Solemnidad de la Inmaculada Concepación

Homilía de
Mons. D. JULIÁN LÓPEZ MARTÍN
Obispo de León

lopezmartinjulian

(Santa Iglesia Catedral, 8-XII-2016)

“Hágase en mí según tu palabra”

Gn 3,9-15.20; Sal 97             Ef 1,3-6.11-12            Lc 1,26-38

            ¡Celebremos gozosos a la Virgen María
en el misterio de su Concepción Inmaculada!

Hoy, en medio del Adviento, la Iglesia nos ha convocado para celebrar la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María. El 8 de diciembre, nueve meses antes de la fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen, fiesta mucho más antigua en el calendario cristiano, nos viene a recordar de qué manera Dios, para cumplir sus designios de salvación sobre la humanidad desorientada y en vías de perdición a causa del pecado, elige a las personas y prepara los acontecimientos en los que se ha de realizar el remedio. La fiesta de hoy ha tenido siempre un profundo arraigo en España y en los países hispanos, especialmente desde el siglo XIV en el que proliferaron las cofradías dedicadas a la Purísima Concepción de María junto a la devoción a este misterio, fomentada por los franciscanos, así como los numerosos patrocinios de la Inmaculada sobre instituciones políticas y militares. Esta prerrogativa mariana fue proclamada como dogma de fe el 8 de diciembre de 1854 por el papa beato Pío IX.

1. María, limpia de toda mancha original, es nuestra esperanza

Estamos en Adviento y esta fiesta de la Santísima Virgen contribuye a resaltar el significado de la espera de la venida del Señor al que hemos de recibir gozosos y con el alma limpia. En el cuarto domingo de este tiempo litúrgico volveremos a encontrarnos con la figura de María a la que ya, desde hoy, contemplamos “toda hermosa” (“tota pulcra”)porque no hay en ella ni la sombra de la mancha original con la que todos hemos nacido por causa del primer pecado del hombre, el llamado pecado original cuyas consecuencias funestas padece toda la humanidad. Pero, por la misericordia de Dios, “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rom 5,20). Por eso hoy todos debemos contemplar a María para asimilar su actitud de esperanza y de amor que nosotros necesitamos en este renovado Adviento que el Señor nos concede celebrar. María es, por esto, la Virgen de la Esperanza y la Madre del Amor hermoso. Y ella nos enseña y nos mueve a vivir nuestra fe como esperanza y como amor, para recibir los dones de Dios con un corazón abierto y agradecido y para vencer en nosotros el pecado.

Acabamos de escuchar en la primera lectura la narración simbólica de los orígenes de nuestra condición humana, contaminada por el pecado desde los orígenes. Adán y Eva representan nuestra realidad cruda y dolorosa. El mal, desde entonces, nos oprime y nos esclaviza. Sin posibilidad de control de sus consecuencias cuando nos desviamos del camino de la verdad y del bien, como algo que nos supera sin remedio por nuestra parte, la presencia del pecado y de sus consecuencias, aunque no se quiera reconocer, pesa como una losa sobre nuestras vidas y sobre toda la historia humana. La tendencia al mal -la llamamos tentación- es algo que constantemente nos acecha y pone en peligro nuestros buenos propósitos y nuestros buenos deseos. Y con qué facilidad caemos si no estamos atentos y vigilantes. Es nuestra condición humana, debilitada por el mal.

2. María representa el comienzo de la salvación

Pero no todo está perdido. Nos lo recuerda la fiesta de hoy. María, mujer escogida por Dios, representa el comienzo de otra historia. Al mirar hoy a la Virgen Inmaculada nos damos cuenta de que algo muy profundo ha cambiado. Ante ella descubrimos otra realidad, esta vez definida por la inocencia y la belleza y no solo por la ausencia absoluta del pecado, porque en María percibimos el ideal que buscamos, la bondad que no acabamos de encontrar, y la santidad primera que, por gracia singular, hizo de María la criatura humana más perfecta y hermosa. Al contemplarla hoy, despertamos a una esperanza nueva porque  en María empezaron a ser definitivamente vencidos el mal y el pecado. María, la “llena de gracia”, como la saludó el ángel en el relato evangélico de la anunciación, es la elegida en Cristo antes de la fundación del mundo”para ser santa e intachable  “ante él por el amor” (Ef 1,4). Estas palabras de san Pablo en la II lectura se pueden aplicar a la letra en María porque la belleza que hay en ella es un regalo maravilloso de Dios que la preparó de este modo para ser la Madre de su Hijo Nuestro Señor Jesucristo.

Al mismo tiempo María es el modelo ideal para todos nosotros, llamados también a ser santos e intachables ante Dios (cf. Ef 1,4). Por eso san Pablo lo bendice al tiempo que nos recuerda el proyecto que tiene sobre cada uno de nosotros desde el comienzo del mundo, un proyecto al que no ha renunciado pese a nuestras infidelidades y olvidos. Por eso la existencia de María significa un nuevo comienzo de la historia humana que puede verse representada en la elección de esta mujer, “bendita entre todas las mujeres” (cf. Lc 1,42). Es otro aspecto del Adviento que estamos celebrando, verdad y razón de nuestra esperanza porque eso que buscamos comenzó ya a realizarse en María. Y lo que sucedió en ella sigue cumpliéndose a lo largo del tiempo, también en el nuestro aunque no lo parezca o no lo veamos. Por eso María Inmaculada es, de alguna manera, como nuestra fe, es decir, “fundamento de lo que se espera, y garantía de lo que no se ve”, aplicándole a ella las palabras de la Carta a los Hebreos  (cf. 11,1).

3. La obra del Espíritu Santo y nuestra propia respuesta

Está claro que esta historia nueva, esta esperanza viva, realizada en María, no es obra de los hombres sino tan solo de Dios aunque con la cooperación generosa de ella. En María Dios, no resignándose a dar por perdida su obra maestra, el ser humano, el hombre y la mujer, tomó la iniciativa de redimirnos restaurando aquello que habíamos perdido. Y lo hizo primeramente en María, como referencia y señal de lo que hace en nosotros mediante el bautismo y la vida de la fe y de la caridad, es decir, una realidad nueva y santa, libre del poder del pecado. Por eso, la fiesta de hoy abre nuestro corazón a la esperanza y orienta nuestros deseos desde las maravillas obradas por Dios en María que representa el modelo y la medida de lo que quiere siempre realizar en nosotros si nos avenimos a escucharle y a poner por obra lo que nos propone. En María vemos la imagen de la humanidad que Dios había proyectado en su corazón y que no ha renunciado a realizar. Y todo, como el misterio mismo de la encarnación del Hijo de Dios, “por obra y gracia del Espíritu Santo” (Credo).

Y la respuesta de María al anunciárselo el ángel fue: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38), expresión de una absoluta disponibilidad y obediencia a Dios. Esto es lo que Él espera también de nosotros: que le dejemos llevar a  cabo en nuestras vidas su proyecto de salvación. Dios no nos pide una pasividad resignada sino la confianza basada en la fe, es decir, la esperanza activa que la Iglesia nos propone también cada año al llegar el Adviento. Es creer de verdad que Dios quiere realizar su plan de salvación en nosotros y dejarnos amar  por él. Hoy, viendo a María Inmaculada, debemos agradecer esta llamada y abrirnos al don que nos ofrece haciendo nuestra también la disponibilidad de quien se consideró a sí misma y se denominó “la esclava del Señor” para que ella se cumpliera su palabra (ib.).

Queridos hermanos: Si estamos dispuestos a colaborar con la gracia divina, todos podríamos decir hoy con toda verdad, las palabras de san Pablo con que comenzaba la II lectura: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos… para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor” (Ef 1,3.4b).

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