo de Israel, a lo largo del tiempo, para que comprendiera un poco el amor infinito de Dios. Y cuando esa educación llegó a su madurez, crea a la Virgen Inmaculada justamente para prepararla como una morada para su Hijo. Pero el destino de la Virgen es el destino de todos nosotros. Es el destino de la Iglesia. De hecho, el pasaje del Nuevo Testamento, de la Carta a los Efesios, donde dice “el Señor te ha elegido para ser santa e irreprochable ante Él por el amor”; ese “irreprochable” es, en realidad, inmaculada. El destino de la Virgen Inmaculada, Ella lo es por gracia, pero nosotros también tenemos la gracia; también a nosotros se nos ha dado la gracia.

¿A dónde va esto? Quiero que comprendáis que esta fiesta no es simplemente una fiesta para hacer piropos a la Virgen (que tenemos todos los motivos del mundo para hacérselos). Es una fiesta que si caemos en la cuenta de lo que significa, cambia nuestra vida. Como todas las fiestas cristianas: si vamos hasta el fondo, hasta el fondo, pueden cambiar nuestra vida. ¿Qué es lo que celebramos? Que nosotros nunca podríamos llegar hasta Dios y que Dios ha querido, en cambio, acercarse hasta nosotros, morar en nosotros. Muchos de vosotros, de aquí a un ratito, vais a recibir al Señor, a comulgar. No va a estar el Señor en vuestro interior menos que estuvo en el seno de la Virgen. Me diréis, ¡es de una manera distinta, porque es una manera misteriosa! mientras la Virgen concibió al Hijo de Dios, lo dio a luz; pero también era misterioso pensar que aquel niño que lloraba, que aquel niño al que había que limpiarle los moquitos, al que había que enseñarle a andar podría ser Dios. No penséis que para la Virgen la historia suya no estuvo llena de misterio, como para nosotros. Pero nosotros recibimos al Señor con la misma verdad y con la misma seriedad que lo recibió la Virgen, y por el mismo motivo: únicamente porque Dios nos ama, porque Dios ha querido amar nuestra pobreza, esta pobreza nuestra de nosotros que somos pecadores, de nosotros que somos pobres hombres y mujeres, que, cuando no nos dejamos llevar por la envidia nos dejamos llevar por el egoísmo, y cuando no es por el egoísmo nos dejamos llevar por la ambición o por la avaricia, que nos enfadamos por cualquier cosa… a estos hombres, que somos así, el Señor nos ama con un amor infinito.

Ser cristiano no es simplemente pensar que uno tiene que esforzarse por ser bueno, y si eres bueno, Dios te va a premiar, y si eres malo, Dios te va a castigar. Eso lo han pensado todos los hombres desde que el mundo es mundo. Los hombres que tenían un poquito de sensibilidad religiosa en cualquier religión, en cualquier tradición que ha existido en la historia, han pensado eso: uno debe ser bueno y Dios, o los dioses tal como ellos se representaban a Dios, nos premiará o nos castigará. Si los cristianos pensáramos lo mismo, Jesucristo no habría cambiado nada, seguiríamos igual que si Jesucristo no hubiera venido.

¿Qué es lo que ha cambiado? Que el Señor sabe que nosotros no podemos llegar hasta Él. No podemos hacernos dignos de subirnos a su morada. No podemos hacernos dignos de que Dios nos premie. Ninguno. No hay ser humano que pudiera tener tales cualidades, tal perfección de vida que pudiera merecer ser hijo de Dios; merecer el premio de la vida divina; merecer que Dios se diera a nosotros, porque el premio que el Señor nos da es ese, el que Él nos promete es ese: vivir con Él, vivir en Él, para siempre, la vida eterna. Eso no lo podríamos conseguir los hombres nunca. No lo hubiéramos podido conseguir ni el más bueno de los hombres, eso que llamamos el más santo. El único santo es Dios y si nosotros tenemos algo de santidad es porque Dios ha venido hasta nosotros y nos hace partícipes de esa manera de ser suya que es la santidad; de esa manera de ser suya que es todo amor, todo misericordia, todo perdón.

Lo que celebramos como cristianos. Por eso, nuestra oración se llama Eucaristía. Siempre estamos dando gracias. Porque siempre tenemos motivos para dar gracias. ¿No os llama a vosotros la atención que pueda haber un funeral, y a lo mejor el funeral de un chico o de una chica joven, y que digamos “en verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar”? ¿No se os ocurre pensar y decir “Dios mío, en todo lugar, no, hoy no nos sale darte gracias. Se ha muerto este chico o esta chica tan joven, o esta madre que ha dejado dos niños pequeños, cómo Te vamos a dar gracias”? No damos gracias por la muerte. Pero los cristianos tenemos siempre motivos para dar gracias. También en el momento de la muerte, aunque sea la muerte más inoportuna de todas, hasta en la muerte de un niño.

¿Por qué damos gracias? Porque Jesucristo nos ha abierto el camino de la vida eterna; porque Jesucristo nos ha descubierto que la muerte no tiene la última palabra sobre nosotros, ni nuestros méritos tienen la última palabra sobre nosotros. La última palabra sobre nosotros la tiene el amor infinito con que Dios nos ama. El amor infinito con que Dios escogió a su Madre para hacerla pura y que tuviéramos un espejo de lo que si acogemos a Cristo en nuestra vida, qué tipo de belleza podríamos tener; cómo de hermosa podría ser nuestra vida si acogemos de verdad dándonos cuenta que Dios mora en nosotros, que está en nosotros, que viene a nosotros. Y eso sí que cambia la vida, no por nuestro esfuerzo, sino por la gracia de Dios. ¿Os acordáis del antiguo catecismo? La primera pregunta que decía “¿eres cristiano?”. “Sí, soy cristiano por la gracia de Dios”.

Ser cristiano es haber comprendido que los logros de nuestra vida no son las cualidades que nosotros tengamos, sino que la gracia de Dios ha salvado la distancia infinita que hay entre Dios y mi propia pobreza para venir a morar en Él, para vivir en Él, para hacer que mi vida sea bonita, que siempre pueda estar contento. Jesús dijo que había venido para que pudiéramos estar contentos. Y uno puede estar contento porque una cosa le ha salido bien, eso nos hace estar contentos; pero como hay tantas que nos salen mal, entonces no siempre podríamos estar contentos. Podemos estar siempre contentos cuando sabemos que hay un amor que no se aparta de nosotros ni un minuto. El amor nos hace estar contentos. A uno le pueden dolor mucho los huesos pero viene un nieto, y se acerca y te dice “abuela”, y te da un abrazo, un par de besos, y se te alegran los ojos. Pensar que eso es lo que hace Dios con nosotros. Porque eso es lo que ha hecho el Señor con nosotros: acercarse a nosotros y decir “que te quiero, que te quiero; que tú te ves muy pobre, pero te quiero”. Y ese iluminarse de nuestros ojos, iluminarse de la cara, que nazca la alegría en nosotros porque hay un amor que no se apartará de nosotros, eso sucedió por primera vez en la Virgen. Y de ahí que los artistas la hayan querido representar porque es la criatura más bella del mundo. ¿Por qué? Porque ha tenido al Señor dentro de Sí. Pero nosotros, a la medida de la gracia de Dios y de nuestras capacidades cada uno, podríamos tener la misma belleza que tiene vuestra preciosa inmaculada cuando el Señor está en nosotros, cuando sabemos perdonar, cuando sabemos poner el amor por encima de todo, cuando sabemos olvidar el mal que se nos ha hecho, cuando sabemos abrazar un poco más fuerte a aquel que no me quiere lo suficiente, para que se ablande su corazón, aunque sea dentro del matrimonio, dentro de la familia, tantas veces que se rompen nuestras relaciones.

AcogerTe a Ti es que nuestro corazón se ensanche y que nuestra vida sea bonita. Celebrar la Inmaculada es celebrar que es tu gracia la que nos hace bellos, la que hace la vida bella, hermosa, y que es tu gracia la que hace florecer en nuestro corazón tan pobre, tan pequeño, tan capaz de amar también, pero le hace florecer en un camino de amor, para que podamos, todos los días de nuestra vida, darLe gracias al Señor.

Gracias, Madre. Porque Tú eres como el espejo de la Iglesia; porque Tú eres como el espejo en el que podemos ver nuestra vocación. A san Juan Pablo II le gustaba decir: “María, precede a la Iglesia en la peregrinación de la fe. Ella va delante de nosotros mostrándonos el camino”. ¿Cuál es el camino? El que aparecía en el Evangelio de hoy: pedirLe al Señor que sepamos decirLe que sí.

No tenemos fuerzas para decirLe el sí al Señor que le tendríamos que dar. En tantas cosas no tenemos fuerzas para decirLe al Señor que sí. Señor, danos Tú las fuerzas. Que te digamos que sí, y luego podremos lo que podamos. Tú sabes lo pobres que somos, pero quita Tú los obstáculos para que yo pueda decirTe que sí, en todas las circunstancias de mi vida, en la salud, en la enfermedad, cuando las cosas salen bien, cuando salen mal, cuando ya estoy harto porque todo ha salido mal y parece que ese día no tiene uno fuerzas para nada ni energía para nada…

Señor, quita Tú los obstáculos. Danos Tú la fuerza. Haz resplandecer la belleza de tu amor en nuestras pobres vidas y que se lo pidamos también a la Virgen. Tú, a quien el Señor Te confió como Nuestra Madre, ayúdanos a decir que sí como Tú lo dijiste en nuestras vidas; ayúdanos a desear la gracia, a buscarla, a pedirla, a no confiar en nosotros mismos, sino en tu amor. Y que te pidamos, “Señor, multiplica los signos de tu amor para que me sea fácil ser bueno; que no me es fácil ser bueno; que no me es fácil perdonar; que no me es fácil querer a quien no me quiere”. Multiplica Tú los signos para que mi corazón florezca de amor y pueda sembrar amor en este mundo. Es la única medicina que el mundo necesita, que la crisis necesita.

La vida es mucho más bonita cuando queremos. Y somos capaces de querer cuando estamos, Señor, llenos de Ti, como lo estuvo tu Madre. Llénanos con tu gracia y haz florecer tu amor y tu belleza en la vida de todos los que formamos tu pueblo.

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