Santa Misa en la fiesta de la Sagrada Familia

Homilía de
Mons. D. Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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S.A.I. Catedral de la Encarnación, Almería
Viernes 30 de diciembre de 2016

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA

Queridos hermanos sacerdotes;
Queridos fieles laicos, familias cristianas:

Este año la fiesta de la Sagrada Familia no coincide con el domingo dentro de la Octava de la Navidad, porque tanto la Natividad del Señor como la Fiesta de la Octava en honor de Santa María caen en domingo. Este es el motivo de que celebremos hoy la Sagrada Familia dentro de la Octava de Navidad.

Las lecturas bíblicas de este día nos recuerdan de qué manera está constituida la vida social de los seres humanos conforme al designio de Dios: no podemos prescindir de nuestro origen en el amor de nuestros padres. Ciertamente no todos tenemos la misma experiencia familiar y nuestra sociedad está marcada por esa realidad cada vez más extendida que es la desestructuración familiar. La sociología de la familia en nuestros días no deja ver la verdad profunda de la institución familiar, que, sin embargo, la fiesta de la Sagrada Familia nos ayuda a hacerla visible. Esta fiesta viene a recordarnos que los padres son el origen de los hijos y que en este origen reside por designio de Dios el fundamento de la autoridad que los padres tienen sobre los hijos. Dice libro del Eclesiástico: «Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre la prole» (Eclo3,3).

La Nota que han publicado los Obispos de la Subcomisión de la Familia nos ayuda a reflexionar sobre el estado de cosas en que se encuentra en nuestros días la vida de la familia; y nos ayuda también a contemplar a la luz de la revelación y del magisterio pontificio el ideal de la familia como propuesta de Dios al hombre. De que la sociedad acepte y haga suya, como verdadero progreso el ideal de la familia cristiana depende en buena parte su salud e incluso la felicidad de las personas, porque en el amor humano reside efectivamente el comienzo de la vida divina. No podemos, en efecto, soslayar que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios.

Los obispos refieren en su mensaje de qué manera afecta a la vida de las familias la mentalidad marcada por la cultura fragmentada de nuestro tiempo. Los obispos siguen muy de cerca la vida de las familias, marcada por el signo de la provisionalidad, tal como es descrita por el Santo Padre Francisco, en su Exhortación apostólica postsinodal Amoris laetitia [AL]. Hoy nada parece definitivo, porque la opción por el matrimonio y la vida de familia no se fundamenta en una opción que, cuando se toma, ha de aparecer ante quien la toma como una opción duradera, por tanto, estable; y en cuanto tal irreversible, porque se la quiere para toda la vida. Se parte, más bien, de la provisionalidad de todo, considerando que nada hay determinante ni definitivo y duradero para siempre, sino en la misma medida, se dice coloquialmente, en que “funcione”.

El Papa habla de una “cultura de lo provisorio”, conforme a la cual «las personas pasan de una relación afectiva a otra. Creen que el amor, como las redes sociales, se puede conectar o desconectar a gusto del consumidor e incluso bloquear rápidamente» (AL, n. 39). De este modo, a una unión puede seguir otra y, si no funciona, pues así sucesivamente, mientras se aguante; es decir, mientras se desee y no se llegue a desechar la forma de convivencia que una cierta unión estable sólo temporalmente lleva consigo.

Del mismo modo, los hijos ya no están en la perspectiva que supone el libro del Eclesiástico, en la cual los padres son vistos en su entera trayectoria humana como dignos de respeto y autoridad hasta su muerte, como referencia y cobijo que da cuenta de la propia existencia de los hijos. Porque es así, que los hijos estén referidos a los padres, para el autor sagrado los hijos se saben situados en la perspectiva de futuro de estar llamados a cuidar de los padres durante su ancianidad, conscientes del premio que la piedad para con los padres tiene como recompensa divina: «El que respeta a su padre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor lo escucha» (Eclo 3,7).

Podemos decir con toda verdad que falta hoy aquella cultura cristiana de la piedad hacia los padres porque falta de hecho la formación de los hijos en entrañas de misericordia. Es la referencia recíproca de padres e hijos la que ha cambiado, y ya no es la que era en la sociedad cristiana de antes. Los padres ya no saben transmitir, como primeros catequistas, los contenidos doctrinales de la fe y el código de moralidad que se sigue del Evangelio; tampoco no introducen en la experiencia de la oración ni preparan a los hijos para recibir con provecho espiritual los sacramentos de la iniciación cristiana, aun contando con la catequesis parroquial o de la escuela católica. La familia ya no transmite, al menos en número y medida deseable, en la experiencia del amor y de la misericordia de Dios Padre; y, sin esa referencia determinante de la educación en la fe, en la que no puede estar al margen la familia, no es posible proponer como pauta de conducta la imitación de la caridad de Dios.

En este sentido, la carta a los Colosenses, de la que se ha tomado el fragmento de la segunda lectura de esta misa, es una exhortación parenética; es decir, una propuesta de conducta moral fundada en la piedad paterno-filial, que la carta aplica como norma de conducta misericordiosa tanto a todo el conjunto de la comunidad cristiana, como al cristiano individual. También la vida de familia ha de estar regida por este modelo de comportamiento que tiene por referente el perdón otorgado: «Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo» (Col 3,13).

Frente a esta realidad contraria al espíritu cristiano, el Papa Francisco propone algunas recomendaciones de los Padres sinodales. No sólo que las familias cristianas tienen que contribuir con su colaboración pastoral, ofreciéndose a los pastores para que otras familias recobren el significado que la fe asigna a la vida de familia querida por Dios: que la familia es reflejo de la comunión entre las tres divinas personas de la Santa Trinidad. También que, por su misma forma de entender la vida familiar como vida en Cristo, enraizada en el misterio del amor divino revelado en Cristo, los cónyuges se pueden comprender a sí mismos como verdadera “iglesia doméstica”, en la que «los padres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y con su ejemplo, y han de favorecer la vocación personal de cada uno y, con un cuidado especial, la vocación a la vida consagrada» (Vaticano II: Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, n. 11). Es decir, los cónyuges «se ayudan mutuamente a santificarse con la vida matrimonial y con la acogida y educación de los hijos» (ibid.). Así, viviendo en la fe, aprenden ellos mismos a transmitirla a sus hijos.

Continúa el Papa explanando las propuestas de los Padres sinodales: «Por ello, remarcaron que se trata de hacer experimentar que el Evangelio de la familia es alegría que “llena el corazón y la vida entera”, porque en Cristo somos “liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento” (Francisco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium, n. 1). Este gozo interior brota de la gracia que nutre el amor familiar e impulsa al testimonio. Entonces la vida de la familia se convierte en el oasis, donde se da la experiencia amorosa de Dios como fuente de todo amor y misericordia, como regazo en el que pueden crecer en el amor los hijos; y viviendo de este modo, la familia puede ampliarse, incluyendo en ella más círculos de amor que el propio de los cónyuges, que se expande a los hijos y crea asimismo otros círculos mayores.

Si existe este amor fundante, se afrontan los riesgos y las dificultades que asaltan a la familia con tanta frecuencia: la falta de trabajo y la búsqueda de hogar, la obligada emigración en tantas ocasiones, como en el caso de la Sagrada Familia, sobre todo cuando no sólo el pan y el trabajo escasean, sino que a ello se añade la persecución. Es lo que nos propone el evangelio de hoy al mostrarnos a Sagrada Familia en huida a Egipto para verse libres de la persecución cruel de Herodes, que bañó en sangre a los niños menores de dos años, tratando de matar de este modo al Niño Jesús, al que veía como rival e hipotético aspirante al trono que el rey ocupaba, algo imposible de soportar. Es lo que sucede en nuestros días, siéndonos difícil ver sin sentir indignación al tiempo que misericordia los contingentes de prófugos tratando de penetrar en la Unión Europea.

Pidamos hoy a la Sagrada Familia de Jesús, María y José fidelidad de las familias cristianas a la vocación matrimonial que hace de los padres cooperadores de Dios en la transmisión de la vida y en la formación de un pueblo de hijos, que han sido hechos partícipes de la filiación del Hijo unigénito, que por nosotros nació en Belén y se sometió a la autoridad de sus padres y, gracias su cuidado fue creciendo en edad y gracia ante Dios y los hombres.

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