Cayendo de rodillas lo adoraron (Mt 2, 11)

Carta de
Mons. D. Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

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Domingo 8 de enero de 2017

Con el ciclo de la Epifanía del Señor y la fiesta del bautismo en el Jordán finaliza el tiempo litúrgico de la Navidad. Hoy les invito a reflexionar sobre el episodio de la llegada de los magos a Belén. No me detendré en las cuestiones relativas a la historicidad o al cómo y cuándo sucedió este acontecimiento. Quiero que nos fijemos en la actitud de aquellos magos que nos puede ayudar a vivir religiosamente estos días.

En el relato que nos transmite el evangelio de Mateo (2, 1-12), nos encontramos con tres grupos de personajes, que reaccionan de forma muy distinta ante la noticia del nacimiento del “rey de los judíos” (Mt 2, 2). En primer lugar está Herodes quien, al escuchar la noticia “se sobresaltó y toda Jerusalén con él” (Mt 2, 3). Es la reacción de quien está tan aferrado a lo suyo, en este caso al poder, que vive la llegada del Mesías como una amenaza para sus intereses. Para defenderlos intentará eliminar a Jesús y lo hará sin ningún escrúpulo, provocando un baño de sangre inocente. Jesús no utilizará las armas del poder para establecer su reino, pero aquellos que absolutizan su poder o sus riquezas, saben que la persona del Señor y su palabra constituyen una amenaza. El Evangelio cuestiona la idolatría del poder o del dinero.

El segundo grupo está formado por “los sumos sacerdotes y los escribas del país” (Mt 2, 4). Son los sabios de Israel, los conocedores de la Escritura. A ellos se dirige Herodes para saber dónde tenía que nacer el Mesías. Su respuesta es la correcta: “En Belén de Judea” (Mt 2, 5). Sorprende también su reacción: habían dedicado su vida a estudiar las profecías; las interpretaban correctamente; pertenecían al pueblo que esperaba desde hacía siglos al mesías; eran personas religiosas; indicaron a aquellos magos que habían venido desde lejos el camino para encontrar a Cristo; y ellos, que estaban cerca, se quedaron en casa. No manifestaron el más mínimo interés por saber qué había pasado ni quién era aquel niño. La suya era una fe muerta.

Finalmente están los magos. No pertenecían al pueblo de las promesas, pero la estrella que habían visto les hablaba de Dios y se pusieron en camino para ir a su encuentro. Podemos imaginar las dificultades del viaje, los momentos de desorientación, la incertidumbre sobre el resultado de un esfuerzo tan grande… y sin embargo, perseveraron en su búsqueda, preguntaron hasta encontrar a Jesús. Y ese esfuerzo valió la pena: “se llenaron de inmensa alegría” (Mt 2, 10), una alegría que no sintieron ni Herodes en su sobresalto, ni los sumos sacerdotes y escribas en su indiferencia.

Al ver al niño, “cayendo de rodillas lo adoraron” (Mt 2, 11). A pesar de su sabiduría, se hicieron humildes ante Él, reconocieron su grandeza y su divinidad. Adoraron a Jesús, porque no adoraban ni el poder, ni la sabiduría, ni tampoco a sí mismos. Puede adorar a Cristo aquel que no se adora a sí mismo.

El episodio de los magos nos enseña que, muchas veces, aquellos que aparentemente están cerca, en realidad están lejos. Y al contrario: los que parece que están alejados, en realidad pueden estar cerca del Señor. ¿No nos puede ocurrir hoy lo mismo?

benavent_firmaEnrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

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