María y el Adviento

Carta de
Mons. D. Celso Morga Iruzubieta
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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Domingo 18 de diciembre de 2016

Queridos fieles, estamos en pleno tiempo litúrgico de Adviento, preparándonos para la segunda venida del Señor y, de inmediato, para la Navidad en compañía de los profetas, de San Juan Bautista y, sobre todo, de María, la madre de Jesús.

Hemos celebrado la solemnidad de la “llena de gracia” (Lc 1,28), de la Inmaculada Concepción. A lo largo de los siglos, la Iglesia, leyendo y meditando este saludo del todo excepcional del arcángel Gabriel, ha tomado conciencia de que María “llena de gracia” por Dios, había sido redimida del pecado original desde su concepción. Es lo que confiesa el dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado en el año 1854 por el beato Papa Pio IX: “… la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano”. En Ella se cumplen de modo pleno aquellas palabras de San Pablo en su carta a los Efesios: “El Padre la ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos, en Cristo” (Ef 1,3) y la “ha elegido, antes de la creación del mundo, para ser santa e inmaculada en su presencia, en el amor” (Ef 1,4).

En el Ave María, nosotros la saludamos continuamente con las palabras del ángel. Las dos frases del saludo del arcángel Gabriel se aclaran mutuamente: “Dios te salve María llena de gracia (porque) el Señor es contigo”. Esta es la razón por la que la doncella de Nazaret debe “alegrarse” en lo profundo de su ser y es “llena de gracia” porque “el Señor es contigo”. El profeta Sofonías había anunciado: “Alégrate, hija de Jerusalén, el Se- ñor esta en medio de ti” (So 3,14).

Después del saludo del ángel, hacemos nuestro el saludo de Santa Isabel, a la que María visita llena de premura por ayudarla: “bendita tu entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre, Jesús”. Isabel es la primera en la larga serie de generaciones que llamarán bienaventurada a María porque ha creído en el cumplimiento de las promesas del Señor. Abraham, por su fe, se convirtió en bendición para todas las naciones de la tierra (Gn 12,3). Por su fe, María es madre de todos los creyentes; gracias a Ella, todas las naciones de la tierra reciben a Aquel que es la bendición misma de Dios: Jesús, el fruto bendito de su vientre.

“Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros…” Porque nos da a Jesús, su Hijo, María es Madre de Dios y Madre nuestra. Podemos confiarle todos nuestros problemas personales, familiares, sociales, nuestros miedos, ansias y preocupaciones. Confiándonos a su oración, nos abandonamos como Ella a la voluntad de Dios: “Hágase tu voluntad”.

“…pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”: nos reconocemos pecadores y acudimos a Ella como “Madre de misericordia”. Nos ponemos en sus manos “ahora”, en el hoy de nuestras vidas. Y nuestra confianza se ensancha para entregarle desde ahora “la hora de nuestra muerte”. Le pedimos que Ella, como Madre, esté presente en esa hora suprema de nuestra existencia como estuvo presente en la hora de la muerte en cruz de su Hijo y que nos acoja como Madre nuestra (cf. Jn 19,27) para conducirnos a su Hijo Jesús, al Paraíso.

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Celso Morga Iruzubieta
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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