Santa Misa en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María

Homilía de
Mons. D. JUAN JOSÉ OMELLA OMELLA
Arzobispo metropolitano de Barcelona

omella08122016

S.I. Catedral Basílica de la Santa Cruz, Barcelona
Jueves 8 de diciembre de 2016

Hermanos sacerdotes,
Hermanos todos en Cristo nuestro Salvador,

Es habitual que felicitamos a los seres queridos con un hermoso ramo de flores. Hoy, en esta Fiesta de la Inmaculada, quisiera felicitar a Santa María, la Madre de Jesús y madre nuestra, con un ramo virtual de tres rosas, signo de nuestro amor, de nuestra gratitud y de nuestra petición a Ella, que siempre escucha la oración de sus hijos.

Primera rosa, la de felicitación por su fiesta, porque Ella es Inmaculada. María es siempre un referente porque es la madre de la Iglesia y el modelo de todo cristiano. Ojalá que la devoción, admiración y afecto que tenemos y que manifestamos hacia nuestra Madre del cielo crezca y siga creciendo a lo largo de toda nuestra vida. Ella, como en las Bodas de Caná, está cerca de nosotros, sus hijos, y nos ayuda a seguir adelante en el camino de la vida. Ella no nos abandona nunca. Así lo decimos cada vez que cantamos, por ejemplo, una antigua canción que probablemente conocéis: “Tomad, Virgen pura”. En esta canción decimos: “no nos abandones jamás, jamás”. Ciertamente, María, no abandona nunca a sus hijos. Así lo expresaba el Papa san Juan Pablo II en la Encíclica Redemptoris Mater cuando decía: La Iglesia ve a la Bienaventurada Madre de Dios en el misterio salvífico de Cristo y en su propio misterio; la ve profundamente arraigada en la historia de la humanidad, en la eterna vocación del hombre según el designio providencial que Dios ha predispuesto eternamente para él; la ve maternalmente presente y partícipe en los múltiples y complejos problemas que acompañan hoy la vida de los individuos, de las familias y de las naciones; la ve socorriendo al pueblo cristiano en la lucha incesante entre el bien y el mal, para que «no caiga» o, si cae, «se levante» (Redemptoris Mater, 52).

Segunda rosa, la gratitud, la acción de gracias, por el Concilio Vaticano II. Como todos recordáis, el Concilio Vaticano II, el 21º Concilio Ecuménico de la historia, se clausuró el 8 de diciembre de 1965. Este Concilio fue una gran gracia de la que estamos todavía recibiendo sus frutos. Y el Papa Pablo VI, dirigiéndose a los padres conciliares declaró que María Santísima es Madre de la Iglesia.

Sí, la Virgen María es la Madre de todos los hombres y especialmente de los miembros del Cuerpo Místico de Cristo, desde que es Madre de Jesús por la Encarnación. Jesús mismo lo confirmó desde la Cruz antes de morir, al darnos su Madre por Madre nuestra en la persona de San Juan, y el discípulo la recibió como Madre; nosotros debemos tener la misma actitud que el Discípulo Amado. Por eso, la piedad de la Iglesia a la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto cristiano. Vamos cumpliendo así la profecía de la Virgen, que dijo: “Desde ahora me felicitarán todas las generaciones” (Lc 1,48).

Tercera rosa, la familia. Sí, mirando a la Virgen pensemos enseguida que Cristo eligió una familia para venir a este mundo y puso como modelo para las familias, la sagrada familia de Nazaret. Por este motivo hoy rezamos de manera especial para todas las familias.

Ciertamente, no hace falta ser un lince para darse cuenta de que la familia está en el ojo del huracán de todos los cambios sociales que se quieren introducir en nuestro mundo postmoderno. Se empieza por cambiar los nombres. Se habla de parejas, de género, de compañeros sentimentales… Se habla también de parejas de hecho, de Pacs, de uniones civiles… Se camina obstinadamente hacia la destrucción de la familia, deformando su verdadera concepción y la sola razón de existir.

La familia siempre ha tenido dificultades y problemas para subsistir. La misma Sagrada Escritura no esconde estos problemas. En la genealogía de Jesús se recuerdan familias poco ejemplares y otras que pasan por dificultades e incomprensiones entre hermanos, hijos y padres.

  • La primera pareja en crisis es la de Adán y Eva, que, además de no entenderse, se acusan mutuamente sobre la responsabilidad del pecado. Después tampoco consiguen enseñar a sus hijos Caín y Abel a estimarse, los cuales terminarán trágicamente su relación.
  • Los hijos de Noé no saben respetar su padre.
  • Abraham es incapaz de hacer reinar la paz entre los suyos, tanto entre Sara y Agar, como entre su gente y la de su sobrino Lot.
  • La familia de Jacob es un escenario de lucha a muerte de los hermanos de José.
  • María y Aarón se ponen de acuerdo para molestar a su hermano Moisés.
  • La familia de David se mancha de sangre primero por su adulterio y consiguiente homicidio, y luego por la rebelión contra él de su hijo Absalon.
  • Y … a la misma familia de Nazaret no le faltan momentos de sufrimiento. José quiso, en un determinado momento, separarse secretamente de María. Y María y José sufrieron también al no entender a su hijo cuando decide quedarse en el templo de Jerusalén.

Sin embargo, el modelo más hermoso que tenemos los cristianos, para vivir la vida de familia y para superar todas las crisis, es ciertamente el modelo de Nazaret. Y esta fiesta de la Inmaculada es una ocasión hermosísima para mirar a la Virgen, a san José y al Niño, de manera que nos empapemos de sus virtudes domésticas. Es también una ocasión hermosa para que oremos por todas las familias y para que nos comprometamos con todo empeño en la defensa de la familia frente a todos los ataques que puedan venirle.

San Pablo nos ha indicado, en la carta a los Colosenses, cómo vivir la vida cristiana, con qué sentimientos: La misericordia, la bondad, la humildad, la mansedumbre, la paciencia, soportándonos y perdonándonos siempre. Y por encima de todo, nos decía: vestíos del amor, llevad la paz en el corazón y sed agradecidos.

Estas virtudes valen para todo cristiano, pero de manera especial para vivir en familia. Son virtudes que hacen crecer el amor, la armonía y la felicidad en la familia. Pidamos que el Señor, por intercesión de Santa María, nos conceda vivir estas virtudes en nuestra familia, en nuestras comunidades, en nuestra sociedad.

Podría ir recorriendo cada una de estas virtudes y explicitarlas un poco. Me voy a detener en dos aspectos que me parecen importantes a resaltar para vivir en familia según el modelo de la de Nazaret. En ella lo central e importante era la caridad, el amor.

a)    La proximidad de Dios. La primera manera de dejarse formar y plasmar por la caridad es ser fieles al proyecto de Dios. Ser signo y sacramento del amor de Dios para el mundo, signo e instrumento de la caridad de Cristo, testimonio e imagen viva de la proximidad misma de Dios. Esa es la primera e insustituible tarea de una familia cristiana. Dios, en verdad, camina codo a codo con la familia cristiana, está en el centro de la misma vida familiar. Abramos pues, las puertas de nuestros corazones y acojamos al Señor que vienen a reforzar y estrechar los lazos de amor entre los miembros de la familia.

b)   Amor recíproco. El primer sendero de la caridad, como recuerda Familiaris Consortio, es “vivir fielmente la realidad de la comunión con el compromiso constante de desarrollar una auténtica comunidad de personas” (nº 18). Es decir vivir en profundidad el amor interpersonal. Amor que supone un acuerdo perfecto, buen entendimiento, serenidad recíproca, capacidad para sonreír, para comprender, para dar cuerda al discurso del otro; ausencia de prejuicios recíprocos, superación de distancias, de reticencias, de desconfianzas, de esos momentos maníacos que con frecuencia vienen a turbar las relaciones familiares; capacidad para realizar intercambios y enriquecimientos recíprocos entre las distintas generaciones.

En el fondo se trata de encontrar juntos el nervio, la fuerza y la alegría de unir las manos y manifestar a Dios los sentimientos más profundos del corazón.

Y entre los posibles modos para manifestar todo esto a Dios, que eso es la oración, propongo: orar juntos con las palabras que sepamos; orar juntos un salmo; orar con una palabra del Evangelio. Es decir orar juntos, en familia, en comunidad. La oración ayuda a vivir el amor recíproco.

La Familia de Nazaret vivió de esta manera; vivió en una profunda relación amorosa en la presencia de Dios. Y nos invita a vivir de esta manera, aunque tengamos que ir a contra corriente. Estamos llamados a ser testigos de esta vida de familia que brota del mismo proyecto de Dios.

Santa María, Virgen Inmaculada, cuida y protege de todo mal a nuestras familias y a todas las familias del mundo. Amén.

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