Laudato si’: Retos (III)

Carta de
Mons. D. Vicente Jiménez Zamora
Arzobispo de Zaragoza

jimenezzamoravicente

Domingo 18 de diciembre de 2016

Queridos diocesanos:

El valor de la sobriedad en la propia vida

A la luz de la crisis socio-ecológica que denuncia la encíclica, la ascesis cristiana no aparece ya como una rémora histórica de la que convendría deshacerse; al contrario, adquiere una actualidad insospechada que trasciende el ámbito privado de una religión particular para adquirir una nueva relevancia pública: “La espiritualidad cristiana propone un crecimiento con sobriedad y una capacidad de gozar con poco. Es un retorno a la sobriedad que nos permite detenernos a valorar lo pequeño, agradecer las posibilidades que ofrece la vida sin apegarnos a lo que tenemos ni entristecernos por lo que no poseemos. Esto supone evitar la dinámica del dominio y de la mera acumulación de placeres” (LS 222). De esta manera, la espiritualidad cristiana implica también redescubrir los ciclos de la naturaleza y aprender a vivir con serenidad, es decir, “dedicar algo de tiempo para recuperar la serena armonía con la creación, para reflexionar acerca de nuestro estilo de vida y nuestros ideales, para contemplar al Creador” (LS 225). La búsqueda de la sostenibilidad es una oportunidad para volver a la fuente de nuestra propia tradición y beber de ella.

Promover una “conversión ecológica”

El regreso a un estilo de vida más sencillo implica una metanoia, un cambio de dirección: la ‘conversión ecológica’ a la que apela el Papa Francisco (cfr. LS 216-221).

La transformación de hábitos mentales y patrones de comportamiento no se consigue sólo con informes científicos, con más regulación legal o con la invocación de grandes principios éticos. Requiere, además, un compromiso personal, “implica también reconocer los propios errores, pecados, vicios o negligencias, y arrepentirse de corazón, cambiar desde adentro” (LS 218).

Así, parece imprescindible subrayar la necesidad de articular redes de apoyo y comunidades de solidaridad capaces de sostener opciones de vida individuales que no resultan nada sencillas: “A problemas sociales se responde con redes comunitarias, no con la mera suma de bienes individuales […] La conversión ecológica que se requiere para crear un dinamismo de cambio duradero es también una conversión comunitaria” (LS 219). Frente a la propuesta individualista de “empoderamiento del consumidor”, que circula en muchos círculos ecologistas, la propuesta católica es universal y eclesial, comunitaria y mística; llama a la responsabilidad social corporativa, sí, pero del “cuerpo de Cristo” que es la Iglesia, un cuerpo capaz de nutrir los compromisos individuales y sostenerlos en el tiempo.

Valorar la importancia de los comportamientos cotidianos

La envergadura y complejidad de los asuntos tratados pueden resultar obstáculos que empujan hacia el escepticismo y la impotencia. ¿Podemos hacer algo? ¿Es ya demasiado tarde? ¿No es un tema que nos desborda? La encíclica quiere anclarse en la esperanza. Y afirma, con convicción, que “un cambio en los estilos de vida podría llegar a ejercer una sana presión sobre los que tienen poder político, económico y social” (LS 206), animando a una acción coordinada “junto con la importancia de los pequeños gestos cotidianos, el amor social nos mueve a pensar en grandes estrategias” (LS 231).

A esto debe añadírsele algunas pistas que ofrece para ayudar a concretar el compromiso y la conversión ecológica en los comportamientos cotidianos, al alcance de la mano de todos: “evitar el uso de material plástico y de papel, reducir el consumo de agua, separar los residuos, cocinar sólo lo que razonablemente se podrá comer, tratar con cuidado a los demás seres vivos, utilizar transporte público o compartir un mismo vehículo entre varias personas, plantar árboles, apagar las luces innecesarias” (LS 211), “dar gracias a Dios antes y después de las comidas” (LS 227) y otros gestos que expresan y desarrollan “una sana humildad y una feliz sobriedad” (LS 224), ejemplos de esas virtudes sólidas que tanto necesitamos.

A modo de conclusión

Los retos que he ido exponiendo en las cartas pastorales anteriores se resumen en dos: escuchar el clamor de los pobres y escuchar el clamor de la tierra. (cfr. LS 49). Los debemos escuchar de tal manera, y con tal hondura, que descubramos que “no hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental” (LS 139). Debemos descubrir “la íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta, la convicción de que en el mundo todo está conectado, la crítica al nuevo paradigma y a las formas de poder que derivan de la tecnología, la invitación a buscar otros modos de entender la economía y el progreso, el valor propio de cada criatura, el sentido humano de la ecología, la necesidad de debates sinceros y honestos, la grave responsabilidad de la política internacional y local, la cultura del descarte y la propuesta de un nuevo estilo de vida” (LS 16). En resumen, debemos adentrarnos por el camino de la ecología integral.

Con mi afecto y bendición,

jimenezzamora_firma

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