Santa Misa en la Solemnidad de la Natividad del Señor

Homilía de
Mons. D. VICENTE JIMÉNEZ ZAMORA
Arzobispo metropolitano de Zaragoza

vicente-jimenez-zamora

S.I. Catedral del Salvador (La Seo), Zaragoza
Domingo 25 de diciembre de 2016

“Hoy ha nacido Jesucristo; hoy ha aparecido el Salvador; hoy en la tierra cantan los ángeles, se alegran los arcángeles; hoy saltan de gozo los justos, diciendo: ‘Gloria a Dios en el cielo’. Aleluya” (Ant.  Magníficat, II Vísperas de la solemnidad de la Natividad del Señor).

Hoy la liturgia de la Iglesia nos invita a la alegría desbordante, porque el Dios eterno, inmortal, que a lo largo de la Historia Santa ha hablado a su pueblo por medio de los profetas, en esta etapa culminante de la historia nos ha hablado por su Hijo (cfr. Hb 1, 1-3). Él es el Verbo, el origen y causa de todo lo que existe, la vida y la luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este mundo (cfr. Jnn 1,3-9). Él es el Verbo eterno del Padre, que se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1, 14), para hacernos partícipes de su plenitud, para ofrecernos la salvación y la gracia, para compartir con nosotros la vida divina.

“No puede haber lugar para la tristeza  – nos dice San León Magno en el oficio de lecturas de esta solemnidad –  cuando acaba de nacer la vida…Nadie tiene por qué sentirse excluido del júbilo…pues el Señor ha venido para liberarnos a todos. Alégrese el santo, puesto que se acerca la victoria; regocíjese el pecador, puesto que se le invita al perdón, anímese el gentil, ya que se le llama a la vida”.

Por eso nuestras actitudes en esta mañana no pueden ser otras que la admiración ante el prodigio del nacimiento de Jesús en la cueva de Belén; la adoración rendida ante el Dios que se despoja de su rango y se hace Niño; la gratitud inmensa ante la condescendencia de Dios, que hace exclamar a San Juan: “Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo Unigénito” (Jn 3, 16). En esta mañana alabamos a Dios que ha salido a nuestro encuentro a través de su Verbo y, llenos de emoción exclamamos con el profeta Isaías: “Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que pregona la buena nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión: Tu Dios es rey” (Is 52, 7).

Este es nuestro Dios, queridos hermanos, un Dios que ha entrado en nuestra historia naciendo en un pesebre, que se ha manchado con nuestro barro, que ha experimentado la pobreza y la persecución, la alegría y el dolor, la mistad y la traición, la muerte y la resurrección. Un Dios con rostro humano, que nos mira a los ojos, que nos ama hasta el extremo, que nos llama a su seguimiento, que espera nuestro amor, y que en esta Pascua de Navidad quiere nacer en nuestros corazones y en nuestras vidas, para salvarlas, dignificarlas y llenarlas de plenitud y sentido.

Abramos, pues, de par en par las puertas a Cristo, Redentor del hombre. Nació pobre en un pesebre, pues como nos dice el evangelista San Lucas, José y María no encontraron sitio para el nacimiento de su Hijo en la posada. Esta amarga queja del evangelista sólo tiene parangón con las palabras de San Juan en el evangelio que acabamos de proclamar: “Vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron” (Jn 1, 11). Palabras duras. Que no sea este nuestro caso. Que acojamos al Señor que ha nacido por nosotros. De este modo experimentaremos la alegría de la verdadera Navidad, la alegría que nace del encuentro con Cristo y con nuestros hermanos, la alegría que el mundo no puede dar.

Seamos testigos del misterio de la Navidad para nuestros hermanos, como hicieron los ángeles en la primera Nochebuena, como hicieron los pastores con todos aquellos que se encontraban, al tiempo “que daban gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído” (Lc 2, 19). Por ello, la Navidad es una llamada al anuncio de Jesucristo y al testimonio, con la palabra, y, sobre todo, con nuestra propia vida, una llamada a transmitir a los demás la buena noticia del amor de Dios, un amor incondicional, gratuito y misericordioso que nos ha manifestado en su Hijo Jesucristo

Para todos vosotros, queridos hermanos, que participáis con gozo en esta Misa de Pascua de Navidad, os deseo la gracia, la paz y la alegría que el Señor ha venido a traer a la tierra con su nacimiento. ¡Feliz Navidad! Amén.

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