No nos dejemos robar la esperanza

Catequesis de
Mons. D. Julián López Martín
Obispo de León

lopezmartinjulian

Real Colegiata-Basílica de San Isidoro, León
Domingo 18 de diciembre de 2016

CATEQUESIS DE ADVIENTO 2016
La esperanza, virtud del Adviento

NO NOS DEJEMOS ROBAR LA ESPERANZA

Hoy, domingo IV de Adviento, con la última catequesis de este tiempo litúrgico, completamos una nueva tanda dedicada en esta ocasión a la esperanza, la virtud característica del Adviento junto con la alegría. La catequesis de hoy quiere ser una reflexión en línea con las anteriores, pero con una intención manifiesta tal y como reza el título: “No nos dejemos robar la esperanza”.

La exhortación o advertencia -que cada uno puede hacer suya como crea oportuno- no ha sido fruto de una meditación más o menos rica o profunda. Sencillamente, es una adaptación de la advertencia que el papa Francisco ha lanzado más de una vez a los jóvenes, desde que la pronunció en la homilía de la Misa que siguió a la primera bendición de los Ramos en la plaza de San Pedro el 24 de marzo de 2013. Una de esas ocasiones tuvo lugar el 7 de junio de 2013, en una audiencia con alumnos de colegios de jesuitas, al ser preguntado sobre los males de la sociedad. He aquí las palabras del papa: “No os dejéis robar la esperanza. Por favor: no os la dejéis robar. ¿Y quién te roba la esperanza? El espíritu del mundo, las riquezas, el espíritu de vanidad, la soberbia, el orgullo… todas estas cosas te roban la esperanza. ¿Dónde encuentro la esperanza? En Jesús pobre: Jesús que se ha hecho pobre por nosotros. Y tú has hablado de pobreza. La pobreza nos llama a sembrar esperanza” [1].

La frase principal: “No os dejéis robar la esperanza” es, además, el título de una recopilación de los discursos del papa Francisco en las audiencias de los miércoles y antes del ángelus de los domingos al comienzo de su ministerio como sucesor de Pedro. Pero, además, hay otros dos libros del papa Bergoglio centrados en la esperanza: su primera obra escrita y publicada en 1992 en Buenos Aires con reflexiones sobre esta virtud que define como auténtico pilar de la vida cristiana. En ella escribe: “Somos incapaces nosotros mismos de tener esperanza; hay que pedirla en los momentos decisivos de la vida, cuando toda esperanza humana se descarta ya. La esperanza se arraiga en la fidelidad de Dios”. El segundo libro, editado en España, reproduce los ejercicios espirituales predicados a los obispos españoles en enero de 2006 y que se titula precisamente:”En Él solo la esperanza” (BAC, Madrid 2013). En aquella ocasión tuvo el fino gesto de comenzar las pláticas citando una frase de la declaración de la CEE, “La fidelidad de Dios dura siempre. Mirada de fe al siglo XX” de fecha 26-XI-1999). La frase citada dice: “Nos sentimos también llamados a la conversión, impulsados a pedir el perdón de Dios y gozosos de renovar nuestra fe, nuestra esperanza en sus promesas” (p. 3).

1. “No nos dejemos robar la esperanza”

En las dos catequesis anteriores he procurado relacionar la esperanza con dos actitudes verdaderamente esenciales en el Adviento, la vigilancia y la alegría. Ambas son tan necesarias para fortalecer y conservar la esperanza como puedan serlo, aunque en otro nivel, la fe y la caridad. No en vano la vigilancia nos permite estar atentos para acoger con fe al Señor que viene a nosotros en la renovada celebración del Adviento, y la alegría es la consecuencia de esa acogida no tanto porque nosotros recibamos a Cristo sino porque sabemos que, en realidad, es Él el que nos acoge a nosotros. Contemplando la Navidad, debemos verla y celebrarla como el encuentro entre Dios y el hombre, un encuentro en el que brilla la condescendencia divina de manera asombrosa como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica citando a varios Padres de la Iglesia: “Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios” (San Ireneo de Lyon, Adv. haereses, 3, 19, 1). Y “porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios” (San Atanasio de Alejandría, De Incarnatione, 54, 3: PG 25, 192B)” (CCE 460).

Aquí reside lo más nuclear del misterio que debemos celebrar, el aspecto esencial que no puede faltar y que ha alimentar nuestro espíritu cuando llegan las celebraciones de Adviento, Navidad y Epifanía para colmarnos de alegría sabiendo que Dios nos ha hecho sus hijos en el Hijo Jesucristo. La espiritualidad del tiempo navideño no consiste en hacer fiesta desde fuera del acontecimiento, ajenos a su núcleo, sino en celebrar con alegría y gratitud la presencia viva de quien ha querido morar junto a nosotros para transformarnos interiormente: “Reconoce, cristiano, tu dignidad y puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas”, decía san León Magno en el I sermón de la Navidad que leemos ese día en la Liturgia de las Horas. Ya que Dios nos hace sus hijos insertándonos como miembros en el misterio de Cristo y de la Iglesia, la gracia y el gozo de la Navidad nos piden responder a este don cultivando una vida de santidad con la mirada puesta en los bienes que esperamos y que ya hemos empezado a gustar.

Estas actitudes se ponen de manifiesto en algunas oraciones del Misal, por ejemplo, en la oración poscomunión del lunes de la I semana de Adviento:

Fructifique en nosotros, Señor, la celebración de estos sacramentos,
con los que tú nos enseñas, ya en este mundo que pasa,
a descubrir el valor de los bienes del cielo
y a poner en ellos nuestro corazón [2].

No en vano el tiempo de Adviento presenta la salvación en dos niveles, el que corresponde a esta vida limitada y transitoria –“este mundo que pasa”-, y el que pertenece a lo que se nos ha prometido –“los bienes del cielo”– para que no solo no perdamos de vista dichos bienes sino que nos esforcemos en merecerlos con nuestra conducta, resultado de “poner en ellos nuestro corazón”, o sea, nuestra esperanza. Esta es un bien demasiado frágil si carece del apoyo de la fe y de aquello en la que esta se sustenta: la “celebración” de los sacramentos en los que el Señor nos enseña a descubrir y valorar los bienes del cielo. La referencia a “estos sacramentos” no se reduce tan solo a la eucaristía aunque se trata de una oración poscomunión, sino que abarca también el conjunto de las celebraciones del Adviento en las que el Señor “nos enseña” e instruye. Lo propio de la eucaristía no es mostrar o poner de manifiesto una realidad sino alimentar, sostener y desarrollar nuestra vida en Cristo. Esto es lo que hace que la celebración del Adviento “fructifique en nosotros” como dice la oración citada.

El 6 de mayo de este año, comentando el papa Francisco en la Misa en Santa Marta, el texto de Jn 16,22b: “Nadie os quitará vuestra alegría”, tomado del evangelio del día (16,20-23a), e insistiendo una vez más en que la alegría y la esperanza van juntas –“de la mano” decía él-, añadía: “La alegría humana puede ser quitada por tantas cosas, por alguna dificultad. Pero Jesús nos quiere dar una alegría que nadie podrá quitarnos. Es duradera, aun en los momentos más oscuros. Como en la Ascensión del Señor, cuando Él se va y los discípulos se quedan mirando el cielo con tristeza. Y los ángeles los despiertan y, como narra el Evangelio de Lucas: ‘¡regresaron felices, llenos de alegría’… Que el Señor nos dé esta gracia, una alegría grande que sea expresión de la esperanza. Y una esperanza fuerte, que se vuelva alegría en nuestra vida. Y que el Señor custodie esta alegría y esta esperanza, así nadie nos las podrá quitar” [3].

2. Trabajar por la esperanza “que no defrauda” [4]

Y si la alegría profunda y duradera es el fruto de la esperanza que nada ni nadie podrá arrebatarnos (cf. Jn 16,22), no es menos cierto que mantener la esperanza no deja de ser una tarea laboriosa. Quiero decir que, aunque estemos convencidos de que la esperanza y su fruto, la alegría, son esencialmente un don de Dios, no por esto deja de ser necesaria e indispensable nuestra colaboración con su gracia. Dicho de otro modo, los dones de Dios requieren también que pongamos algo de nuestra parte, desde la súplica y la petición de que nos los conceda hasta el compromiso de reconocer estos dones procurando que sean provechosos para nosotros y para los demás. Esta es una forma de agradecimiento muy significativa. Recordemos de qué manera el Señor censuró la actitud de aquel siervo que recibió un talento y, en lugar de hacerlo fructificar, lo enterró en la tierra para devolverlo íntegro si el amo le pedía cuentas (cf. Mt 25,18.24-28).

En efecto, el Adviento, como hemos recordado en la catequesis de hace dos domingos, es un tiempo de vigilancia activa y de una esperanza que exige también el estar preparados para cuando venga el Señor (cf. Mt 4,17ss.; 10,6; 12,28; 24,37ss.; etc.). “Esperar vigilantes” es la consigna, la palabra clave de todo este tiempo litúrgico, en el que los cristianos debemos despertar si estamos dormidos o distraídos, que viene a ser lo mismo. Pero no olvidemos tampoco que, para activar la esperanza ante la cercanía del Señor, es necesaria la oración. Recordemos la exhortación de Jesús a sus discípulos: “Velad y orad para no caer en la tentación” (Mt 26,41; etc.). Vigilancia y oración representan, por tanto, un doble movimiento del cristiano durante este tiempo litúrgico. Por una parte elevan su espíritu hacia la meta final de la peregrinación personal en la historia humana, que es el encuentro con Cristo glorioso al final de esta vida, y por otra alimentan al creyente para que no se deje vencer, en palabras de san Juan en su I Carta, por “lo que hay en el mundo, la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la arrogancia del dinero” (l Jn 2,16). Porque todo eso no procede de Dios sino del mundo. “Y el mundo pasa, y su concupiscencia. Pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (2,17).

Vigilancia y oración como soporte de la esperanza. Ambas actitudes se necesitan mutuamente y no solo previenen del fracaso que se produce con frecuencia en nuestra vida si fallamos en una sola de las actitudes que el Señor recomienda y encarece. Nuestra condición es débil por naturaleza para llevar a cabo las obras que Dios quiere y espera de nosotros, la primera de las cuales es creer en Jesús y seguirle incondicionalmente hacia donde quiera conducirnos (cf. Jn 6,28-29). Vigilancia y oración, junto con disponibilidad obediente para poner por obra lo que Dios espera de nosotros, son actitudes insinuadas por san Pablo en su célebre exhortación que la liturgia propone al comienzo del Adviento y que recordé en la primera de estas catequesis: “Dejemos las obras de las tinieblas y pongámonos las armas de la luz. Andemos como en pleno día, con dignidad” (Rom 13,12b-13a). Es justamente lo que pide la oración colecta del lunes de la I semana de Adviento, una plegaria que parece calcada de la que comenté en la catequesis del segundo domingo de Adviento:

Concédenos, Señor Dios nuestro,
esperar vigilantes la venida de Cristo, tu Hijo,
para que, cuando llegue y llame a la puerta,
nos encuentre velando en oración
y cantando con alegría sus alabanzas.

“Esperar vigilantes”, “velando” y “cantando”: En su catequesis del pasado 28 de noviembre, el papa Francisco se preguntaba “¿Cuáles son las actitudes que debo tener para encontrar al Señor?, ¿cómo debo preparar mi corazón para encontrar al Señor?” y respondía apelando a las actitudes de la oración de aquel día: “velando en oración” y “cantando… sus alabanzas”, pero añadiendo una tercera actitud: “ser activos en la caridad”. Estas fueron sus palabras: “Es decir, debo rezar, con vigilancia, debo ser activo en la caridad, la caridad fraterna, no solo dar limosna, también en el tolerar al que me molesta, a los niños cuando hacen ruido, al marido o a la mujer cuando no son como queremos, a la suegra… Pero tolerar. Siempre la caridad, pero activa. Y también la alegría de alabar al Señor: ‘Exultantes en la alegría’: así debemos vivir este camino con la voluntad de encontrar al Señor. Encontrarlo. No estar quietos”.

“Encontrarlo… no estar quietos” porque nuestro Dios, terminaba diciendo el papa Francisco, es “el Dios de las sorpresas, el Dios que nos está buscando, nos está esperando y solo pide de nosotros el pequeño paso de la buena voluntad”, el pequeño paso de ir al encuentro de Jesús: “Y así encontraremos al Señor y tendremos una bellísima sorpresa”.

3. María, “Virgen del Adviento, esperanza nuestra”

Debo terminar. Y quiero hacerlo evocando a la Santísima Virgen María, icono de la Iglesia y Madre de los discípulos de Cristo y aún de todos los hombres porque su amor maternal, en analogía con el amor de Dios, es también generoso y en cierto modo ilimitado. No podíamos olvidarnos de ella. Más aún, en ella encontramos el modelo más acabado y perfecto de las actitudes que suscita y promueve el Adviento. No en vano el Adviento es el tiempo mariano por excelencia, en el que la liturgia de la Iglesia recuerda frecuentemente a la Virgen María, como la Hija de Sión y Madre de Esperanza. En primer lugar, la hemos recordado en la solemnidad del 8 de diciembre. En esa fiesta, la Iglesia, evocando la Concepción Inmaculada de María, celebra la preparación radical a la venida del Salvador en la Navidad y el feliz comienzo de la Iglesia sin mancha ni arruga. Después, en los ocho días antes de la Navidad, desde el 17 al 24 de diciembre, y especialmente en el anterior a la Navidad, el domingo cuarto de Adviento, resuenan las voces de los profetas acerca de la Virgen Madre del Mesías, y se proclaman los episodios evangélicos relativos al nacimiento inminente de nuestro Salvador Jesucristo, el Hijo de Dios en lo divino y de María en lo humano. Este año el domingo IV de Adviento coincide con la solemnidad de Santa María en el Rito Hipánico o Hispano-Mozárabe, celebrada el 18 de diciembre. Otro motivo más para honrar a Aquella por quien hemos recibido al Autor de la vida, Jesucristo nuestro Señor, y la que invocamos como “vida, dulzura, esperanza nuestra” en la Salve.

Como afirmó el beato Pablo VI en su célebre Exhortación Apostólica “Marialis Cultus” (1974), “los fieles que viven con la liturgia el espíritu del Adviento, al considerar el inefable amor con que la Virgen Madre esperó al Hijo, se sienten animados a tomarla como modelo y a prepararse, vigilantes en la oración y jubilosos en la alabanza, para salir al encuentro del Salvador que viene” (n. 4). Cuando nos disponemos a celebrar la renovada venida del Señor en la Navidad, debemos pensar e imaginar con qué alegría y estremecimiento se prepararía María para el gran acontecimiento del nacimiento de su Hijo al que pondría por nombre Jesús (cf. Lc 1,31). La suya fue una verdadera maternidad biológica y humana y, al mismo tiempo, una maternidad virginal y sobrenatural (cf. 1,34-35) “por obra y gracia del Espíritu Santo”, como afirmamos en el Credo. Con su fe, con su amor y con su cuerpo, la Virgen Madre aportó a la humanidad de Cristo todo lo que las otras madres aportan a la vida, el crecimiento y la formación de sus hijos.

Que Ella, “Virgen del Adviento, Esperanza nuestra”, “que supo acoger, como Abraham, la voluntad de Dios, esperando contra toda esperanza” [5], brille sobre nosotros y guíe nuestros pasos hacia una auténtica conversión del corazón, a fin de que podamos prepararnos para salir alegres y gozosos al encuentro del Salvador que viene.


[1] Extracto publicado en Internet al margen del discurso oficial que no pronunció sino que entregó escrito.

[2] Otros textos: poscomunión del martes de la I semana; or. sobre las ofrendas del jueves de la I semana; col. del viernes de la II semana; col. del miércoles de la III semana; etc.

[3] Traducción de Internet. El texto original italiano de la homilía del viernes 6 de mayo de 2016 puede leerse en el Archivo informático de la Santa Sede.

[4] Cf. Rom 5,4.

[5] San JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica “Tertio Millennio Adveniente”, n. 48.

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