Santa Misa en la fiesta de la Sagrada Familia

Homilía de
Mons. D. Juan José Omella Omella
Arzobispo de Barcelona

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Basílica de la Sagrada Familia, Barcelona
Viernes 30 de diciembre de 2016

Queridos hermanos sacerdotes,
Miembros del patronato de la Sagrada Familia,
Hermanos todos en el Señor,

1.- En este día grande de la fiesta de la Sagrada Familia nos reunimos aquí, en su templo, para contemplar su imagen, para rezarle y para pedirle que cuide de nuestras familias y de las del mundo entero, porque la familia es la columna vertebral que sostiene la sociedad y el mundo. Sin la valoración y atención a la familia, ¿qué futuro le espera a nuestra sociedad? La familia es la ESPERANZA de un futuro mejor, de un mundo nuevo.

Contemplamos la Sagrada Familia poniéndose en camino, siguiendo las indicaciones de Dios, los planes de Dios, sí, cumpliendo la voluntad de Dios. Ellos no lo entienden, pero se fían… confían en el Señor. Esta actitud de confianza en Dios nos abre a la esperanza.

Contemplamos a María llevando en su seno, durante nueve meses, el Hijo de Dios. Ella no entiende cómo sucede esto. No se imagina qué rostro tendrá el Hijo de Dios; no puede imaginarse qué cuerpo tendrá el fruto de sus entrañas; incluso, se puede preguntar si Dios tendrá un cuerpo. No lo entiende, pero se fía del Señor… confía en el Señor. Esta actitud de María abierta a la vida, al don de Dios en el hijo que lleva en sus entrañas, dispuesta a recibirlo como don y a acogerlo como regalo del Señor, nos abre a la esperanza.

Contemplamos la Sagrada Familia con el Niño recién nacido, allí en la cueva de Belén. Es un Niño pequeño, como los demás, necesita que sus padres cuide de Él. María y José no entienden que este Niño pueda ser Dios. Pero se fían… confían en el Señor. Esta mirada de fe y este compromiso de entrega cuidando del hijo recién nacido, inmenso regalo de Dios, nos abre a la esperanza.

Y contemplamos también la Sagrada Familia en su hogar de Nazaret. Allí vivió Jesús, su hijo, durante treinta años. Sus padres no descubrían nada extraordinario en su Hijo, era igual que los demás. Los del pueblo lo reconocían como el hijo de José, el carpintero, y de María. Sin embargo, sus padres se fiaban del Señor, de la promesa que le había hecho a María cuando le comunicó que el fruto de sus entrañas sería el Hijo de Dios. Ellos, pues, se fiaban del Señor… confiaban en su palabra. Esta mirada de fe y de confianza en el Señor que se hace presente en su hijo, nos abre a la esperanza.

2.- Después de mirar, de contemplar, a la Sagrada Familia de Nazaret dirigimos la mirada a nuestro mundo, nuestra sociedad, nuestras propias vidas, y contemplamos esa corriente de desesperanza que, a veces nos embarga a todos. Viendo los telediarios, contemplando la violencia que hay en la calle, en las aulas, en las familias; percatándonos de la agresividad creciente en nuestro entorno; palpando el individualismo feroz que se instala en nuestros corazones, sin que, a veces podamos controlarlo; viendo todo eso, tenemos la sensación de que todo está muy mal y de que todo acabará mal.

Sin embargo, dejemos que la familia de Nazaret nos ayude a ver en profundidad y a descubrir las cosas hermosas que hay en nuestro mundo, en la historia y en nuestras propias vidas.

De su mano descubrimos que todo, en nuestra vida, ha sido, y es, un don precioso que Dios nos ha regalado, pero que quizás no lo saboreamos como tal, nos hemos acostumbrado, y hemos perdido la ilusión y el asombro ante la vida, y ya no nos maravillamos ante las cosas, ante las personas, ante casi nada. Nos hemos acostumbrado a vivir sin esperanza. La rutina nos ha arrebatado nuestros ojos de niño y los ha cubierto de unas tremendas dioptrías, que ningunas gafas pueden corregir. La Navidad, con el misterio admirable del Dios Niño y la Luz de su estrella, puede devolvernos unos ojos nuevos, la mirada de la fe, que lo ve todo, hasta lo más sencillo y corriente, con asombro agradecido, como un regalo maravilloso. Y eso nos hace sonreír y nos llena el corazón de esperanza.

Porque mirad, regalo, don de Dios, presencia salvadora del Señor, es el encuentro de unos novios, el amor de los esposos. Regalo, don de Dios, presencia del Señor, es la sonrisa del nieto a los abuelos cuando empezó a caminar. Regalo es la amistad cálida y fiel. Regalo es el vecino que está siempre dispuesto a echar una mano sin pedir nada a cambio. Regalo es el sol, el aire que respiramos, las montañas y llanuras junto a las que habitamos. Regalo es la salud y comer en paz el pan de cada día. Hasta la enfermedad, mirada con los ojos de la fe, puede ser un regalo espiritual, que nos ayude a volver a Dios, a poner en Él nuestra confianza, a quitarle importancia a otras cosas que antes nos hacían sufrir.

En todo ello descubrimos la presencia amorosa del Señor. Y todo ello nos da el gozo de vivir.  Estos días de Navidad la gente busca qué cosas nuevas hay que regalarse y se vuelva loca buscando o inventando cosas raras o excéntricas. ¿Por qué no volver a embalar los viejos regalos y abrirlos contemplándolos con ojos nuevos? La Sagrada Familia nos invita a vivir la Navidad, la vida de cada día, como una buena ocasión para recordar, celebrar, para mirarse a los ojos, en el aniversario del nacimiento o de la boda. Estas fiestas de Navidad o de Reyes son una magnífica ocasión para volver al manantial, al origen, de la alegría, de la felicidad, del amor… y, quizás, también para olvidar que ya no tenemos regalos nuevos que ofrecernos, también para volver a aprender que Dios es el regalo más hermoso de la vida.

Esta hermosa fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret nos hace descubrir que detrás de todas las cosas ordinarias y pequeñas de la vida hay amor, mucho amor y que debemos saber disfrutarlo, vivirlo en profundidad y mostrarlo a nuestro mundo tan necesitado de este testimonio de amor y de alegría.

Recogiendo todos sus deseos e inquietudes, quisiera ahora dirigirme a la Virgen para que vele por cada uno de vosotros, por vuestras familias, por la ciudad de Barcelona y todos los que en ella vivimos. Le pedimos que nos haga crecer en esta hermosa virtud de la esperanza. Le pedimos que nadie pueda arrebatarla de nuestros corazones.

[La oración está extraída de Amoris Laetitia]

Jesús, María y José
en vosotros contemplamos
el esplendor del verdadero amor,
a vosotros, confiados, nos dirigimos.

Santa Familia de Nazaret,
haz también de nuestras familias
lugar de comunión y cenáculo de oración,
auténticas escuelas del Evangelio
y pequeñas iglesias domésticas.

Santa Familia de Nazaret,
que nunca más haya en las familias episodios
de violencia, de cerrazón y división;
que quien haya sido herido o escandalizado
sea pronto consolado y curado.

Santa Familia de Nazaret,
haz tomar conciencia a todos
del carácter sagrado e inviolable de la familia,
de su belleza en el proyecto de Dios.

Jesús, María y José,
escuchad, acoged nuestra súplica.

Amén.

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