Santa Misa en la fiesta del Bautismo del Señor

Homilía del
Card. D. Carlos Osoro Sierra
Arzobispo de Madrid

osoro08012017

S.I. Catedral de Sta. María la Real de la Almudena, Madrid
Domingo 8 de enero de 2017

Querido vicario general de nuestra archidiócesis; vicarios episcopales; deán; cabildo catedral; hermanos sacerdotes; queridos diáconos, seminaristas; queridas familias que hoy venís con vuestros hijos recién nacidos a regalarles el título más grande que un ser humano puede tener en la vida: ser hijo en el Hijo de Dios, y ser hermano de todos los hombres en ese Hijo de Dios que se hizo hermano nuestro.

Como habéis escuchado en el salmo que hemos proclamado -el Salmo 28-, el Señor bendice a su pueblo con la paz. Y la paz aquí, en este caso, no es ni un reglamento, ni una consideración teórica, sino una persona: Dios mismo, que se ha hecho hombre. Durante todo este tiempo pasado de la Navidad hemos podido vivir y experimentar lo que supone que Dios se haya hecho hombre como nosotros y, sobre todo, que Dios haya querido darnos su paz, su rostro, su amor. El título más grande de un ser humano, hermanos, no es un título que se da en un pergamino; es un título que cambia la vida del ser humano porque Dios mismo entra en nosotros. Eso es el bautizado: ese hombre y esa mujer en los que Dios, de una manera singular, entra y cambia su existencia, cambia su dirección. Tiene una manera de comportarse diferente y distinta. Por eso, en este día del Bautismo del Señor, cuando Él comienza su vida pública haciéndose presente en medio de los hombres de su tiempo y oyendo una voz que decía desde el cielo «Este es mi hijo, mi predilecto», en este día nosotros y vosotras, queridas familias, venís con vuestros hijos, a regalarles lo más grande que podéis hacer por vuestros hijos: el título que no es un papel, es una forma de existir nueva, que se introduce en su vida y que lo hace Jesucristo mismo.

Se hace verdad aquello que dice el apóstol Pablo: «No soy yo, es Cristo quien vive en mí». Es un misterio, hermanos, el que vamos a vivir. Es un misterio, aunque en estos niños recién nacidos algunos dirían: «Bueno, que lo hagan cuando sean más grandes…». Dios no necesita permiso para entrar en el corazón del ser humano. Sí necesita, como vosotros, de hombres y mujeres que consideren también que lo más grande que se le puede dejar a un hijo es hacerle viva presencia de Cristo, el Señor de la historia, el Señor de la vida, para que camine por este mundo siendo bendición para esta humanidad, como Cristo, que nos bendice con la paz.

Pues, queridos hermanos y hermanas, hoy se necesita hacer verdad lo que nos decía el Salmo. Proclamemos esto: aclamemos al Señor. Que se oiga la voz del Señor entre los hombres, que se descubra que la voz del Señor es potente y magnífica, y que lo magnífico de este Dios es que cambia nuestra vida y nuestro corazón; cambia nuestras relaciones, cambia nuestros modos de entendernos. Hace de este mundo una familia, la de los discípulos de Jesús. También estos niños, según van creciendo y les vayáis explicando lo que un día entró en su vida, la vida misma de Dios, irán cambiando y realizando un mundo distinto al que nosotros tenemos.

Por eso, resumiendo toda la Palabra de Dios que acabamos de escuchar, yo os querría decir esto: estamos llamados a la vida por el Señor de todos los hombres, que nos dio y nos regaló su vida. Esto es lo que nos ha dicho la Palabra de Dios. Estamos llamados a la vida. Lo habéis escuchado en la primera lectura que hemos proclamado: mirad a quién sostengo, mi elegido, mi preferido, no grita, no clama… Es alguien que tiene una vida, que manifiesta y proclama con su propia vida y con lo que hace lo que tiene que ser cada ser humano y lo que tiene que ser esta humanidad. Esto lo hizo Cristo. Y Él ha llamado a los hombres a la vida. Nos ha llamado a todos nosotros para hacer verdad lo que decía el profeta: te he llamado, te he escogido, te he formado, te hago alianza, te hago luz.

Queridos hermanos: esto fue Cristo. Pero esto somos todos los bautizados. Y esto es lo que queremos regalar a estos niños hoy, o lo que quiere regalar el Señor, porque el regalo es de Dios mismo. Por eso, llamados a la vida, tenemos que ser capaces de abrir los ojos, de hacer posible que los hombres vean, de quitar toda cerradura que impide entrar a la profundidad de la vida y del corazón del ser humano, que nos haga salir de las cárceles que a veces nosotros mismos nos hacemos, con ideas nuestras que nos impiden relacionarnos con otros y vivir con ellos como hermanos…

Estamos llamados a la vida. Sí, queridos hermanos. Esto es lo que les regaláis a vuestros hijos los padres que hoy traéis a bautizar a estos niños y niñas. Esto. Porque queréis decirles que abran los ojos a los que están ciegos, que quiten y saquen de la prisión a los que están cautivos, a los que están cerrados en sus ideas, en sus criterios, y no han descubierto que lo más grande de la vida, de la existencia humana, es saberse hijo de Dios y, por ello, hermanos de todos los hombres. Hermanos: todos estamos llamados a la vida. Y hoy queremos regalar esta vida de Cristo. Vosotros, los padres, de las muchas cosas que podríais entregar a vuestros hijos, precisamente en el inicio de la vida, les queréis regalar lo más grande, el título más bello que, como os decía, no es un pergamino: es Cristo mismo, que queréis que entre en la existencia de vuestros hijos y formule su existencia de una manera especial y singular.

En segundo lugar, es verdad que estamos llamados a la vida. Pero llamados por el Señor de todos los hombres. Sí. Que en Cristo se ha manifestado, que tomó rostro en un pueblo, entre los israelitas, como nos decía el apóstol Pablo en la segunda lectura del Libro de los Hechos de los Apóstoles: entre los israelitas Él anunció la paz, que es Cristo. Todos, hermanos, como nos dice el Libro de los Hechos, conocéis lo que sucedió. Lo hemos vivido durante todos estos días de Navidad. Pero, lo más importante es que este Dios vino a este mundo y, como nos ha dicho el Libro de los Hechos, pasó haciendo el bien y curando. Dios estaba con Él, era Dios mismo.

Hermanos: llamados a la vida por el Señor de los hombres, que no hace distinción, que busca a todos hombres de todas las naciones, de todas las culturas, de todas las razas. No importa: somos hermanos. Este Dios que anuncia la paz, que hizo presente a Cristo, hoy entra en la vida de vuestros hijos. Ayudadles a que crezcan y descubran que esto es lo que tienen que hacer: hacer presente a Cristo con su vida. Él es el Señor de todos los hombres.

En tercer lugar, este Jesús que nos llama a la vida, este Jesús que es Señor de todos los hombres, nos da la vida y nos la regala. Nos da su propia vida. ¿No os habéis dado cuenta, en el Evangelio, cómo Juan Bautista decía: soy yo el que necesito que tú me bautices? Pero es que el Señor, queridos hermanos, ha querido acercarse a los hombres, Él se pone a la cola, en la fila de aquellos que están buscando una conversión que Juan Bautista les está regalando; Juan está de alguna manera preparando el camino para que el Señor venga y se haga presente. Nos dio y regaló su vida, en la cercanía a nosotros, no en la distancia.

Mirad. Este gesto que vamos a hacer en la celebración del bautismo es la cercanía de Dios. Él quiere darnos su vida mostrándolo con signos evidentes que nos hagan entender que algo importante está sucediendo en nuestra existencia y, en concreto, en la de estos niños. Nos dio y regaló la vida: en la cercanía, mostrando su rostro; no en la distancia, queridos hermanos. Hoy Cristo entra en la vida de vuestros hijos, entró en la vida de todos nosotros, mostrando su rostro; un rostro que ama, un rostro que da la vida por los hombres, un rostro que no hace distinciones, un rostro que me hace preguntar y me hace vivir siempre mirando dónde está mi hermano, y lo que necesita mi hermano; un rostro que no discrimina, un rostro que acerca a todos los hombres y se acerca a todos los hombres. Muestra su rostro…

¿Qué haríamos, hermanos, para hacer descubrir hoy, en este momento de la historia, cuando tantos sucesos están pasando en todas las latitudes de la tierra, qué haríamos para hacer posible que los hombres vean el rostro que Dios regala? Que no nos hace extraños con nadie. Al contrario. Que no pone fronteras a nadie. Qué haríamos… En este momento histórico nos está haciendo una llamada singular a vivir de verdad esto de san Pablo: es Cristo quien vive en mí. No es una teoría, yo no tengo una idea, tengo una persona que cambia mi existencia y entra de tal forma en mi vida que mi manera de mira, de oír, de escuchar de decir, de encontrarme con el otro, es la de Dios mismo. Porque Él mismo me ha manifestado quién es. Lo habéis escuchado: este es mi Hijo, el amado, el predilecto, el que os regala y os da su propia vida.

Hermanos y hermanas: celebremos esto. Este es un día grande. Qué maravilla que al terminar el tiempo de Navidad lo hagamos con la fiesta del Bautismo del Señor: Dios haciéndose presente en público, entre los hombres; y diciéndonos a los hombres: yo os regalo mi vida, yo os la doy, y además voy a mostraros cómo os la doy. Y a través de toda la existencia, después del bautismo, cuando el Señor comienza la vida pública, nos dice cuál es el rostro de Dios y cuál ha de ser el rostro del hombre, el nuestro. Vamos a vivir esta fiesta. Es importante.

Hermanos: mirad. En este momento histórico muchas familias, muchos matrimonios, no entienden esto… A sus hijos no les regalan lo que vosotros vais a hacer hoy, o no están convencidos de que esto sirva para mucho… Qué importante es que los discípulos de Cristo, los cristianos, hagamos valer este título. Pero lo hagamos valer, no con palabras, no con teorías: eso no lo cree nadie ya, palabrería hay mucha en este mundo… Con nuestra vida…, ejerciendo el título. Sí: soy hijo. Y, por eso, soy hermano de todos. Y lo proclamo y lo vivo con todos. Y esta sociedad, rota y dividida, yo la coso y la uno, porque es lo que vino a hacer Cristo. Y no con mi fuerza, sino con la del Señor que va a entrar en la vida de estos niños. Que todos dejemos entrar al Señor. Que así sea.

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