Reflexiones sobre la educación para el siglo XXI

Reflexiones del
Card. D. Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

Ante un posible gran pacto escolar en España

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En el panorama educativo que estamos viviendo, nos hallamos de nuevo, una vez más, inmersos prácticamente en otro gran debate sobre la enseñanza, ante la posibilidad casi segura de un “pacto escolar”, y en medio, sin duda, de una gran emergencia educativa. En este marco he creído oportuno hacer algunas reflexiones sobre esta temática, tan crucial para el futuro de nuestra sociedad.

Ciertamente en España, desde el inicio de la democracia, la realidad educativa se ha transformado de manera sustancial. A estas alturas podemos congratularnos de que el derecho a la educación, reconocido y garantizado por la Constitución, ha dejado de ser una aspiración para convertirse en una realidad implantada, o si queremos, ha dejado de ser un derecho al que se aspira, para convertirse en un derecho efectivamente ejercido. Hoy podemos hablar de que la enseñanza se ha extendido de forma universal al periodo entre los 3 a los 16 años, y que son muy elevadas las tasas de escolarización de la enseñanza no obligatoria. No podemos dejar de reconocer, y en consecuencia congratularnos, que la enseñanza gratuita, con carácter general se extiende a la casi totalidad de los niños de la enseñanza obligatoria; salvo aquellos casos -no suficientemente resueltos- de quienes optan por un determinado tipo de enseñanza que no entra dentro de los conciertos vigentes. También es preciso reconocer el logro social y paradigmático de la Escuela Concertada, obra principalmente del PSOE; igualmente hay que reconocer, aunque tal vez todavía las consideremos insuficientes en algunos aspectos, las inversiones educativas en los presupuestos de la Administración pública. Sería necio negar los hechos tan favorables que podemos señalar en este terreno.

Ahora bien, creo que, aparte de otros problemas y asuntos relacionados con la enseñanza, hay retos y asuntos pendientes fundamentales a los que es preciso dar respuesta. Pienso que estaremos de acuerdo -así aparece en algunos debates públicos- en señalar, como reto muy principal, la mejora de la calidad de enseñanza; aunque a la hora de definir qué se entiende por calidad no exista ya el mismo acuerdo : depende en gran medida de la concepción educativa y de la antropología que la sustente. Por eso el tejer y destejer en España en normativa educativa. Personalmente me atrevo a pensar que el reto primero y principal es la orientación que demanda la enseñanza. A partir de ahí se debe mirar, fijar, y evaluar dicha calidad.

A mi entender, cuando se ve como el verdadero y principal reto que tenemos, en España, en lo que respecta a la educación, es la mejora de la calidad, o cuando se habla de que la educación en la escuela más que enseñar a emprender, ha de enseñar a pensar y que se ha de poner en el centro de la misma a la persona, se está diciendo, de una manera u otra, que es necesario revisar y reformar el actual sistema educativo que no resulta adecuado. Seamos sinceros y humildes y reconozcamos que los actuales sistemas educativos -no hablo ahora sólo de España, aunque es normal que me refiera principalmente a ella- han fracasado, no responden. El fracaso ha venido, según mi parecer, que puede no ser acertado, no tanto por las aspectos organizativos y estructurales, en los que sin duda también caben mejoramientos importantes, cuanto por los objetivos, metas y contenidos de la enseñanza: por la concepción educativa y por la antropología que la sustenta, por la visión del hombre que se tiene y por la concepción de educación y escuela al servicio de ésta.

En concreto, el sistema educativo español, actualmente vigente, hunde sus raíces, en el fondo, en el constructivismo; éste es el sistema pedagógico que, de manera clara o encubierta, sigue prevaleciendo hoy en el ámbito educativo. Esta filosofía -tras la cual se encierra también una visión política- se basa en que el alumno debe construir su propio conocimiento y dotar de los significados a la realidad. En el fondo no se le pueden trasmitir certezas a los niños: son ellos los que han de descubrirlas y decidir, por sí y ante sí, si son tales a través del aprendizaje; no es relevante que descubra quién es él. Nunca se ha transmitido tanta inseguridad al niño, porque esto no educa, porque lo que le educa de verdad y le da consistencia a su vida y a su personalidad es crecer en las certezas y en el descubrimiento de quién es él, como lo más decisivo para la persona.

En este sistema los conceptos de democracia y de igualdad de oportunidades son introducidos ficticia, pero no ingenuamente, en las relaciones educativas del niño. Y su peligro radica en que obligan a los niños a negar, en la realidad, diferencias evidentes e importantes, por ser políticamente incorrectas: dotados-no dotados, niños-adultos, docentes-alumnos, chicos-chicas: todo libertad y decisión individual o inducida. Esta censura de los hechos hace un daño irreparable a la educación, ya que el terreno personal y social pierde protagonismo en función del Estado, y su progresivo dominio, del pensamiento único, o de la ideología que se impone, por ejemplo la de género o el relativismo. A menudo, no sin arrogancia, el Estado en el fondo se propone como el único factor capaz de educar. Los padres y profesores -responsables directos de los chicos- deben retroceder en su tarea específica ante un poder estatal que pretende uniformar los criterios educativos como si todos fuéramos iguales o indeterminados: niños, niñas, jóvenes, adultos, estudiantes, trabajadores, grupos y etnias. Todos somos igualmente carentes de un rostro en el que los niños puedan reconocer a alguien que les educa y les ayuda a saber quiénes son. En último término, nadie se atreve a educar, sólo el Estado que marca y establece los objetivos.

En la filosofía que subyace al sistema educativo español vigente, particularmente en no pocas Comunidades Autó- nomas, que se basa en que el alumno debe construir su propio conocimiento, “adquiridos los datos de la realidad -la cual es sólo una excusa-, el alumno realiza el aprendizaje como tal. Por ejemplo, el alumno decide qué, cómo, y cuándo quiere aprender, o qué genero elegir,…; este axioma está bastante extendido en Educación Infantil. Si esto no es tratar al niño como adulto y obligarle a tomar decisiones cuyas consecuencias no puede prever, ¿qué es?. Si partimos de que todo es relativo y de que, culturalmente, no podemos tener certezas, el niño puede ser provocado a reinventar la ciencia o reinventarse a sí mismo, como en algunas ideologías imperantes, sin que a nadie extrañe. Si en este intento nos dejamos de lado que el camino parte de la tradición que nos constituye o del legado cultural recibido, o si la asunción que de ese legado o de esa tradición hacemos es falsa, pocos serán los que levanten la voz para pedir justicia. A menudo éstos se ven silenciados por el Estado, cuyo único interés es que la educación perpetúe los principios que se establecen para todos.

Se necesita educar. Padres y maestros, profesores, no pueden abdicar de la misión y responsabilidad que les corresponde en la educación de las nuevas generaciones. Para ello es preciso contar con criterios y fines. Por ello, con todo respeto a convicciones ajenas, en libertad, me atrevo a ofrecer algunas reflexiones, según entiendo las cosas, que tratan precisamente de responder a la provocación que supone educar verdaderamente en el momento actual.

I.- Contexto de estas reflexiones sobre la educación

Al ofrecer estas reflexiones sobre la educación para el presente siglo, tengo en cuenta el contexto en el que debemos educar. Desde hace unos decenios, estamos asistiendo, en España, a una profunda transformación en la manera de pensar, de sentir y de actuar: se ha producido y se pretende consolidar una verdadera “revolución cultural”, que se asienta en una manera de entender al hombre y al mundo, así como su realización y desarrollo, en la que Dios, Dios Creador, no cuenta, por tanto, al margen de Él, independiente de Él. Este silencio u olvido de Dios es el acontecimiento fundamental de estos tiempos de indigencia en Occidente. No hay otro que pueda comparársele en radicalidad y en lo vasto de sus consecuencias para el hombre. Ni siquiera la pérdida del sentido moral con ser tan grave, y que es una de sus consecuencias.

Un exponente muy significativo y decisivo de este cambio de mentalidad que se iba a operar entre nosotros fue la Alternativa para la Enseñanza del Colegio de Licenciados y Doctores de 1976. “Ahí se encuentra el pensamiento que ha sostenido y animado la mencionada ‘revolución cultural’ en España. La Alternativa, en efecto, proyectaba una enseñanza que fuese capaz de conformar una sociedad homogénea, igualitaria, coherente, en la que impera la ‘voluntad general’ : sólo podría lograr este objetivo la escuela pública en la que se impartiese únicamente el saber científico, el único valedero para todos; por consiguiente, las creencias religiosas de grupos confesantes particulares no representaban, para la Alternativa, el saber que había de transmitir como socialmente relevante en la escuela pública” (A. Palenzuela). Esta Alternativa, digamos de paso, ha condicionado y sigue condicionando hasta hoy el sistema educativo español, incluso, silenciosamente, la interpretación del artículo 27 de la Constitución.

Por otra parte no podemos dejar de tener en cuenta la grave quiebra de humanidad que padece nuestra sociedad, cuyo exponente es la gran crisis moral y educativa que atraviesa. Ahí se percibe la necesidad apremiante y primerísima de que se ofrezca a las nuevas generaciones un horizonte moral, una formación con principios y valores y fines comunes y válidos universalmente que permitan al hombre existir en el mundo no sólo como consumidor y trabajador, sino como persona, capaz y necesitada de algo que otorgue a su existir dignidad junto a lo que la sociedad, la economía y la historia vayan ofreciéndole sucesivamente. El más grave problema de España hoy son las instituciones educativas entre la escuela infantil y la universidad. En ellas los individuos despiertan a la vida personal y se les debe ofrecer no sólo saberes para una afirmación profesional y un “manejarse” en la sociedad, sino orientación para existir como personas. Es la hora de educar y no sólo de transmitir técnicas, destrezas, capacidades o estadísticas. Pero hoy nadie se atreve a educar; no hay un horizonte nacional de valores comunes, ni una concordia mínima sobre lo que dignifica al hombre y al español más allá de los estrictos enunciados generalísimos de la Constitución. Los maestros de antaño han sido obligados a comprenderse como profesores de un área precisa y éstos como trabajadores de la enseñanza. La figura del educador no existe, porque ha desaparecido también la figura personal del educando, reducido a aprendiz de saberes positivos, de contenidos objetivables y de técnicas que lo preparan para una profesión o trabajo de futuro. Al no haber un mínimo de proyecto de humanidad compartido, no hay una propuesta común de valores e ideales para los centros. Todo el que lo intenta cae bajo la sospecha de proselitismo político o de dogmatismo religioso. Ya nadie en tales condiciones se atiene a comprenderse como formador, prefiere recluirse y reducirse a técnico de un saber. Éste es el final de los educadores como proyecto moral. La desilusión generalizada de los profesores de secundaria es el síntoma más grave de la crisis moral de España.

II.- La escuela del siglo XXI ha de educar y proporcionar una educación integral de la persona, por encima de todo

La escuela del siglo XXI, como institución de la sociedad al servicio de la transmisión sistemática y crítica de la cultura mediante la formación de personas libres, conscientes, críticos y creadoras, ha de atenerse con escrupuloso respeto a lo que esta institución de la sociedad entraña, y contribuir con todas las posibilidades a su alcance al logro de sus fines y a las obligaciones que ésta tiene para con la misma sociedad, más aún para con los hombres de esa sociedad a la que pertenece. Ha de empeñarse en un proyecto educativo que busque sinceramente el bien integral del hombre y de la sociedad protegiendo la libertad contra toda coacción niveladora en los primeros pasos de la vida del hombre, o contra el pensamiento único o el relativismo. Sencillamente se ha de poner al servicio de un proyecto educativo que persiga el ayudar a los alumnos a aprender a ser hombre y el arte de vivir, el educar la persona de manera que se realice en la verdad y en el amor: Ha de ser, ante todo, educador de la persona humana.

La escuela en la situación actual no puede renunciar a su condición de ser un lugar señalado para la formación integral del hombre, mediante la asimilación sistemática y crítica del universo cultural: hechos, saberes, valores, sentido de la vida humana, posibilidades éticas, formas de interpretación creadora de la realidad, esperanzas, capacidades de auto identificación, de discernimiento, de distanciamiento crí- tico respecto a lo dado y establecido. Y esto dentro de una sociedad en la que más que productos necesitamos fuerzas de lo interior, libertad creadora, impulsos esperanzados hacia el futuro, confianza para obrar y, sobre todo, para ser. El objetivo irrenunciable de la institución escolar – formar el hombre desde dentro, liberarlo de todo lo que le impide vivir plenamente como persona -, lleva consigo su efectiva referencia a una determinada visión del hombre y a su sentido último, para afirmarlo, negarlo o prescindir de él, en definitiva, a una antropología verdadera. En este orden de cosas, es preciso reconocer el valor humanizador, integrador y de convivencia de lo religioso para una existencia humana que quiera abrirse a la realidad total del mundo y no cegar ninguna de las expectativas del espíritu humano.

La Escuela del siglo XXI ha de asumir con toda decisión las dimensiones propias del proceso formativo, es decir : las tareas de instrucción, formación y educación, propias de la escuela, y responder con estas tareas a las preguntas por : a) qué son las cosas que son y cómo funcionan y, así, situar al educando ante la realidad objetiva, ante la verdad del mundo objetivo, en el que ha de vivir y ante el que ha de situarse; b) cuáles son los valores, creencias, hechos históricos, normas de comportamiento, …, que, legados de una tradición, configuran la vida de un pueblo, en el que el educando ha de situarse y realizar su existencia junto con los otros; y c) qué sentido tiene todo, la totalidad de lo real, mi vida personal, cuál es mi origen y mi destino, qué sentido tiene la vida y la muerte, y así poder realizarme como uno mismo con mi identidad propia, original e intransferible. Sólo cuando se responde a ese triple plano de preguntas con las tres tareas asignadas a la escuela, podemos decir que la escuela está cumpliendo su cometido.

La educación centrada en la persona y en orden a la realización de la persona es la clave de cara al futuro en la educación del siglo XXI. Hace unos años leía en la tercera de ABC un artículo, con la lucidez y la humildad-honestidad intelectual que siempre le caracterizó, de D. Julián Marías, en el que, entre cosas, decía: “El mundo actual, sobre todo en Europa, en grado algo menor en Amé- rica -…- ha experimentado un cambio que no se suele percibir. Ese mundo ha dependido de una idea capital, que ha mantenido su continuidad: la de la persona. Hace cosa de treinta años tuve una violenta sorpresa: en la mayoría de las enciclopedias recientes no se encuentra el artículo ‘amor’; tampoco el de ‘felicidad’ o el de ‘vida’, salvo la bioló- gica. Estas enciclopedias no hablan más que de ‘cosas’, y estas palabras no nombran cosas, sino realidades personales. El mundo actual está casi reducido a cosas, el hombre de nuestro tiempo sepultado en ellas. ¿Es esto soportable? Más aún, ¿es posible? Tal vez el hombre no se resigna a dimitir de su condición personal. Cuando está a punto de hacerlo, en virtud de solicitaciones que le halagan o lo amenazan, siente un punto de alarma. Es muy posible que la dimensión religiosa sea la única que mantenga vivo para la mayoría de los hombres la conciencia de que no es una mera cosa, ni siquiera un organismo, sino esa realidad paradójica, difícil de comprender y sin embargo patente, manifiesta, lo único verdaderamente inteligible. En esa tradición religiosa el hombre encuentra restos -sólo restos, vacilantes y venidos a menos- de la idea que lo había acompañado durante milenios, que le había permitido trascender lo animal, lo cósmico, las vicisitudes de la historia, los desastres, las situaciones desesperadas o insoportables…En algunos momentos, en circunstancias particularmente difíciles, el hombre vuelve los ojos, con confianza y escepticismo, a algunos fragmentos de una vieja creencia que sobrenada en las aguas agitadas y confusas – sobre todo confusas- en que se debate”. (Julián Marías).

Esto es clave para la educación. Y por ello, con honestidad y respeto exquisito a la libertad, habría que introducir también la religión en el conjunto de la educación de la persona, a la que debe servir la institución escolar. De otra suerte corremos el riesgo de seguir reduciendo al hombre a cosas, con todas las consecuencias que conlleva, desgraciadamente patentes, de despersonalización y de apagamiento de la libertad en la verdad. Decir esto en estos momentos de profunda secularización en relación con la enseñanza resulta totalmente obsoleto, no se lleva. Sin embargo ahí tenemos un vector fundamental e imprescindible para el futuro de la escuela en este siglo XXI, porque sencillamente se trata del futuro del hombre, o más aún de lo que está más arraigado en el corazón del hombre, en ocasiones incluso sin saberlo.

Hay en este campo mucho todavía por conseguir : una educación escolar integral que, en libertad, incluya o pueda incluir la dimensión religiosa religiosa, que, fiel a la fe, libere al hombre, contribuya a la unificación y realización de la persona y posibilite, en consecuencia, la construcción de una nueva sociedad centrada en la persona humana. Se trata de apostar por un proyecto educativo que busque sinceramente el bien del hombre y de la sociedad protegiendo la libertad contra toda coacción niveladora en los primeros pasos de la vida del hombre. Así, la escuela del siglo XXI ha de poder ofrecer a los niños y adolescentes los elementos del suelo nutricio de su cultura, profundamente conformada por creencias, costumbres, valores, ritos y modelos de vida cristianos; y ha de poder ofrecerlos, como creyente, en toda su verdad y realidad, es decir, mediante una presentación creyente de los mismos: ahí se encuentra el fundamento para la enseñanza religiosa en la escuela, de oferta obligatoria por parte de la escuela, y de asunción libre por parte de padres y alumnos.

III.- La escuela del futuro, para educar, habrá de ayudar al alumno a descubrir quién es él, cuál es su verdad y su sentido

En cumplimiento de su deber y por fidelidad a su propia naturaleza, la escuela tendrá muy en cuenta que, para cumplir con su misión, ha de ayudar a niños, adolescentes y jóvenes a que se encuentren a sí mismos y puedan lograr la “identidad” de su personalidad mediante una adecuada orientación a un significado último y total de sus vidas, conforme a su naturaleza : ha de ayudar a formar y liberar la personalidad de niños, adolescentes y jóvenes en una dirección; es decir, ha de ayudar a los educandos a que hallen un sentido último a sus vidas y la orienten conforme a él en libertad.

Es éste un aspecto fundamentalísimo y una aportación clave, me atrevo a decir que imprescindible, de la escuela: el dar respuesta a las preguntas de fondo que caracterizan el recorrido de la existencia humana: ¿quién soy?, ¿de dónde vengo y a dónde voy?, ¿por qué existe el mal?, ¿qué hay después de esta vida?… Son preguntas que tienen su origen común en la necesidad de sentido que desde siempre acucia el corazón del hombre: de la respuesta que se dé a tales preguntas, en efecto, depende la orientación que se dé a la existencia. El hombre tiene necesidad de una base sobre la que construir la existencia personal y social: Aquí está el quicio de la educación; y aquí está el núcleo de la enseñanza ahora y en el futuro.

Esta exigencia profunda e insoslayable del corazón humano a la que ha de dar cumplida respuesta la educación, se siente todavía más, o de una manera más fuerte o notable hoy, cuando el hombre de nuestro tiempo se ve obligado a constatar el carácter parcial de propuestas que elevan lo efímero a rango de valor, creando ilusiones sobre la posibilidad de alcanzar el verdadero sentido de la existencia. Como se puede comprobar en la sociedad actual, tal situación conduce a que muchos lleven una vida casi hasta el límite de la ruina, sin saber lo que les espera: reflejo, precisamente, de la ausencia de una auténtica educación o de carencias fundamentales en ella.

No es descubrir nada nuevo, ni condenar nada ni a nadie, sino constatar simplemente los hechos, el afirmar que la escuela y el sistema educativo vigente, fiel reflejo de una cultura dominante en nuestros días, presenta una visión unilateral del hombre y parece haber olvidado que éste está también llamado a orientarse hacia una verdad que lo trasciende. Se piensa que esto ha de quedar relegado a la esfera de lo privado, que es una cuestión meramente privada. Las consecuencias prácticas de esto quedan en evidencia: acaba comprometiendo el futuro del hombre; “su condición de persona acaba por ser valorada con criterios pragmáticos basados esencialmente en el dato experimental, en el convencimiento erróneo de que todo debe ser dominado por la técnica” (San Juan Pablo II). Se va extendiendo, o incluso imponiendo, una mentalidad positivista que, no sólo se aleja de cualquier referencia a la visión cristiana del mundo, sino que, y principalmente, olvida toda relación con la visión metafísica y moral. Sin la referencia ética, y con la conciencia de las potencialidades inherentes al progreso técnico, parece que haya que ceder a la tentación de un poder demiúrgico sobre la naturaleza y sobre el ser humano mismo, y aceptar sin más una mentalidad cientifista que lleva a que “muchos acepten la idea según la cual lo que es técnicamente realizable llega a ser por ello moralmente admisible” (San Juan Pablo II).

El pragmatismo que surge de esta mentalidad y que fácilmente se cuela e instala en la escuela de nuestros días invita a no asumir personalmente las grandes decisiones. Se transfiere a instancias institucionales la tarea de dotar de sentido a la propia existencia, como si la democracia pudiera sustituir a la conciencia: el que un determinado comportamiento se pueda admitir se decide en último término con el voto de la mayoría parlamentaria. Como simétrico acompa- ñante se extenderá un nihilismo de lo cotidiano, para el que la existencia es sólo una oportunidad para sensaciones, gustos y experiencias en las que tiene la primacía lo efímero. Resultado: eso alimentará esa difundida mentalidad según la cual no se debe asumir ningún compromiso definitivo. Tan curiosa huida se ve facilitada por una cultura, la nuestra, asimilada por la escuela, en la que la fragmentariedad del saber que le es inherente se vea acompañada por la incoherencia en el querer. El resultado será que esa baraúnda de datos y de hechos entre los que se vive y que parecen formar la trama misma de la existencia, llevará a muchos a cuestionarse si todavía tiene sentido plantearse la cuestión del sentido.

No nos encontramos ante un asunto teórico, ni ante una cuestión privada y particular de la que no debería hacerse eco la escuela, como si la cuestión del sentido no tuviese nada que ver con la vida de la sociedad, o como si fuese un asunto que no importa para el hacerse hombre o para su comportamiento ético, del que es inseparable el bien común que los responsables de la cosa pública han de buscar y promover. La “crisis del sentido” es uno de los elementos más importantes de nuestra condición actual; esta “crisis” afecta de lleno a nuestra escuela. Hoy la escuela se desenvuelve dentro de una cultura y una sociedad determinadas y, en virtud de una pretendida neutralidad, las reproduce: en esta cultura y sociedad “los puntos de vista, a menudo de carácter científico, sobre la vida y el mundo se han multiplicado de tal forma que podemos constatar cómo se produce la fragmentariedad del saber. Precisamente esto hace difícil y a menudo vana la búsqueda de un sentido… La pluralidad de las teorías que se disputan la respuesta, o los diversos modos de ver y de interpretar el mundo y la vida del hombre, no hacen más que agudizar esta duda radical, que fácilmente desemboca en un estado de escepticismo y de indiferencia o en las diversas manifestaciones del nihilismo” (San Juan Pablo II).

La escuela no puede ignorar esto, ni permanecer neutral ante ello. No puede resignarse, por ser contrario al hombre, a que los alumnos estén sujetos a “una forma de pensamiento ambiguo”, que los lleve a encerrarse en sí mismos, “dentro de los límites de su propia inmanencia, sin ninguna referencia a lo trascendente”. Una escuela que no ofreciese respuesta a esta pregunta radical y fundamental del ser humano por el sentido de la existencia humana, “incurriría en el grave peligro de degradar la razón a funciones instrumentales, sin ninguna pasión por la búsqueda de la verdad” (San Juan Pablo II). Por lo demás, “una escuela ‘neutra’ educa, en realidad, a niños y adolescentes según un determinado modelo de hombre, el conformado totalmente por las ciencias positivas y la técnica -(razón instrumental)- . A pesar de la mejor voluntad de quienes la sostienen, puede contribuir a escindir la vida del hombre en dos esferas separadas: la determinada sólo en función de la sociedad civil con sus relaciones sociales y económicas y la de la vida íntima y privada. Tal escisión es lo más contrario a la educación que ha de integrar en unidad la persona del educando. Y lo que parece menos conveniente : puede contribuir de hecho a imponer un modelo de hombre y de sociedad -o un pensamiento único-, a homogeneizar las grandes masas de gentes, desarraigadas hace poco tiempo de su cultura milenaria, al servicio de un sistema excluyente y homogéneo de uno u otro sentido” (A. Palenzuela).

La escuela tiene como misión enseñar a pensar, sin prisa y a fondo, sobre las grandes cuestiones del hombre, de la sociedad, de la vida. Como afirma D. Julián Marías, “he creído siempre en la eficacia única del pensamiento riguroso, casi ha desaparecido de la haz de la tierra. Sin él, no hay esperanza. Su olvido es algo particularmente dramático, porque pone en cuestión la realidad misma del hombre”.

Misión propia, pues, de la escuela que habrá de potenciar en el inmediato futuro es enseñar a pensar con rigor y honestidad, desarrollar la razón humana en su búsqueda y conocimiento de la verdad. La verdad, y la recuperación de la verdad, así como el apoyarse sobre la capacidad que el hombre tiene para conocer la verdad, en lugar de destacar sus límites y condicionamientos, es una cuestión vital y clave para el futuro de la educación. Sin esto no habrá educación en libertad y que posibilite el que haya hombres libres: “la verdad nos hace libres”. Por eso, me atrevo a decirlo: los cristianos, por lo demás, que integren la institución escolar – padres, profesores, alumnos-, han de plantearle a la escuela un nada acomplejado reto práctico: “la fe es la que permite a cada uno expresar mejor la propia libertad. Dicho con otras palabras, la libertad no se realiza en la opciones contra Dios” (San Juan Pablo II).

Los cristianos, en este orden de cosas, no hemos de tener miedo a la razón ni por tanto a la escuela; como la razón, y la misma escuela, han de temer para nada a la aportación escolar de los cristianos, que no es otra que la fe y la antropología que de ella se deriva: ningún espacio hay actualmente en la sociedad donde se valore con mayor fuerza y se vea con mayor confianza la razón humana que el de la fe. Por eso, sin ningún complejo y sin miedo a que nos entrometamos abusivamente sin respeto a la identidad propia de la escuela, los cristianos en este nuevo siglo han de vivir y aportar, con nitidez y libertad, las verdaderas y fuertes – en modo alguno debilitadas – relaciones entre la fe y la razón, “las dos alas por las que el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad” ( San Juan Pablo II), esto puede hacerse ofreciendo una verdadera alternativa a la enseñanza dentro de una educación integral, en libertad y respeto a las diferentes convicciones.

IV.- La Escuela Católica habrá de concebir y realizar su tarea como un servicio a la Nueva Evangelización

La Escuela Católica, por su propia identidad y por fidelidad a la misión educativa que le corresponde en la escuela, está llamada a llevar a cabo una verdadera obra de evangelización, que no es proselitismo, ni “adoctrinamiento” alienante, ni imposición; sino ofrecimiento del Evangelio de la salvación de Jesucristo, para que, conocido, pueda ser aceptado y surja la humanidad nueva hecha de hombres nuevos conforme al designio de Dios. No podemos contentarnos, con ser mucho e imprescindible, con una mera enseñanza de valores. Con ser importantísima y grande la quiebra moral de nuestra sociedad, como recordábamos al principio de esta reflexión, el peor mal que le está aquejando es la ausencia o el silenciamiento de Dios: desaparecido Dios del horizonte de la vida y relegado a los márgenes de la existencia, se pierde la base donde se sustenta todo valor, y así se pueda originar una profunda quiebra de humanidad, como sucede en nuestros días.

Es necesario, por tanto, que se muestre en toda su originalidad la identidad de la enseñanza católica y su contribución a hacer posible que nazca el hombre nuevo, el hombre en su verdad : y esto es obra de evangelización que se entronca enteramente en la labor educadora de la escuela, llamada a hacer posible que los alumnos aprendan a ser hombres, a que se realicen en la verdad de su ser de hombres, a que sean libres y caminen con sentido en sus vidas, a que aprendan el arte de vivir. Es necesario que la Escuela Católica, asumiendo todo lo justo y noble que existe en el mundo de la educación y en su ordenamiento, vaya más allá, y muestren los rasgos y las raíces del humanismo en toda su hondura, que tienen su fuente en el Evangelio que es Jesucristo: la alegría, la esperanza, la sencillez, la misericordia, la generosidad, la entrega de sí mismo en el servicio a los demás, la justicia, el sentido de la gratuidad y el amor fraterno, la defensa de la vida, el perdón por encima de todo, la caridad evangé- lica…, valores todos ellos que nos enseñó y encarnó en toda su persona Jesucristo. Y sobre todo, la existencia, de un Dios Padre, que nos envió como Salvador a Jesucristo, su Hijo, y nos anima con su Espíritu. De que la escuela ofrezca o no esos valores, en el desarrollo de su programación y a través de una sólida y debidamente apreciada ense- ñanza religiosa, dependerá en buena parte el tipo de personalidad que alcancen sus alumnos. Dejemos a la escuela desnuda de esos valores, o superpuestos a la enseñanza como si de un apósito se tratara, y tendremos una escuela construida sobre arena y no sobre roca, tendremos hombres y mujeres sin cimientos suficientes para sobrevivir esperanzadamente contra los embates del confusionismo, del materialismo, del relativismo, de una sociedad sin norte y sin valores fundamentales, debilitados y aun ausentes comportamientos morales dignos del hombre.

Para eso es imprescindible que la Escuela Católica constituya un anuncio claro e inequívoco de Jesucristo. Este es el gran servicio de la Escuela Católica a la educación y la base que debería sustentar su alternativa propia de enseñanza: el anuncio de Cristo. El que es la Luz y la Verdad, ha venido para dar testimonio de la Verdad: la verdad de Dios y la verdad del hombre. Nada de lo humano le es ajeno a El. Es la clave para ver y comprender esa grande, maravillosa y fundamental realidad que es el hombre. No se puede comprender y ver al hombre hasta el fondo sin Cristo. O más bien, el hombre no es capaz de verse a sí mismo, de comprenderse a sí mismo hasta el fondo y llegar a ser lo que es y está llamado a ser hasta el fondo sin Cristo. No puede entender quién es, ni cuál es su verdadera dignidad, ni cuál es su vocación, ni su destino final. No puede ver y entender todo esto sin Cristo. Y por esto no se puede excluir a Cristo de la historia del hombre en ninguna parte. Excluir a Cristo de la historia del hombre es un acto contra el hombre; la historia de cada hombre se desarrolla en Jesucristo; en El se hace historia de salvación. No podemos excluir, por ello mismo, a Cristo de la escuela, de la educación, donde el hombre aprende su verdad y a realizarse en su verdad de hombre. Por eso estamos ahí.

Y por ello nuestra presencia a través de la Escuela Católica en este ámbito tan fundamental de la historia del hombre, como es el mundo de la educación y su concreción en la institución escolar, no puede ser otra que una presencia evangelizadora : para ofrecer la posibilidad efectiva de un encuentro con Jesucristo. El hombre – también el hombre roto de hoy, las nuevas generaciones – todo lo humano, la cultura y las culturas en las que se expresan las búsquedas e inquietudes de la humanidad – también la cultura quebrada de nuestra época y su realidad multicultural – están hechos para el encuentro con Cristo, y sólo en Cristo podrán encontrar el camino de la realización plena de la propia humanidad.

Adherirse a Cristo en persona y a la persona de Cristo esa es la dicha y la vocación humana. Si uno se queda detenido en ideales y valores, por muy atractivos que éstos sean y no se encuentra con la persona misma de Jesucristo y se confía a El, no ha llegado hasta el final para ver y comprenderse en toda su hondura y grandeza.

La evangelización de nuestra sociedad y en la educación, no puede dejar de tener en cuenta las peculiares condiciones del momento histórico que vivimos. Hemos de asumir que los cristianos nos hallamos en este mundo nuestro de hoy en una situación de exilio cultural muy semejante a la de las primeras comunidades cristianas en el mundo pagano o judío. Con esta diferencia fundamental: que el cristianismo constituía entonces una novedad, mientras que la sociedad actual cree conocerlo, porque ha leído lo que dicen de él los textos oficiales de la historia. Ha aprendido, por así decirlo, a interpretarlo, en las claves que a él le son familiares, como ideología, como estructura de poder, como sistema abstracto de valores, como sentido estético, o sentimiento afectivo, o vivencia privada. Por desgracia, con mucha frecuencia, los mismos cristianos interpretamos así nuestra propia fe, y ése es quizá el obstáculo más persistente para una nueva evangelización, también en el mundo de la educación y de la enseñanza. En vez de juzgar el mundo desde las categorías que nos proporciona la experiencia de la fe, juzgamos la fe desde las categorías del mundo. Para que los hombres, para que las nuevas generaciones de niños y jóvenes, puedan percibir la gracia de Cristo como verdad, como luz, como realidad, en suma, humanamente significativa, es fundamental, por tanto, que nosotros mismos podamos superar las interpretaciones del cristianismo, y remitirnos a los hechos, a lo que nos ha sucedido. Es fundamental que se renueve en nosotros la experiencia de la fe. Que vuelva a darse en nosotros esa sorpresa y esa gratitud sin límite por una gracia presente que sostiene la vida, la gracia de la verdad, que es Cristo, la gracia de la sabiduría de la Cruz. El anuncio cristiano no puede ser un discurso abstracto, sólo puede ser el testimonio de algo que a uno le ha sucedido en la vida, el testimonio de la redención de Cristo, de la que brota una vida nueva, una visión nueva, una mirada nueva sobre toda la realidad, que se extiende a todas las facetas de la educación y las une, les da sentido e ilumina.

Un testimonio puede ser rechazado o acogido, pero no es algo de lo que se pueda discutir por mucho tiempo: “Yo sólo sé una cosa: que era ciego y ahora veo”. Así, sin hombres y mujeres convertidos a Jesucristo, que se han encontrado con Él y se han dejado iluminar por Él, como Camino, Verdad y Vida no cabe una presencia evangelizadora y verdaderamente educadora de la Iglesia en mundo de la escuela (J. Martínez). El profesor de Religión, evangelizador, y la Escuela Católica, como institución y comunidad educativa, habrán de ser, pues, un testigo, que ha encontrado el “tesoro” escondido, Jesucristo, donde se le puede encontrar, en la Iglesia, y tiene por ello en El su corazón, le pertenece a El, como únicamente se le puede pertenecer, en la pertenencia a la Iglesia.

Así, es necesario dedicar todos los esfuerzos y energías para que en el mundo de la educación y de la escuela haya hombres y mujeres, profesores de Religión, comunidad educativa, convertidos a Jesucristo, centrados en Jesucristo, con una manera de ser y de pensar, de vivir y de querer que son las de Jesucristo, que viven intensamente la experiencia cristiana, y que por su encuentro real con Jesucristo, plenitud de lo humano, viven dentro de sí la unidad entre las exigencias de la fe y de la razón, la síntesis entre la fe y la cultura.

Evangelizar la cultura, generar cultura, hacer surgir una humanidad nueva, el renacer del yo y de la persona (y con él, de la sociedad) ese será precisamente el cometido del Profesor de Religión, en general, y de la Escuela Católica, en particular. Esto es posible mediante una pertenencia determinante: la pertenencia a Jesucristo, el Señor, vivida en el presente a través de la pertenencia a la Iglesia, ese pueblo donde el Señor vive, porque obra el milagro de una humanidad verdadera. Ser cristiano consiste en pertenecer a una persona, y a una persona que es ‘el Camino, la Verdad y la Vida’ (Jn 14, 6), el significado de todo: ‘todo ha sido creado por él y para él…y todo tienen en él su consistencia’ (Col 1,16-17). Ser cristiano es pertenecer a Cristo. Y eso, ya desde la fórmula de fe más antigua podemos discernir en el Nuevo testamento; ‘Jesús es el Señor’ (1 Cor 12,3). Decir ‘Jesús es el Señor’ es decir ‘Jesús es aquél a quien mi vida pertenece, porque es hoy, en este instante, el fundamento y el cumplimiento de mi vida y de todo’. Hoy, aquí y ahora, porque no es una bella ‘historia’ que les sucedió a unas personas hace dos mil años. Lo que sucedió hace dos mil años es el centro de la historia porque sigue siendo verdad hoy. Porque tiene el poder de cambiar la vida de hoy” (J.MARTINEZ, “La evangelización de la cultura, obra del Espíritu”, en CONSEJO PONTIFICIO DE LA CULTURA, Simposio. La Cultura y la esperanza cristiana, Actas, Córdoba 1999, p.67).

Estas ideas sobre la Escuela Católica están reclamando que las Escuelas católicas en España ofrezcan un “Alternativa para la enseñanza”, que sea verdaderamente humanizadora y constructora de una sociedad nueva, de una humanidad nueva que lleve otro estilo de vivir: así la escuela católica será ámbito donde se aprenda el “arte de vivir”.

V.- En el marco de una sociedad democrática que reconoce y ampara los derechos fundamentales de la persona

Tal vez todo lo dicho pueda sonar a algunos a una abusiva intromisión en el marco secular y autónomo de la escuela o a no respeto al real pluralismo social o a las exigencias de una sistema democrático. No olvido, por supuesto, todo lo contrario, que nos encontramos en una sociedad democrática que se rige por unas reglas de juego, basadas en el reconocimiento de unos derechos fundamentales del hombre, asumidos y recogidos normativamente en el marco constitucional. Este marco nos sitúa a la Escuela Católica y a la escuela en general, en conformidad con el derecho que asiste a los ciudadanos a ser educados conforme a las propias convicciones morales y religiosas, como expresión del derecho a la libertad religiosa.

La enseñanza religiosa, la escuela católica, en efecto, es un aspecto fundamental en la formación integral de la persona y un elemento imprescindible en el ejercicio del derecho de libertad religiosa, tan básico como que es la garantía de todas las demás libertades, unido en nuestra Constitución a la “no confesionalidad del Estado”. Este derecho fundamental, no en virtud de un derecho positivo, de unos consensos, o de una decisión de legisladores, está garantizado por la Constitución Española. La enseñanza de la religión en la Escuela, y la Escuela Católica, no son una concesión graciosa que hace la Administración Pública a unos determinados ciudadanos; tampoco es un privilegio de la Iglesia Católica en el marco escolar. Cuando el Estado aconfesional garantiza la enseñanza de la Religión y de la Moral en la escuela y cuando reconoce la Escuela Católica cumple sencillamente con su deber; y fallaría en ese mismo deber para con los ciudadanos y para con la sociedad, cuando no propiciase el libre y pleno ejercicio de este derecho o no posibilitase de manera suficiente su desarrollo.

Con frecuencia en ciertos medios y por algunos grupos se vierte la idea de que la clase de Religión o la Escuela Católica es algo atávico o una rémora para la modernización de la sociedad que la Iglesia trata de mantener empecinadamente como privilegio particular. Pienso que deberíamos haber aprendido ya que el progreso económico y social no está unido al recorte de la libertad religiosa: y recorte sería el que la enseñanza religiosa y la Escuela Católica no poseyesen el estatuto propio que habría de corresponderle conforme a la naturaleza educativa de la escuela y a la necesidad de formación integral de la persona. No caigamos en la trampa de considerar que el tema de la enseñanza religiosa o la escuela católica es un asunto privado o de la Iglesia, aunque ella, como servidora de los hombres, tiene la obligación de promover los derechos que asisten a la persona humana y de trabajar por la humanización integral. Es una cuestión en la que está en juego la persona y la sociedad.

A estas alturas no debería ponerse en duda la importancia que la enseñanza religiosa tiene para el “aprender a ser hombre”, el “arte de vivir” y el realizarse como persona con sentido, libre y verdadera, objetivos y cometidos de la escuela. Lo que se haga en este terreno contribuirá al rearme moral de nuestra sociedad y a la humanización de la misma, sin lo que no hay progreso digno de llamarse así.

Garantizar esta enseñanza será garantía también de futuro de humanidad libre para la escuela. Este es el reto y el anhelo para el Tercer Milenio. Por eso ofrezco estas reflexiones que pudieran ayudar a un gran Pacto Escolar.

canizares_firma✠ Antonio, Card. Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

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