Fiesta de la Sagrada Familia

Homilía de
Mons. D. Julián López Martín
Obispo de León

lopezmartinjulian

(30-diciembre-2016)

“Vivir la alegría del amor en la familia”

Eclo 3,2-6.12-14; Sal 127            Col 3,12-21            Mt 2,13-15.19-23

La fiesta de la Sagrada Familia: Jesús, María y José tiene lugar este año el día 30 de diciembre, al haberse celebrado en domingo la solemnidad del Nacimiento del Señor. En todo caso la citada fiesta, dentro siempre de la Octava de Navidad, participa del ambiente de alegría desbordante ante la renovada manifestación del Hijo de Dios hecho hombre, Jesucristo, nacido de la Virgen María y acogido paternalmente por san José, el hombre justo y bueno que la había tomado por esposa. Permitidme, por tanto, queridos fieles cristianos, desearos unas felices y gozosas fiestas de Navidad, extensibles a vuestras respectivas familias y amistades con el deseo de que todos seamos capaces de ofrecer y compartir alegrías y esperanzas, especialmente con las personas que puedan necesitarlo más.

1. Referencia al documento “La alegría del amor” en un marco dramático

Nuestra celebración tiene, además, otro motivo igualmente grato y estimulante para todos nosotros que sentimos como una vocación y una gracia el trabajar en favor de la familia. Me refiero a la publicación, en el mes de marzo de este mismo año, de la Exhortación Apostólica del papa Francisco “Amoris laetitia” (La alegría del amor), fruto de los dos sínodos dedicados a la familia, uno extraordinario en 2014 y otro ordinario en 2015. Se trata de un documento del magisterio de la Iglesia que debemos acoger como un regalo de Dios en el que han intervenido no solo el papa y los obispos que participaron en los sínodos, sino también teólogos, pastoralistas y matrimonios cristianos que aportaron su saber y sus experiencias. En dicha Exhortación, que invita a todos los cristianos a cuidar el matrimonio y la familia, el papa “nos impulsa a proponer de un modo renovado e ilusionante la vocación al matrimonio y a mostrar la belleza, verdad y bien de la realidad matrimonial y familiar como un don de Dios, como una respuesta a una vocación excelente”, en palabras de la Subcomisión Episcopal de la Familia de nuestra Conferencia de Obispos (cf. Nota para la Jornada del 30-XII-2016).

Dirijamos, pues, nuestra mirada feliz y agradecida a la Familia de Nazaret, “escuela donde empieza a entenderse la vida de Jesús… y donde se inicia el conocimiento de su evangelio” (beato Pablo VI). De este modo apreciaremos mejor que la existencia de aquella familia no fue precisamente fácil, sino más bien difícil y azarosa. Sobre el Niño Jesús se cernía un peligro de muerte pues, apenas se marcharon los magos que vinieron a adorarlo, un“ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto…, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo»” (Mt 2,13). La situación no podía ser más dramática para la pequeña familia de Jesús, de manera que “José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, y se fue a Egipto(2,14). Este episodionos hace pensar en tantas familias que se encuentran en situaciones extremas, obligadas a salir de sus casas a causa de la guerra, acosadas por el odio o simplemente amenazadas de muerte en unos conflictos en los que no tienen otro papel que el de víctimas. ¿Quién no se conmovió hace unos meses ante la foto del pequeño Aylan Kurdi, varado en una playa del mar Egeo, víctima inocente de ese éxodo terrible de tantas familias obligadas a emigrar arrostrando toda clase de peligros, entre los que se cuenta para vergüenza de nuestra civilización, el cierre de fronteras cuando no el hostigamiento?

2. La tragedia de incontables familias y el mensaje de la Exhortación Apostólica

Es verdad que sentimos compasión por estas personas, pero no sabemos o no acertamos a hacer algo más. Pensamos, quizás, que Dios se ocupará de ellos y que, al final, encontrarán un lugar de acogida. Pero no es suficiente con sentir compasión. La situación que tuvo que atravesar también la familia de Jesús nos ayudará a ser consecuentes en nuestra vida con lo que estamos celebrando ahora. Posiblemente consideramos que la Sagrada Familia era algo extraordinario, fuera de lo normal. Y es cierto que se realizaron en ella acontecimientos verdaderamente prodigiosos pero también es verdad que no faltaron tampoco problemas y sufrimientos. Pensemos en la concepción virginal de María y en la angustia y vacilaciones de san José, en el forzado traslado de los santos esposos a la ciudad de David para empadronarse, en la angustiosa búsqueda de un lugar donde María pudiera dar a luz, en el alumbramiento en un establo y en la colocación del recién nacido en un pesebre. Y finalmente en la amenaza de Herodes y el exilio en Egipto.

Pero admiremos también la actitud de obediencia de María y de José a la voluntad de Dios, la unidad entre ambos para afrontar las dificultades que se presentaban, su actitud solícita y amorosa hacia el Niño Jesús, y el amor y la ternura que se perciben en todos los relatos de la infancia del Hijo de Dios hecho hombre. También nuestras familias están llamadas a ser y a actuar así, atentas a la voluntad divina que se manifiesta en los acontecimientos de la vida diaria y, sobre todo, apoyándose en el amor. La clave está en la reciprocidad de este amor y en la donación mutua que debe extenderse también a los restantes miembros de la unidad familiar. Es preciso apelar, más que en épocas pasadas, a la comprensión y a la tolerancia, a veces para evitar males mayores.

Por eso no se puede condenar a nadie, ni tan siquiera juzgar. La Exhortación Apostólica postsinodal “La alegría del amor” nos pide a todos, también a los pastores y a los miembros de los movimientos apostólicos una actitud de verdadera conversión misionera: “Es necesario no quedarse en un anuncio meramente teórico y desvinculado de los problemas reales de las personas. La pastoral familiar «debe hacer experimentar que el Evangelio de la familia responde a las expectativas más profundas de la persona humana” (AL 201). Esa conversión misionera tiene muchos ámbitos donde realizarse. Mencionaré tan solo uno, sugerido por el espacio donde nos encontramos: “La principal contribución a la pastoral familiar la ofrece la parroquia, que es una familia de familias, donde se armonizan los aportes de las pequeñas comunidades, movimientos y asociaciones eclesiales” (AL 202).

3. Los valores de la familia propuestos por la palabra de Dios

Volviendo de nuevo a la palabra de Dios que se ha proclamado, fijémonos también en las relaciones intrafamiliares. El Antiguo Testamento ya contemplaba esta realidad y por eso insistía en el significado del aprecio y honor que se ha de dar al padre y a la madre. Lo recordaba también san pablo en la II lectura. Honra a tu padre y a tu madre es el primer mandamiento al que se añade una promesa: Te irá bien y vivirás largo tiempo en la tierra” (Ef 6,2-3). Esto quiere decir que Dios se preocupa verdaderamente de la salvación de toda la familia y, en particular, del amor agradecido de los hijos, sean niños, jóvenes o adultos, hacia sus progenitores como consecuencia de haber recibido de ellos la vida. Este reconocimiento, especialmente cuando los padres son ancianos, es un hermoso deber, aunque puedan producirse también tensiones, desacuerdos o problemas.

En este sentido la I lectura, del Libro de Ben Sirá, afirmaba: “Quien honra a su padre expía sus pecados. Y quien respeta a su madre es como quien acumula tesoros” (3,3-4). El honor hacia los padres, llámese, cariño, respeto, reconocimiento, ternura, etc., representa un valor permanente que transciende las costumbres, los hábitos de vida, la evolución del gusto o lo que queramos, porque, en el fondo, se trata del aprecio del gran regalo de la vida humana que es y siempre lo será un valor transcendente. Lo dice la palabra de Dios pero lo demuestra la experiencia humana universal. La Exhortación “Amoris laetitia” lo afirma sin ambages: “Los padres tienen el deber de cumplir con seriedad su misión educadora, como enseñan a menudo los sabios bíblicos (cf. Pr 3,11-12; etc.). Los hijos están llamados a acoger y practicar el mandamiento: «Honra a tu padre y a tu madre» (Ex 20,12), donde el verbo «honrar» indica el cumplimiento de los compromisos familiares y sociales en su plenitud, sin descuidarlos con excusas religiosas (cf. Mc 7,11-13)” (n. 17).

Queridos hermanos: acojamos lo que nos sugiere la palabra de Dios y procuremos ponerlo en práctica: “Así pues, como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia” (Ef 3,12). Estos valores, verdaderas virtudes cristianas que brotan del amor de Dios enviado a nuestros corazones con el Espíritu Santo en el bautismo y la confirmación, tienen también una especial relevancia en el sacramento del matrimonio y en la vida familiar. No son meras cualidades humanas, sino dones divinos, fruto también del perdón y de la misericordia que no pueden faltar tampoco en la convivencia diaria. Solo así la familia doméstica y la misma Iglesia, la gran familia de los hijos de Dios, serán en medio de nuestro mundo y de nuestra compleja sociedad un signo o sacramento de la presencia del amor de Dios entre los hombres, un verdadero signo, cómo no, de la Navidad.

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