La alegría que nace

Carta de
Mons. D. Agustín Cortés Soriano
Obispo de Sant Feliu de Llobregat

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Domingo 1 de enero de 2017

Decíamos aquí que no podíamos aceptar «un optimismo obligado», aunque nos viniera aconsejado por acreditados psicólogos, por líderes políticos, o por el buen amigo que quiera animarnos. Por la misma razón no podemos aceptar «la alegría obligada», entiéndase forzada, la alegría porque toca o porque queda bien. Ni siquiera aceptaríamos la alegría artificial de un creyente que, con toda su buena voluntad, quisiera cumplir la máxima de que los cristianos hemos de testimoniar la alegría de creer.

El comienzo del año siempre viene acompañado de una fiesta un tanto oficial, como una especie de «alegría institucionalizada». No está mal, si al menos compensa el sufrimiento que tanta gente arrastra cada día. Pero preferimos aquella alegría que brota, nace, espontánea, como natural, de dentro de la persona, sin haberla forzado, sin artificios. Esa alegría no buscada por ella misma, sino que tiene su origen en una experiencia personal y profunda.

Hace unos días coincidí en el ascensor de un hospital con una familia joven: el padre, una hija quizá adoptada y la madre, con signos de embarazo ya avanzado. Sus palabras transpiraban una serena alegría. La hija, abrazando a la madre, aplicaba el oído a su vientre, mientras decía: «no le oigo». La madre, sonriendo respondió: «quizá está durmiendo». El padre intervino: «¡cómo te gusta descansar la cabeza en el cuerpo de tu madre!».

La maternidad es una de las maravillas del mundo creado, una de las cimas de realización del ser humano. Por eso es también una de las fuentes de mayor gozo. Ya dijo Jesús que la alegría que una madre experimenta al dar a luz un hijo hace olvidar cualquier sufrimiento previo (cf. Jn 16,21). Por eso entendemos que la escena de la Visitación de María a su prima Isabel tiene un encanto extraordinario. Que dos mujeres embarazadas se busquen, se encuentren, que cada una de ellas reconozca el don de Dios en la otra, que el hijo de una salte de alegría en el vientre de su madre y que la escena acabe con el maravilloso canto de alabanza, impregnado de alegría exultante, que es el Magníficat, es la plasmación perfecta de la auténtica alegría.

Es la alegría que nace y brota sin artificios, sincera, auténtica.

En la Iglesia comenzamos el año con la solemnidad de santa María, Madre de Dios. El motivo quizá sea porque conviene recibir ese día el testimonio de su alegría sincera y desbordante. Pero quizá haya otra razón más profunda. El comienzo del año nuevo, aunque la división anual del tiempo obedezca a una convención humana, se asemeja a un parto. María está embarazada de Jesús, el Verbo de Dios, Dios con nosotros. Su alumbramiento significa poner sobre el mundo, a Jesucristo, el principio de la nueva humanidad, destinado a ser hermano de todos los hombres de todos los siglos. De hecho, la Virgen María desde la Iglesia, no deja de engendrar a Jesucristo en nosotros, su maternidad pasa a todos los discípulos de Jesús, es también madre nuestra (cf. Jn 19,25-27).

Nos gusta recordar que aquella alegría profunda, sincera, serena, que brotaba de su condición de madre, sigue atravesando la historia y llega hasta nosotros, cuando ella ve que poco a poco Jesucris to va tomando cuerpo en nosotros, mientras año tras año renovamos nuestra voluntad de serle fieles.

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✠ Agustín Cortés Soriano
Obispo de Sant Feliu de Llobregat

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