Santa Misa en la Solemnidad de la Natividad del Señor

Homilía de
Mons. D. RAÚL BERZOSA MARTÍNEZ
Obispo de Ciudad Rodrigo

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S.I. Catedral de Santa María de la Asunción, Ciudad Rodrigo
Domingo 25 de diciembre de 2016

Queridos hermanos sacerdotes, queridas consagradas, queridos todos:

¡Estamos en Navidad! ¿Cómo podemos definirla?… – Sin duda, ¡el regalo más grande que Dios ha hecho a la humanidad! Y, con palabras del teólogo H.U. von Balthasar, “como Dios no es un donante mezquino, nos hizo el regalo más bello posible: el don de un Dios hecho hombre”. El Evangelista San Lucas (2,10-12) nos habla del nacimiento, en la ciudad de David, de un Salvador, que es el Mesías y el Señor. ¡Qué paradoja: un Salvador que es un niño; un Mesías envuelto en pañales; un Señor, nacido en un pesebre! En profunda expresión de Paul Caludel, “la eterna infancia de Dios es la revelación inefable”.

Nos preguntamos, esta vez con Jacinto Núñez, “¿qué puede significar para los hombres y mujeres de hoy el anuncio del nacimiento de un Mesías como niño?… ¿No sigue siendo una contradicción y un sin-sentido?”…

Los belenes nos dan la clave para entender tan gran misterio: todo el firmamento, toda la humanidad, toda la naturaleza y todos los animales girando en torno a un niño. ¡Ese Niño es una provocación! Representa la debilidad y. al mismo tiempo, el máximo de posibilidades. Fragilidad y potencia. Se ha escrito que “un niño es el padre del hombre”.

Ese Niño ya nos anuncia el misterio pascual: “Será una bandera discutida en Israel” (Lc 2,34-35). El Niño será alegría para unos (los pastores y los magos) y motivo de persecución y hasta de muerte para otros (Herodes). En ese Niño, Dios nos ofrece la máxima muestra de respeto a lo creado y a la criatura-hombre: respeta la libertad de acogerlo o rechazarlo. Ese niño representa el valor de lo pequeño y de lo sencillo para Dios. Dios no actúa de forma grandiosa y ruidosa, como tormenta o terremoto, sino como un Niño. Ese niño, finalmente, representa el don y la gracia de Dios porque no ha sido fabricado o hecho por los hombres… A nosotros sólo nos corresponde acoger el don y el hermoso regalo.

Ese Niño, en definitiva, es una llamada a la esperanza. Chesterton afirmaba que “el mundo no perecerá por falta de maravillas; sino por falta de Maravilla”. Y Charles Péguy: “Hay que tener confianza en Dios. Hay que tener esperanza en Dios. Hay que poner la confianza en Dios. Hay que dar crédito a Dios”. En esperanza, afirmaba San Pablo (Rm 8,24) y nos recordaba el Papa Benedicto XVI “hemos sido salvados”. Sí; ¡ese niño es nuestra esperanza!. Y, como niños (Mc 10,13), acerquémonos a Él y hablémosle de corazón a corazón abierto, porque nos conoce mejor que nosotros a nosotros mismos. No tengamos miedo de hablarle de nuestra realidad.

Durante todo el Adviento, las figuras de San José y María se nos han presentado como “modelos” de preparación a la Navidad. San José, como hombre justo. Es decir, como aquel que se sabe criatura, barro en manos de Dios, y no estorba los planes de Dios. Su lema: “Dejar a Dios ser Dios”. Y la Virgen María, no sólo no estorba los planes de Dios, sino que acoge al mismo Dios, lo nutre en ella y lo da a luz a los demás: Es Esposa, Madre y hermana, como repetía San Francisco de Asís.

Dos reflexiones finales: por un lado, atrevámonos a preguntarnos “¿qué nombre nos daría el Niño Dios en relación a lo que estamos haciendo en nuestra vida?”… “¿Qué nombre que refleje lo mejor de nosotros mismos?”… Y, por otro lado, recordad lo que he venido repitiendo en años anteriores: hace más de de dos mil años, todo un Dios pidió permiso a una Virgen para entrar en este mundo. María dijo “sí” a Dios y todo un Dios se hizo hombre. Hoy, te pide permiso a ti para entrar de nuevo en este mundo: ¿Le dejarás habitar en tu corazón?… Aún más: si Jesús habita en ti, entenderás mucho más y mejor lo que el Papa Francisco nos grita: que somos la carne misma de Jesucristo; y, en los más pobres y necesitados, una carne herida y llagada.

Felices y santos días navideños y que el Espíritu Santo que transformará el Pan y el Vino en el Cuerpo y Sangre de Jesucristo, nos haga gustar el verdadero sentido de la Navidad. ¡El más grande y bello regalo de Dios! Que así sea.

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