La cultura de la paz. 50 Aniversario de las Jornadas Mundiales de la Paz

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Carta Pastoral de
Mons. D. JUAN DEL RÍO MARTÍN
Arzobispo Castrense de España

INTRODUCCIÓN
UNA INSPIRADA INICIATIVA
PARA UN MUNDO MEJOR

La no violencia: un estilo de política para la paz es el lema que el papa Francisco ha querido dar al mensaje de la Jornada Mundial de la Paz de 2017 a celebrar el día 1 de enero. Con el título de este año llegamos al medio siglo desde el inicio de esta feliz decisión de Pablo VI. ¿Qué han significado estos mensajes para el mundo y para la Iglesia? ¿Realmente puede haber una forma de hacer política que conduzca a la cultura de la paz?

Estas cinco décadas de mensajes pontificios con motivo de esta efeméride anual componen una fuente de actualización y desarrollo de la Doctrina Social de la Iglesia, y demuestran su constante acción en favor de la cultura de la paz. Ella tiene como base los deberes de justicia; está sostenida por el propio sacrificio personal y comunitario; posee como rostro: el diálogo, el respeto, la comprensión, la tolerancia, en definitiva, el amor [1].

Recordemos que por cultura entendemos ese modo específico del “existir” y del “ser” del hombre [2]. La paz abarca estos dos niveles. Por ello mismo la paz no es un sueño puramente ideal, no es un estado de ataraxia pública. “Es y debe ser una realidad; una realidad mutable y que se debe crear en cada periodo de la civilización, como el pan que nos alimenta, fruto de la tierra y de la divina Providencia, pero a la vez obra del hombre trabajador… La paz es un equilibrio que se sostiene en el movimiento y que despliega constantes energías de espíritu y de acción; es una fortaleza inteligente y siempre viva” [3].

El magisterio pontificio de estas Jornadas, desde Pablo VI a Francisco, transpira una preocupación de base: el futuro del cristianismo y de sus instituciones pasa por la cultura de la paz, como espacio decisivo y renovado en la misión de la Iglesia. Porque, como diría Juan Pablo II: “la síntesis entre cultura y fe no solo es una exigencia de la cultura, sino también de la fe. Una fe que no se hace cultura es una fe que no es plenamente acogida, totalmente pensada, y fielmente vivida” [4].

CAPÍTULO I
LA PAZ, CORAZÓN
DE LA IGLESIA

La preocupación por la paz entre los hombres y pueblos pertenece a las entrañas mismas del mensaje cristiano, en cuanto que está basado en el acontecimiento salvador de Jesucristo. Dios ha intervenido en el mundo para suscitar el amor y la fraternidad entre todos los hombres, concediéndonos el don de la paz y pidiéndonos nuestra colaboración mientras llega la plenitud de la salvación.

Hablar de la cultura de la paz es mostrar el itinerario de los cristianos, que están llamados a ser “artesanos de la paz” [5]. Al mismo tiempo, expresa cómo la misión de la Iglesia en el mundo es reconciliar a los hombres con Dios por medio del Misterio Pascual de Cristo y derribar el muro de enemistad que separaba a los pueblos (cf. 2Cor 5,18-19; Ef 2,14). Acerca de esto, los obispos españoles manifestaron en su día: “La búsqueda y la defensa de la paz ha operado siempre en la conciencia de la Iglesia como una de sus obligaciones más graves en el mundo. Ni siquiera en las épocas más oscuras de la historia dejó de manifestarse de algún modo esta conciencia. En los tiempos más cercanos, la doctrina y las enseñanzas del Magisterio han denunciado repetidamente los males de la guerra y han urgido las exigencias de la paz” [6].

1. Dios, Príncipe de la Paz.

La Sagrada Escritura, en relación con la guerra y la violencia, presenta la tensión entre contestación y mansedumbre, valorando la actitud de amor al prójimo, de servicio, de fidelidad y de perdón al enemigo. La palabra hebrea “shalom” deriva de una raíz que, según el contexto, designa el hecho de hallarse intacto, completo (Job 9,4) -por ejemplo, acabar una casa (1Re 9,25)-, o el acto de restablecer las cosas en su primitivo estado, en su integridad -vgr., apaciguar a un acreedor (Éx 21,34), cumplir un voto (Sal 50,14). Por tanto la paz bíblica no es sólo el pacto que permita una vida tranquila, ni el tiempo de paz por oposición al tiempo de guerra (Ecl 3,8; Ap 6,4); también designa el bienestar de la existencia cotidiana, el estado del hombre que vive en armonía con la naturaleza, consigo mismo, con Dios; concretamente, es bendición, reposo, gloria, riqueza, salvación, vida.

En este tema de la paz y la guerra, hemos de acercarnos a la Sagrada Escritura con inquietud científica, ya que encontraremos unos pasajes de épocas culturales muy diversas a las actuales. Se debe hacer una lectura sapiencial, estando más atentos al espíritu que a la letra del texto revelado. En el Antiguo Testamento existe una concepción de la guerra, aunque su ambiente es tan diferente al nuestro, que de poco sirve como pauta a los cristianos de hoy. En cambio, si bien en el Nuevo Testamento el horizonte de la guerra está prácticamente ausente, en él encontramos una fuente fecunda de ideas y estímulos para abordar muchas situaciones, incluida la violencia y la guerra.

No obstante, en el Antiguo Testamento hallamos ya desde el principio que la paz es un don de Dios. Gedeón construirá un altar en honor de Yahvé Shalom (Jue 6,24). Vemos a Dios bendiciendo con la paz a su pueblo (Núm 6,26). Con Salomón y en sus días, Dios concede paz y tranquilidad a Israel (Cró 22,9). La guerra es para los hebreos un hecho habitual en su horizonte cultural, pero harán una lectura desde su fe en el Dios de la Alianza, interpretando la victoria como un don de Dios y la derrota como castigo por los pecados del pueblo.

Los Salmos subrayan las delicias de la paz de la que disfruta el justo (Sal 37.11). El Shalom, paz, se relaciona siempre con la Sadaqah (justicia). La paz tiene repercusiones inevitables en la vida social. En los textos proféticos no solamente se urge la responsabilidad por la paz, sino que se denuncia con frecuencia la paz superficial fundada en la debilidad de las alianzas políticas (Jr 6,14; 29,11; 33,9; Ez 13,10). Pero los profetas propugnan un mundo futuro donde reine la armonía. Isaías sueña con un príncipe de la paz (9,6), con una nueva era de paz y un nuevo paraíso.

Con la encarnación redentora de Jesús, Hijo de Dios vivo, se anuncia al mundo la llegada de una paz como fruto de la misericordiosa benevolencia de Dios (Lc 2,14). Jesús, a lo largo de su vida, va derramando la paz sobre los atribulados (Lc 7,50; 8,48) e invita a los discípulos a proclamarla donde quiera que vayan (10,5-9). La paz de Cristo trastorna los esquemas de este mundo, de tal manera que su misma patria se niega a acoger la paz que él presenta. Por otra parte, la paz es el don del Resucitado (Lc 24,36).

En Pablo, la paz incluye todos los bienes esperados. La paz es fruto del Espíritu (Rm 14,17) y constituye un modo nuevo de vivir: es ya la vida eterna anticipada. De todas formas, la paz, en cuanto significa la salvación total del hombre y del mundo (2 Cor 5,17; Gál 6,15) implica una nueva ordenación de las relaciones humanas. Se proclama dichosos a los arquitectos de la paz (Mt 5,9) y los escritos apostólicos no dejarán de invitar a los cristianos a entretejer unas relaciones armoniosas y pacíficas con todos (Sant 3,18).

De toda esta serie de referencias, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, aunque no se deducen principios inmediatos, se recibe al menos el impulso de una tradición que valora, agradece y celebra la paz como un alto valor, al tiempo que invita a realizarlo responsablemente en el compromiso armonioso con la vida y con las manos tendidas a nuestros semejantes.

Queda claro que desde la perspectiva de Jesús de Nazaret, la paz y la no violencia constituyen un ideal imprescindible. Las diferencias entre los hombres no pueden seguir zanjándose por los caminos del terror y con la sinrazón de la fuerza. Un mensaje como el del Evangelio, que valora a los hombres por su dignidad de hombres y no por los instrumentos de que pueden disponer para imponer sus intereses, en modo alguno puede justificar el recurso a las armas como medio para lograr el shalom: la paz utópica que evoca la situación del paraíso que el Dios Creador y Padre ha querido para sus hijos.

2. Un mundo en tensión: el derecho a la defensa y seguridad.

A pesar de los anhelos de paz que todos tenemos, hemos de contar con la existencia del mal y de la ambición humana, que destruye a las personas y a las naciones. De ahí que los poderes públicos tengan el derecho y el deber de mantener la defensa, la integridad y la independencia nacional. Ello requiere medios y personas que preserven y protejan los derechos personales y colectivos de la nación, del país, y del Estado.

La existencia de unas Fuerzas Armadas y unos Cuerpos de Seguridad del Estado, y su pertenencia a ellas, no están reñidas con el compromiso de ser constructores de la paz. De esto fue muy consciente el papa Wojtyla, que en diversas ocasiones llamaría a los militares “centinelas de la paz”. En esta misma línea, en su día afirmaban los obispos españoles: “Los cristianos que prestan un servicio armado en la construcción y defensa de la paz, deberán vivir también la vocación evangélica que se inspira en el amor, fructifica en perdón y busca positivamente la paz. Para que los militares cristianos perseveren firmes en esa vocación evangélica, la Iglesia les presta su asistencia pastoral mediante sacerdotes especializados a quienes dedicamos desde aquí una palabra de reconocimiento y aliento” [7].

El mensaje social anterior al Concilio Vaticano II tiene sus raíces en los caminos pacifistas de Tertuliano, Agustín, Tomás, Francisco de Vitoria. Sin embargo, el pensamiento de los clásicos de la licitud acerca de la guerra es muy difícil de sostener ante el nuevo concepto de la guerra moderna, con su carácter de “totalidad”, ya que el objetivo de destruir al adversario no sólo se dirige a su fuerza militar, sino también a su opinión publica, y a las raíces culturales, sociales y religiosas de la nación que se ve atacada [8].

Ante la amenaza de las armas termonucleares, podemos hacernos la pregunta que en 1965 se hacía la Oficina de Prensa del Concilio dirigida por el cardenal Alfrink: ¿Es todavía hoy valedera, como lo fue en el pasado, la teoría de la guerra justa? Ya en l944, Pío XII había condenado en principio “la teoría de la guerra en general” y sobre todo la guerra de agresión augurando una evolución radical en la solución de los conflictos: “Nadie podría saludar con mayor gozo esta evolución que quien desde hace largo tiempo ha defendido el principio de que la teoría de la guerra, como medio apto para resolver los conflictos internacionales, está ya sobrepasada… Pero precisamente por esta inversión ha aparecido cada vez más evidente la inmoralidad de la llamada guerra de agresión”.

Tenemos que subrayar la claridad y la decisión de Juan XXIII en la encíclica Pacem in Terris de 1963. En ella el Papa recoge las palabras de Pío XII: “Nada se pierde con la paz; todo puede perderse con la guerra”. En el mismo documento subraya el absurdo que supone, en una época como la nuestra, que se jacta de haber llegado a poseer la energía atómica, sostener que la guerra sigue siendo un medio apto para resarcir el derecho violado.

Las razones de la condena de la guerra se encuentran en la misma dignidad del hombre y de la vida humana. “Los pueblos viven bajo un perpetuo temor, como si les estuviera amenazando una tempestad que en cualquier momento pudiera desencadenarse con ímpetu horrible” (nº 111). Pero el miedo no es suficiente defensa contra el horror de la guerra. De aquí que el deber ético no solamente lleve a condenar la guerra, sino que esta condena ha de ser extensiva a la misma carrera de armamentos, y se afiance abiertamente en favor del desarme.

En el contexto de la preparación del Concilio hay una decisión clara en contra de la guerra total y a favor de la negociación política. Es frecuente oír si todavía es aceptable el criterio de la guerra justa. Una guerra que implique el uso de armas atómicas, bacteriológicas o químicas difícilmente puede ser considerada justa, en cuanto que el daño que de ella se derivaría sería muy superior a la injusticia sufrida. No existe proporcionalidad, dado que una guerra moderna significa la destrucción total. Hoy la guerra se ha convertido en una locura y no en un remedio para reparar las injusticias.

También hay otro aspecto que no se debe olvidar. No puede considerarse ilícito defenderse contra un injusto agresor, incluso con la utilización de la fuerza. “Pero una cosa es utilizar la fuerza militar para defenderse con justicia y otra muy distinta querer someter a otras naciones. La potencia bélica no legitima cualquier uso militar o político de ella. Y una vez estallada la guerra lamentablemente, no por eso todo es lícito entre los beligerantes. Los que, en servicio de la patria, se hallan en el ejército, considerándose instrumentos de la seguridad y libertad de los pueblos, desempeñando bien esta función, realmente contribuyen a estabilizar la paz” (GS 79).

Según esta misma Constitución del Concilio, el uso de las armas modernas es un delito contra Dios y contra el hombre mismo: “Toda acción bélica que tiende indiscriminadamente a la destrucción de ciudades enteras o de extensas regiones junto con sus habitantes, es un crimen contra Dios y la humanidad que hay que condenar con firmeza y sin vacilaciones” (GS 80). El texto final conciliar junto a la condena, incluye una enérgica reprobación de la carrera de armamentos: “Por lo tanto, hay que declarar de nuevo: la carrera de armamentos es la plaga más grave de la humanidad y perjudica a los pobres de manera intolerable. Hay que temer seriamente que, si perdura, engendre todos los estragos funestos cuyos medios ya prepara” (GS 81).

La carrera de armamentos no asegura la paz, no elimina las causas de la guerra, sino que aumenta el riesgo de agravarlas. Por eso, el Vaticano II la considera como inmoral por su inadecuación con el logro de la meta de la paz. El desequilibrio que engendra no es la paz, sino el aumento de las miserias del mundo, perjudicando hondamente en el bien común de las naciones y de la comunidad internacional. Asimismo y en este marco, el Concilio condena el nuevo sistema violento y de guerra que es el “terrorismo” (GS 79) y ha declarado razonable que las “leyes tengan en cuenta, con sentido humano, el caso de los que se niegan a tomar las armas por motivo de conciencia y aceptan al mismo tiempo servir a la comunidad humana de otra forma” (GS 79). Todo por el camino de la responsabilidad de apoyar a las personas e instituciones que promueven la paz, reformar la propia mentalidad y construir entre todos la cultura de la paz. Fomentando la negociación política para llegar a un entendimiento entre las partes en conflicto, lo que hoy se denomina la injerencia o intervención humanitaria (GS 82). Esto requiere el establecimiento de una autoridad pública internacional reconocida por todos con poder eficaz para garantizar la seguridad, el cumplimiento de la justicia y el respeto de los derechos.

El Concilio Vaticano II hace una llamada a los responsables de la política y de la opinión pública, a que todo hombre debe asumir su propia responsabilidad por lo que toca a construir la cultura de la paz. Pero hay grados en la responsabilidad. Hay que convencerse que la guerra in se es irracional, que la regulación pacífica de los conflictos es la vía digna del hombre y desde la realidad ver que se impone el mantenimiento del principio de legítima defensa. Pero los riesgos espantosos de las armas actuales deben conducir a la elaboración de procesos de cooperación y de desarme que hagan las guerras impensables. La tarea de la paz es un deber de todos: organizaciones internacionales, medios de comunicación, jóvenes… De forma especial es deber de los cristianos.

Todas estas enseñanzas conciliares estarán presentes en los 50 mensajes de las Jornadas Mundial de la Paz de cuatro grandes Papas: beato Pablo VI, san Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco.

CAPÍTULO II
PABLO VI:
LA CIVILIZACIÓN DEL ÁMOR

La Iglesia Católica, después del Vaticano II, ha logrado resucitar la cultura de la paz como aspiración humana radical. Ella aparece como aliada del hombre en sus luchas legítimas y en sus esperanzas, sin reivindicar ninguna exclusividad para la Iglesia en la defensa de lo humano. Así lo pone de manifiesto Pablo VI en su primer mensaje de 1968: “La Iglesia Católica, con intención de servicio y de ejemplo, quiere simplemente “lanzar la idea”, con la esperanza de que alcance no sólo el más amplio asentimiento del mundo civil, sino que tal idea encuentre en todas partes múltiples promotores, hábiles y capaces de expresar en la “Jornada de la Paz”, a celebrarse al principio de cada nuevo año, aquel sincero y fuerte carácter de humanidad consciente y redimida de sus tristes y funestos conflictos bélicos, que sepa dar a la historia del mundo un desarrollo ordenado y civil más feliz”.

Al obispo de Roma Montini, que inició estas Jornadas Mundiales de la Paz, se le ha definido de muchas maneras: el primer papa moderno, del diálogo, del Vaticano II, peregrino, ecuménico, defensor de la vida, enamorado de Cristo y de la Iglesia, etc. Hemos escogido este título por que engloba a todos los demás. Estamos ante un papa que supo interpretar con lucidez y oportunamente un mundo que cambia velozmente y una Iglesia que, con el Concilio Vaticano II, había emprendido una gran reforma pastoral que aún no ha finalizado.

Este escenario de profundas transformaciones exigía un nuevo rol de la Iglesia ante sí misma y ante el mundo. La acertada expresión de la construcción de la civilización del amor respondía perfectamente al cambio eclesiológico operado y a los anhelos de paz y amor que se daban en muchos movimientos sociales, deseosos de superar un mundo basado en la confrontación bélica y no en el necesario entendimiento entre las naciones.

Por primera vez usará esta denominación en la homilía de clausura del Año Santo de 1975, en la Misa de la noche de Navidad. Aparecerá en su magisterio más de 37 veces. Se implantará como un tema recurrente en el magisterio pontificio de sus sucesores hasta llegar al mismo papa Francisco. También lo encontramos en muchos textos de conferencias episcopales. Pero sobre todo, es un lema consagrado que hace un llamamiento a la imaginación creadora. Se trata de algo completamente nuevo para la Iglesia y la humanidad, ya que no hay modelo social y cultural en quien inspirarse. La única luz que nos puede iluminar en su edificación es Jesucristo, Príncipe de la Paz.

1. Un hombre de Dios ante las grandes transformaciones.

Giovanni Battista Enrico Antonio María Montini nace en Concesio, cerca de Brescia (Italia), el 26 de septiembre de 1897 y muere en Castel Gandolfo el 6 de agosto de 1978. Tomó el nombre de Pablo VI el día su elección el 21 de junio de 1963 y fue el papa 262º de la Iglesia católica.

Sucediendo a Juan XXIII, decidió continuar con el Concilio Vaticano II, la gran obra del pontífice anterior. Asimismo, fomentó las relaciones ecuménicas con las iglesias ortodoxas, anglicana y protestantes, propiciando muchos encuentros y acuerdos históricos.

Entre 1922 y 1954 trabajó en la Secretaría de Estado de la Santa Sede. Pío XII en 1954 le nombra arzobispo de Milán, la diócesis más grande de Italia. Allí fue conocido pronto como el “arzobispo de los pobres” por su amistad con los trabajadores de las fábricas a los que visitaba. Juan XXIII lo elevó al cardenalato en 1958, y después de la muerte del papa Roncalli le sucedió en la sede de Pedro.

Pablo VI es ante todo, el pastor del llamado “humanismo integral”, que busca a través del diálogo el entendimiento entre las personas y los pueblos. Le tocó dirigir una de las épocas más difíciles de la historia del cristianismo; para ello contó con su larga experiencia romana, su finura intelectual y su preparación cultural, junto con su experiencia pastoral en la diócesis más grande de la cristiandad [9].

Esta gran personalidad se enfrenta a su momento más crítico con el secuestro y asesinato por las Brigadas Rojas de su amigo Aldo Moro. Allí demostrará su compromiso, cercanía y tristeza, así como su capacidad de buscar y encontrarse con autoridad y humildad con los intolerantes y radicales10. Todo esto le sucedía a un gran creyente que sentía un celo ilimitado por la paz personal, social y mundial y que poseía la fuerte convicción de que el cristianismo es la religión del diálogo entre Dios y el hombre. Ese diálogo de salvación nació de la caridad divina, se prolonga en el cuerpo de Cristo encarnado en la Historia, que es la Iglesia, y se manifiesta en el amor a los pobres y en ser “operadores de la paz” [11]. Se comprende que todos aquellos que lo trataron de cerca percibieran cómo su vida estaba imbuida de Dios y por eso mismo la Iglesia ya lo reconoce como el beato Giovanni Battista Montini.

La iniciativa por él asumida de instituir la Jornada Mundial de la Paz está basada en la certeza de que la preocupación por la paz se encuentra “en el gen de la religión cristiana”. Es más, “para el cristiano proclamar la paz es anunciar a Jesucristo”. Esto acontece en unos momentos en los que el mundo se encuentra bajo la amenaza de una tercera guerra de amplias dimensiones por la tensión entre Rusia y Estados Unidos por los misiles instalados en Cuba y la multitud de guerras existentes en aquellos años por toda la geografía mundial.

Como dijo en la Conferencia Episcopal Española el Secretario de Estado, cardenal Parolin: “La guerra fría constituía en este sentido un impedimento casi insuperable para realizar un nuevo diseño universal, capaz de incluir a todos los pueblos y de garantizar plenamente la paz. Emblemática aparecía a este propósito la guerra en Vietnam, donde las razones que sostenían la liberación de un pueblo de su largo pasado colonial se mezclaban con las del choque políticoideológico entre comunismo y anti-comunismo. Pablo VI se empeñó a fondo contra esta guerra, dirigiendo muchos llamamientos públicos por la paz y formulando proposiciones concretas de tregua… Era consciente de que en el conflicto vietnamita se jugaban también otras cuestiones importantes y es significativa la insistencia del papa de promover en este lejano país, a través del cardenal Pignedoli, el diálogo entre católicos y budistas, impidiendo así que la guerra cavara una fosa insuperable también entre las diversas religiones. Asimismo, por esto su compromiso por la paz constituye todavía hoy una lección muy actual, a pesar de que la guerra fría concluyera hace bastante tiempo” [12].

Además, este papa aprobó y sostuvo el proceso de unificación europea con el objetivo prioritario de promover y tutelar la paz e impedir que en ella se repitan las tragedias de las guerras mundiales, y ayudar a la construcción de una Europa pacificada, orgánica, unida. A esto hay que añadir la óptica universalista de este pontificado, la Ostpolitik montiniana –que tuvo en Agostino Casaroli a uno de sus principales realizadores– no acometió únicamente la relación entre la Santa Sede y los países comunistas en Europa, sino también el objetivo más amplio de la paz en el mundo entero, y entre sus motivaciones estuvo también la urgencia de cambiar profundamente las relaciones entre el Norte y el Sur del mundo.

En los primeros años de la década de los setenta, Pablo VI amplió su reflexión sobre la paz al terreno de la cuestión ecológica y a las amenazas sobre las fuentes de la vida, como el aire, el agua y los alimentos. A ello unió cómo la evangelización constituía también el camino hacia una paz verdadera y estable al enraizarse en el corazón del hombre. Su carta magna será la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (1975) en la que se pone de manifiesto cómo el Evangelio no se identifica con ninguna cultura, pero la evangelización «no puede no servirse» de las culturas. Es necesario que descienda en profundidad a todas las diversas culturas y las transforme desde el interior. Además, la evangelización no sería completa si no contemplase también la liberación del hombre de sus condiciones de pobreza y de sometimiento. Salvación y liberación no debían confundirse, pero tampoco podían separarse.

2. Los mensajes del papa Montini y el humanismo integral.

Los lemas y contenidos escogidos para sus Jornadas Mundiales de la Paz (1968-1978) nos descubren en qué consiste ese “humanismo integral” que marca todo su pensamiento social. Así, en 1969 su punto de partida será: La promoción de los derechos del hombre, camino hacia la paz. El respeto a los derechos esenciales es garantía y condición para una paz estable en la sociedad, como ya proclamara en el mensaje inaugural de estas Jornadas en 1968: “Es, pues, a la paz verdadera, a la paz justa y equilibrada, que consiste en el reconocimiento sincero de los derechos de la persona humana y de la independencia de cada Nación, que Nos invitamos a los hombres sabios y fuertes a dedicar esta Jornada”.

Ahora bien, el reencuentro entre los hombres es el inicio del camino pedagógico para educar en ese humanismo integral, desde donde surge la cultura de la paz que debe impregnar todo el tejido social de la Iglesia y del mundo, de ahí que en 1970 el lema sea Educarse para la paz a través de la reconciliación: “Descubrirá entonces este alumno de la gran idea de la Paz que es necesario hoy, inmediatamente, una educación ideológica nueva, la educación para la Paz. Sí, la Paz comienza en el interior de los corazones. En primer lugar hay que conocer la Paz, reconocerla, desearla, amarla; después la expresaremos y la grabaremos en la conducta renovada de la humanidad; en su filosofía, en su sociología, en su política… Decimos que es ya hora de que la civilización se inspire en una concepción diferente de la lucha, de la violencia, de la guerra, del avasallamiento para hacer caminar el mundo hacia una justicia verdadera y común… hacia la civilización del amor”.

La conciencia de la fraternidad universal se ha desarrollado felizmente en nuestro mundo, al menos en línea de principio. Ella está unida al concepto de que la paz es efecto del amor, la justicia y la fraternidad. Por eso el papa Montini llamaría al mensaje para el año 1971 Todo hombre es mi hermano, diciendo: “Es un eco de la Declaración de los Derechos Humanos, como voz que brota de la nueva conciencia civil: Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.

En 1972 nos recuerda: Si quieres la paz, trabaja por la justicia. En continuidad con la reflexión sobre la paz, lo primero que requieren los hombres que se dé entre sí es la justicia: “Desde esta sede, nuestra invitación a celebrar la Paz resuena como una invitación a practicar la Justicia. Opus justitiae pax (cf. Is. 32, 17). Lo repetimos hoy con una fórmula más incisiva y dinámica: “si quieres la Paz, trabaja por la Justicia”. Es una invitación que no ignora las dificultades para practicar la Justicia: definirla ante todo y actuarla después, nunca sin algún sacrificio del propio prestigio y del propio interés. Quizá hace falta mayor magnanimidad para rendirse a las razones de la Justicia y de la Paz que no para luchar e imponer el propio derecho, auténtico o presunto, al adversario”. Sólo así dirá en 1973: La paz es posible. Siempre que cada uno de nosotros seamos protagonista de esta tarea: La paz depende también de ti (1974).

En 1975 volverá al tema de la reconciliación frente a tantas rupturas generacionales, sociales y culturales, que se estaban produciendo en el mundo en aquellos momentos: La reconciliación: camino hacia la paz: “No basta reprimir las guerras, suspender las luchas, imponer treguas y armisticios, definir confines y relaciones, crear fuentes de intereses comunes, paralizar las hipótesis de contiendas radicales mediante el terror de inauditas destrucciones y sufrimientos; no basta una Paz impuesta, una Paz utilitaria y provisoria; hay que tender a una Paz amada, libre, fraterna, es decir, fundada en la reconciliación de los ánimos”. Por eso mismo en 1976 reflexionara sobre Las verdaderas armas de la paz, Hay que trabajar por el triunfo de las armas morales, que dan fuerza y prestigio al derecho internacional, primeramente observando los pactos “para la consistencia del diálogo efectivo entre los Estados, para la estabilidad de la justicia entre las naciones y para la conciencia honesta de los pueblos”.

Ahondará en los elementos esenciales para una paz sólida: la reconciliación, la fraternidad, la cooperación de todos, el rechazo a la violencia. Porque quienes se oponen a la guerra y a la violencia escogen la paz, optan por el respeto a la vida humana, eligen al mismo Hombre en sus exigencias más profundas de transcendencia y verdad. Por ello el mensaje de 1977 llevará por título: Si quieres la paz, defiende la vida.

El decálogo de Jornadas de Pablo VI termina en 1978: No a la violencia, sí a la paz. Por el enunciado nos podemos percatar de que es un tema muy similar al del papa Francisco para el año 2017. Podemos afirmar como conclusión: ¡Jamás la guerra! Tampoco la violencia, como “guerra parcial”. No es demostración de ninguna fortaleza. Nunca debe ser considerada como exaltación de las fuerzas propias o del grupo. Lo que verdaderamente significa es la degradación del mismo hombre que recurre a ella y a la vez una auténtica amenaza para el futuro de la humanidad: “La paz debe afirmarse no sólo en los campos de batalla, sino dondequiera que se desarrolla la existencia del hombre”.

CAPÍTULO III
SAN JUAN PABLO II:
EL PAPA DE LA LIBERTAD

Karol Józef Wojtyla (1920-2005), al ser elegido papa, tomó el nombre de Juan Pablo II. Fueron cerca de veintisiete años de pontificado, desde que una otoñal mañana romana, el 16 de octubre de 1978, ocupara la silla de San Pedro un hijo de Polonia; era el primer Romano Pontífice no italiano después de cuatro siglos y medio [13].

Desde el comienzo todos percibimos que algo nuevo había entrado en la Iglesia Católica. Aquella primera exclamación “No tengáis miedo, ¡abrid las puertas a Cristo!” marcará el tercer pontificado más largo de la historia de la cristiandad. El eje de su pensamiento y de su actividad pastoral será la encarnación redentora de Jesucristo, Hijo de Dios vivo. Las diecisiete cartas apostólicas, las catorce encíclicas, las once exhortaciones, sus libros, y una multitud de discursos y homilías, sólo tienen un rostro: ¡Cristo, salvador del hombre! Sin esta clave no se entenderá la fuerza de su liderazgo, no sólo en el mundo católico, sino también fuera de él, siendo la persona más conocida y de mayor peso moral que ha existido en el final del siglo XX y el principio del XXI.

Fue un hombre de reflexión y de acción, un místico y un apóstol, un santo y un testigo de la fe. De ahí que haya sido un personaje que ha roto moldes, muy difícil de encasillar en los tópicos y etiquetas de modas. Por eso es “signo de contradicción” para aquellos que en nombre de la modernidad y el progreso quisieron una Iglesia más acorde con la secularidad, olvidando lo que dice Jesús a sus discípulos: Vosotros estáis en el mundo, pero no sois del mundo (cf. Jn 17,1ss). Para otros, será el papa de los jóvenes, el peregrino ecuménico, el gigante de la fe… En definitiva, Juan Pablo es el papa “Magno”. Estos y otros títulos se los ganó porque no se quedó encerrado en el Vaticano, sino que entendió que su misión era anunciar a Jesucristo a las naciones. Esto le llevó a realizar 104 viajes que cubrieron 130 países, además de las visitas hechas a diversas ciudades italianas y a las distintas parroquias romanas.

Con él iba siempre un mensaje de liberación para el hombre, por eso condenará el capitalismo salvaje, será paladín de los oprimidos, de los derechos humanos y de la libertad religiosa, un gran luchador contra el nacionalsocialismo y el marxismo, de tal manera que los historiadores reconocen el gran papel que jugó en la caída del comunismo en Europa oriental en 1989. Habló siempre con verdad y libertad evangélica a los poderosos de la tierra, fuesen del color político que fuesen. Como hombre pacífico y arquitecto de paz, pondrá en primer plano cómo la paz es ante todo un don de Dios, que llama al hombre para que la edifique a través de las buenas obras. No basta con los acuerdos humanos, necesitamos la ayuda del cielo para que se dé una paz en verdad y justicia. Convocará en Asís a los grandes líderes religiosos del mundo para hacer patente que no se puede utilizar la religión para enfrentarse entre los hermanos. Tampoco se andará con ambigüedades cuando tenga que decir “¡no a la guerra!”, como sucedió en el 2003 en el caso de Irak. En su defensa por la justicia social reclamará un papel más digno de la mujer en las diversas esferas sociales y laborales; denunciará una globalización puramente económica que olvida la solidaridad entre los pueblos.

Amonestó con dulzura a aquellos que se desviaban del camino de la fe de la Iglesia. No regaló los oídos a los jóvenes, sino que, con amor de padre, les predicaba las exigencias del Reino de Dios, por ello le seguían hasta congregar a millones en los diversos viajes y en las Jornadas Mundiales de la Juventud.

Hizo del perdón su bandera. Todos vimos cómo perdonaba al agresor del atentado del 13 de mayo de 1981 en la plaza de San Pedro. En el Gran Jubileo del año 2000 su humildad fue tal que no tuvo reparo en pedir perdón por los pecados históricos de los hijos de la Iglesia. También su pasión por la unidad de los cristianos y el ecumenismo le llevará a predicar en un templo protestante, hablar en una sinagoga y a pisar una mezquita.

Su amor y devoción a la Virgen María marcó su corazón de creyente. Por eso mismo consagró su ministerio petrino bajo el lema “Totus Tuus” (Todo Tuyo), haciéndolo realidad hasta el momento de su enfermedad y muerte.

1. Testigo de guerras y profeta de los derechos humanos.

El largo pontificado de Juan Pablo II (1978-2005) refleja la gran personalidad de este Papa que había sobrevivido a la II Guerra Mundial, que sufrió en sus propias carnes los totalitarismos de los regímenes nazi y comunista. Fue el símbolo de la resistencia desde la fe y la cultura. Se convirtió en el apoyo del sindicato de Walesa frente al régimen comunista que imperaba en su Polonia natal. Mijaíl Gorbachov reconoció: “Podemos decir que todo lo que ha ocurrido en Europa oriental no habría sucedido sin la presencia de Juan Pablo II”. También intentó mediar, siempre consciente de su puesto, en la guerra de las Malvinas, y en algunos de los conflictos más sangrientos de nuestra historia más reciente, como las guerras de Ruanda, Kosovo, Sudán, Irak y los Balcanes.

Sus muchos viajes le dieron un gran conocimiento de los grandes desafíos sociales, culturales y religiosos. Su preocupación por los problemas sociales está más que reflejada en su rico y abundante magisterio y su acercamiento a las otras religiones con múltiples gestos derrumbó muchos muros ideológicos, granjeándose una autoridad moral de alcance mundial, convirtiéndose en la voz de la humanidad contra la guerra, la violencia y la infracción de los derechos humanos [14].

En este sentido, el papa polaco recuerda que parte de la grandeza de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y la responsabilidad que tenemos de cuidarla consiste en que muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo han sacrificado su vida para poder llegar a un acuerdo como este [15].

Así, en su afán por defender al ser humano concreto y sus derechos fundamentales, el papa Juan Pablo II denuncia, en su encíclica Sollicitudo rei socialis, del 30 de diciembre de 1987, los abusos contra los derechos humanos que se presentan en el mundo actual. En ella, el obispo de Roma habla de fenómenos como la miseria, el analfabetismo, la incapacidad para participar en la construcción de la propia nación, las diversas formas de explotación y de opresión económica, social, política y también religiosa, las discriminaciones de todo tipo, y, entre ellas, la discriminación racial, la crisis de vivienda, el desempleo, el subempleo y la deuda externa. En esta carta el sumo pontífice se pregunta: “La negación o limitación de los derechos humanos -como, por ejemplo, el derecho a la libertad religiosa, el derecho a participar en la construcción de la sociedad, la libertad de asociación o de formar sindicatos o de tomar iniciativas en materia económica- ¿no empobrecen tal vez a la persona humana igual o más que la privación de los bienes materiales? Y un desarrollo que no tenga en cuenta la plena afirmación de estos derechos ¿es verdaderamente desarrollo humano?” [16].

De esta manera evidencia cómo la negación de los derechos humanos constituye una forma de pobreza en la que el ser humano se convierte en una cosa más. La Sollicitudo rei socialis, en plena concordancia con la Populorum progressio de Pablo VI, nos advierte que el desarrollo humano no es un proceso rectilíneo y constante de carácter económico y material. El verdadero desarrollo supone un despliegue de lo humano que esté en concordancia con lo propio de su naturaleza como ser creado a imagen y semejanza de Dios.

El 1 de mayo de 1991 el papa Wojtyła publica la encíclica Centesimus annus para celebrar el centenario de la promulgación de la encíclica Rerum novarum de León XIII. Después de reseñar los aspectos más importantes del texto leoniano, Juan Pablo II aprovecha para realizar una mirada a la situación actual. El Santo Padre resalta como un hito importante en los últimos años de la humanidad, la conciencia creciente sobre la dignidad y los derechos humanos que incluso van siendo reconocidos en diversos documentos internacionales [17].

Pieza clave de esta evolución ha sido sin duda la Organización de las Naciones Unidas. Pero también es importante tener en cuenta que, “al constatar con satisfacción todo este proceso, no se puede sin embargo soslayar el hecho de que el balance global de las diversas políticas de ayuda al desarrollo no siempre es positivo. Por otra parte, las Naciones Unidas no han logrado hasta ahora poner en pie instrumentos eficaces para la solución de los conflictos internacionales como alternativa a la guerra, lo cual parece ser el problema más urgente que la comunidad internacional debe aún resolver” [18].

2. Las Jornadas de Wojtyla: vademécum sobre la paz.

El rico, profundo y variado contenido de los veintisiete mensajes de las Jornadas Mundiales de la Paz celebradas bajo el pontificado de san Juan Pablo II representan en primer lugar la continuación de la iniciativa y tradición de su antecesor Pablo VI. Por otra parte, asistimos a un nuevo estilo narrativo más centrado en la antropología filosófica de los temas, donde se revelan las preocupaciones sociales, culturales y religiosas del momento, así como el especial carisma de este gran pontífice.

En su primer mensaje, del 1 de enero de 1979, poco menos de tres meses después de haber sido elegido sucesor de Pedro, afirmaba ya de entrada que: Para alcanzar la paz se debe educar para la paz e invita a todos, creyentes y no creyentes, a leer la historia también en clave de bondad, dejando de lado el ruido de las armas y el peso de los odios.

En línea con este pensamiento, el lema del año siguiente, 1980, será: La verdad es fuerza de paz. El hombre que vive en la mentira de la historia, del corazón y de los sentimientos, difícilmente podrá alcanzar la paz. Por eso, su mensaje de 1981 se titulará: Para servir la paz debemos respetar la libertad. Supo por experiencia propia el precio de la libertad; de ahí que dijera: “No esperemos la paz del equilibrio del terror… No aceptemos la violencia como camino para la paz… porque son incompatibles”. Así pues, en 1982 expondrá la fuente de toda libertad: La paz, es un don de Dios confiado a los hombres. Textualmente afirmará: “La paz proviene de Dios, el cual es su fundamento último…. Él, y sólo Él, es la garantía de todos los derechos humanos fundamentales”.

Pero ese Dios se autodefine como un ser constantemente dialogante con sus criaturas, de ahí el título El diálogo por la paz es un desafío para nuestro tiempo, que elegirá el Santo Padre para su mensaje de 1983, advirtiendo que la paz no es una “utopía”. Frente a las armas, la única alternativa es el diálogo y se demuestra en un hecho histórico frecuente: “Siempre después de los dolores y devastaciones de las guerras los hombres se sientan a dialogar porque, en definitiva, la guerra, no resuelve nada”. En el mensaje para la Jornada de 1984, Juan Pablo II agrega otra pieza al mosaico de sus amplias meditaciones sobre la paz afirmando que ella nace de un corazón nuevo. Los obstáculos para la paz, explica el obispo de Roma, están en el corazón del hombre y por eso, con la ayuda de Dios, de allí deben ser sacados a través de la conversión.

Sin embargo, a partir del mensaje de 1985, Juan Pablo II comienza a identificar en sus meditaciones a algunos protagonistas específicos de esta obra que no es sólo campo de trabajo para diplomáticos, sabios o grandes estrategas. El Pontífice afirma: La paz y los jóvenes caminan juntos. Las nuevas generaciones, dice, están llamadas a construir un mundo diverso, sin gastos militares inauditos, mientras millones de seres humanos padecen el hambre; sin posiciones políticas sectarias e ideológicas que dividen y separan.

En 1986, año de gran incertidumbre en todo el planeta, año de graves enfrentamientos entre sistemas político-militares entre los hemisferios, Karol Wojtyla formula en su mensaje un axioma esencial y dice: La paz es un valor sin fronteras norte-sur, este-oeste: una sola paz. Este mensaje se debe leer estrechamente unido al sucesivo del año 1987, cuando el Papa escribe: Desarrollo y solidaridad: dos claves para la paz. El Santo Padre reitera su convicción según la cual la humanidad es una sola y única familia: “todos tenemos el mismo origen y todos tenemos la misma herencia”, afirma. En este mensaje, además, el Pontífice recuerda el XX aniversario de la encíclica de Pablo VI Populorum progressio que lanzó en 1967 un solemne llamamiento a acciones concretas en favor del desarrollo.

Llegamos así a 1988. Aquí, Juan Pablo II en su mensaje identifica un nuevo ámbito y lo titula: La libertad religiosa es condición para la convivencia pacífica. El Papa escribe: “La libertad religiosa, es una exigencia sagrada de la dignidad del hombre, es una piedra angular de los derechos humanos y, por lo tanto, es un factor insustituible de las personas y de toda la sociedad así como de la propia realización de cada uno… la libertad de cada persona y de la comunidad para profesar y practicar la propia religión es un elemento esencial de la pacífica convivencia entre los hombres”.

La década de los noventa abordará temas específicos, a los que dará paso ya el lema del mensaje de 1989: Para construir la paz, respeta a las minorías“, recordando una vez más que la “paz no es la simple ausencia de guerras”. Así, en 1990, nos encontramos con uno de sus mensajes más originales y de actualidad: Paz con Dios, paz con toda la creación. Aquí, san Juan Pablo II escribe: “En nuestros días se advierte la creciente preocupación que nos dice que la paz mundial está amenazada desde luego por el armamentismo, por los conflictos regionales y por las injusticias existentes en pueblos y entre naciones, pero hay nuevas amenazas que provienen de la falta de respeto a la naturaleza; por la explotación desordenada de los recursos y por el progresivo deterioro de la calidad de la vida”. En 1991, elegirá un tema más personal: Si quieres la paz, respeta la conciencia de cada hombre, y nuevamente, como ya lo había hecho en el mensaje de 1988, invita a reflexionar sobre tal estrecha relación entre derechos humanos y libertad religiosa. El Papa dice textualmente: “La garantía de la existencia de la verdad objetiva está en Dios, verdad absoluta, y la búsqueda de la verdad se identifica, en el plano objetivo con la búsqueda de Dios”. Por eso, en 1992, -la XXV Jornada desde su establecimiento en 1968- el Santo Padre proclama una nueva convicción para sostenernos en este largo camino: Creyentes unidos en la construcción de la paz. Al año siguiente, el papa Wojtyla, ampliando su mirada sobre las tareas y protagonistas de la paz, llama a respetar a los pobres, a los últimos y más indefensos: Si quieres la paz, sal al encuentro del pobre.

En 1994 pone en el centro de este proyecto perenne del ser humano el avanzar hacia mayores y mejores grados de civilización y convivencia. El núcleo familiar anticipa y da fundamento a la paz entre los pueblos, naciones y culturas: De la familia nace la paz de la familia humana. En 1995 el mensaje del obispo de Roma adquiere un dimensión particular cuando proclama: La mujer educadora para la paz, diciendo -entre otras cosas- que “ellas (las mujeres del mundo) sean educadoras para la paz con todo su ser y en todas sus actuaciones: que sean testigos, mensajeras, maestras de paz en las relaciones entre las personas y las generaciones, en la familia, en la vida cultural, social y política de las naciones, de modo particular en las situaciones de conflicto y de guerra”. Como continuación a este tema, en 1996 nos hablará de la infancia: ¡Demos a los niños un futuro de paz!: “Al inicio del nuevo año -escribe san Juan Pablo II – mi pensamiento se dirige una vez más a los niños y a sus legítimas aspiraciones de amor y serenidad. De entre ellos siento el deber de recordar particularmente a los marcados por el sufrimiento, quienes a menudo llegan a adultos sin haber experimentado nunca lo que es la paz”. En el mensaje para 1997, en el contexto del inicio de los tres años de preparación al gran jubileo del año 2000, nos dice: Si quieres la paz, ofrece el perdón, subrayando así -una vez más- que todo nace en el corazón del hombre; en su capacidad de amor y de reconciliación.

Para la jornada de 1998 nos invitará a celebrar la paz bajo un lema tan provocador como De la justicia de cada uno nace la paz para todos. En este mensaje nos habla de la convivencia humana en la justicia y define esta exigencia como una condición indispensable para dar y garantizar la paz a todos. Es decir, junto a la justicia que pretendemos de los demás (personas e instituciones), existe una justicia que cada uno debe ofrecer como algo muy personal. O dicho de otro modo: junto al ejercicio del derecho a la justicia debe existir también el ejercicio del deber de la justicia. Una persona injusta no puede pretender que los demás sean justos con él porque es necesaria una relación de armonía recíproca y de equivalencia de los comportamientos; esto es, la misma equivalencia entre justicia y paz. “Dónde existe justicia existe paz y allí donde reina la injusticia no puede existir la paz”.

Termina el siglo XX con el principal tema de su preocupación social: El secreto de la paz verdadera reside en el respeto a los derechos humanos. El Papa escribe: “La historia contemporánea ha puesto de relieve de manera trágica el peligro que comporta el olvido de la verdad sobre la persona humana. Están a la vista los frutos de ideologías como el marxismo, el nazismo y el fascismo, así como también los mitos de la superioridad racial, del nacionalismo y del particularismo étnico. Igualmente perniciosos, aunque no siempre tan evidentes, son los efectos del consumismo materialista, en el cual la exaltación del individuo y la satisfacción egocéntrica de las aspiraciones personales se convierten en el objetivo último de la vida. En esta perspectiva, las repercusiones negativas sobre los demás son consideradas del todo irrelevantes.

Es preciso reafirmar, sin embargo, que ninguna ofensa a la dignidad humana puede ser ignorada, cualquiera que sea su origen, su modalidad o el lugar en que sucede. En 1998 se ha cumplido el 50º aniversario de la adopción de la Declaración universal de los derechos humanos. Esta fue deliberadamente vinculada a la Carta de las Naciones Unidas, con la que comparte una misma inspiración. La Declaración tiene como premisa básica la afirmación de que el reconocimiento de la dignidad innata de todos los miembros de la familia humana, así como la igualdad e inalienabilidad de sus derechos, es el fundamento de la libertad, de la justicia y de la paz en el mundo. Todos los documentos internacionales sucesivos sobre los derechos humanos reiteran esta verdad, reconociendo y afirmando que derivan de la dignidad y del valor inherente a la persona humana.

La Declaración universal es muy clara: reconoce los derechos que proclama, no los otorga; en efecto, estos son inherentes a la persona humana y a su dignidad. De aquí se desprende que nadie puede privar legítimamente de estos derechos a uno solo de sus semejantes, sea quien sea, porque sería ir contra su propia naturaleza. Todos los seres humanos, sin excepción, son iguales en dignidad. Por la misma razón, tales derechos se refieren a todas las fases de la vida y en cualquier contexto político, social, económico o cultural. Son un conjunto unitario, orientado decididamente a la promoción de cada uno de los aspectos del bien de la persona y de la sociedad”.

El inicio del nuevo milenio tendrá un lema inspirado en el Evangelio: Paz en la tierra a los hombres que Dios ama. El Pontífice escribe: “Este es el anuncio de los ángeles que acompañó al nacimiento de Jesucristo hace 2000 años (cf. Lc 2,14) y que escucharemos resonar con alegría en la noche santa de Navidad, en el momento en que solemnemente se abrirá el Gran Jubileo. Este mensaje de esperanza que viene de la gruta de Belén… Dios ama a todos los hombres y mujeres de la tierra y les concede la esperanza de un tiempo nuevo, un tiempo de paz. Su amor, revelado plenamente en el Hijo hecho carne, es el fundamento de la paz universal; acogido profundamente en el corazón, reconcilia a cada uno con Dios y consigo mismo, renueva las relaciones entre los hombres y suscita la sed de fraternidad capaz de alejar la tentación de la violencia y la guerra… A todos os digo que la paz es posible. Pedida como un don de Dios, debe ser también construida día a día con su ayuda a través de obras de justicia y de amor… Con la guerra, la humanidad es la que pierde. Durante el siglo que dejamos atrás, la humanidad ha sido duramente probada por una interminable y horrenda serie de guerras, conflictos, genocidios, “limpiezas étnicas”, que han causado indescriptibles sufrimientos: millones y millones de víctimas, familias y países destruidos; multitudes de prófugos, miseria, hambre, enfermedades, subdesarrollo y pérdida de ingentes recursos. En la raíz de tanto sufrimiento hay una lógica de violencia, alimentada por el deseo de dominar y de explotar a los demás, por ideologías de poder o de totalitarismo utópico, por nacionalismos exacerbados o antiguos odios tribales. A veces, a la violencia brutal y sistemática, orientada hacia el sometimiento o incluso el exterminio total de regiones y pueblos enteros, ha sido necesario oponer una resistencia armada”.

En el 2001 retoma el tema que consagró Pablo VI: Diálogo entre las culturas para una civilización del amor. Lo expresa de esta manera tan clara: “El diálogo es un instrumento eminente para realizar la civilización del amor y de la paz, que mi venerado predecesor, el papa Pablo VI, indicó como el ideal en el que había que inspirar la vida cultural, social, política y económica de nuestro tiempo. Al inicio del tercer milenio es urgente proponer de nuevo la vía del diálogo a un mundo marcado por tantos conflictos y violencias, desalentado a veces e incapaz de escrutar los horizontes de la esperanza y de la paz”.

Significativo y valiente fue el tema abordado en el 2002: Sin justicia no hay paz, no hay justicia sin perdón. “Este año, la Jornada Mundial de la Paz se celebra con el trasfondo de los dramáticos acontecimientos del pasado 11 de septiembre. Aquel día se cometió un crimen de terrible gravedad: en pocos minutos, millares de personas inocentes, de diverso origen étnico, fueron horrendamente asesinadas… Pero ¿cómo se puede hablar, en las circunstancias actuales, de justicia y, al mismo tiempo, de perdón como fuentes y condiciones de la paz? Mi respuesta es que se puede y se debe hablar de ello a pesar de la dificultad que comporta, entre otros motivos, porque se tiende a pensar en la justicia y en el perdón en términos alternativos. Pero el perdón se opone al rencor y a la venganza, no a la justicia”.

En el 2003 se hace memoria de las enseñanzas sobre la paz de san Juan XXIII, y la Jornada tendrá como lema: Pacem in terris. Una tarea permanente. En ella se aborda dentro del nuevo orden internacional, las cuatro condiciones esenciales de la paz según el papa Roncalli: “la verdad, la justicia, el amor y la libertad”.

En 2004 con el título del mensaje, Un compromiso siempre actual: educar para la paz, retoma el tema de su primer mensaje: “En los veinticinco años de Pontificado, que el Señor me ha concedido hasta ahora, no he dejado de levantar mi voz, ante la Iglesia y ante el mundo, para invitar a los creyentes, así como a todas las personas de buena voluntad, a hacer propia la causa de la paz, para contribuir a la realización de este bien primordial, asegurando así al mundo una era mejor, en serena convivencia y respeto recíproco”.

Unos meses antes de fallecer en 2005 escogerá su último lema: No te dejes vencer por el mal, antes bien, vence el mal con el bien: “La paz es un bien que se promueve con el bien: es un bien para las personas, las familias, las Naciones de la tierra y para toda la humanidad; pero es un bien que se ha de custodiar y fomentar mediante iniciativas y obras buenas. Se comprende así la gran verdad de otra máxima de Pablo: “Sin devolver a nadie mal por mal” (Rm 12,17). El único modo para salir del círculo vicioso del mal por el mal es seguir la exhortación del Apóstol: “No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien” (Rm 12,21). Este texto es como una sencilla síntesis del compendio de las Jornadas Mundiales de la Paz del fructífero pontificado de san Juan Pablo II.

CAPÍTULO IV
BENEDICTO XVI
LA FASCINACIÓN POR LA VERDAD

Joseph Ratzinger nació el 16 de abril de 1927 en Marktlam Inn, pueblecito de Baviera (Alemania) cerca de la frontera con Austria. Ordenado sacerdote en 1951, estuvo un corto tiempo en tareas parroquiales para luego dedicarse a lo que marcaría su vida: los estudios, la docencia de la teología y la investigación. No fue un catedrático sedentario. Pasó voluntariamente por cuatro universidades en busca de enriquecimiento intelectual: Bonn, Münster, Tubinga y Ratisbona. Sin embargo, su labor creativa se ve interrumpida en el largo periodo del Concilio Vaticano II, en el que trabajó frenéticamente como consejero teológico del cardenal Frings de Colonia y luego como teólogo (perito) del Concilio. Esta interrupción de la creación se vio ampliamente compensada por el conocimiento de la rica variedad de la Iglesia y de los grandes teólogos del siglo XX: Rahner, Congar, Daniélou, De Lubac, Küng, etc.

En 1977 comenzó a ejercer como arzobispo de MunichFreising, llegando ese mismo año a cardenal de la mano de Pablo VI. En 1981 Juan Pablo II lo nombra prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe. Desde entonces fue también presidente de la Comisión Teológica Internacional y de la Pontificia Comisión Bíblica. Desde 1986 presidió la comisión encargada de elaborar el Catecismo de la Iglesia Católica.

El 19 de abril de 2005 se convierte en el 265º Pontífice de la Iglesia bajo el nombre de Benedicto XVI. Su primer viaje oficial como Sumo Pontífice fue el 29 de mayo de 2005, al puerto italiano de Bari para la clausura del Congreso Eucarístico Nacional italiano y realizar un encuentro de reconciliación con la Iglesia Ortodoxa Oriental.

En el mensaje de la Pascua, el 16 de abril de 2006, hizo una llamada a una solución pacífica en el conflicto nuclear con Irán. Fue crítico con la decisión del presidente norteamericano George W. Bush de invadir el país. Hizo de su sabia diplomacia ante los mandatarios del mundo un vehículo de entendimiento y reconciliación entre los pueblos [19]. Así lo demostrará en sus múltiples viajes apostólicos, tanto recorriendo casi toda Italia, como en 22 viajes internacionales a los cinco continentes.

El 11 de febrero de 2013 sorprende al mundo con la noticia de su renuncia como sucesor de Pedro, que se llevará a efecto el 28 del mismo mes: “He llegado a la certeza -aseguró el Papa- de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino” [20].

Autor de numerosas publicaciones como teólogo, entre otras El Nuevo Pueblo de Dios y Teoría de los principios teológicos, siendo Papa escribirá la trilogía sobre Jesús de Nazaret. De su Magisterio resaltamos tres encíclicas importantísimas: Deus caritas est (2006); Spes Salvi (2007); y Caritas in Veritate (2009). Además cuenta con cuatro exhortaciones apostólicas, y siete de tipo motu proprio. Realizó numerosos encuentros ecuménicos y salió al frente de los grandes desafíos sobre la vida, la familia y la paz. Acerca del papel del Estado sobre estos temas, véase esta muestra: “El Estado no puede imponer la religión, pero tiene que garantizar su libertad y la paz entre los seguidores de las diversas religiones […] La doctrina social de la Iglesia argumenta desde la razón y el derecho natural, es decir, a partir de lo que es conforme a la naturaleza de todo ser humano […] Lo que hace falta no es un Estado que regule y domine todo, sino que generosamente reconozca y apoye, de acuerdo con el principio de subsidiariedad, las iniciativas que surgen de las diversas fuerzas sociales y que une la espontaneidad con la cercanía a los necesitados de auxilio… La afirmación según la cual las estructuras justas harían superfluas las obras de caridad esconde una concepción materialista del hombre” (Deus caritas est, nº 28).

1. Fe, razón y libertad religiosa.

Estos tres pilares son la base del pensamiento que recorren todos los mensajes de las Jornadas Mundiales de la Paz del pontificado de Benedicto XVI.

El debate presente sobre las religiones y la violencia ha surgido tras los atentados del 11 de septiembre del 2001 en EE.UU. Se trata de achacar a la fe en Dios y a los diversos credos, la violencia, el terrorismo y muchos de los conflictos bélicos. Sobre todo, las múltiples acciones terroristas perpetradas en el mundo por movimientos integristas e islamistas, bajo la bandera de los yihadistas del llamado Estado Islámico (IS). Este fanatismo religioso es una falsificación de la religión, en cuanto que ha separado la fe de la razón. Es evidente que cuando no hay un equilibrio entre una y otra, cualquier credo religioso puede ser utilizado para justificar y promover la violencia. El problema es que la no profundización de esta relación ha marcado la historia de una determinada interpretación del Islam, como vemos en el discurso de Ratisbona de Benedicto XVI [21].

Ahora bien, si la fe sin la razón produce el fundamentalismo, también la razón sin la fe genera la dictadura del relativismo. El problema no está en las realidades, sino en el uso que hacemos de ellas, trátese de Dios, patria, igualdad, libertad, justicia… Además, no habría que perder de vista lo que ha sucedido cuando regímenes políticos han querido extirpar la religión de las conciencias y de la sociedad. Así sucedió, por ejemplo, durante la Revolución Francesa cuando, en nombre de la “diosa razón”, se cometieron toda clase de crímenes y violaciones. O qué decir de los gulags de Siberia y de los resultados morales, sociales y económicos del paso del comunismo por los países del Este Europeo. Sucede lo que afirmaba el teólogo protestante Karl Barth: “Cuando el cielo se vacía de Dios, la tierra se llena de ídolos” [22]. Tanto los ateos como los creyentes podemos fabricar ídolos y estos son siempre dioses de muerte que terminan aplastando al hombre y llevándonos a la guerra. Sin embargo, como diría el antecesor de Benedicto XVI: “El genuino sentimiento religioso es la fuente inagotable de respeto mutuo y de armonía entre los pueblos; más aún, en él se encuentra el principal antídoto contra la violencia y los conflictos” [23].

Un ejemplo de los conflictos que pueden darse cuando no está clara la relación “fe-razón” lo tenemos en lo acaecido con motivo del discurso de Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona el 12 de septiembre de 2006 cuando impartió una lección de Teología titulada “Fe, razón y universidad. Recuerdos y reflexiones”. No es una homilía, ni una catequesis, sino un texto académico. Quien la imparte es el sucesor de Pedro, pero también profesor universitario, teólogo y uno de los grandes pensadores de la actualidad.

El Papa habla de lo que siempre le ha fascinado: “Fe y razón”. Como todo científico, trata primero de las dificultades. Recuerda una frase de un antiguo colega escéptico: “Nuestra universidad tenía algo extraño: dos facultades que se ocupaban de algo que no existía: Dios”. También hace mención de una cita del Emperador de Bizancio Manuel II Paleólogo en 1391, extraída de un libro de reciente publicación. El emperador habla de la relación entre religión y violencia, aludiendo al profeta Mahoma, a quien atribuye, entre otras críticas, la “orden de difundir la fe usando la espada”. El Papa no dice en ningún momento que esté de acuerdo con lo citado, sino que lo toma como punto de partida dialéctico, propio del discurso universitario, para llegar a la clave de la argumentación: “La fe mediante la violencia es algo irracional… No actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios”.

Estudiando el texto de la disertación no se deduce racionalmente ofensa alguna al Islam. Es cierto que, en dos líneas entresacadas de seis páginas, recoge la opinión adversa al profeta Mahoma de este personaje del medioevo; eso es algo que pertenece a la historia. Sin embargo, sí se puede decir que hacer una crítica airada sobre las intenciones del Papa, de manera deformante y sesgada, a partir de una simple nota histórica, perfectamente acotada, ignorando el resto, no es racionalmente aceptable. La finalidad del discurso es poner de manifiesto que la fe en Dios es fuente de paz, no de guerra. El mismo Benedicto XVI lo dijo en un mensaje suyo al Encuentro Ecuménico de Asís: “Las manifestaciones de violencia no pueden atribuirse a la religión en cuanto tal, sino a los límites culturales con las que se vive y desarrolla en el tiempo”.

La opción del papa Ratzinger en favor del diálogo interreligioso e intercultural es inequívoca: se puede comprobar en todo su pensamiento teológico, plasmado en sus libros anteriores y en los diversos pronunciamientos que hizo a lo largo de su pontificado acerca de: “cultura, religión y violencia” [24]. Lucha, eso sí, contra los intentos de secularización de Occidente, idea promovida por viejos intelectuales anclados en el pasado -extendida desde los atentados de las Torres Gemelas- y amplificada mediáticamente- que trata de hacer ver que la fe en Dios y las convicciones religiosas traen inexorablemente fanatismo y violencia. Por eso mismo, en las conclusiones de su discurso de Ratisbona dice: “Las culturas profundamente religiosas del mundo ven en la exclusión de lo divino de la universalidad de la razón un ataque a sus convicciones más arraigadas. Una razón que es sorda a lo divino y que relega la religión al espectro de la subcultura es incapaz de entrar al diálogo con las culturas”.

Con su discurso de Ratisbona, Benedicto XVI ha introducido en el debate internacional que la religión está intrínsecamente unida a la razón, que la violencia es la negación de la razón y de lo sagrado, que, además, Occidente tiene que abrir su concepto de razón.

Otra cuestión de preocupación que se encuentra en el Magisterio del sabio papa alemán es la limitación o negación del derecho fundamental a la libertad religiosa, sin la cual no puede haber paz entre las naciones y los pueblos [25]. Ello atenta contra Dios y daña a la persona, y por lo tanto a la convivencia pacífica entre los ciudadanos.

Es un hecho innegable que la Iglesia católica en el mundo se enfrenta con dos fuertes fundamentalismos: el islámico y el laicista. Por un lado sabemos que en los países de mayoría musulmana, las minorías religiosas sufren intolerancia y discriminación social. Pero en el otro extremo tenemos el laicismo exacerbado que, siendo ante todo una corriente de pensamiento, persigue, entre otras finalidades, recluir en el ámbito de lo privado la enseñanza de la religión, suprimiendo la dimensión espiritual de la persona o confundiéndola con un mero “epifenómeno” sociológico o psicológico, oponiéndose a la vertiente social de la religión, llegando, incluso, a negar la libertad de la Iglesia y pretendiendo reducirla a una simple asociación privada [26].

El papa Ratzinger habló muy claro a este respecto: “No se ha de olvidar que el fundamentalismo religioso y el laicismo son formas especulares y extremas de rechazo del legítimo pluralismo y del principio de laicidad. En efecto, ambos absolutizan una visión reductiva y parcial de la persona humana, favoreciendo, en el primer caso, formas de integrismos religiosos y, en el segundo, de racionalismo. La sociedad que quiere imponer o, al contrario, negar la religión con la violencia, es injusta con la persona y con Dios, pero también consigo misma” [27].

Por lo tanto, el islamismo radical aspira a que toda la sociedad se rija por los parámetros de su religión y el fundamentalismo laicista pretende borrar todo rastro de Dios en la esfera pública. Ambas posturas coinciden en no respetar la libertad religiosa de los demás.

No vendría mal recordarles a unos y a otros que el derecho a la libertad religiosa, fundado en la dignidad de la persona, consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, tanto por parte de personas particulares, como de grupos sociales, políticos o religiosos, de tal manera que no se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida actuar conforme a ella en privado y en público, solo o asociado con otros, dentro de los límites debidos que impone el ordenamiento justo para la convivencia y el bien común de los ciudadanos [28].

2. Ocho lúcidos mensajes sobre la Paz.

Un papa intelectual como Benedicto XVI no es de extrañar que dedicara su primera Jornada Mundial de la Paz (2006) a uno de los conceptos clave de su vida y pontificado: En la verdad, la paz. Con ello quiere poner de manifiesto cómo en la actualidad la cultura de la mentira engendra toda clase de violencia, porque detrás de muchas guerras lo único que hay es falsedad y manipulación de los hechos en función de intereses ideológicos, políticos o económicos: “Hoy en día, la verdad de la paz sigue estando en peligro y negada de manera dramática por el terrorismo que, con sus amenazas y acciones criminales, es capaz de tener al mundo en estado de ansiedad e inseguridad… Pretender imponer a otros con la violencia lo que se considera como la verdad, significa violar la dignidad del ser humano y, en definitiva, ultrajar a Dios, del cual es imagen”.

Inspirándose en los niños escribirá el mensaje para 2007, que es el más antropológico de todos ellos y que llevará por título: La persona humana, corazón de la paz. Porque está convencido de que “respetando a la persona se promueve la paz, y que construyendo la paz se ponen las bases para un auténtico humanismo integral. Así es como se prepara un futuro sereno para las nuevas generaciones”. Consta de nueve apartados que abordan desde el derecho a la vida, la libertad religiosa, la igualdad de las personas, la ecología de la paz, a las concepciones restrictivas del hombre, los derechos humanos y las organizaciones internacionales, el derecho internacional humanitario y el derecho interno de los Estados, y por último, cómo la Iglesia defiende la trascendencia de la persona humana.

En 2008 pondrá el acento en una de las grandes preocupaciones de todos los tiempos: La familia humana, comunidad de paz: “En efecto, en una vida familiar “sana” se experimentan algunos elementos esenciales de la paz: la justicia y el amor entre hermanos y hermanas, la función de la autoridad manifestada por los padres, el servicio afectuoso a los miembros más débiles, porque son pequeños, ancianos o están enfermos, la ayuda mutua en las necesidades de la vida, la disponibilidad para acoger al otro y, si fuera necesario, para perdonarlo. Por eso, la familia es la primera e insustituible educadora de la paz”. Partiendo de esta realidad natural que es la “célula primera de la sociedad”, la pondrá en relación con el medio ambiente, con la economía y la ley moral, para terminar haciendo un llamamiento al desarme nuclear que tanto beneficiaría a la gran familia de la humanidad: “En esta fase en la que el proceso de no proliferación nuclear está estancado, siento el deber de exhortar a las Autoridades a que reanuden las negociaciones con una determinación más firme de cara al desmantelamiento progresivo y concordado de las armas nucleares existentes. Soy consciente de que al renovar esta llamada me hago intérprete del deseo de cuantos comparten la preocupación por el futuro de la humanidad”.

Los últimos temas no son nuevos, pero hay un diferente contexto social y cultural que requiere un planteamiento distinto. 2009 tendrá como objetivo Combatir la pobreza, construir la paz, argumento que ya trató san Juan Pablo II en la Jornada de 1993. Esta lucha se aborda desde las perspectivas de la ley moral y desde la solidaridad en el complejo fenómeno de la globalización: “Por sí sola, la globalización es incapaz de construir la paz, más aún, genera en muchos casos divisiones y conflictos. La globalización pone de manifiesto más bien una necesidad: la de estar orientada hacia un objetivo de profunda solidaridad, que tienda al bien de todos y cada uno. En este sentido, hay que verla como una ocasión propicia para realizar algo importante en la lucha contra la pobreza y para poner a disposición de la justicia y la paz recursos hasta ahora impensables”. En 2010 el contenido será la relación de la ecología con la paz: Si quieres promover la paz, protege la creación. Ello requiere comenzar por un cambio de mentalidad y modo de vida con respecto a la naturaleza: “Cada vez se ve con mayor claridad que el tema del deterioro ambiental cuestiona los comportamientos de cada uno de nosotros, los estilos de vida y los modelos de consumo y producción actualmente dominantes, con frecuencia insostenibles desde el punto de vista social, ambiental e incluso económico”.

La libertad religiosa es una preocupación expuesta por los diferentes pontífices en estas cinco décadas de Jornadas, pero para Benedicto XVI es un tema nuclear a la hora de hablar de la convivencia pacífica de la sociedad. Así, en el año 2011 el lema será: La libertad religiosa, camino para la paz. Es un texto muy afinado y claro ante los ataques a la libertad religiosa que se dan en tantos países hacia las personas y grupos. Es como “una carta magna” sobre este tema, que finaliza así: “La libertad religiosa es un arma auténtica de la paz, con una misión histórica y profética. En efecto, ella valoriza y hace fructificar las más profundas cualidades y potencialidades de la persona humana, capaces de cambiar y mejorar el mundo. Ella permite alimentar la esperanza en un futuro de justicia y paz, también ante las graves injusticias y miserias materiales y morales. Que todos los hombres y las sociedades, en todos los ámbitos y ángulos de la Tierra, puedan experimentar pronto la libertad religiosa, camino para la paz”.

Para llegar hasta aquí hace falta una larga tarea educacional de las nuevas generaciones. El tema del año 2012 será: Educar a los jóvenes en la justicia y la paz, Invita especialmente a los jóvenes a que mantengan siempre viva la tensión hacia los ideales, para que sean: “verdaderamente constructores de la paz, deben ser educados en la compasión, la solidaridad, la colaboración, la fraternidad; han de ser activos dentro de las comunidades y atentos a despertar las conciencias sobre las cuestiones nacionales e internacionales, así como sobre la importancia de buscar modos adecuados de redistribución de la riqueza, de promoción del crecimiento, de la cooperación al desarrollo y de la resolución de los conflictos”.

Por último, en 2013 recurre al Sermón de la Montaña: Bienaventurados los que buscan la paz. Transcurridos 50 años de la encíclica de Juan XXIII, Pacem in Terris, e igualmente del Concilio Vaticano II, la Iglesia se ha sentido llamada a promover e impulsar la cultura de la Paz: “Precisamente por eso la Iglesia está convencida de la urgencia de un nuevo anuncio de Jesucristo, el primer y principal factor del desarrollo integral de los pueblos, y también de la paz. En efecto, Jesús es nuestra paz, nuestra justicia, nuestra reconciliación (cf. Ef 2,14; 2Co 5,18). El que trabaja por la paz, según la bienaventuranza de Jesús, es aquel que busca el bien del otro, el bien total del alma y el cuerpo, hoy y mañana”.

CAPÍTULO V
FRANCISCO:
EL PAPA DEL PUEBLO

El jesuita argentino Jorge Mario Bergoglio nace en Buenos Aires (Argentina) el 17 de diciembre de 1936; es el primer Papa latinoamericano. Fue elegido el 13 de marzo de 2013 en el cónclave que siguió a la renuncia de Benedicto XVI y tomó el nombre de Francisco.

¿Por qué se denomina a Francisco el Papa del pueblo? Pues, sencillamente debido a que piensa, ama y sirve al pueblo de Dios movido por la caridad pastoral29. Esta actitud es contraria al populismo, tanto eclesiástico como político, que reduce al pueblo a la condición útil y lo manipula para el propio interés. Él, en cambio, considera al pueblo de Dios como sujeto de la fe, no como clase, sino como un pueblo pobre y fiel: los llamados “humildes del Señor”. El pueblo es agente siempre idéntico y siempre nuevo en todo su itinerario. Por eso mismo, cada pueblo es sujeto de su historia y su cultura: “En la inculturación, la Iglesia introduce a los pueblos con sus culturas en su misma comunidad… En las manifestaciones cristianas de un pueblo evangelizado, el Espíritu embellece a la Iglesia, mostrándole nuevos aspectos de la Revelación y rogándole un nuevo rostro” (EG 116; cf. LG 13, GS 40). De ahí que la Iglesia nunca haya de ser “autorreferencial”, como tampoco debe “funcionalizarse”. Ella es ante todo “madre” que a todos acoge y para la que nadie sobra [30].

Un aporte clave del actual Papa consistirá en mirar la realidad internacional, los procesos cruzados de globalización y de exclusión desde la periferia sureña, desde los pueblos pobres y los pobres de los pueblos del Sur. Digamos que muchos miembros sureños del Cuerpo de Cristo son pobres para este mundo, pero ricos para Dios en la fe. Son iglesias enriquecidas por un cristianismo católico popular y porque tienen una opción amorosa hacia los pobres.

Francisco, con biografía y geografías distintas, comparte carismas de su predecesores: el espíritu profético de san Juan XXIII; el discernimiento prudente de Pablo VI; la fresca sonrisa de Juan Pablo I; el celo misionero de san Juan Pablo II; la serena reflexividad de Benedicto XVI. Cada uno de estos papas han expresado la centralidad del cristianismo en él: Dios es amor (1Jn 4,8). Así, encontramos que hay vínculos entre la dulce bondad de Roncalli; la cordialidad paciente de Montini; la teología y la espiritualidad de la misericordia de Wojtyla; el primado del amor de Ratzinger; y la revolución de la ternura de Dios de Bergolio [31].

1. Perfil humano y teológico del papa Bergoglio.

Perteneciente a una familia de emigrantes piamonteses, su padre, Mario, era contador, empleado en ferrocarril, mientras que su madre, Regina Sivori, se ocupaba de la casa y de la educación de los cinco hijos.

Se diplomó como técnico químico, y fue llamado luego al camino del sacerdocio entrando en el seminario diocesano de Villa Devoto. El 11 de marzo de 1958 pasó al noviciado de la Compañía de Jesús. Completó los estudios de Humanidades en Chile y en 1963, al regresar a Argentina, se licenció en Filosofía en el Colegio San José, de San Miguel. Entre 1964 y 1965 fue profesor de Literatura y Psicología en el Colegio de la Inmaculada de Santa Fe y en 1966 enseñó las mismas materias en el Colegio del Salvador en Buenos Aires. De 1967 a 1970 estudió Teología en el Colegio San José, obteniendo la licenciatura en esta materia [32].

El 13 de diciembre de 1969 recibió la ordenación sacerdotal de manos del arzobispo Ramón José Castellano. Prosiguió la preparación en la Compañía de 1970 a 1971 en Alcalá de Henares (España), y el 22 de abril de 1973 emitió la profesión perpetua. De nuevo en Argentina, fue maestro de novicios en Villa Barilari en San Miguel, profesor en la Facultad de Teología, consultor de la Provincia de la Compañía de Jesús y también rector del Colegio [33].

El 31 de julio de 1973 fue elegido provincial de los jesuitas de Argentina, tarea que desempeñó durante seis años. Después reanudó el trabajo en el campo universitario y entre 1980 y 1986 es de nuevo rector del Colegio de San José, además de párroco en San Miguel. En marzo de 1986 se traslada a Alemania para ultimar la tesis doctoral sobre Romano Guardini, que no finalizó, porque, al año, sus superiores le envían al Colegio del Salvador en Buenos Aires y después a la iglesia de la Compañía de la ciudad de Córdoba, como director espiritual y confesor [34].

Este itinerario lo hará un maestro en pastoral, que sabe conjugar el contacto directo con los barrios periféricos, donde construye capillas, crea centros de ayuda a los pobres y participa en las grandes manifestaciones de la piedad popular. Pero a la vez, armonizará esas acciones apostólicas con las tareas de profesor de Teología Pastoral Fundamental, comentando la encíclica Ecclesiam suam (1964), las exhortaciones Gaudete in Domino (1975) y Evangelii nuntiandi (1975) de Pablo VI, que marcarán su pensamiento y su labor pastoral. Es el cardenal Antonio Quarracino quien le llama como su estrecho colaborador en Buenos Aires35. El 27 de junio de 1992 recibe en la catedral la ordenación episcopal de manos del purpurado. Como lema elige Miserando atque eligendo [36] y en el escudo incluye el cristograma JHS, símbolo de la Compañía de Jesús.

Es nombrado enseguida vicario episcopal de la zona de Flores y el 21 de diciembre de 1993 se le encomienda también la tarea de vicario general de la arquidiócesis. Por lo tanto no sorprendió que el 3 de junio de 1997 fuera promovido a arzobispo coadjutor de Buenos Aires. Antes de nueve meses, a la muerte del cardenal Quarracino, le sucede, el 28 de febrero de 1998, como arzobispo primado de Argentina. El 6 de noviembre sucesivo fue nombrado Ordinario para los fieles de rito oriental residentes en el país.

Tres años después, en el Consistorio del 21 de febrero de 2001, san Juan Pablo II le crea cardenal, asignándole el título de san Roberto Belarmino. En esa ocasión, invita a los fieles a no acudir a Roma para celebrar la púrpura y así destinar a los pobres el importe del viaje. Gran canciller de la Universidad Católica Argentina, es autor de los libros Meditaciones para religiosos (1982), Reflexiones sobre la vida apostólica (1986) y Reflexiones de esperanza (1992) y numerosos artículos de temas teológicos, pastorales y espirituales.

En octubre de 2001 es nombrado relator general adjunto para la X Asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos, dedicada al ministerio episcopal, encargo recibido en el último momento en sustitución del cardenal Edward Michael Egan, arzobispo de Nueva York, de presencia necesaria en su país a causa de los ataques terroristas del 11 de septiembre. En el Sínodo subraya en particular la “misión profética del obispo”, su “ser profeta de justicia”, su deber de “predicar incesantemente” la doctrina social de la Iglesia, pero también de “expresar un juicio auténtico en materia de fe y de moral”.

Mientras, en América Latina su figura se hace cada vez más popular. A pesar de ello, no pierde la sencillez de trato y el estilo de vida riguroso, en el parecer de alguno, casi “ascético”. Con este espíritu, en 2002 declina el nombramiento como presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, pero tres años después es elegido y más tarde reconfirmado por otro trienio en 2008. Entre tanto, en abril de 2005, participa en el cónclave en el que es elegido Benedicto XVI.

Como arzobispo de Buenos Aires -diócesis de más de tres millones de habitantes- piensa en un proyecto misionero centrado en la comunión y en la evangelización. Cuatro son los objetivos principales: comunidades abiertas y fraternas; protagonismo de un laicado consciente; evangelización dirigida a cada habitante de la ciudad; asistencia a los pobres y a los enfermos.

En septiembre de 2009 lanza a nivel nacional la campaña de solidaridad por el bicentenario de la independencia del país: doscientas obras de caridad para llevar a cabo hasta 2016. Y, en clave continental, alimenta fuertes esperanzas en la estela del mensaje de la Conferencia de Aparecida de 2007, que define como “la Evangelii nuntiandi de América Latina”.

Hasta el inicio de la sede vacante era miembro de las Congregaciones para el culto divino y la disciplina de los sacramentos; para el clero; para los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica; del Consejo pontificio para la familia y de la Comisión pontificia para América Latina.

La clave teológico-política del pensamiento bergogliano se halla en la llamada Teología del Pueblo, que es una modalidad nacional y popular de la Teología de la Liberación, desarrollada por teólogos y filósofos argentinos, principalmente Lucio Gera y Rafael Tello, entre otros. La teología del actual obispo de Roma se sitúa entre dos categorías aparentemente opuestas, como son: la del pueblo como pobre y la del pueblo como unidad. Esta teología no busca la confrontación social, sino la articulación discursiva de las demandas sociales de los sectores más empobrecidos, alejándose tanto de posiciones marxistas como liberales.

Por último, demuestra ser un gran comunicador, que se expresa en un lenguaje directo, vivencial, y nada clerical que le hace cercano y entendido por todos. En síntesis, estamos ante un “pastor y director de almas” [37].

2. Un cambio de perspectiva en el Día de la Paz.

El principio matriz que inspira el pontificado de Bergoglio es la dulce y confortadora alegría de evangelizar [38]. Está convencido de que el anuncio del Evangelio trae la paz al corazón humano y los pueblos. Por eso, ya desde el inicio de su primer mensaje se denota el cambio de rumbo y el carácter eminentemente social y popular de este papa argentino. El lema de la Jornada en 2014 no podía ser otro: La fraternidad, fundamento y camino de la paz. Desde el comienzo del texto nos dice: “En este mi primer Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, quisiera desear a todos, a las personas y a los pueblos, una vida llena de alegría y de esperanza. El corazón de todo hombre y de toda mujer alberga en su interior el deseo de una vida plena, de la que forma parte un anhelo indeleble de fraternidad, que nos invita a la comunión con los otros, en los que encontramos no enemigos o contrincantes, sino hermanos a los que acoger y querer”.

Con un estilo muy distinto al de su predecesores, pero en conexión y continuidad con el magisterio de las encíclicas sociales – Populorum progressio de Pablo VI, Sollicitudo rei socialis de Juan Pablo II, Caritas in veritate de Benedicto XVI- abordará el tema de la fraternidad desde el pasaje del Génesis (4,1-16), donde el asesinato de Abel por parte de Caín deja constancia del rechazo radical de la vocación a ser hermano. Por eso mismo, en estos momentos, cuando se experimentan tantos casos de crímenes organizados, guerras, violencia en todos los frentes, es vital recoger la invitación del obispo de Roma: “La fraternidad tiene necesidad de ser descubierta, amada, experimentada, anunciada y testimoniada. Pero sólo el amor dado por Dios nos permite acoger y vivir plenamente la fraternidad”.

Ante la epidemia cada vez más generalizada de la explotación del hombre por parte del hombre, que pisotea los derechos fundamentales de los demás, aniquila su libertad, dignidad, y es una amenaza global para la paz, el papa Francisco ve necesario que en la Jornada del año 2015 demos un paso más en la reflexión sobre la fraternidad universal y consideremos a todos los hombres: No esclavos, sino hermanos. El proyecto de Dios sobre la humanidad es la fraternidad, no la enemistad o el crimen. Por eso partirá de la Carta de san Pablo a Filemón. Luego expondrá los múltiples rostros de la esclavitud ayer y hoy. Analizará algunas causas profundas, así como el compromiso que debemos adquirir todos para derrotar esta lacra y como consecuencia que se globalice la fraternidad y no el sometimiento de unos por otros. Para el actual obispo de Roma estamos viviendo “una tercera guerra mundial en fases”. No se puede ser indiferente ante los acontecimientos tan atroces que están sucediendo: las guerras, los atentados terroristas, con sus trágicas consecuencias, los secuestros de personas, las persecuciones por motivos étnicos o religiosos, las prevaricaciones, etc., multiplicándose dolorosamente en muchas regiones del mundo.

Ante este panorama tan desolador no cabe mirar para otro lado, o caer en un pesimismo paralizante; es vital en estos momentos históricos no perder la esperanza en la capacidad del hombre, con la gracia de Dios, de superar el mal, y no caer en la resignación y en la indiferencia. Estos hechos nos interpelan a todos y son un acicate para recuperar la confianza en la capacidad de la humanidad de actuar con solidaridad, más allá de los intereses individualistas, de la apatía y de la indiferencia ante las situaciones críticas. Por todo ello el lema de 2016 es un gran reclamo para construir la cultura de la paz: Vence la indiferencia y conquista la paz.

Todo ello nos lleva a unos interrogantes básicos: ¿En qué mundo queremos vivir?, ¿qué legado queremos transmitir a las futuras generaciones? Las respuestas a estas preguntas que llevan a vencer el mal de la indiferencia pasan por la conversión del corazón del hombre, en la promoción de la solidaridad, en tener entrañas de misericordia, en ponerse en “la pasión del otro” (compasión). Este es el camino que hace posible toda paz personal, social e internacional.

En 2017 se celebrará el 50 aniversario de las Jornadas Mundiales de la Paz, bajo el lema: La no violencia: un estilo de política para la paz. El contenido de este mensaje se basa fundamentalmente en el pensamiento de Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI. También, en la constitución Gaudium et spes del Vaticano II, en la teología bíblica del pensamiento pacifista del cristianismo y de la Doctrina Social de la Iglesia. Este documento del Día de la Paz se remite a las cancillerías de todo el mundo, marca la línea diplomática que seguirá la Santa Sede al inicio de cada año.

El Pontífice señala que la violencia y la paz son dos maneras “opuestas” de construir la sociedad y destaca que la proliferación de brotes de violencia da origen a “gravísimas y negativas consecuencias sociales”. Además, exhortará a los políticos a moverse en los espacios de lo que es “posible, negociando vías de paz, incluso ahí donde los caminos parecen ambiguos e impracticables”.

Como dice en otro lugar del escrito, “de este modo, la no violencia podrá adquirir un significado más amplio y nuevo: no solo como aspiración, deseo, rechazo moral de la violencia, de las barreras, de los impulsos destructivos, sino como enfoque político realista, abierto a la esperanza”. Sin embargo, en su mensaje advierte de que esto no significa que “una nación pueda permanecer indiferente hacia las tragedias de otra”, sino que se refiere a “reconocer el primado de la diplomacia sobre el fragor de las armas”, lo que indica una respuesta diplomáticamente política a la violencia recibida. “Se trata de un método político fundado en la primacía de la ley. Si se salvaguardan los derechos de cada persona y la igual dignidad de cada uno sin discriminación ni distinción, la no violencia, entendida como método político, puede constituir una vía realista y llena de esperanza para superar los conflictos armados. En esta perspectiva, es importante que siempre se reconozca la fuerza del derecho, en vez, del derecho de la fuerza”.

Asimismo, denuncia el comercio mundial de armas, que cataloga de “tal magnitud que, en general, es subestimado”. “El tráfico ilícito de las armas con frecuencia sostiene la mayor parte de los conflictos en el mundo. Y la no violencia como una táctica política puede hacer mucho para combatir este flagelo”.

Hay que agotar todos los recursos legítimos y no beligerantes, antes de entrar en la locura de la guerra. El papa Francisco nos ofrece el camino de la no violencia, la tarea pacificadora de la política y de la diplomacia, la injerencia humanitaria. El mensaje de la Jornada de 2017 desea mostrar un camino de esperanza conforme a las presentes circunstancias históricas: alienta a promover la resolución de las controversias a través de la negociación, evitando que degeneren en conflictos armados. Dentro de esta perspectiva encontramos el respeto por la historia y la identidad de todos los pueblos. La idea de la superioridad moral de una parte sobre la otra significaría una derrota. Al mismo tiempo, sin embargo, esto no significa que una nación pueda permanecer indiferente hacia las tragedias ajenas. En cambio, personifica reconocer el primado del diálogo y la sabiduría diplomática, sobre el fragor de las armas y la carrera armamentística.

De ahí que, aunque siempre hayamos contado con los esfuerzos de las Fuerzas Armas para lograr la paz a través de una justa defensa, durante las últimas décadas sus desvelos hayan ido, además, en la línea de contribuir con su presencia a la concordia y a una vida en paz en esta sociedad global. Hoy no simbolizan la beligerancia, sino que más bien aparecen en la mayoría de las situaciones como fuerzas disuasorias que buscan hasta el límite los posibles acuerdos entre contendientes. Por eso, nuestros militares no son señores de la guerra, sino como diría san Juan Pablo II: centinelas de la paz.

CAPÍTULO VI
BIENAVENTURADOS LOS PACÍFICOS

El camino de la paz lo eligen aquellos que son pacíficos. La construcción de la paz, exige: cambio de mentalidad, conversión del corazón, gestos, palabras, acciones y diplomacia política. Lo hemos podido apreciar a través de la Sagrada Escritura, de las orientaciones del Concilio Vaticano II y de las enseñanzas de los cincuenta mensajes de las Jornadas Mundiales de la Paz, situados en el contexto de cada uno de los pontífices, de los grandes acontecimientos y desafíos de cada momento.

1. Hacia una definición de la cultura de la paz.

Esto nos ha proporcionado un esclarecimiento de lo que se entiende por cultura de la paz, que consiste en “el conjunto de valores, actitudes y comportamientos que reflejan el respeto a la vida, al ser humano y su dignidad, a la naturaleza. La cultura de paz pone en primer plano los derechos humanos, el rechazo a la violencia en todas sus formas y previene los conflictos, tratando de abordar sus causas mediante el diálogo y la negociación entre las personas y las naciones. Requiere también el acatamiento y la adhesión a los principios de libertad, justicia, solidaridad, igualdad y tolerancia, así como la comprensión entre los pueblos, los colectivos y las personas” [39]. Aquellos que lleven a cabo esta labor serán llamados: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9).

Todo hombre debe asumir su propia responsabilidad en lo que toca a construir esta cultura de la paz. Como hemos expresado anteriormente, los riesgos espantosos de las armas actuales deben conducir a la elaboración de procesos de cooperación y de desarme que hagan imposibles las guerras. Este es un deber de todos: organizaciones internacionales, medios de comunicación, jóvenes, familia… De forma especial es deber de los cristianos. No hay bienaventuranza sino es para los “operadores de la paz” (Mt 5,9). Por eso mismo, el Magisterio de la Iglesia que hemos recorrido en esta exposición es una interpelación profética a los responsables de las políticas, a la opinión pública, a los pastores y fieles en general.

2. Capellanes castrenses: la pastoral del encuentro.

Mención especial merecen los capellanes castrenses, porque por vocación y misión están llamados a ser agentes activos de la cultura de la paz mediante su ministerium pacis inter armas. Esta labor humana, espiritual y pastoral, alcanza no solamente a los creyentes y discípulos de Cristo, Príncipe de la Paz, sino también a los hombres y mujeres de buena voluntad. En este acompañamiento y presencia, en las alegrías y en las penas, en tiempo de paz o de conflictos, es como se descubre la grandeza de ser soldado, el cual está dispuesto a entregar su vida para garantizar los derechos de la legítima defensa, de nuestra independencia territorial y de la imprescindible libertad de España y de sus ciudadanos40. Sin los trabajos, esfuerzos y profesionalidad de nuestros militares, sin la labor acogedora, cercana y abnegada de nuestros capellanes, esta promoción de la cultura de la paz no sería posible en nuestro país o los demás países de nuestro entorno.

Este quehacer del sacerdote castrense no es fruto de ningún privilegio, ni de concesiones de un determinado régimen político, sino que se basa en el derecho de libertad religiosa, que conlleva que todo ciudadano deba ser atendido por los ministros de la confesión religiosa que profese, como así sucede en todos los países democráticos [41]. En nuestro caso español, contamos con una larga tradición de más de tres siglos repleta de frutos humanos, sociales, culturales y espirituales que son consecuencia de la fe católica vivida en el ámbito militar. En estos momentos históricos, la presencia y compañía a las tropas españolas desplazadas en misiones internacionales representa un gran bien social y militar, a la vez que va configurando una nueva figura del capellán castrense en el siglo XXI.

Continúa teniendo actualidad y validez lo que afirmábamos en nuestra carta pastoral del pasado año, con motivo de la Jornada Mundial de la Paz, que llevó por título: La Creación: “casa común” para la Paz: “En este panorama presente, denominado “Tercera Guerra Mundial por entregas”, ¿cómo contribuye el capellán castrense a la paz y a la cura de las heridas de aquellos soldados que han sido testigos de crímenes tan atroces? [42] El papa Francisco ha descrito muy bien su acción pastoral, espiritual y humana: “Estas personas y sus familiares requieren una atención pastoral específica, un desvelo que les permita percibir la cercanía maternal de la Iglesia. La función del capellán castrense consiste en acompañarlos y apoyarlos en su camino, siendo para todos una presencia consoladora y fraterna. Vosotros podéis derramar sobre las heridas de estas personas el bálsamo de la Palabra de Dios, que alivia los dolores e infunde esperanza; y podéis ofrecerles la gracia de la Eucaristía y de la Reconciliación, que alimenta y regenera el alma afligida… Los capellanes deben orar”. Sin oración no podemos hacer todo lo que la humanidad, la Iglesia y Dios nos piden en este momento histórico” [43].

Este ministerio de paz entre armas exige un plus de humanidad y espiritualidad para vivir en las periferias sociales y existenciales de las que nos habla tantas veces Francisco. En el caso del sacerdote castrense no siempre tiene que buscarlas, sino que aparecen dadas por las características de su pastoral específica, por las complejas situaciones militares que se viven, y por los diversos escenarios de peligros: ya sean nacionales o internacionales, en tiempos de paz o bélicos.

Su autoritas le viene por su clara identidad sacerdotal. Debe ser un hombre de Dios íntegro. De conducta dialogante, con gran mansedumbre de carácter y siempre dispuesto a ejercer de buen samaritano. Además, tendrá que brillar por la alegría de ánimo del discípulo de Cristo. También por ser un misionero itinerante que en actitud de “salida” busca el bien de sus militares y la paz para todos. Porque como dijese el actual obispo de Roma en el discurso arriba mencionado: “Vuestra misión de acompañamiento espiritual a los miembros de las Fuerzas Armadas y a sus familiares puede contribuir a prevenir las violaciones del Derecho Humanitario, reduciendo el dolor y los sufrimientos que la guerra provoca, desde luego en quien la sufre, pero también quien combate en ella… Estáis llamados a alimentar en los militares y en sus familias la dimensión espiritual y ética, para que los ayude a afrontar las dificultades y los interrogantes, con frecuencia desgarradores, inherentes a ese peculiar servicio a la patria y a la humanidad”.

CAPÍTULO VII
A MODO DE CONCLUSIÓN

La oración compuesta por el papa Francisco el pasado año para la celebración del 1 de enero, sintetiza perfectamente nuestros deseos de ser constructores de la cultura de la paz. Esta no se alcanza por el simple compromiso voluntarista, sino que como don que viene de Dios, es necesario pedirla, invocarla, suplicarla, con humildad, confianza y perseverancia, para que su edificación, redunde en un mayor progreso integral de la humanidad, a fin de que el Príncipe de la Paz haga de “lo imposible, lo posible”.

“Señor, Dios de paz, escucha nuestra súplica.

Hemos intentado muchas veces y durante muchos años resolver nuestros conflictos con nuestras fuerzas, y también con nuestras armas; tantos momentos de hostilidad y de oscuridad; tanta sangre derramada; tantas vidas destrozadas; tantas esperanzas abatidas… Pero nuestros esfuerzos han sido en vano.

Ahora, Señor, ayúdanos tú. Danos tú la paz, enséñanos tú la paz, guíanos tú hacia la paz. Abre nuestros ojos y nuestros corazones, y danos la valentía para decir:”¡Nunca más la guerra!”; “con la guerra, todo queda destruido”. Infúndenos el valor de llevar a cabo gestos concretos para construir la paz.

Señor, Dios de Abraham y los Profetas, Dios amor que nos has creado y nos llamas a vivir como hermanos, danos la fuerza para ser cada día artesanos de la paz; danos la capacidad de mirar con benevolencia a todos los hermanos que encontramos en nuestro camino. Haznos disponibles para escuchar el clamor de nuestros ciudadanos que nos piden transformar nuestras armas en instrumentos de paz, nuestros temores en confianza y nuestras tensiones en perdón.

Mantén encendida en nosotros la llama de la esperanza para tomar con paciente perseverancia opciones de diálogo y reconciliación, para que finalmente triunfe la paz. Y que sean desterradas del corazón de todo hombre estas palabras: división, odio, guerra.

Señor, desarma la lengua y las manos, renueva los corazones y las mentes, para que la palabra que nos lleva al encuentro sea siempre “hermano”, y el estilo de nuestra vida se convierta en shalom, paz, salam. Amén”.

Madrid 20 de noviembre de 2016
Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo
Clausura del Jubileo Extraordinario de la Misericordia
Convocado por el Papa Francisco

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✠ Juan del Río Martín
Arzobispo Castrense de España


[1] Cf. Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, Compendio de la doctrina social de la Iglesia (BAC, Madrid 2012) nº 520.

[2] Tenemos presente en esta afirmación el concepto de cultura del Concilio Vaticano II en la Constitución Pastoral Gaudium et spes, nº 53b, así como a san Juan Pablo II, Discurso en la Unesco, 2 de junio de 1980; Encíclica, Sollicitudo rei socialis, 30 de diciembre 1987, nº 28. Puede verse también la definición de cultura de la Declaración de la UNESCO: Mexico Declaration Final Report, World Conference on Cultural Policies (July-August 1982).

[3] Pablo VI, Mensaje para la XI Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 1978.

[4] Juan Pablo II, Primera visita pastoral a España, Discurso a los intelectuales reunidos en la Universidad Complutense, Madrid, 3 de noviembre de 1982.

[5] Francisco, Asís, 20 de septiembre de 2016.

[6] Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, Constructores de la Paz, Madrid, 19 de marzo de 1986, nº 41.

[7] Ibíd., nº 63.

[8] El mismo Catecismo de la Iglesia Católica en el nº 2309 utiliza los elementos tradicionales enumerados por la llamada doctrina de la “guerra justa”, que durante siglos ha significado un serio esfuerzo para hacer valer el derecho a la guerra, en la guerra y después de la guerra. Cf. R. Gómez Pérez, Ética y profesión militar (Arzobispado Castrense de España, Madrid 2013) 122-123.

[9] J. Mª. Laboa, Los papas del siglo XX (BAC, Madrid 1998) 90.

[10] Id., “Pablo VI: un papa dialogante”, conferencia en el Simposio sobre la figura de Pablo VI, Madrid, 14 de octubre de 2016.

[11] Cf. Pablo VI, Encíclica Ecclesiam suam, 6 de agosto de 1964, nnº 15, 70.

[12] Pietro Parolin, “El magisterio y el ministerio del papa Pablo VI sobre la paz”, conferencia inaugural del Simposio sobre la figura de Pablo VI, Madrid, 14 de octubre de 2016.

[13] Cf. J. Mª. Laboa, Los papas del siglo XX (BAC, Madrid 1998) 102-104.

[14] Cf. Ibid., 107-108. 110-112.

[15] Sobre este tema puede verse: J. D. Velázquez Monsalve, “Derechos Humanos en el pensamiento de tres santos contemporáneos. El Magisterio de San Juan XXIII, Beato Pablo VI y San Juan Pablo II, sobre los Derechos Humanos”: Kenosis, vol 3, julio-diciembre 2015, Rionegro-Colombia, 58-79.

[16] Juan Pablo II, Encíclica Sollicitudo rei socialis, 30 de diciembre de 1987, nº 15.

[17] Cf. J. Mª. Laboa, Los papas del siglo XX (BAC, Madrid 1998) 116-118.

[18] Juan Pablo II, Encíclica Centesimus annus, 1 de mayo de 1991, nº 21.

[19] Cf. J. L. González-Bolado, Un Papa convincente. Benedicto XVI (San Pablo, Madrid 2006).

[20] Cf. J. Infiesta, Benedicto XVI. Las sorpresas de un pontificado (San Pablo, Madrid 2005).

[21] Cf. Benedicto XVI, Discurso en la Universidad de Ratisbona (12 septiembre 2006). Mohamed Amin Al-Midani, “Dignidad humana y guerra: perspectivas islámicas”: El Derecho Humanitario y las Religiones (Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 2009) 59-68.

[22] Cit. en: R. Cammilleri, Los monstruos de la Razón (Rialp, Madrid 1995) 18.

[23] Juan Pablo II, Mensaje para la XXXV Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 2002, nº 14.

[24] Cf. P. Blanco Sarto, Joseph Ratzinger- Benedicto XVI (BAC, Madrid 2012).

[25] Cf. Fundación Ayuda a la Iglesia Necesitada (AIN), Informe sobre Libertad Religiosa 2014 (Königstein 2014) 6; AA.VV., “¿Por qué me persigues? Libertad y persecuciones religiosas”: Acontecimiento 110 (2014) 35-64.

[26] Cf. J. L. Gutiérrez García, Manual de la Ciudadanía Cristiana, a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia (CEU, Madrid 2013) 241-259.

[27] Benedicto XVI, Mensaje para la XLIV Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 2011, nº 8.

[28] Cf. Concilio Vaticano II, Declaración Dignitatis humanae, nn. 1-3.

[29] Cf. A. Ivereigh, El gran reformador. Francisco, retrato de un Papa radical, (Ediciones B, Barcelona 2015).

[30] Cf. Francisco, Discurso al Comité de Organización del Celam, Río de Janeiro, 28 de julio de 2013.

[31] Cf. C. M. Galli, “Las novedades de la evangelización y la opción por los pobres en Evangelii gaudium. Una lectura desde la Iglesia Latinoamericana”: Corintios XIII, 149 (2014) 93.

[32] A. R. Puente, La vida oculta de Bergoglio (Libros Libres, Madrid 2014), 64.136: “La juventud de Jorge Bergoglio, su circunstancia, está condicionada por el MSTM (Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo), la Teología de la liberación y la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Celebrada en Medellín sobre el tema “Transformaciones en América Latina a la luz del Vaticano II”, la presidió el papa Pablo VI y se desarrolló entre el 28 de agosto y el 6 de septiembre de 1968… Medellín es la generación de Jorge Bergoglio… debería añadirse que es el Papa Medellín… Juan Carlos Scannone y Miguel Ángel Fiorito son considerados como dos de los grandes teólogos de la Compañía en Argentina. Bergoglio tuvo una gran cercanía con ambos, que fueron sus maestros”.

[33] Ibid., 220: “No se puede entender a Jorge Bergoglio si se olvida al jesuita y no se conoce lo que es la espiritualidad ignaciana… Al poner a Pedro Fabro… como aquel de quién se siente más cerca entre los fundadores de la Compañía de Jesús… Para él la vida de Fabro es un ejemplo de diálogo con todos, aun con los más lejanos y con los adversarios, de piedad sencilla, de disponibilidad inmediata, de atento discernimiento interior; un hombre de grandes y fuertes decisiones, que hacía compatible con ser muy dulce… Como Fabro, Bergoglio conjuga la experiencia interior, la expresión dogmática y la reforma estructural, que van inseparablemente unidas”.

[34] Cf. E. Piqué, Francisco. Vida y revolución (La esfera de los Libros, Madrid 2014) 91.

[35] A. R. Puente, op. cit., 237: “El Cardenal Quarracino tuvo que vencer ciertas resistencias en Roma hasta ver cumplido su deseo de que Bergoglio fuera nombrado obispo… Para acabar de una vez con los obstáculos y demoras, Quarracino viajó a Roma el 15 de mayo y el 20 Juan Pablo II firmó el nombramiento del padre Jorge Mario Bergoglio como obispo auxiliar de Buenos Aires”.

[36] S. Rubin, F. Ambrogetti, El Papa Francisco. Conversaciones con Jorge Bergoglio (Ediciones B, Barcelona 2013) 51: “Jesús miró a Mateo en una actitud que, traducida, sería algo así como “misericordiando y eligiendo”… fue el lema de mi consagración como obispo y es uno de los pivotes de mi experiencia religiosa: el servicio para la misericordia y la elección de las personas en base a una propuesta”.

[37] Cf. E. Piqué, op. cit., 133-155.

[38] Cf. J. Krames, Liderar con humidad, (Alienta Editorial, Barcelona 2015).

[39] Cf. Asamblea General de la ONU, 6 de octubre de 1999 en el LIII periodo de sesiones, Acta 53/243.

[40] Constitución Española de 1978, art. 8.

[41] Cf. Declaración de Derechos Humanos; Constitución Española de 1978; Ley Orgánica de Libertad Religiosa.

[42] Cf. Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, Congregación para los Obispos, El Derecho Humanitario y los Capellanes Militares. Curso Internacional de Formación en Derecho Humanitario para Capellanes Militares Católicos, Roma, 25-26 de marzo de 2003.

[43] Francisco, Discurso a los participantes del IV Curso de Formación de Capellanes Castrenses en Derecho Internacional Comunitario, Roma, 26 de octubre de 2015.

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