«La visita inesperada»

Carta de
Mons. D. Ángel Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón

perezpueyoangel

Domingo 25 de diciembre de 2016

Érase una vez -según refiere León Tolstoi- un zapatero remendón, llamado Martín, que vivía solo y tenía por costumbre leer cada noche, antes de acostarse, la Sagrada Escritura.

Una noche soñó que Dios le decía:
–«Martín, mañana voy a venir a visitarte».

Martín quedó sobrecogido y, por si fuera verdad, a la mañana siguiente, desde primera hora, estuvo pendiente, mirando por la ventana.

Muy temprano vio a un barrendero que estaba quitando la nieve de la entrada de las casas. Le llamó y le ofreció una taza de té caliente. Mientras el barrendero, tiritando, sorbía el té, Martín seguía mirando por la ventana.

–«¿Espera visita? le preguntó el barrendero.
–«No, no», contestó Martín, y le contó el sueño de la otra noche.
–«Pues, siga mirando, tal vez Dios venga a visitarle».

Al mediodía todavía el frío era intenso. Vio pasar a una mujer con un niño en brazos llorando de frío. Les llamó y les dio la sopa caliente que había preparado para él y su posible huésped. Mientras se la tomaban, Martín seguía mirando por la ventana.

–¿Espera visita? le preguntó extrañada la señora.
–«No, no», contestó Martín, y le explicó su sueño.
–«Pues, siga mirando, tal vez Dios venga a visitarle».

Al atardecer Martín seguía mirando por la ventana. Y vio una vendedora ambulante a la que un muchacho le había robado una manzana. Martín salió corriendo. Reprendió al muchacho y le hizo pedirle perdón. Y a ésta que lo perdonara.

Se hizo de noche. Martín cerró su casa y, antes de acostarse, al abrir las Escrituras, escuchó una voz:

–«¡Martín, Martín!»

Al levantar la vista vio al barrendero que le sonreía.

Creyendo que se trataba de una pesadilla volvió a abrir la Biblia y escuchó la misma voz:

–«¡Martín, Martín!»

Al levantar la vista vio a la mujer con el niño en brazos que le sonreía.

En aquel momento, Martín, se echó a llorar al descubrir que realmente Dios en persona le había visitado tres veces durante aquel día.

Dios sigue buscando corazones para habitar. La penitencia que suelo poner a quienes se confiesan conmigo es que, antes de acostarse, cierren sus ojos y repasen con cuántas personas a lo largo del día se han tropezado, encontrado o compartido su vida o su trabajo. Y les invito a que recuerden a cuántos les han regalado una sonrisa, una palabra estimulante. Para cuántos han sido realmente bálsamo o ternura de Dios. Y les ayudo a descubrir y a dar gracias por el Dios que nos visita diariamente aunque ninguno se percate. Y les invito a pedir cada noche que les ayude a descubrir que Dios sigue naciendo hoy, aunque sea oculto en la naturaleza, en la historia, en los acontecimientos más sencillos, en tu propia familia, en tus amigos o paisanos, en las personas más cercanas, en los compañeros de trabajo. También en mi propio ministerio episcopal o en el ministerio pastoral de nuestros curas o en los que han consagrado su vida al Señor, en los que se desvelan por todos, en los que lo descubren en su propio interior, en el Pan y Vino sobre el altar, en la Palabra que ilumina y llena de sentido la vida… Y ruégale que te ayude a descubrirle en los pobres y parados, en los enfermos y en los ancianos, en los jóvenes heridos y vacíos. Que nos ayude a crecer y alumbrar el corazón del mundo.

Ojalá que alguno de nuestros jóvenes escuchara también en su corazón estas fascinantes palabras:

–No tengo otros labios que los tuyos con que pronunciar las palabras sagradas, no tengo otras manos que las tuyas con las que estrechar a toda la humanidad a la que cada día le pesa más el silencio de Dios en sus vidas. Labios y manos que junto a las de tantos sacerdotes podrán perpetuar en el altar el MISTERIO de la Encarnación, verdadera caricia de Dios al mundo.

Mi mejor felicitación navideña, no lo dudes, seguirá siendo invitarte a ofrecer tu propia vida como signo de esperanza para todos.

¡Enciende esta noche tu estrella e ilumina el corazón de la humanidad!

Con mi afecto y bendición,

perez_pueyo_firmaÁngel Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón

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