Santa Misa en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María

Homilía de
Mons. D. JUAN ANTONIO MENÉNDEZ FERNÁNDEZ
Obispo de Astorga

JuanAntonioMenendez

S.A.I. Catedral de la Asunción de Nuestra Señora, Astorga
Jueves 8 de diciembre de 2016

La fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen María a mitad de las celebraciones del Adviento sirve de acicate para acelerar nuestra preparación espiritual de cara a la Navidad. Hoy, siguiendo la tradición de nuestros mayores, felicitamos a la Virgen como la santa entre las santas, la madre sin igual, la madre celestial.

Es difícil comprender el Misterio que hoy celebramos referido a la Virgen María porque no cabe en nuestra mente cómo una mujer de nuestra raza pudo ser preservada del pecado original del que participa toda la humanidad desde el primer pecado de Adán. Sólo el amor infinito de Dios por el hombre nos lo puede explicar.

San Juan nos recuerda en su evangelio que “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo para salvar al mundo”. La Virgen María fue la primera agraciada por ese amor infinito de Dios Padre que, como a una hija predilecta, le concedió el privilegio de no conocer el pecado, es decir, de ser amada desde toda la eternidad. Efectivamente, en virtud de la maternidad de su Hijo Jesucristo, Dios la configuró para sí y la hizo santa entre las santas, hermosa, limpia, pura, sin mancha ni pecado.

María es santa entre las santas porque Dios la amó extraordinariamente pues desde la aurora de los tiempos la creó y la eligió para ser su madre en cuanto hombre. Contemplemos hoy el Misterio de María en su Inmaculada concepción como la santa entre las santas, pues, ella es modelo de santidad para todos los que creemos en Cristo. Su fe y confianza en Dios son admirables: Desde el anuncio del ángel hasta Pentecostés, María confía en Dios que hace maravillas. Esa fe en Dios su salvador la manifestó de un modo singular en el amor al Hijo de Dios, Jesucristo Nuestro Señor, a quien concibió, dio a luz, cuidó, siguió como discípula y como madre hasta el ara de la Cruz.

María es santa y porque ha sido “Bendita por Dios entre las mujeres”. En María, la mujer siempre encontrará siempre un ejemplo a seguir, un manto donde cobijarse, una defensora de sus derechos y de su dignidad. Dios ha querido, desde el comienzo de la creación del hombre, bendecir a la humanidad con el don de la mujer porque consideró que “no era bueno que el hombre esté solo” y por eso le dio la compañía inseparable de la mujer. Hombre y mujer, varón y hembra desde el comienzo de los siglos son iguales en su dignidad y como consecuencia de esa dignidad humana ambos tienen los mismos derechos y deberes fundamentales.

Por desgracia, en muchos lugares del mundo, a lo largo de la historia, el varón ha querido dominar y someter a la mujer a su poder y antojo. Este modo de proceder no se desprende de la Palabra de Dios. No es evangélico. La Iglesia recordaba esa igualdad entre hombre y mujer en el momento del consentimiento matrimonial cuando advertía al esposo: “esposa te doy y no sierva”. Gracias a Dios y al progreso intelectual de la mujer en el cual, la Iglesia jugó un importante papel, hoy estamos más cerca de alcanzar el objetivo de la igualdad fundamental en derechos y deberes entre el hombre y la mujer.

En el Mensaje final de los Padres conciliares, hace ya cincuenta y un años, decían: “Llega la hora, ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzados hasta ahora. Por eso, en este momento en que la humanidad conoce una mutación tan profunda, las mujeres llenas del espíritu del Evangelio pueden ayudar tanto a que la humanidad no decaiga” (Mensaje final del Concilio a las mujeres)

A pesar de los indudables avances de estos últimos cincuenta años, queda todavía un trecho por recorrer en todos los órdenes de la vida política, social, económica y cultural. El panorama mundial aún presenta muchos signos de vejación de la dignidad de la mujer como puede ser la violencia doméstica, la trata de personas de los países pobres hacia los ricos, la promoción de la prostitución –la esclavitud del siglo XXI-, la esclavitud de muchas mujeres trabajadoras sometidas todavía a la fuerza de los varones, la violación de mujeres como botín de las guerras, la soledad en la que se encuentran las mujeres que han concebido un hijo y no encuentran ningún apoyo para seguir adelante con su embarazo.

Dios bendijo a la mujer en María y todos los hombres debemos bendecir a la mujer, pues, las mujeres son las compañeras inseparables del varón, sus madres, esposas e hijas y amigas. No se puede establecer una lucha de clases entre el varón y la mujer, no se puede fomentar el odio entre los sexos sino la relación de amistad, la colaboración mutua, el respeto porque la mujer desde su feminidad aporta a la civilización su ternura, su sensibilidad propia y su inteligencia. Como decía san Juan Pablo II en la Exhortación Mulieris dignitatem “La fuerza moral de la mujer, su fuerza espiritual, se une a la conciencia de que Dios le confía de un modo especial el hombre, es decir, el ser humano. Naturalmente, cada hombre es confiado por Dios a todos y cada uno. Sin embargo, esta entrega se refiere especialmente a la mujer —sobre todo en razón de su femineidad— y ello decide principalmente su vocación.”

A la bendita Virgen María, Dios le confió a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley para rescatar a los que estaban esclavizados. En su Hijo le confió a toda la humanidad. Ella vivió unida estrechamente por la gracia al plan de salvación de Dios y, por tanto, comprometida con la liberación del pecado de todo el género humano. María es el modelo de madre por ser madre de Dios y madre de todos los hombres. Su virginidad antes, en y después del parto nos recuerda a todos y especialmente a las mujeres el sentido integrador y humano que tiene la sexualidad entendida como elemento inseparable del amor y de la vida.

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