Esperar con alegría desbordante

Catequesis de
Mons. D. Julián López Martín
Obispo de León

lopezmartinjulian

Real Colegiata-Basílica de San Isidoro, León
Domingo 11 de diciembre de 2016

CATEQUESIS DE ADVIENTO 2016
La esperanza, virtud del Adviento

ESPERAR CON ALEGRIA DESBORDANTE

El domingo pasado terminé la catequesis evocando, con ayuda de las reflexiones del hoy papa emérito Benedicto XVI en la encíclica “Spe salvi” [1], la figura de santa Josefina Baquita, la antigua esclava que encontró la alegría y la esperanza al comprender que Dios la amaba y que se había hecho solidario de sus sufrimientos cuando Él fue también maltratado en su Hijo Jesucristo muerto en la cruz. Hoy vamos a seguir hablando de la esperanza, la virtud típica del Adviento que nos hace soñar en los cielos nuevos y en la tierra nueva como una realidad posible también en este mundo mientras vamos construyendo el reino de Dios. Y lo debemos hacer uniendo la alegría a la esperanza porque no en vano hoy, domingo III de Adviento, toda la liturgia respira alegría. Este domingo es conocido como el domingo “Gaudete” (alegraos), expresión tomada del canto de entrada de la Misa que reproduce una frase de la carta de san Pablo a los Filipenses: “Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos… El Señor está cerca” (Flp 4,4-5).

1. La alegría, fundamento de la esperanza en Adviento

El motivo inmediato de esta alegría consiste en que el Adviento ha llegado a la mitad de su itinerario de manera que la fiesta del Nacimiento del Señor está más cerca. El sacerdote, que en este día puede cambiar el color morado de sus ornamentos por el color rosa pálido, lo manifiesta así en la oración colecta de la misa de hoy:

Oh Dios,
que contemplas cómo tu pueblo
espera con fidelidad la fiesta del nacimiento del Señor,
concédenos llegar a la alegría
de tan gran acontecimiento de salvación,
y celebrarlo siempre con solemnidad y júbilo desbordante.

Esta oración no es el único texto que menciona la alegría en este domingo y en otros días del Adviento [2]. Además de la ya citada antífona de entrada, las lecturas de la liturgia de la Palabra en los tres ciclos del Leccionario dominical giran en torno a ese sentimiento. He aquí un ejemplo: La I lectura del ciclo C se dirige a la Iglesia como destinataria de la invitación del profeta Sofonías: “Alégrate hija de Sión, grita de gozo Israel, regocíjate y disfruta con todo tu ser, hija de Jerusalén… El Señor tu Dios está en medio de ti, valiente y salvador; se alegra y goza contigo, te renueva con su amor; exulta y se alegra contigo como en día de fiesta” (Sof 3,14.17-18a). Es fácil reconocer en las palabras del profeta las que el ángel Gabriel dirigió a María en la anunciación: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1,28). Sin embargo la hija de Sión es ahora la entera comunidad de los creyentes en Cristo, representados en la nueva Jerusalén en la que Dios mismo ha querido morar por medio de su Espíritu Santo. Así es contemplada en una de las visiones del Apocalipsis: “Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén que descendía del cielo, de parte de Dios, preparada como una esposa que se ha adornado para su esposo. Y oí una gran voz desde el trono que decía: «He aquí la morada de Dios entre los hombres, y morará entre ellos, y ellos serán su pueblo, y el “Dios con ellos” será su Dios»” (Ap 21,2-3).

La invitación a la alegría se repite varias veces en la liturgia de este domingo III de Adviento: “Alégrate Jerusalén, porque viene a ti el Salvador” (ant. 1 de las I Vísperas); “Alégrate y goza, hija de Jerusalén; mira a tu Rey que viene; no temas, Sión; tu salvación está cerca” (ant. 1 del Oficio de Lectura). “Destilen los montes alegría, y los collados justicia, porque viene el Señor, luz del mundo” (ant. 2 de las II Vísperas). La alegría de la Iglesia es la respuesta al gran anuncio que ha hecho Juan el Bautista y que resuena en el evangelio del año B: “En medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia” (Jn 1,26-27). Esta admirable presentación de Jesús que destaca su origen divino y eterno, no se encuentra más que en el cuarto evangelio, pero la liturgia de hoy recoge también otros testimonios de Juan igualmente significativos para fundamentar la alegría de este tiempo litúrgico. Así el testimonio que tiene lugar al final de la vida del Bautista, ya en la cárcel, cuando envía a sus discípulos a preguntar a Jesús si él es “el que ha de venir” (Mt 11,3; evangelio del año A), logrando que Jesús se remita a los signos que está realizando, justamente aquellos que profetizó Isaías (cf. Is 35,5: I lectura del año A). Entre esos signos se encuentra también la expectación del pueblo (cf. Lc 3,15: evangelio del año C).

Todo esto hace que el Adviento, en la perspectiva de la Navidad, sea el tiempo de la alegría, una alegría interior que ningún sufrimiento puede eliminar y que hace revivir la espera del nacimiento de Cristo, sin duda el hecho más gozoso de la historia humana. Acontecimiento que, aunque es irrepetible en sí mismo, se actualiza sin embargo en cuanto a su efecto en la vida de los creyentes de todos los tiempos cuando participan en la liturgia. No debe olvidarse que la celebración de la eucaristía y de los demás sacramentos e incluso las fiestas del año litúrgico, hacen a Jesucristo presente en la acción litúrgica de varios modos y grados. Por eso la liturgia nos ayuda y convence de que Dios no está lejos de nosotros sino cerca, muy cerca, más de lo que imaginamos, y que no es indiferente a nuestras situaciones de sufrimiento, de angustia o de soledad porque es un Padre misericordioso y compasivo que vela con amor y providencia por sus hijos respetando también nuestra libertad. Todo esto es motivo de un gozo profundo, sereno, estimulante y consolador. La Iglesia no se cansa de proclamar su invitación a la alegría porque el Señor está efectivamente a nuestro lado. En este sentido el anuncio del nacimiento de Cristo es realmente la fuente de la alegría y el fundamento de la esperanza en Adviento.

2. La esperanza se basa en la fe y apunta a nuestra salvación

Pero esa esperanza, aunque tiene un apoyo objetivo en la eficacia de la liturgia y en la fuerza santificadora de la eucaristía y de los demás sacramentos y sacramentales de la Iglesia, se basa y se apoya realmente en la fe. Entre ambas virtudes, fe y esperanza -sin olvidarnos de la caridad con la que se armonizan las tres virtudes teologales-, existe una fortísima relación, analizada y puesta de manifiesto en la encíclica “Spe salvi” por el papa Benedicto XVI. Fe y esperanza son tan próximas entre sí que en cierto modo se identifican. Por eso la crisis de fe conlleva casi siempre una crisis de esperanza. El papa Francisco, en una homilía en la capilla de santa Marta el día 23 de octubre de 2013, relacionaba de este modo ambas virtudes: “La esperanza no es un optimismo, no es la capacidad de mirar las cosas con buen ánimo e ir hacia delante. No, esto es optimismo, no esperanza. La esperanza no es una actitud positiva ante las cosas. Hay personas luminosas, positivas… Esto es bueno ¿eh? Pero no es la esperanza. No es fácil entender lo que es la esperanza. Se dice que es la más humilde de las virtudes porque se esconde en la vida. La fe se ve, se siente, se sabe qué es. La caridad se hace, se sabe qué es. Pero ¿qué es la esperanza? ¿Qué es una actitud de esperanza? Para acercarnos un poco podemos decir en primer lugar que la esperanza es un riesgo, es una virtud arriesgada, es una virtud, como dice San Pablo, ‘de una ardiente expectación hacia la revelación del Hijo de Dios’. No es una ilusión” [3].

Volviendo al magisterio de Benedicto XVI, la relación entre fe y esperanza es abordada por él en un apartado específico al comienzo de la citada encíclica, bajo el título: “La fe es esperanza”. Prestemos atención al texto: “«Esperanza» es una palabra central de la fe bíblica, hasta el punto de que en muchos pasajes las palabras «fe» y «esperanza» parecen intercambiables. Así, la ‘Carta a los Hebreos’ une estrechamente la «plenitud de la fe» (10,22) con la «firme confesión de la esperanza» (10,23). También cuando la I Carta de Pedro exhorta a los cristianos a estar siempre prontos para dar una respuesta sobre el logos –el sentido y la razón– de su esperanza (cf. 3,15), «esperanza» equivale a «fe»… Pablo recuerda a los Efesios que antes de su encuentro con Cristo no tenían en el mundo «ni esperanza ni Dios» (Ef 2,12)” (“Spe salvi”, 2).

A partir de estas referencias Benedicto XVI, sirviéndose de numerosos pasajes del Nuevo Testamento, demuestra que los hombres que tienen fe y esperanza, viven de otra manera porque se les ha dado una vida nueva que proviene del encuentro con Dios, como sucedió con Santa Josefina Bakhita -el ejemplo que ya conocemos- que se sintió redimida y transformada por la esperanza. Su experiencia la han tenido otras muchas personas, por ejemplo, en los orígenes del cristianismo, el esclavo fugitivo Onésimo en cuyo favor san Pablo escribió la carta que leemos en el Nuevo Testamento dirigida a Filemón suplicándole que recibiese de nuevo al fugitivo, pero no como esclavo sino como “hermano querido” en la fe, puesto que había sido bautizado (cf. Flm 10-16). El motivo en que se apoya el apóstol es muy importante, de manera que constituye la enseñanza que quiere transmitir, a saber: que los que han sido regenerados ya por el bautismo y han recibido el Espíritu Santo pertenecen “a una sociedad nueva, hacia la cual están en camino y que es anticipada en su peregrinación” (“Spe salvi”, 4) [4]. La fe aparece así como la “sustancia” de una realidad que, si bien no vemos, va más allá de los sentidos porque es trascendente. Sin embargo, es un valor real que consiste, en definitiva, en la “vida eterna”.

En efecto, afirma Benedicto XVI, “la fe no es solamente una tendencia de la persona hacia lo que ha de venir y que está todavía totalmente ausente; la fe nos da algo. Nos da ahora ya algo de la realidad esperada, y esta realidad presente constituye para nosotros una «prueba» de lo que aún no se ve. Esta atrae al futuro dentro del presente, de modo que el futuro ya no es el puro «todavíano». El hecho de que este futuro exista cambia el presente; el presente está marcado por la realidad futura, y así las realidades futuras repercuten en las presentes y las presentes en las futuras” (“Spe salvi”, 7; cf. Hb 11,1). En estos trazos fundamentales de la encíclica se ofrece la verdadera fisonomía de la esperanza cristiana como virtud indisolublemente unida a la fe. Por tanto, lo que produce en el corazón del hombre la verdadera esperanza no es la confianza en el progreso humano ni los avances de la ciencia o de la técnica. Solamente el Dios revelado en Jesucristo es capaz de generar en nuestros corazones la esperanza digna de este nombre.

En consecuencia, quien no conoce a Dios que en Jesucristo nos ha amado y nos sigue amando “hasta el extremo” (Jn 13,1; cf. 19,30), aunque crea tener muchos apoyos en este mundo, en el fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene nuestra existencia (cf. Ef 2,12). Quien ha sido tocado por el amor divino empieza a intuir ya lo que quiere decir la palabra “esperanza” que se nos infundió un día junto a la fe en el rito del Bautismo. Benedicto XVI evoca en este punto el diálogo que tenía lugar al comienzo del rito bautismal antes de la reforma litúrgica. Sin duda algunos recordaréis todavía este diálogo que expresaba la acogida del recién nacido en la comunidad de los fieles y su renacimiento en Cristo: El sacerdote preguntaba a los padres y padrinos qué nombre habían elegido para el niño o niña, y continuaba después con la pregunta: «¿Qué pedís a la Iglesia de Dios?» Se respondía: –«La fe». Y «¿Qué te da la fe? ». -«La vida eterna» (“Spe salvi”, 10).

3. Invitación al testimonio sobre “la esperanza que no defrauda”

Fe y esperanza en Adviento, como dos caras de la misma moneda impregnadas de alegría porque está más cerca la Navidad, nos interpelan también de algún modo, para que en nuestra vida, en nuestras relaciones familiares, profesionales o de otro tipo, en nuestro testimonio o apostolado, en la acción pastoral, en las celebraciones litúrgicas y en cualquier otra actividad seamos testigos de la “esperanza que no defrauda” porque, según la expresión de san Pablo, “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5,4). Ser testigos quiere decir que no debemos esconder este tesoro para nosotros solos sino que, conscientes del don que hemos recibido, lo debemos compartir también, conscientes y convencidos de que nuestra esperanza, la esperanza cristiana, es cierta y fiable, capaz de conectar con las esperanzas y las experiencias de nuestros contemporáneos, los hombres y mujeres de hoy, adultos o jóvenes, adolescentes o niños. Desde los orígenes el cristianismo se ha caracterizado por ser portador de una forma nueva de entender la vida y las cosas, en definitiva, de una nueva esperanza, muy distinta de aquello en que la mayoría de la gente cifra sus deseos y anhelos, su presente y su porvenir.

En efecto, con palabras nuevamente de Benedicto XVI, “si falta Dios, falla la esperanza. Todo pierde sentido. Es como si faltara la dimensión de profundidad y todas las cosas se oscurecieran, privadas de su valor simbólico; como si no «destacaran» de la mera materialidad” [5]. Este diagnóstico, que pone en relación nuestra existencia aquí en la tierra con lo que esperamos en el “más allá” como plenitud de vida y de felicidad, no quiere ser pesimista ni negativo para el hombre como si Dios lo hubiera abandonado a su suerte. Por el contrario, se basa en la confianza de que el ser humano es capaz de orientarse hacia su Creador con la luz y la ayuda de la gracia que Dios no niega a nadie aunque, respetando su libertad, siga esperando en el hombre, incluso en quien no espera nada de Dios. Los creyentes en Cristo conocemos esta realidad. Por eso estamos de algún modo obligados a “dar razón de nuestra esperanza” (1 Pe 3,15), una esperanza cierta y fiable porque está “anclada” y se apoya en Cristo, hecho hombre, roca y fundamento de nuestra salvación.

“A la humanidad, que ya no tiene tiempo para él, Dios le ofrece otro tiempo, un nuevo espacio para volver a entrar en sí misma, para ponerse de nuevo en camino, para volver a encontrar el sentido de la esperanza” [6]. Hacérselo saber los sacerdotes a los feligreses, los catequistas a y profesores a sus alumnos, y todos sus familiares, amigos y conocidos, a nuestros convecinos, a las personas con las que nos encontramos cada día, es mucho más que un reto personal, es una exigencia de auténtico amor cristiano, de verdadera caridad, la que se basa en la fe y en la esperanza. A la gente que ya no tiene tiempo para Dios, debemos mostrarles que todavía hay tiempo, que Dios sigue esperando aunque no indefinidamente para cada uno, porque somos mortales y estamos “de paso” en este mundo. Cada Adviento, cada año litúrgico es un nuevo espacio para volver a entrar en nosotros mismos, para ponernos de nuevo en camino y para volver a encontrar el sentido de la esperanza. Más aún cada Adviento es esperanza “indeleblemente escrita en el corazón del hombre, porque Dios nuestro Padre es vida, y estamos hechos para la vida eterna y bienaventurada” [7].

Terminemos pidiendo nuevamente al Señor los dones de la esperanza, de la fe y de la alegría en la celebración del Adviento:

Oh Dios, que has manifestado tu salvación
hasta los confines de la tierra,
concédenos esperar con alegría
la gloria del nacimiento de tu Hijo.
Él, que vive y reina contigo [8].


[1] BENEDICTO XVI, Carta encíclica”Spe salvi” sobre la esperanza cristiana, de 30-XI-2007, Editrice Vaticana.

[2] Por ejemplo, las colectas del miércoles y del viernes de la II semana del Adviento; y la poscomunión del viernes de la misma semana.

[3] Texto ofrecido en Internet por Radio Vaticano (23-X-2013). Véase también el texto de la catequesis del papa Francisco en la Audiencia general del miércoles 15 de octubre de 2014: En ella afirmó: “La esperanza cristiana no es sólo un deseo, un auspicio, no es optimismo: para un cristiano, la esperanza es espera, espera ferviente, apasionada por el cumplimiento último y definitivo de un misterio, el misterio del amor de Dios en el que hemos renacido y en el que ya vivimos. Y es espera de alguien que está por llegar: es Cristo el Señor que se acerca siempre más a nosotros”.

[4] Véanse también los nn. 5-9 de “Spe salvi, en los que Benedicto XVI comenta otros pasajes del Nuevo Testamento y aun otros testimonios incluso artísticos (los sarcófagos cristianos de los primeros siglos) relativos a la transformación interior de los que, siendo esclavos y pobres en muchos casos, eran introducidos en la fe mediante el bautismo.

[5] BENEDICTO XVI, Homilía en las I Vísperas de Adviento (1-XII-2007): Archivo informático de la Santa Sede.

[6] Ib.

[7] Ib.

[8] Colecta del martes de la II semana de Adviento. Otros textos semejantes: colecta del jueves de la III semana; colecta del día 21 de diciembre; etc.

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