Eucaristía de fin de año y entrada de nuevo año

Homilía de
Mons. D. Francisco Javier Martínez Fernández
Arzobispo de Granada

martinezfernandezfranciscojavier

S.I. Catedral de la Encarnación, Granada
Sábado 31 de diciembre de 2016

A mi siempre, era ya muy adolescente cuando me resultaba muy misterioso esto de celebrar el paso del tiempo, como si el paso del tiempo fuera por sí mismo un bien o algo que uno celebra si el paso del tiempo, en muchos sentidos, nos gasta (físicamente desde luego nos gasta), pero nos hace desaparecer a los seres queridos, hace que se multipliquen las enfermedades, nos acerca a la muerte. ¿Qué celebramos en el paso del tiempo? El año que hemos vivido ya no lo tenemos, ya se nos ha escapado. El año que viene todavía no es nuestro. El único momento que tenemos ahora es el presente realmente. Y si el presente no está lleno de sentido, ni el pasado ni el futuro lo tienen tampoco; si en el presente no podemos dar gracias a alguien por la vida y por el significado que la vida tiene, no hay nada realmente en la vida que celebrar, excepto que la vamos perdiendo poco a poco o que alguien cerca de nosotros y a quien amamos la ha perdido de golpe o que está mucho más cerca de perderla tal vez que hace unas semanas o que hace unos meses.

Dios mío, esta reflexión que parece muy escéptica, sin embargo es la que nos permite caer en la cuenta de lo que estamos sembrando y de los motivos que nosotros tenemos para dar gracias por el año que se ha ido, para dar gracias por el año que vendrá, para dar gracias por Cristo que viene, que viene a nuestras vidas, que vino al seno de la Virgen y que desde entonces hay una promesa con la que termina el Evangelio de San Mateo: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

Y el uno de enero, y el dos de febrero, y el día de San Fermín, también viene el Señor a nosotros. Y cuando viene el Señor a nosotros acontece la gracia, acontece el regalo más grande que los hombres… un regalo que vale más que la vida, como dice el salmo de los Laudes de la primera semana del domingo: “Tu gracia vale más que la vida”. ¿Y por qué? Porque la vida sin tu gracia sería si sucederse en el tiempo, vacío, estéril, en el que aunque hay momentos bellos, qué duda cabe, hermosísimos y como el mundo está lleno de bellezas y de verdad… al mismo tiempo, tiene la herida del mal, y el paso del tiempo parece como una crueldad sin Ti. Sólo contigo el paso del tiempo aparece como un signo de tu amor, como un regalo tuyo, porque todo, a la luz del nacimiento de Cristo, a la luz del acontecimiento de Cristo, todo es gracia.

Y uno da gracias por la vida, a veces por el tiempo sucedido, porque ha sido tiempo de misericordia en el Señor; sabe que la misericordia de Dios es eterna. Sabemos, Señor, que Tú eres fiel y que aunque nosotros no te seamos fieles a ti, Tú no dejas en tu amor infinito y en tu misericordia infinita de ser fiel a nuestra pobreza. Y en ese sentido, empezar el año celebrando la Navidad, probablemente fue lo que a los primeros cristianos les invitó. En Oriente se empezó a celebrar muy pronto el seis de enero y le daban hasta un valor simbólico porque decían que eran doce, trece días después del solsticio de invierno, el calendario que tenían en aquel momento, como un símbolo de Jesús y los apóstoles, y por eso la celebraban el seis de enero (en Roma se celebraba el veinticinco de diciembre también, inmediatamente después del solsticio de invierno). ¿En qué sentido? En el sentido de que la vida parece que camina hacia la oscuridad y en medio de esa oscuridad resplandece la luz de Cristo y la vida se ilumina.

La Creación está llena de pequeños signos que nos ayudan a entender el mundo de Dios y el mundo de nuestra relación con Dios, de la relación de Dios con nosotros. Damos gracias al Señor por el tiempo. Damos gracias al Señor por este día. Damos gracias al Señor por la vida. Damos gracias al Señor por todo, por las personas que tenemos cerca, por las circunstancias en que nos pone, porque todo, Señor, es  don tuyo. Y Te pedimos que nunca nos falten los signos de ese don. En el año que viene mientras tú quieras que dure nuestra peregrinación por este mundo que vivamos acompañados de esos signos para poder tener la esperanza cierta en Ti, que eres la única verdad, el único amor, el único bien, o la belleza infinita donde todas las bellezas toman, diríamos, su participación, su parte.

Me han llamado mucho la atención dos cosas en la liturgia de hoy. La primera antífona de las vísperas empieza diciendo “Qué admirable intercambio”. Y es verdad. La Navidad no es simplemente que el Hijo de Dios baja y se sienta al lado nuestro. En la Navidad celebramos que el Hijo de Dios se entrelaza, por así decir, con nuestra humanidad, de tal manera que queda vinculada para siempre. Incluso la idea de entrelazarse me parece inadecuada, insuficiente, para expresar cómo el Señor se une, se siembra en nuestra tierra, se mete en nosotros por así decir. Y la fiesta de la Madre de Dios se expresa algo así. Pedíamos en la oración que pudiésemos gozar de la intercesión de Aquella de quien hemos recibido a tu Hijo. ¿Pero cómo una mujer nos puede dar a Dios?, ¿cómo una criatura nos puede dar a Dios si no es porque Dios se ha dado primero a Ella? Y de nuevo aparece el “admirable intercambio”, ese admirable intercambio que marca la Eucaristía, pero que marca también el significado de nuestra vida. Nuestras vidas tienen sentido porque es como si Dios se hubiera enganchado a nosotros de tal manera que nos deja más dispuesto a soltarse de nosotros, aunque nosotros nos soltemos de Él.

Señor, Te damos gracias. Comenzamos este año dándoTe gracias porque una vez más vienes a nosotros, viniste en Belén y vienes en la Eucaristía. Te damos gracias porque somos tu pueblo y Te pedimos que nos permitas ser signo visible de esa Venida tuya en medio del mundo. El día uno de enero es también la Jornada de la Paz y los Papas llevan todos los años desde hace mucho, desde la Guerra Mundial, subrayando la importancia de que trabajemos por la paz, de que seamos instrumento de paz en medio del mundo. Lo seremos en la medida en que estemos llenos de Cristo y del sentido de Cristo. Podemos comunicar la paz a los otros en la medida en que nuestros corazones sean unos corazones pacificados por tu presencia, pacificados por tu gracia. Estamos en un momento especialmente delicado de la historia de este mundo moderno. En estos últimos días Rusia y Estados Unidos, parece que estaban jugando al póquer a ver hasta dónde resistía el otro, que si se retiraba el embajador, que si se retiraban los diplomáticos, que si la muerte del embajador ruso en Ankara,… pero estamos ya en mitad de la guerra, llevamos cuatro o cinco años de la guerra en Siria, y antes en Irak, y antes en Afganistán. Como el Papa mismo ha dicho, es una guerra fragmentada, pero donde todo el mundo está amenazado, donde todo el mundo forma parte de esa guerra, o puede ser víctima en cualquier momento de esa guerra.

Vamos a pedirLe al Señor el don de la paz, y en cada uno de nuestras corazones, de quienes estamos esta noche aquí muy en familia. Señor, siembra tu paz, siémbrate Tú de forma que podamos ser en todas partes cada uno de nosotros, y según la responsabilidad de cada uno, instrumentos de paz, constructores de paz, testigos de la paz que Tú nos das, por mucho que el odio pueda crecer y extenderse por el mundo y parecer que lleva siempre las de ganar; las de ganar la lleva siempre el amor, el perdón, la misericordia y la paz. Sólo ellos permanecen para siempre.

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