Año de la gracia del Señor

Carta del
Card. D. Ricardo Blázquez Pérez
Arzobispo de Valladolid

ricardo blazquez perez

Enero 2017

La liturgia cristiana del Año Nuevo, en la primera lectura, ha recogido una bella bendición de Dios sobre su pueblo, contenida en el libro de los Números (6, 24-26), con la cual yo deseo pedir a Dios que os bendiga a todos: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz”. Al comenzar el año pido al Señor que ilumine vuestra existencia con su luz benevolente, guardándoos diariamente de todo peligro, colmándoos con sus bienes, en una palabra, concediéndoos la paz.

El año que estrenamos no es únicamente una duración cronológica de 365 días, sino también un tiempo conducido por la bondad del Señor, de modo que sea para nosotros año de gracia. Dios abre delante de nosotros un horizonte presidido por su providencia paternal. A Santa María, la Madre del Señor y Madre nuestra, le pedimos que nos acompañe: “Ven con nosotros al caminar”. Comenzamos el nuevo año en la presencia de Dios, contando con Él y confiados en su guía omnipotente y compasiva.

Desde hace cincuenta años recibimos un Mensaje del Papa para la Jornada Mundial de la Paz, que inauguró el Bto. Pablo VI. El Mensaje para el año 2017 nos invita a llevar un estilo de vida caracterizado por la “no-violencia”, tanto en las relaciones personales y familiares como en las relaciones sociales y políticas. Una forma de vida inspirada en el Evangelio debe ser pacífica y pacificadora. Jesús trazó el camino de la no-violencia, porque con su muerte destruyó la enemistad y construyó la paz (cf. Ef. 2, 14-16). Por eso, “quien acoge la Buena Noticia de Jesús reconoce su propia violencia y se deja curar por la misericordia de Dios, convirtiéndose a su vez en instrumento de reconciliación”. La misericordia de Dios, se concreta según el mensaje de Jesús: “Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os calumnien” (LC. 6, 2).

El amor a los enemigos es el corazón de la moral evangélica, su rasgo más original y distintivo, la carta magna de la no-violencia cristiana. El amor a los enemigos es posible únicamente si el Espíritu del Señor anima nuestro corazón y nuestra vida. De este espíritu participan muchos hombres y mujeres, que con su manera de sentir, de hablar, de vivir y de actuar son reflejo de la compasión renovadora de Dios. Por esto, afirma el Papa Francisco en su Mensaje de este año: “Ninguna religión es terrorista. La violencia es una profanación del nombre de Dios. No nos cansemos nunca de repetirlo: Nunca se puede usar el nombre de Dios para justificar la violencia. Sólo la paz es santa. Sólo la paz es santa, no la guerra”. ¡Qué necesidad tenemos en nuestros días de escuchar y asimilar estas palabras! Ni en nombre de Dios, ni en nombre del hombre, ni en nombre de ningún pueblo o raza, podemos ejercitar la violencia y la guerra. Las bienaventuranzas son el retrato personal de Jesús y también el perfil de sus discípulos y de toda persona auténticamente pacificadora.

Al comenzar el año cada persona en concreto y también en los medios de comunicación social hacemos una especie de alto en el camino, echando una mirada hacia atrás y desde el presente mirando hacia el futuro. Nosotros los cristianos somos invitados a contemplar la historia a la luz de Dios, que es origen, guía y meta del universo, de quien venimos; en cuya presencia existimos y hacia el cual vamos caminando.

Os exhorto a que miremos al pasado con gratitud y humildad. La memoria del pasado debe estar impregnada del perfume del agradecimiento. ¡De cuántas personas somos deudores! ¡Cuántos beneficios hemos recibido! No somos creadores de nosotros mismos sino regalo de Dios y beneficiarios de muchos.

También la contemplación del pasado debe estar saturada de una actitud humilde para recibir la misericordia de Dios y la comprensión de los demás. No cabe a la vista de nuestro camino recorrido ni el desprecio de los demás ni la altivez orgullosa por nuestro comportamiento. La actitud humilde y agradecida purifica nuestro corazón y nuestra memoria.

Debemos, en esta lúcida inercción histórica, vivir el presente con intensidad, sin perder el tiempo, llenando los días con dedicación y obras de servicio y de misericordia. “Matar el tiempo” es una expresión terrible que caracteriza la vida de quien ha perdido o no ha descubierto todavía el valor de la vida humana. El presente requiere de nosotros vigilancia, atención y ocupación. Vivir despiertos significa no caer en la tentación del sopor en pleno día. Cada momento del día es una especie de resplandor de la eternidad (Goethe), una valiosa oportunidad para madurar y servir.

Ante el futuro se suscitan en nosotros fácilmente los sentimientos de temor o de esperanza. Deseo en este comienzo de Año de gracia del Señor que la luz de la esperanza ilumine nuestros pasos por el camino de la vida. La esperanza es entrada animosa y confiada en el futuro, que sin cesar nos va llegando. La esperanza derrama en el hombre la decisión. La esperanza no se cruza de brazos aguardando sin más. La esperanza es operativa, es decir, no se queda en deseos sino transforma el diario vivir con su fuerza. La esperanza no es evasión de quien sueña con salir de la dureza del tiempo presente en alas de su imaginación. La esperanza en Dios no defrauda de modo que hasta el último momento de la vida podemos esperar en su bondad y omnipotencia; ni el muro de la muerte es infranqueable para Él. Aunque ya no podamos proyectar etapas históricas delante de nosotros, Dios nos abre siempre la puerta de la esperanza. La esperanza puede ser probada o porque surgen obstáculos o porque las promesas se retrasan. La esperanza es salida en situaciones cerradas o apuradas. Saber esperar a pesar de las tentaciones de desánimo demuestra la madurez de la esperanza y al mismo tiempo la hace madurar. Las pruebas acrisolan a la persona. La esperanza es como un faro que orienta al puerto en medio de un mar embravecido y oscuro. Es como un ancla que amarra nuestra embarcación vacilante en el puerto de la serenidad y la paz (cf. Heb. 6, 17-20). La esperanza es como una mano tendida por Dios mismo, como una tabla de salvación, al náufrago que bracea a duras penas contra olas.

Invocamos a la Virgen Madre de Dios al comenzar el año: ”Santa María de la esperanza, mantén el ritmo de nuestra espera”.

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