Santa Misa con motivo del aniversario de la entrega de la Ciudad de Almería a los Reyes Católicos

Homilía de
Mons. D. Adolfo González Montes
Obispo de Almería

adolfo-gonzalez

S.A.I. Catedral de la Encarnación, Almería
Lunes 26 de diciembre de 2016

FIESTA DE SAN ESTEBAN PROTOMÁRTIR
Aniversario de la entrega de la Ciudad de Almería a los Reyes Católicos

Excelentísimo Cabildo Catedral,
Excelentísimas e Ilustrísimas Autoridades,
Queridos sacerdotes y fieles laicos;
Hermanos y hermanas:

La fiesta de san Esteban es inseparable de la Navidad en la historia del calendario litúrgico de la Iglesia latina, y al situarla en el día siguiente a la Navidad, la Iglesia ha querido unir el testimonio martirial del discípulo al nacimiento en carne del Señor y Maestro. Esta unión pone de manifiesto que, en verdad, no es mayor el discípulo que el Maestro, confirmándose en el martirio de san Esteban, el primero de los mártires, aquellas palabras de Jesús: «Seréis odiados de todos por causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el final, se salvará… No está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo por encima de su amo… Si al dueño de la casa le han llamado Beelcebú, ¡cuánto más a sus domésticos!» (Mt 10,22.24.25b).

Como profetizó Simeón sobre Jesús, llevado al templo por sus padres para la circuncisión: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como signo de contradicción…» (Lc 2,34). En verdad, toda la vida de Jesús fue un signo de contradicción y su entrada en la sinagoga de Nazaret, invitado a comentar el texto del profeta Isaías, haría pasar a sus paisanos del deseo de su presencia y de sus milagros a la más radical oposición; hasta el punto de querer «arrojarlo fuera de la ciudad y llevarle a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad para despeñarle» (Lc 4,29).

La profecía de Simeón adquiere tal realismo en la vida de Jesús, rechazado por los jefes religiosos de su pueblo y doctores de la ley mosaica, para ser condenado a muerte, que san Pedro, citando las palabras del salmista declara ante el Sanedrín: «Él es la piedra que vosotros, los constructores, habéis despreciado y que se ha convertido en piedra angular. Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por medio del cual debamos salvarnos» (Hech 4,11-12; cf. Sal 118,22).

La muerte de Esteban se produce por recordarles a los hebreos y prosélitos en la sinagoga llamada “de los Libertos” que ese Jesús rechazado por los suyos, por el pueblo elegido, es el Hijo del hombre, que, por su pasión y su cruz, ha sido glorificado por Dios por su resurrección de entre los muertos. Esteban dice contemplar «el cielo abierto y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios» (Hech 7,56), y los adversarios no pueden soportar la narración de la historia de Israel como una historia fallida, de infidelidades a la alianza de Dios, fallida por causa de las violaciones de los mandamientos que los padres no cumplieron; y de infidelidades de la generación presente, que había rechazado al Santo de Dios condenándolo a la muerte ignominiosa de la cruz.

Dice el libro de los Hechos que «mientras oían estas cosas, sus corazones se consumían de rabia y rechinaban sus dientes contra él… Entonces, gritando fuertemente, se taparon los oídos y todos a una se abalanzaron sobre él; le arrastraron fuera de la ciudad y empezaron a apedrearle» (Hech 7,57-58a). El discípulo sigue el mismo camino del Maestro, arrastrado por sus paisanos a las afueras de su ciudad para despeñarlo. El camino que llevó finalmente a Jesús cuando fue cargado con la cruz y sacado fuera de las murallas para ser crucificado fuera de la ciudad santa.

Hay hechos que deberían inquietarnos de verdad, como la persecución que padecen en el mundo de hoy los cristianos por millones en tantos países del mundo, sobre la cual he vuelto a llamar la atención en mi mensaje de Navidad a los diocesanos. Los cristianos son perseguidos, ciertamente, entre otros grupos humanos, sobre todo minorías étnicas o religiosas que cargan con sufrimientos inmensos, en un mundo que no sabe desterrar para siempre la violencia; pero el grupo humano más perseguido, según los informes de acreditados organismos internacionales, son los cristianos.

Debería inquietarnos también que en nuestro mundo democrático y de bienestar no se pueda sostener el discurso cristiano sobre el sentido de la vida, la sexualidad y el matrimonio, la natalidad y el destino trascendente de la persona humana, si no es contemporizando con lo política y culturalmente correcto; es decir, el pensamiento único que quieren imponer quienes pretenden configurar según ese pensamiento  único incluso el orden jurídico, y dictan a la sociedad el discurso de cada momento; llamando a lamentar o aplaudir lo que ellos determinan que es malo y que es bueno, aun cuando la razón natural diga lo contrario.

Nuestra sociedad rechaza a Jesucristo en la medida en que se va abandonando el mensaje del Evangelio, para dar cabida a una visión agnóstica del mundo, sin preocupación alguna por la trascendencia y el destino sobrenatural de nuestra vida. No deja de ser una contradicción que la campaña para desterrar la Navidad por unas fiestas de invierno (¡qué miseria, Dios mío!) se quiera hacer importando signos que se admiten como culturalmente enriquecedores, con la finalidad no disimulada de contrarrestar la presencia histórica y cultural de los signos cristianos, desterrándolos de la vida pública. Se cumple de diversas maneras la profecía de Jesús, pero sus palabras son consoladoras: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). Sus palabras son también estimulantes: «En el mundo tendréis luchas, pero tened valor: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).

Los cristianos debemos ser conscientes del poder del mal y no banalizarlo. Cuando no se quiere ver el mal, se cae en la necedad. La historia de la humanidad ha conocido atrocidades y terribles totalitarismos, oscuridades y ofuscaciones colectivas, que han llevado a la confusión del mal y del bien. Las tentaciones que rondan hoy a las nuevas generaciones no son distintas de las tentaciones de ayer, porque el ser humano está siempre proclive a repetir sus errores y multiplicar sus culpas. El hombre es siempre idéntico a sí mismo, y el pecado, que alcanza a la entera humanidad, es un camino que ronda cada uno en particular.

Recordar los mandamientos de Dios produce ira en cuantos los rechazan, y la expulsión de la religión de la vida pública tiene como finalidad última conjurar cualquier interferencia de Dios en la pretendida autonomía de una sociedad que se quiere medida tan solo de sí misma. Por eso conviene recordar la enseñanza del Concilio Vaticano II: «Si con las palabras “autonomía de las realidades temporales” se entiende que las cosas creadas no dependen de Dios y que el hombre puede utilizarlas sin referirlas al Creador, todo el conoce a Dios siente hasta qué punto son falsas las opiniones de este tipo; pues sin el Creador la criatura se diluye (…) por el olvido de Dios la criatura queda oscurecida» (Vaticano II: Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 36).

El evangelio de san Juan dice que las tinieblas quisieron asfixiar la luz que brilló en Belén, pero aquel que nació en Belén es la luz que ha vencido las tinieblas, la luz que anticipó la luz poderosa de su gloriosa resurrección. Esta es la buena noticia de la Navidad y de la Pascua. Como dice san León Magno, «no puede haber lugar para la tristeza cuando acaba de nacer la vida (…) Reconoce, cristiano, tu dignidad y, puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas (…) No olvides que fuiste liberado del poder de las tinieblas y trasladado a la luz y al reino de Dios»[1].

Si la civilización cristiana renunciara a la luz de Cristo no tendría otro futuro que la oscuridad. Respetando a todos, hagamos valer nuestra fe. Todas las minorías han de ser respetadas, pero también las mayorías y el tejido religioso y cultural de los pueblos. Hoy felizmente damos gracias a Dios por la recuperación de estas tierras que fueron cristianas desde la primera hora de la predicación evangélica. Reavivemos, pues, a fe cristiana que ilumina nuestra vida. Se lo pedimos a la Virgen Madre del Redentor y nos confiamos a la intercesión del mártir san Esteban, que se configuró con su maestro hasta morir como él perdonando a los mismos que le quitaban la vida.


[1] SAN LEÓN MAGNO, Sermón 1 en la Natividad del Señor, 1-3: PL 54, 190-193; vers. española de la Liturgia de la Horas: Oficio de lectura de la Natividad del Señor.

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