Santa Misa en la Solemnidad de la Natividad del Señor

Homilía de
Mons. D. JUAN ANTONIO MENÉNDEZ FERNÁNDEZ
Obispo de Astorga

JuanAntonioMenendez

S.A.I. Catedral de la Asunción de Nuestra Señora, Astorga
Domingo 25 de diciembre de 2016

¡Feliz y santa Navidad!

Nos hemos reunido esta mañana para celebrar la solemne liturgia eucarística del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo de la María Virgen en la ciudad de Belén. Dios nace hecho hombre a este mundo que por amor había creado y a esta historia para llevarla a su plenitud. Siendo el más grande, nace como el más pequeño en el silencio de la noche y silenciado por la humanidad que, herida por el pecado de Adán, vivía de espaldas a su Creador. Hagamos también nosotros silencio en nuestra alma para recibir al Hijo de Dios y admirar el gran Misterio de Dios con nosotros.

El Hijo de Dios nació en silencio y desvalido. Se hizo hombre y como tal asumió hasta sus últimas consecuencias su naturaleza y las etapas de la vida humana. Fue engendrado por el Espíritu Santo en el seno de la Virgen y nació de su bendito vientre. Creció como un niño de su época y como cualquier joven nazareno, arropado por el calor del hogar de sus padres y la amistad de sus parientes y amigos. Cuando se aproximó su hora de entregar la vida para redimir a la humanidad del pecado y de la muerte comenzó a predicar la buena noticia. Acompañado de sus discípulos recorrió toda Galilea haciendo el bien hasta que fue detenido, apresado, flagelado y muerto en Cruz. Este Niño Jesús que hoy contemplamos balbuciendo resucitó glorioso del sepulcro después de morir y prometió a todo hombre que confíe en él participar de su gloria cuando venga de nuevo para consumar su Reino. Aunque nos parezca imposible y hasta escandaloso, este Jesús de Nazaret, a quien podemos identificar en la historia de la humanidad, es Dios con nosotros.

Jesús, al asumir nuestra naturaleza humana, la eleva y dignifica porque restaura en el hombre la imagen divina empañada por la culpa del pecado de Adán. En el Misterio de la Encarnación y del Nacimiento de Cristo, Dios nos ha revelado su infinito amor por todo ser humano de modo que todo hombre es amado por Dios desde su concepción hasta su muerte. Esto significa que el hombre en cualquiera de sus etapas de la vida tiene una dignidad propia, la de ser creatura e imagen de Dios. Por esta razón, los cristianos defendemos que la vida del hombre tiene valor en sí misma independiente de su poder económico, de su fuerza física o de su belleza externa de su raza, sexo o forma de pensar. Dios mismo sostiene con su amor misericordioso la vida y la dignidad de toda persona porque en su Hijo Jesús que nace de la Virgen María, ama a cada hombre o mujer infinitamente. Él es quien nos cuida y protege como un pastor cuida a sus ovejas. Jesús nos invita a colaborar con Él para proteger, cuidar y acompañar la vida de los hombres, especialmente en aquellas etapas de la vida más débiles: antes de nacer, en la infancia y en la ancianidad o cuando las circunstancias debilitan la vida humana: en la pobreza, en la enfermedad, en la exclusión social o en la migración.

El nacimiento de un niño siempre ha sido motivo de alegría para sus padres y para toda la familia. Hasta nuestros días, los hijos eran considerados una bendición de Dios. Sin embargo, se ha ido imponiendo la idea de que los hijos son un estorbo, una dificultad para desarrollar la libertad personal. Ciertamente, la cultura del placer, del individualismo, del egoísmo y de la exclusión social está cambiando el comportamiento de las personas respecto a la aceptación de una nueva vida humana. Son muchos los jóvenes que ya no quieren formar una familia para acoger en su seno los hijos como fruto de su amor. Tristemente, otros optan por deshacerse del estorbo de los hijos concebidos como si fueran un tumor que se extirpa. Muchas veces me pregunto con dolor en mi corazón ¿Por qué este cambio tan radical y tan brusco en el modo de pensar sobre la familia, los hijos y la aceptación de la vida humana? A mi juicio sólo tiene esta explicación: se ha apagado en la mente y en el corazón del hombre la fe en la trascendencia de la vida y la esperanza en la vida eterna. Cada día que pasa, una parte de la humanidad desconfía de sí misma y olvida que ha sido redimida por el amor infinito de Dios.

A pesar de todo esto que nos está sucediendo, nosotros, los cristianos, seguimos mirando al Niño Jesús como la manifestación del amor de Dios a la humanidad. Al contemplar el Misterio de Dios con nosotros en el Nacimiento del Niño Jesús, contemplamos en Él, la vida de cada niño engendrado como una sonrisa de Dios para el mundo. De esta convicción nace nuestro compromiso cristiano de defender la dignidad de los no nacidos, de los niños y de todo hombre cuya vida esté en peligro de ser eliminada. Defender la vida de los indefensos significa denunciar aquellas acciones que mancillan y maltratan la vida, especialmente la vida de los menores y, al mismo tiempo, abrir nuestras vidas a la solidaridad para acoger a los niños que son expulsados del calor de sus hogares familiares por la guerra, el hambre, el fanatismo terrorista, la manipulación y explotación. Dice el Papa Francisco en la Exhortación sobre la familia: “Cada nueva vida `nos permite descubrir la dimensión más gratuita del amor, que jamás deja de sorprendernos. Es la belleza de ser amados antes: los hijos son amados antes de que lleguen´. Esto nos refleja el primado del amor de Dios que siempre toma la iniciativa, porque los hijos `son amados antes de haber hecho algo para merecerlo´. Sin embargo, `numerosos niños desde el inicio son rechazados, abandonados, les roban su infancia y su futuro. Alguno se atreve a decir, casi para justificarse, que fue un error hacer que vinieran al mundo. ¡Esto es vergonzoso! […] ¿Qué hacemos con las solemnes declaraciones de los derechos humanos o de los derechos del niño, si luego castigamos a los niños por los errores de los adultos?» (Amoris Laetitia 166).

Hermanos, en esta fiesta de la Navidad, el Señor ensancha el corazón de todos los hombres de buena voluntad para hacerlos más buenos, más generosos y más solidarios. Unámonos a este río de amor que surgió en la cuna de aquel portal de Belén donde nació Jesús y, al menos, acojamos en nuestro pensamiento y en nuestro corazón a los niños que como Jesús hoy nacen en el olvido o en la exclusión porque no hay sitio para ellos en esta sociedad. Fijémonos cómo en sus rostros, afligidos por el dolor, brillan sus ojos infantiles esperando recibir de la humanidad aquel amor al que tienen derecho por haber entrado en nuestra historia.

Pidamos a Nuestra Señora del Portal de Belén que nos muestre a Jesús como lo mostró a los pastores y a los magos de oriente para que con su mirada transforme nuestro corazón endurecido por la indiferencia ante el mal.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s