“Vosotros sois mis amigos” (Jn 15,14)

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Carta Pastoral de
Mons. D. JUAN ANTONIO MENÉNDEZ FERNÁNDEZ
Obispo de Astorga

Dirigida a los sacerdotes de la diócesis de Astorga

INTRODUCCIÓN

Queridos hermanos en el sacerdocio:

Doy gracias al Señor de todo corazón (Sal 137,2), delante de los ángeles y de los santos entono un canto de alabanza porque me ha permitido visitaros en vuestras parroquias, celebrar la fe y compartir con el pueblo que os ha sido encomendado las preocupaciones y retos pastorales de nuestra diócesis. Os agradezco el afecto, la sencillez y la franqueza con la que habéis recibido mi visita y abierto vuestra casa y vuestro corazón. Considero esta visita como un primer paso, absolutamente necesario, para comenzar a caminar juntos acompañando al Pueblo de Dios que peregrina en esta diócesis de Astorga.

Mi agradecimiento se extiende también a todos los fieles cristianos que han tenido la gentileza de acudir a las parroquias para saludarme y ofrecer sus oraciones y su colaboración. Quiero señalar, particularmente, a las personas consagradas que me han recibido en sus casas y me han mostrado sus obras apostólicas. Espero que pronto pueda visitaros con más detenimiento. En cada celebración de la eucaristía hemos pedido al Señor por las vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada. Os invito a que sigáis orando al Dueño de la mies para que envíe obreros a su mies (Mt 9,38).

El motivo principal de esta carta, dirigida de un modo especial a los hermanos en el sacerdocio y a los diáconos, es compartir con vosotros lo que he visto y oído en estas visitas personales. Cuando alguien llega de nuevas a una casa se fija en aquellas cosas que el dueño, por estar habituado a verlas, apenas repara en ellas. Lo que os voy a decir lo hago con el propósito de animaros y de ayudaros a vivir el sacerdocio de la mejor manera posible. También quiero ofreceros algunas reflexiones sobre el significado de nuestro ministerio sacerdotal en la clave de la amistad con Dios, con los demás y con el mundo. Por último, os propondré algunas pautas o consideraciones para iluminar la vida sacerdotal y el trabajo ministerial de modo que afrontemos la presente situación como una gracia de Dios y un tiempo propicio para la salvación del mundo.

Espero que acojáis con interés esta carta que os escribo desde el corazón y el afecto que ya os profeso a todos como hermanos y colaboradores en el ministerio sacerdotal. Tendremos ocasión de comentar el contenido de la misma y profundizar en algunas cuestiones que ahora sólo puedo enunciar.

I. “NO PERDÁIS LA CALMA, CREED EN DIOS Y CREED TAMBIÉN EN MI”

El Señor Jesús, después de la Última Cena con sus discípulos y de lavarles los pies, comenzó a revelarles su intimidad, a aconsejarles y a orar por ellos para que se mantuvieran siempre unidos. El Evangelio según san Juan dedica al “discurso de despedida” cuatro capítulos. Siempre he sacado mucho provecho de la meditación de estas últimas palabras del Señor a los discípulos, después de haber concluido la predicación del evangelio y antes de que éstos se dispersaran por el escándalo de la Cruz. Encuentro en ellas la luz necesaria para comprender el momento presente y para situarme en él como un fiel discípulo que quiere acompañar a su Maestro hasta el final.

Jesús les invita a “tener calma” (Jn 14,1), es decir, a esperar confiadamente en Él, en sus palabras y en sus promesas. Porque todo llegará a su tiempo, cuando Dios Padre lo disponga. Tener calma es el mejor consejo para afrontar una situación de cambio y de crisis como la que actualmente estamos viviendo. La calma está inseparablemente unida a la paciencia como decía Santa Teresa de Jesús: “Nada te turbe, nada te espante”… la paciencia todo lo alcanza, sólo Dios basta” Así es, la confianza en Dios como único Señor de nuestra vida, de nuestra historia y de nuestro mundo, infunde en nosotros calma y serenidad para afrontar con racionalidad, inteligencia y paciencia las respuestas que la nueva situación social y eclesial nos piden. Ahora bien, tener calma y serenidad no significa esperar de brazos cruzados a que pase el temporal de las crisis, sino reflexionar sensatamente y buscar nuevos caminos a la luz de la fe.

Creer y esperar en Dios uno y trino nos mueve a mantener la vigilancia y colaborar con la acción del Espíritu Santo para renovar la faz de la tierra. Recordemos el consejo de San Pablo a los Corintios: “Vigilad, manteneos firmes en la fe, sed vigilantes y valerosos. Que todo lo vuestro se haga con amor” (1 Cor 16,13-14). Examinemos, pues, nuestra realidad a la luz de la fe y del amor. Vigilemos para que nada ni nadie nos aparte del amor de Cristo. Contemplemos cómo a lo largo de la historia de la Iglesia muchos hermanos, que nos han precedido en el signo de la fe, superaron el desánimo confiando en el poder del amor y de la misericordia de Cristo, Rey del universo.

1. Una mirada a la vida social y eclesial de nuestra diócesis

He recorrido la diócesis para entrevistarme con cada uno de vosotros con esta actitud de confianza y amor a las personas de esta querida tierra. Estuve abierto a escuchar a todos, a verlo todo, a probarlo todo y quedarme con lo bueno (Flp 4,8), porque en lo bueno de cada persona y de cada pueblo encontramos las semillas de la infinita bondad de Dios. Quiero ofreceros, a modo de síntesis, la primera impresión del panorama social y eclesial que he encontrado. No esperéis hallar en esta breve descripción muchos datos, sólo los necesarios para dibujar el presente de nuestra sociedad y de nuestra iglesia diocesana.

Si examinamos la realidad sólo desde el punto de vista sociológico, económico o social, puede alcanzarnos el desánimo y, desconcertados, tener la tentación de abandonarlo todo o de seguir adelante sin ánimo ninguno. Los cristianos cuando miramos la realidad del mundo lo hacemos con el mismo amor con el que Dios lo mira. Por eso nuestro análisis es una mirada creyente y esperanzada confiando en que la misericordia del Señor llena la tierra. Esto no significa desvirtuar o dulcificar los datos sino asumirlos en la dinámica del Misterio de la Encarnación.

La despoblación de los pueblos y el envejecimiento de las personas

Hay un primer dato obvio. Se trata del descenso demográfico imparable que desde hace más de dos décadas padecen las parroquias y pueblos de nuestra diócesis. Este descenso se prevé que continuará en los próximos años hasta que llegue a su tope. Una consecuencia lógica del descenso demográfico es el envejecimiento de la población y la disminución de la presencia de niños y de jóvenes. Asistimos a la transformación de colegios y escuelas en residencias de ancianos. Nosotros no tenemos la culpa de que esto sea así; pero no podemos mirar para otro lado, sino que debemos asumir esta realidad como algo que nos afecta.

La disminución de puestos de trabajo

El cierre de las empresas mineras y el traslado de empresas a otros lugares, así como la inestabilidad de las explotaciones agrarias nos encamina hacia una situación económica difícil para que los jóvenes encuentren trabajo aquí. Muchos de ellos se desplazan a otros lugares limítrofes para culminar sus estudios universitarios y ya no vuelven porque aquí no se les ofrecen posibilidades de ejercer la profesión para la que se han preparado. Este éxodo permanente de jóvenes dejará nuestros pueblos sin futuro si las autoridades no ponen algún remedio para fijar la población en el lugar.

La inmigración, que en otros momentos parecía que podía contener este flujo, parece que tampoco se estabiliza en los pueblos de nuestra diócesis. Con todo, es necesario tener presente que la movilidad humana, la emigración y la inmigración serán factores condicionantes de la sociedad del futuro. Esta nueva realidad social nos plantea a los pastores nuevos retos a los que debemos dar una respuesta pastoral adecuada.

La situación de la familia

En el entramado social, la familia es uno de los elementos esenciales. El Santo Padre Francisco nos ha recordado en la Exhortación postsinodal Amoris laetitia los peligros que pueden dañar de forma irreparable la vida familiar cuando afirma: “La familia puede convertirse en un lugar de paso, al que uno acude cuando le parece conveniente para sí mismo, o donde uno va a reclamar derechos, mientras los vínculos quedan abandonados a la precariedad voluble de los deseos y las circunstancias” (AL 34). Gracias a Dios, en nuestra diócesis he podido comprobar la fuerza que aún tiene la familia y el hogar familiar como ese ámbito de encuentro y convivencia de abuelos, padres, nietos y hasta los bisnietos. Pero, por diversas circunstancias, poco a poco, se van debilitando los lazos que unen a las familias y como consecuencia se va muriendo la referencia al hogar.

He podido observar con satisfacción cómo se han superado las situaciones de aislamiento de zonas tradicionalmente abandonadas a su suerte. Hoy casi todas las parroquias gozan de los servicios necesarios para desarrollar una vida digna desde el punto de vista humano. Por esto hemos de dar gracias a Dios y disfrutar de ello, pues el Señor no está en contra del progreso y el desarrollo siempre que éste ponga en el centro a la persona humana y no el enriquecimiento unos pocos en detrimento de los demás.

El avance de la descristianización

Nuestra diócesis de Astorga conserva, en muchas zonas un antiguo sentido cristiano de pertenencia eclesial y de participación en la vida parroquial, especialmente en la asistencia a la misa dominical, a las fiestas, cofradías y otras actividades. También mantiene arraigadas costumbres fundadas en la ética cristiana de caridad y solidaridad con el prójimo y con las misiones que hemos de proteger y cuidar. Pero le afecta también el avance de la descristianización, que afecta particularmente al segmento de población más joven. La descristianización de las costumbres y la mundanización de la vida cristiana herida por el individualismo, el pragmatismo y el hedonismo nos plantean graves retos pastorales que hemos de resolver con la ayuda de Dios y el interés de todos.

Mirando al futuro con esperanza

Nuestra Iglesia particular ha sido y es un territorio de encuentro y cruce de caminos y de culturas. Por esta razón, una de las posibles alternativas económicas puede ser el turismo y las empresas de servicios que se puedan crear para atender su demanda. Las parroquias, especialmente aquellas que tienen templos de interés cultural, están ya aportando su grano de arena atendiendo las visitas turísticas. Las mejores comunicaciones y los servicios básicos generalizados han propiciado una calidad de vida cada vez mejor en los pueblos, lo cual es una fuente de bienestar para los vecinos y un reclamo para los turistas que buscan sosiego y paz.

El Camino de Santiago que cruza nuestra diócesis por el norte y por el sur puede ser también una gran riqueza turística, económica y religiosa a la que debemos estar atentos. Durante todo el año pasan por los albergues de nuestra diócesis casi tantos peregrinos como habitantes tiene ésta. Los sacerdotes destinados en parroquias del Camino, junto con seglares, voluntarios y consagrados estáis haciendo un gran esfuerzo para acoger, acompañar y mostrar la fe cristiana a los que buscan a Dios, a veces sin saberlo. Sólo este servicio pastoral justificaría la existencia de nuestra diócesis.

Respuesta eclesial a la situación social

La vida social y económica influye en la vida pastoral decisivamente. Pone delante de nosotros nuevos retos que, lejos de ser motivo para el desánimo han de serlo para renovar nuestro deseo de servir más y mejor a la Iglesia y al evangelio. Mi antecesor, el querido y recordado D. Camilo ya tomó decisiones en este sentido con la configuración de los Centros de Atención Pastoral desde los que sacerdotes, consagrados y seglares trabajan en equipo pastoral al servicio de varias parroquias. Han sido diseñados para ser focos de evangelización en una zona determinada superando el parroquialismo y la pastoral de conservación. Tenemos que seguir avanzando en este estilo de pastoral de conjunto porque se ha demostrado que puede ser una buena respuesta a la situación de la mayoría de las parroquias de nuestra diócesis en el momento presente.

2. Cuatro zonas que enriquecen la idiosincrasia de nuestra diócesis

Una vez descrito el panorama general de la realidad de nuestra diócesis quiero fijarme ahora en la idiosincrasia de cada una de las cuatro zonas que definen la geografía, la historia y la cultura de la misma. En primer lugar debo manifestar que, a pesar de la gran extensión geográfica y diversidad cultural, los diocesanos tienen una fuerte conciencia de pertenecer a una única diócesis. Los fieles, desde todas las espadañas de las iglesias, diseminadas por la geografía diocesana, miran a las torres de la catedral de Astorga donde el obispo preside la comunidad diocesana y ejerce su magisterio y solicitud por todos. Esta conciencia de pertenencia no es de ahora sino que se ha ido forjando a lo largo de los siglos. A nosotros nos toca conservarla y profundizar en la comunión eclesial.

Quisiera ahora comunicaros mis primeras impresiones de la visita a las parroquias de las cuatro zonas donde ejercéis habitualmente el ministerio sacerdotal. Por fuerza esta primera impresión ha de ser limitada porque, sin duda, me faltan muchos datos que desconozco. Perdonad mi atrevimiento; pero creo que puede ser interesante relataros mi visión para que la contrastéis con la vuestra.

Zona de Astorga y La Bañeza

Es una zona eminentemente agrícola donde también se han establecido algunas industrias de manufactura de los productos agrícolas. He observado que poco a poco se ha ido introduciendo el turismo, vinculado al camino de Santiago y al descanso estival, como fuente de recursos que crea puestos de trabajo. La población es mayor y está envejecida aunque en las dos ciudades existen un número importante de niños y jóvenes.

Me ha impresionado la gran cantidad de vocaciones a la vida sacerdotal y consagrada que han surgido a mitad del siglo pasado de las parroquias de esta zona. Muchos de estos hermanos son nuestros mejores embajadores en el mundo a los que tenemos que apoyar con nuestra oración y nuestra ayuda. Cuando me comentabais esto, me preguntaba por qué hace medio siglo había tanta abundancia de vocaciones y ahora tanta escasez.

Me ha sorprendido gratamente el alto índice de práctica religiosa que, gracias a Dios, aún existe en casi todas las parroquias; si bien, es verdad que este índice baja en el segmento de población entre los 20 y los 50 años. Las parroquias de esta zona, tan cercana a las ciudades de Astorga y la Bañeza, están atendidas pastoralmente por bastantes sacerdotes. Aunque algunos son mayores en edad conservan fresco el espíritu apostólico. Las parroquias de la ciudad de Astorga y las de La Bañeza son centros neurálgicos para toda la zona por eso tienen que seguir dando pasos para aunar esfuerzos pastorales y formalizar un plan pastoral para cada ciudad.

Zona de El Bierzo y su entorno.

La comarca berciana tiene una idiosincrasia propia en sus costumbres, sus tradiciones y en la forma de ser de sus gentes, curtidas por el duro trabajo de la mina o del campo. La fe cristiana de este territorio hunde sus raíces en los monjes de la llamada Tebaida berciana que tuvo su esplendor en el siglo VII. En la actualidad, la comarca sufre las consecuencias del paro laboral por el cierre de las minas y el traslado de empresas a otros lugares. En el aspecto económico tiene un futuro incierto, lo cual provoca una fuerte emigración juvenil a otras regiones. Este éxodo contribuye a la despoblación de algunos núcleos que en otros tiempos fueron centros con mucha vida social.

La vida religiosa de las parroquias se ha visto contaminada por la secularización de la sociedad como ha sucedido en todas las zonas industriales. Amantes de las tradiciones y devociones populares, existe una práctica religiosa aceptable en la mayoría de los pueblos.

Los sacerdotes de los arciprestazgos que configuran la comarca habéis sido pioneros en poner en marcha novedosas acciones pastorales en décadas no muy lejanas. También habéis trabajado mucho en la dimensión social de la fe y habéis hecho esfuerzos por estar al lado de los que sufren las consecuencias de la injusticia. Acompañáis a los fieles y promovéis la formación de un laicado adulto y comprometido en la misión evangelizadora. Debemos seguir profundizando en la unidad pastoral de la zona y, sobre todo, entre las parroquias de la ciudad de Ponferrada que han de ser el motor dinamizador de la pastoral de toda la zona berciana.

Zona de Sanabria y Los Valles de Zamora

En la zona de Zamora que pertenece a nuestra diócesis están presentes las consecuencias que ha tenido la emigración de personas a otros lugares de Europa o de España a mediados del siglo pasado. Las parroquias, en otro tiempo llenas de vida social y eclesial, se han ido despoblando poco a poco y sus gentes han envejecido. Sin embargo se conserva muy viva la práctica de la fe y de las devociones. Es tierra de un gran amor a la Virgen María y a los santos y beatos mártires del lugar. Los Santuarios marianos son un signo vivo de estas devociones, He observado que a ellos acuden gran cantidad de peregrinos y devotos para alcanzar misericordia y favores por intercesión de la Virgen María y de los santos. Es muy importante que tengamos presente la fuerza de convocatoria que tienen los Santuarios a la hora de programar la acción pastoral de las parroquias y de los Centros de Atención Pastoral.

Soy consciente de los esfuerzos que estáis haciendo los sacerdotes para cuidar y atender las exigencias de las tradiciones y devociones de los pueblos, algunos de ellos muy dispersos y despoblados. Os preguntáis hasta dónde podréis llegar, dado el escaso número de sacerdotes y el abundante número de pueblos, Santuarios y parroquias que atendéis.

Zona de Ourense

Me ha sorprendido la vitalidad económica que tiene la zona, comparada con el resto de la diócesis. Esto se debe principalmente al auge de las canteras de pizarra y a la industria vinícola. Demos gracias al Señor por estos recursos naturales que dinamizan la vida de esta zona. Aconsejemos a la gente para que sepan valorar lo que tienen de modo que no malgasten ni derrochen lo que, posiblemente, necesiten en el futuro.

He constatado que la vida de las comunidades parroquiales, muy dispersas por la orografía, gira alrededor de la actividad pastoral de las poblaciones más numerosas. También he visto con agrado cómo los sacerdotes avanzáis en la comunión arciprestal con los seglares y consagrados. Este es un buen camino que abre cauces a la pastoral del futuro.

Agradezco a todos los sacerdotes que trabajáis en esta zona los esfuerzos que estáis haciendo para atender a todos, incluso, a aquellos que están en núcleos de población muy pequeños. ¡Dios pagará con creces vuestros desvelos pastorales!

En resumen. Puedo deciros con satisfacción que me he encontrado con una realidad diocesana sorprendente: con una riquísima tradición cristiana y con un abundante patrimonio artístico que nuestros mayores nos han dejado. Al mismo tiempo con muchas posibilidades pastorales en el presente y en el futuro.

La impresión que acabo de exponeros es fruto de las notas que iba tomando a lo largo de la visita. Está claro que existe una nueva realidad que cambia constantemente. Esto nos exige estar atentos para afrontar juntos, con nuevas ideas y proyectos, los retos pastorales que nos plantea. No perdamos la ilusión, la esperanza y la confianza porque el Señor nos prometió su compañía hasta el final de los tiempos. No tengamos miedo a lo nuevo. Contemplemos la tempestad de la secularización, la sangría de la despoblación, el envejecimiento de ésta y el paso de los peregrinos y turistas como una gracia de Dios que nos ayuda a reconocerlo en tantas personas que nos lo hacen presente y reclaman de nosotros una mirada de misericordia.

¡Qué la celeridad de los cambios no nos haga perder la calma! Aprovechemos la ocasión para renovar nuestro espíritu de humildad y reconocer que no son nuestras fuerzas ni nuestro vigor humano el que da frutos evangélicos, sino la fiel colaboración con la gracia de Dios que el Espíritu Santo infunde en nuestra misión.

3. Una mirada al presbiterio diocesano

El Concilio Vaticano II en el Decreto Presbyterorum Ordinis dice: “Los presbíteros, constituidos por la ordenación en el Orden del Presbiterado, están unidos todos entre sí por la íntima fraternidad sacramental, y forman un presbiterio especial en la diócesis a cuyo servicio se consagran bajo el obispo propio. Porque, aunque se entreguen a diversas funciones, desempeñan con todo un solo ministerio sacerdotal para los hombres. Para cooperar en esta obra son enviados todos los presbíteros, ya ejerzan el ministerio parroquial o interparroquial, ya se dediquen a la investigación o a la enseñanza, ya realicen trabajos manuales, participando, con la conveniente aprobación del ordinario, de la condición de los mismos obreros donde esto parezca útil; ya desarrollen, finalmente, otras obras apostólicas u ordenadas al apostolado. Todos tienden ciertamente a un mismo fin: a la edificación del Cuerpo de Cristo, que, sobre todo en nuestros días, exige múltiples trabajos y nuevas adaptaciones” (PO nº8).

Los presbíteros sois los primeros colaboradores del obispo y, todos juntos, formamos un único presbiterio. Conscientes de nuestra responsabilidad con el Pueblo de Dios que peregrina en Astorga miremos nuestras fuerzas y tomemos conciencia de las debilidades para no emprender acciones que desborden nuestras capacidades. Recordemos lo que dice el Señor en el evangelio de San Lucas: “¿quién de vosotros, si quiere construir una torre no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran diciendo: “Este hombre empezó a construir y no pudo acabar” (Lc 14,28-30).

Algunos datos sobre la realidad sociológica de nuestro presbiterio

Actualmente formamos el presbiterio diocesano 260 sacerdotes y religiosos de los cuales 155 están en activo al servicio pastoral, 63 están jubilados residiendo en la diócesis y el resto fuera de la diócesis en distintas encomiendas pastorales o simplemente jubilados. La media de edad de los sacerdotes en activo es de 65 años. Y la media global de 73. Un dato importante que debemos tener en cuenta es que no hay sacerdotes menores de 30 años. Esto supone un vacío de fuerzas para el presente y para el futuro. La diócesis está dividida, como sabéis, en 970 parroquias con una población aproximada de 227.000 habitantes, de los que están bautizados en la Iglesia católica más del 90%. Si establecemos la relación entre el número de sacerdotes y el número de católicos de la diócesis, estamos a la cabeza del listado de las diócesis españolas, pues, cada sacerdote tendría a su cargo unos 1.500 fieles. Pero si la relación se establece entre los sacerdotes en activo y las parroquias cada sacerdote tendría que atender más de seis parroquias. En los próximos años se contempla una disminución de los sacerdotes del presbiterio en general y de los que estáis en activo en particular. Las incorporaciones de nuevos sacerdotes no cubrirán las bajas por jubilación o defunción. Estos datos son, ciertamente, conocidos por todos; pero es necesario pasar de conocerlos a sentirlos como propios e implicarnos en una nueva forma de entender y de vivir la misión del presbítero diocesano.

Los datos estadísticos reflejan una media de edad muy alta con respecto a los presbiterios de otras diócesis. Es un dato que no debemos de obviar. Pero tengamos en cuenta que la vejez o la juventud de una persona no se mide sólo por tener pocos o muchos años, sino por la ilusión y el empeño que se pone en las acciones pastorales. En el presbiterio astorgano hay muchos sacerdotes ancianos en edad; pero con espíritu joven. Están trabajando con tanta ilusión como cuando eran más jóvenes físicamente. Esta actitud me hace pensar en las posibilidades que todavía tiene nuestro presbiterio para afrontar la presente coyuntura, a pesar de su dureza. Ante las situaciones difíciles, la experiencia es un gran valor que ayuda a tomar decisiones adecuadas.

Al mirar hacia el horizonte del futuro de nuestro presbiterio, tenemos que prestar atención al Seminario diocesano. Gracias a Dios, poco a poco, se van incorporando nuevos seminaristas que, si Dios quiere, recibiremos con gozo en nuestro presbiterio cada año. Actualmente, tenemos dos diáconos, seis seminaristas mayores y diecisiete seminaristas menores. Este incipiente semillero de vocaciones ha de animarnos a seguir pidiendo al Señor por las vocaciones y a superar prejuicios del pasado. Os invito, hermanos, a apoyar con todas vuestras fuerzas al Seminario diocesano y a sus formadores y alumnos.

Mi primera impresión del presbiterio

La primera impresión que tengo del presbiterio diocesano es positiva por su madurez, discreción, eclesialidad y generosidad. Un presbiterio que, a pesar de sus deficiencias, tiene un verdadero espíritu de servicio al evangelio y a la Iglesia. Esta actitud ayuda mucho a la hora de afrontar problemas delicados y asumirlos con responsabilidad. Es también un presbiterio que ama a la diócesis y se entrega al servicio de las comunidades con mucha generosidad. Algunos de vosotros permanecéis en zonas alejadas desde hace tiempo sin poder cambiar por la escasez de sacerdotes jóvenes. Asumís esta situación con espíritu solidario al servicio de la Iglesia. También me ha impresionado la disponibilidad que tenéis para aceptar cualquier colaboración que os propongo.

Los sacerdotes de la diócesis de Astorga sois herederos de una tradición de sacerdotes bien formados, buenos y santos. Vuestros obispos, mis antecesores en la Sede Asturicense, os han cuidado porque se han preocupado de la formación de un buen claustro de profesores con teólogos reconocidos; han mejorado la atención personal y humana y han dispuesto todo lo necesario para que pudierais vivir la espiritualidad propia del sacerdote diocesano. Soy consciente de los defectos que también tenéis. Como en todo grupo humano, hay distintas sensibilidades y distintas formas y modos de pensar y de entender el ministerio. Estas discrepancias son legítimas y enriquecedoras si se exponen con caridad y amor al otro y no se busca la división y el enfrentamiento. La maledicencia y las críticas infundadas son un verdadero corrosivo de la comunión y de la alegría que debe reinar en el presbiterio.

II. “VOSOTROS SOIS MIS AMIGOS”

Quiero presentaros ahora, queridos hermanos en el sacerdocio el ministerio sacerdotal desde la clave de amistad del Señor con nosotros y de nosotros con el Señor. Para ello he tomado como punto de referencia las palabras del Señor después de cenar con sus discípulos. En aquel momento de despedida, Jesús les manifiesta su amistad y les pide que permanezcan unidos a Él. Dice el Señor: “Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea perfecto. Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros, así como yo os he amado. Nadie tiene un amor mayor que éste: que uno dé su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque os he dado a conocer todo lo que he oído de mi Padre. Vosotros no me escogisteis a mí, sino que yo os escogí a vosotros, y os designé para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Esto os mando: que os améis los unos a los otros” (Jn 15, 9-17).

Características de la verdadera amistad

La verdadera amistad se caracteriza fundamentalmente por estas cuatro notas: la libre elección, la fidelidad, la compañía y la ayuda mutua. En la amistad de Jesús con nosotros encontramos reflejados estos cuatro elementos. Efectivamente, Jesús nos ha elegido libremente: “Vosotros no me escogisteis a mí, sino que yo os escogí a vosotros, y os designé para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca” (Jn 15, 16). Jesús es el amigo fiel que permanecerá siempre a nuestro lado: “Sabed que yo estoy con vosotros hasta el final de los tiempos” (Mt 28 20). Él será nuestro apoyo: “Lo que pidáis en mi nombre yo lo haré; para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré” (Jn 14, 13-14). El Señor, como un buen amigo, estará dispuesto a acompañarnos y a prestarnos su ayuda siempre que la necesitemos. Por nuestra parte, hemos respondido libremente a la llamada del Señor para ser sus amigos. Hemos sido fieles hasta el día de hoy, a pesar de nuestras imperfecciones. Hemos acompañado a Jesús con todas nuestras fuerzas y le hemos prestado nuestras manos, nuestros labios, nuestros pies y, sobre todo, le hemos entregado nuestro corazón para que amara a su Pueblo.

El discípulo amado como prototipo de amigo del Señor

En el cuarto evangelio encontramos las características del verdadero y auténtico discípulo que la tradición identificó con san Juan evangelista. El Señor llamó a Juan y a su hermano Santiago cuando paseaba por la orilla del lago de Tiberíades. Ellos, sin dudarlo un momento, lo siguieron. Juan fue fiel al Señor hasta el último momento: escuchaba sus enseñanzas, vio con sus ojos los signos del Reino de Dios y se recostó sobre su pecho para experimentar de cerca el amor con el que Dios ama. No lo traicionó como Judas, no lo negó como Pedro, no lo abandonó como los demás discípulos. Juan, venciendo todos los obstáculos, lo acompañó como un buen amigo hasta la Cruz. El Señor, una vez resucitado de entre los muertos, le concedió la dicha de ser el primero en “ver los lienzos por el suelo” (Jn 20, 4-5) como signo de la resurrección. Y, junto con Pedro, ver, creer y entender el cumplimiento de la Escritura: “Que al tercer día resucitaría de entre los muertos”.

Todo cristiano ha de tener al discípulo amado como modelo de amistad y de seguimiento de Jesús. Los sacerdotes hemos de tenerlo como modelo de una forma especial porque no sólo somos amigos del Señor por el bautismo que hemos recibido, sino también por el sacramento del orden que nos ha configurado con Cristo, Siervo de Dios, Buen Pastor y Cabeza de su Cuerpo, que es la Iglesia.

1. “No me habéis elegido vosotros a mí, soy yo quien os he elegido”

Me gusta recordar ante el Señor, en mi oración particular, el momento y el proceso de mi llamada al sacerdocio. Os recomiendo que lo hagáis. Es como recordar el amor primero en el que todo es generosidad y entrega, ilusión y esperanza. Al recordar la llamada del Señor para ser sus amigos, contemplamos, ante todo, la gratuidad de la elección. Nosotros no habíamos hecho méritos para recibir un honor tan grande. ¡Qué generosidad ha tenido el Señor con nosotros para llamarnos a la misión sacerdotal sin mérito alguno por nuestra parte!

Aquella primera llamada se actualiza cada día de nuestra vida porque el Señor nos llama, a hora muy temprana, para trabajar con Él en la maravillosa obra de la extensión de su Reino por el mundo. Por eso en la oración de la mañana decimos con el salmista: “Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor” (Sal 17) para que, contemplando su rostro, nos sintamos seguros de que el Buen Pastor, que nos llama, cuida de nosotros desde la aurora al ocaso del sol.

Por nuestra parte, respondemos cada día a la llamada con total libertad. Nos entregamos en alma y cuerpo a fin de que el Señor reciba nuestra libertad, nuestro entendimiento y voluntad para que disponga de nosotros conforme a lo que Él quiere (San Ignacio de Loyola). Cuando vivimos nuestro ministerio sacerdotal en clave de amistad con el Señor, toda nuestra vida sacerdotal se convierte en una constante acción de gracias a Dios. Sólo deseamos que nuestros pensamientos, deseos y obras tengan como fin último, la alabanza y la gloria a Dios Padre que nos ha llamado por medio de su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo. Esto es lo realmente importante: que nuestro ministerio sacerdotal sea una constante inmolación y entrega a Dios y a los hombres imitando a nuestro amigo, el Señor Jesús, que por nosotros los hombres, y por nuestra salvación se entregó a la muerte y una muerte de Cruz (Fil 2, 8).

2. “El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante”

La amistad necesita ser cuidada para que no se deteriore la relación. La amistad de Cristo con el sacerdote estará siempre garantizada por la fidelidad del primero. No así la del sacerdote con Cristo. Por eso el Señor pide a sus discípulos que permanezcan unidos a Él para dar fruto abundante. Por tanto, la preocupación principal de un ministro del Señor ha de ser intimar cada día más con Él y como consecuencia luchar por vivir en gracia de Dios.

Configurados con la Cruz de Cristo

La clave del fruto de nuestra actividad ministerial no está tanto en nuestras habilidades intelectuales o manuales, sino en “permanecer unidos al Se- ñor como el sarmiento a la vid”(Jn 15). ¿Qué significa permanecer en el Señor? Significa configurar nuestra existencia sacerdotal con la Cruz del Señor donde se revela su amor por toda la humanidad. Recordemos lo que nos dijo el obispo en la ordenación de presbíteros cuando nos entregó el cáliz y la patena con la ofrenda: “Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras y conforma tu vida con el misterio de la Cruz del Señor” (Ritual de Ordenación de presbíteros).

Significa también adquirir con la ayuda de la gracia los mismos sentimientos de Cristo que, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos a todos con su riqueza espiritual. Se trata de asumir como estilo de vida la dinámica del Misterio de la Encarnación del Hijo de Dios que nos amó hasta el extremo de revestirse de nuestra condición humana para rescatarnos del pecado y de la muerte y darnos una nueva vida. El sacerdote que permanece unido al Señor y quiere ser su amigo, ama al mundo como Cristo lo amó y se entrega a él como Cristo se entregó. Sigue en su misión pastoral la actitud de san Pablo: “Me hice todo a todos para ganar a algunos” (1 Cor 9, 22).

Acabamos de celebrar el Año Jubilar de la Misericordia propuesto por el Papa Francisco. A lo largo de este Año Santo hemos descubierto que Jesús nos reveló con su vida y con su palabra la misericordia divina. Hemos contemplado a Cristo, el Buen Pastor que no tenía donde reclinar la cabeza, su alimento era hacer la voluntad del Padre, buscaba de día y de noche a la oveja perdida, devolvía la salud corporal y espiritual a los enfermos, curaba y perdonaba…, se anonadaba, se humillaba, se ceñía a las circunstancias de cada persona para liberarla de la esclavitud del mal. Así nos enseñó a ser misericordiosos como el Padre.

Hemos abrazado como un don el celibato por el Reino de los cielos para entregar nuestro amor a Dios y a los hermanos. En estos momentos en los que la cultura pansexual mira con indiferencia la virginidad; la vida del célibe se convierte en un signo profético. Nosotros, al entregarnos en cuerpo y alma a la misión apostólica lo hacemos sin reserva alguna. Nuestra vida de célibes debe servir para mostrar a los demás cristianos y a todo el mundo que no existe ruptura entre sexualidad y amor. Cuidemos nuestra vida de célibes para que no se deteriore el don que Jesús nos ha regalado para ser signo de la esperanza de su Reino donde “todos seremos como ángeles” (Mt 22, 30).

En comunión con Cristo y con el Cuerpo de Cristo

Los frutos del ministerio sacerdotal en la humanidad son, ante todo, espirituales. Nunca podremos evaluar materialmente el bien que la gracia de Dios realiza en las personas por medio de nuestro ministerio. Seamos conscientes de esta realidad y pidamos al Señor que nos dé gracia abundante para permanecer fieles a la misión recibida el día de nuestra ordenación. Démosle gracias por tantos dones que el Señor concede al mundo por medio de nuestro ministerio, en cuyo ejercicio no estamos solos. Estamos con el Señor. Y junto con Él está su Madre, la Virgen María, multitud de santos y santas, y toda la Iglesia que intercede y ruega por sus ministros sagrados.

El Señor sabe que somos débiles y que el pecado rompe nuestra amistad y nuestra unión con Él. No tengamos miedo de reconocer nuestro pecado, de confesarlo y recibir la gracia sacramental del perdón que restablece la unión con Dios con los demás y con el mundo. Acudamos también a la eucaristía para fortalecer los lazos de unión con Cristo y en Cristo y por Cristo con todos los hermanos en la fe. Estos dos sacramentos, junto con la gracia permanente del bautismo, la confirmación y el orden sacerdotal son los apoyos que nos sostienen en nuestra debilidad y nos unen cada día más al Señor. Son las fuentes abundantes de nuestro ministerio pastoral y de su fructificación.

3. “Lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dará” (Jn 15, 16)

El sacerdote actúa en nombre de Cristo y de la Iglesia. En él, Cristo está presente como Cabeza del Cuerpo y Pastor del rebaño, como Maestro de la Verdad. “El ministro posee en verdad el papel del mismo Sacerdote, Cristo Jesús” (Pio XII Enc. Meidator Dei). Además actúa en nombre de la Iglesia cuando presenta a Dios la oración de la Iglesia y ofrece el sacrificio eucarístico. El Catecismo de la Iglesia Católica advierte: “La expresión `en nombre de la Iglesia´ no quiere decir que los sacerdotes sean delegados de la comunidad. La oración y ofrenda de la Iglesia son inseparables de la oración y ofrenda de Cristo. Se trata siempre del culto de Cristo en y por la Iglesia. Es toda la Iglesia, Cuerpo de Cristo, la que ora y ofrece “per ipsum et cum ipso” en la unidad del Espíritu Santo a Dios Padre. Todo el Cuerpo “caput et membra” ora y ofrece, y por eso quienes, en este cuerpo son específicamente sus ministros, son llamados no sólo de Cristo, sino también de la Iglesia” (CIC 1553).

La oración del sacerdote en nombre de la Iglesia se expresa fundamentalmente en la celebración de la Liturgia de las Horas y en la celebración de la Eucaristía. Jesús oraba constantemente al Padre y enseñó a los discípulos a orar con su propia oración: la oración del Padrenuestro (Mt 6,9-13). No sólo les enseñó a orar, también les enseñó a tener confianza en el poder de la oración: “pedid y se os dará”… “Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo concederá” (Jn 15,16). La oración es un acto de fe y de confianza en Dios de quien procede todo bien. Es también un acto de humildad porque nos recuerda nuestra propia debilidad y la necesidad que tenemos de acudir al Señor. Por eso desde nuestra debilidad de ministros y amigos de Jesús nos atrevemos a decir con los demás hermanos: “Padre nuestro, santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad, danos el pan, danos el perdón, líbranos del mal”.

La oración de intercesión, de la que nos habla el Papa Francisco en la Exhortación Apostólica Evangelii gaudium, es propia del sacerdote que lleva en su corazón los dolores y sufrimientos del Pueblo y en sus oídos los gritos de aquellos que se sienten impotentes ante la debilidad. Los sacerdotes nunca deberíamos considerar la oración como una carga o como algo ritual, sino como una verdadera misión de solidaridad con los pobres que la Iglesia nos encomienda de forma especial. Te invito a que hagas memoria y te des cuenta de las veces que has intercedido en tu oración por las personas que te han sido confiadas y cómo el Señor te colmó de dicha y bendición.

4. “Que mi alegría esté en vosotros para que vuestra alegría llegue a plenitud” (Jn 15, 11)

La amistad produce alegría en el corazón de los hombres. Mucha más alegría produce la amistad entre Dios y los hombres. La alegría que el Señor promete a sus discípulos en la Última Cena se hace plena en su resurrección de entre los muertos: “Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor” (Jn 20, 20). El Papa Francisco nos ha recordado en la Exhortación Pastoral Evangelii gaudium: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús… Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque `nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor´” (EG nº1 y 3). Lo que ahora nos recuerda el Papa, ya lo había dicho el Beato Pablo VI en la Exhortación Apostólica Gaudete in Domino: “El hombre puede verdaderamente entrar en la alegría acercándose a Dios y apartándose del pecado” (GD nº 15).

Efectivamente, Cristo resucitado sale a nuestro encuentro de muchas formas y maneras; pero, principalmente en la celebración de la eucaristía y de los demás sacramentos. Jesús nos llena el corazón de alegría como el día de Pascua lo llenó a sus discípulos. El Papa Francisco hace un llamamiento a todos los hombres a encontrarse con el Señor resucitado y a gozar de la verdadera y auténtica alegría. Los sacerdotes tenemos la obligación de ser los primeros en salir al encuentro de Cristo que viene como Pedro y el discípulo amado corrieron el día de Pascua hasta el sepulcro. Jesús desea llenar de gozo nuestro corazón sacerdotal para que lo trasmitamos por medio del Espíritu Santo a nuestros hermanos y a todos los hombres. Digamos todos los días con el salmo 90: “Por la mañana sácianos de tu misericordia y toda nuestra vida será alegría y júbilo” (Sal. 90,14).

La amistad con Jesús nos da alegría y paz. Son los mejores regalos de un buen amigo. El Señor nos los comunica permanentemente por la acción del Espíritu Santo que hemos recibido en la ordenación sacerdotal. Por tanto, la alegría y la paz de Cristo resucitado proceden de la misericordia del Padre y llegan hasta nosotros por el Corazón del Cristo en el Espíritu Santo. Es la alegría del cielo, la alegría de los santos y la paz de los bienaventurados. Es la alegría que no se marchita porque según su promesa nadie nos la podrá arrebatar. Entonces ¿por qué estamos tristes, abatidos y angustiados? Porque no profundizamos en la amistad con el Señor, que nos susurra al oído: “No temas. Estoy a tu lado para acompañarte, para consolarte, para ayudarte, para ser tu amigo”.

5. “Esto os mando: que os améis unos a otros”

En el corazón de los sacerdotes tiene que resonar de una forma especial el mandamiento del amor porque somos conscientes de ser amados inmensamente por Dios que nos eligió para ser sus amigos y nos envió para ser testigos de su amistad. El Papa Benedicto XVI expuso con gran sabiduría el fundamento de este mandato nuevo: “Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento. Pero ambos viven del amor que viene de Dios, que nos ha amado primero. Así, pues, no se trata ya de un `mandamiento´ externo que nos impone lo imposible, sino de una experiencia de amor nacida desde dentro, un amor que por su propia naturaleza ha de ser ulteriormente comunicado a otros. El amor crece a través del amor. El amor es `divino´ porque proviene de Dios y a Dios nos une y, mediante este proceso unificador, nos transforma en un Nosotros, que supera nuestras divisiones y nos convierte en una sola cosa, hasta que al final Dios sea `todo para todos´ (cf. 1 Co 15, 28)” (DCE 18).

Los sacerdotes nos sentimos amados como hijos predilectos. A nosotros nos ha encomendado preparar el cenáculo para hacerse presente en medio de su Pueblo y manifestar su amor cada vez que conmemoramos su Muerte y Resurrección. Jesús es el único sacerdote. Él nos amó hasta el extremo de entregar su vida por nosotros. Él en la Cruz aparece como sacerdote, víctima y altar para la redención del género humano. El sacerdote que, conscientemente, conmemora todos los días este misterio santo en la celebración de la eucaristía es imposible que no sienta en su corazón el deseo de ser para los demás hombres como Jesús, que se entregó por amor a todos. Estamos llamados a entregar nuestra vida a los demás por amor como Cristo. El sacerdote se llena de amor divino recostado sobre el pecho del Señor como el discípulo amado en la Última Cena o tocando con su mano la herida de su corazón como Tomás en el cenáculo.

El amor divino es expansivo y creativo, por tanto, el sacerdote no retiene el amor y la amistad de Dios para sí mismo. Lo extiende por todo el mundo siendo signo de misericordia, de perdón, de gracia, de justicia y de paz. En primer lugar a los suyos, a los que son sus hermanos en el sacerdocio y con ellos a todos los fieles y a todos los hombres. El amor de Cristo nos urge a todos los cristianos a entregarnos a los demás; pero especialmente, nos urge a los sacerdotes a entregarnos a los pobres, a los enfermos, a los que buscan a Dios y no lo encuentran, a toda persona, sin mirar su condición social, sexo, raza o religión.

III. “NOSOTROS ACTUAMOS COMO ENVIADOS DE CRISTO” (2 Cor 5,20)

En el diálogo que hemos mantenido cuando os visitaba, algunos expresabais vuestro desconcierto ante la nueva situación que estamos viviendo en la Iglesia y en el mundo. Me di cuenta que los síntomas de la secularización de las costumbres, de las devociones, de la vida eclesial e incluso de la fe, causaban en vosotros desasosiego y zozobra espiritual. Os sucede esto porque sois muy conscientes de lo que está pasando y muy responsables de la misión que el Señor os ha confiado. Si no tuvierais esta conciencia tan profunda de vuestro ministerio, no os preocuparía la situación y trataríais simplemente de dejar pasar la tormenta, refugiados en el individualismo. Pero, no. Os preocupa como también me preocupa a mí.

La pregunta es obvia ¿qué hacer ante esta nueva situación? En este punto quisiera compartir con vosotros algunas orientaciones para afrontar el momento presente. Son conclusiones a las que he llegado desde la reflexión sobre mi propia experiencia pastoral y ministerial. ¡Dios quiera que os sirvan de luz para vuestro camino sacerdotal!

1. “Venid conmigo a un lugar a solas, dice el Señor”

Estar con el Señor. He aquí la primera gran verdad. San Marcos nos dice en su evangelio que el Señor “instituyó a los doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar” (Mc 3, 14). Estar con el Señor y ser enviado. He aquí el fundamento del ministerio apostólico. Os confieso que muchas veces tengo la sensación de estar poco tiempo con el Señor meditando su Palabra, contemplando su misterio, llenándome de su amor. ¡Cuánto más contemplo el amor de Cristo, mejor lo reconozco en el rostro del prójimo! ¡Cuánto más me acerco a la Verdad, más auténtico soy! En alguna ocasión me habéis oído confesar mi devoción por la eucaristía donde el Señor está realmente presente bajo las especies del pan y del vino. Es cierto. Al lado del Señor encuentro el descanso y la paz para entregarme a la misión.

Estoy convencido que será muy difícil afrontar esta nueva época poscristiana si los amigos del Señor no estamos con nuestro amigo largos ratos. A veces me pregunto cuando expongo el Santísimo en los retiros de sacerdotes ¿por qué nos cuesta tanto permanecer ante el Señor en silencio, en oración y contemplación? En seguida buscamos cualquier motivo para hablar y para ausentarnos. Parece que tenemos el síndrome de Adán en el Paraíso después de cometer el primer pecado: se escondía ante la presencia del Señor.

La oración personal cada día y los Ejercicios Espirituales

El ajetreo de la vida moderna produce en nuestro espíritu ansiedad, deseos insanos, angustias y otros sentimientos que nos perturban y nos impiden realizar el trabajo apostólico con paz y sosiego. Os puedo decir por experiencia propia que el desasosiego y la ansiedad se superan permaneciendo largos ratos a solas con el Señor. Junto a Él nos damos cuenta de que es verdad lo que expresan los salmos: “Sólo en Dios descansa mi alma” (Sal 62) y “Me saciarás de gozo en tu presencia” (Sal 15). Queridos hermanos, os invito a programar a lo largo del día, de la semana o del mes momentos para estar a solas con el Señor a fin de que Él pacifique nuestro corazón y renueve nuestro gozo por la misión sacerdotal. Os recuerdo lo que decía San Juan de Ávila en uno de sus Sermones: “No te hartes de mirarlo con entrañable amor como a cosa tuya y procura de honrarle” (Serm 36). No olvidéis la práctica de los Ejercicios Espirituales cada año y, al menos, una vez en la vida, de mes. Puedo deciros por experiencia que los Ejercicios de San Ignacio, hechos con gran “liberalidad”, ayudan a saber estar con el Señor y a sacar provecho de la oración “para más amarle y servirle”.

La celebración de la eucaristía

La celebración de la eucaristía merece un tratamiento especial. Ante la nueva situación debemos evitar dos extremos: por un lado dedicarnos a celebrar misa tras misa sin tener en cuenta la normativa eclesiástica, por otro, no celebrar misa diaria, durante la semana porque no acude el pueblo. No insisto en las razones para animaros a celebrar todos los días la eucaristía porque todos sabemos que son evidentes para el bien de la humanidad y para la fortaleza espiritual del sacerdote. Consideremos lo que celebramos y hagámoslo con el mayor respeto posible. Evitemos “cosificar” e “instrumentalizar” la eucaristía con repeticiones excesivas por presión de los gustos de los fieles. Recordemos las palabras del Santo Cura de Ars: “¡Da miedo ser sacerdote!”. Y añadía: “¡Es digno de compasión un sacerdote que celebra la misa de forma rutinaria! ¡Qué desgraciado es un sacerdote sin vida interior!”.

El descanso corporal

Junto al descanso espiritual, es necesario programar también el descanso corporal. Somos una unidad personal de cuerpo y alma y conviene que todo nuestro ser esté bien dispuesto para evangelizar y servir al Señor y al evangelio. El aumento de tareas por la escasez de sacerdotes puede originar en nosotros una fatiga crónica por falta de descanso. Es necesario programar el descanso con los compañeros del arciprestazgo. Os aseguro que es posible hacerlo si lo intentáis. Al menos, tomad quince días de vacaciones en algún momento del año.

2. “Descubrir la riqueza del presbiterio”

Los documentos del Concilio Vaticano II y las Exhortaciones Apostólicas de los Papas posteriores dedicadas al sacerdocio forman un cuerpo magisterial riquísimo sobre el ministerio presbiteral y más en concreto sobre el presbítero y el presbiterio. Los teólogos han profundizado también, en los últimos años, en la vida y ministerio de los sacerdotes. Os invito a leer y estudiar estos escritos para profundizar en la comunión presbiteral. Sólo quiero citar dos textos del Concilio que me parecen muy importantes para saber situarnos correctamente en el presbiterio diocesano. “Los presbíteros, constituidos por la Ordenación en el Orden del Presbiterado, están unidos todos entre sí por la íntima fraternidad sacramental, y forman un presbiterio especial en la diócesis a cuyo servicio se consagran bajo el obispo propio” (PO 8). “En virtud de la común ordenación sagrada y de la común misión, todos los presbíteros se unen entre sí en íntima fraternidad, que debe manifestarse en espontánea y gustosa ayuda mutua, tanto espiritual como material, tanto pastoral como personal, en las reuniones, en la comunión de vida, de trabajo y de caridad” (LG 28).

La fraternidad presbiteral

Al recibir el Orden sagrado del presbiterado habéis quedado unidos a una fraternidad que, dicen los textos conciliares, es “sacramental.” Esto significa que la fraternidad entre los presbíteros debe hacerse visible a los ojos del Pueblo de Dios y del mundo. Se hace visible litúrgicamente cuando en el rito de ordenación los presbíteros imponen las manos sobre la cabeza del nuevo ordenando como signo de acogida y comunión. Pero la fraternidad presbiteral es mucho más que un gesto litúrgico. Es tomar parte en la responsabilidad que todos y cada uno tiene en orden a construir diariamente la fraternidad sacerdotal y expresarla en la ayuda mutua y en el amor fraterno. Dicha fraternidad, aunque por su raíz sacramental está fortalecida por el amor divino, sin embargo es frágil y puede romperse por el pecado personal. ¡Evitemos que entren en nuestro presbiterio los pecados capitales que rompen la unidad! Al contrario, hagamos que entre nosotros resplandezca el perdón cuando alguien tenga alguna cosa contra otro, la ayuda personal, la disponibilidad y solidaridad para sobrellevar las cargas de los más débiles, la generosidad para asumir la misión que se nos encomienda, etc.

Los sacerdotes mayores

Hemos sido constituidos sacerdotes “in aeternum”. Por tanto, nuestro ministerio no se jubila, aunque se nos haya otorgado la jubilación canónica. Los sacerdotes mayores y enfermos participan de una manera propia y solidaria con los demás miembros del presbiterio ofreciendo sus sufrimientos y contrariedades al Señor e intercediendo por todos los hermanos sacerdotes en la oración. Los sacerdotes mayores deben ser valorados y apreciados por todos los demás sacerdotes porque han entregado su vida al servicio de la Iglesia. ¡Qué hermosa es la visita y la compañía de los sacerdotes más jóvenes a los hermanos sacerdotes ancianos y enfermos en sus casas familiares o en las Casas sacerdotales!

Corresponsabilidad diocesana

Sentirnos miembros activos de un presbiterio significa asumir los problemas diocesanos como propios. La escasez de vocaciones, la secularización, la atención a los pobres de aquí o de otros lugares, la atención pastoral a los pequeños núcleos de población y tantas otras tareas, han de ser sentidas en el corazón de todos los presbíteros diocesanos y buscar corresponsablemente con el obispo la mejor forma de solucionarlas. Esta dinámica de corresponsabilidad y solidaridad que surgió en muchas diócesis después del Concilio y que se tradujo en equipos pastorales, no podemos dejarla atrás como algo trasnochado. Ante el individualismo que impera en la sociedad y la atomización de la pastoral, es necesario hacer esfuerzos para potenciar el trabajo en equipo sacerdotal junto con los seglares y consagrados. Hagamos nuestra la afirmación del salmo 120: “Ved qué dulzura y qué delicia convivir los hermanos unidos”.

Colaboración de los presbíteros con el obispo

Los presbíteros sois los primeros colaboradores del obispo que es la cabeza del presbiterio. Soy consciente de que el ministerio episcopal no llegaría a todos sin vuestra generosa colaboración al servicio del Evangelio y del Pueblo Santo que se nos ha encomendado. Agradezco que me digáis con sinceridad y confianza vuestro parecer sobre los asuntos que os preocupan. Principalmente debéis hacerlo a través del Consejo de Presbíteros; pero también lo podéis hacer personalmente cuando queráis. ¡No os podéis imaginar lo que significa para el buen gobierno de la diócesis la ayuda de un buen consejo a su tiempo! Esta unión de los presbíteros y el obispo en un único presbiterio se hace visible en la concelebración litúrgica, especialmente en aquellas fiestas diocesanas a las que siempre estáis invitados. Me refiero a la Misa Crismal, a la fiesta de nuestro Santo Patrono San Juan de Ávila y a las Ordenaciones de diáconos y presbíteros. Otro signo de comunión del presbiterio con el obispo es la acogida y aplicación de las directrices pastorales contenidas en el Plan Pastoral diocesano y en otras instrucciones. ¡Qué las propuestas pastorales no se queden sólo en buenas intenciones!

El arciprestazgo

El arciprestazgo es el ámbito pastoral más cercano donde también se expresa la comunión sacerdotal. Os invito a cuidar mucho este espacio como lugar de encuentro para la oración en común, la reflexión pastoral y la convivencia fraterna. Sé que habéis tenido experiencias pastorales muy ricas en los arciprestazgos. Os animo a no echar por la borda todo lo bueno que habéis construido juntos. Aunque cambien las personas, los buenos estilos pastorales del arciprestazgo no tienen por qué sufrir cambios. Una vez más insisto en la importancia que tiene la asistencia de todos los sacerdotes a las reuniones del arciprestazgo. Quien habitualmente no participa en ellas, no sólo se perjudica a sí mismo sino a las parroquias que le han sido confiadas. Sólo una causa grave debe ser excusa para no estar presentes y participar activamente junto con los demás compañeros del arciprestazgo.

En algunos arciprestazgos celebráis las reuniones conjuntamente con los seglares y consagrados. Me parece muy bien que todos los bautizados se sientan corresponsables de la misión; pero conviene que los sacerdotes también tengáis algunas reuniones más propias para tratar asuntos sacerdotales. No quiero interferir en la dinámica de los arciprestazgos que programáis según la tradición y las posibilidades que hay en el lugar. Pero me gustaría que se dieran pasos para diferenciar las reuniones de oración y retiro, particularmente en los tiempos de Adviento, Cuaresma y Pascua, de las reuniones de reflexión y organización pastoral en las que veo muy conveniente que participen los seglares, especialmente los que forman parte del consejo pastoral arciprestal.

Las vocaciones sacerdotales

Por último, quiero llamar la atención sobre la importancia que todos los sacerdotes debemos de dar al fomento de las vocaciones sacerdotales. Algunos comparan la situación vocacional de la Iglesia como la de aquel árbol que ha sido cuidado y tiene gran frondosidad en sus hojas pero muy pocos frutos. Quizá puede suceder algo de esto en nuestra diócesis: habéis trabajado mucho en la misión evangelizadora y en el compromiso con los más necesitados; pero no se ha logrado que los jóvenes se entusiasmaran con la vocación sacerdotal. Necesitamos pedir al Señor todos los días por las vocaciones sacerdotales y consagradas y, además, procurar que nuestro testimonio sacerdotal sea auténtico y transparente para que atraiga a los que buscan la verdad.

3. Una tarea apremiante: la conversión pastoral

El Papa Francisco quiere impulsar la renovación eclesial, iniciada en el Concilio, llamando a toda la Iglesia a una “conversión pastoral”. Esta llamada implica una conversión interior que es fruto de la gracia. Los sacerdotes debemos afinar el oído para escuchar la voz del Papa y reflexionar sobre el riquísimo magisterio que nos está regalando en las Encíclicas, en las Exhortaciones apostólicas y en las homilías. ¿Cómo podemos aplicar en nuestra diócesis las sugerentes propuestas evangelizadoras del Papa? Esta pregunta hemos de responderla entre todos y concretarla en los objetivos y acciones de los Planes pastorales. Con todo quisiera señalar algunos elementos que fundamentan la llamada “conversión pastoral”:

1) Anunciar el evangelio

El primer elemento que hemos de tener en cuenta para continuar la renovación pastoral de la misión y de las estructuras pastorales es orientar todo lo que hacemos al servicio del anuncio del evangelio. La conversión pastoral de la que nos habla el Santo Padre apenas tendrá efecto si no se transforman, innovan o crean estructuras de pastoral que ayuden al encuentro de las personas con el Señor resucitado. Este encuentro ha de ser la cima de cualquier proyecto evangelizador y el punto de partida de todo apostolado. El Santo Padre nos invita a “primerear”, es decir, a acoger y confiar en la gracia de Dios que siempre nos precede en la tarea de la evangelización. Sabemos que la fe es un don de Dios; pero ese don se suscita en las personas por la predicación de la Palabra de Dios.

Debemos, pues, dar mucha importancia a la predicación del kerigma o primer anuncio para que la gente se sienta concernida en su corazón y responda a la llamada del Señor a la salvación. El sacerdote tiene en su mano muchas posibilidades para anunciar lo esencial del evangelio en la homilía, en la catequesis, en la formación, incluso en las conversaciones informales con los vecinos en la calle. Cualquier momento es bueno para invitar a las personas a renovar el encuentro con el Señor. También es muy importante que el sacerdote se preocupe de acompañar los procesos de conversión o de segunda conversión con catequesis adecuadas. En este sentido nos pueden ayudar mucho el Catecismo de la Iglesia Católica y los materiales que se han editado para su mejor comprensión

2) Reconversión de las estructuras pastorales

Todas las estructuras pastorales que hemos heredado de nuestros mayores son válidas en la medida en que sirven para evangelizar aquí y ahora. En este sentido, el Papa Francisco dice palabras muy claras y contundentes para que revisemos todo lo que hacemos a la luz de la misión evangelizadora de la Iglesia. Por tanto, hemos de discernir qué nos sirve para la misión y qué estorba; a qué estructuras debemos renunciar porque resulta una rémora y no dan el fruto deseado. Ahora bien es necesario ser prudentes y no aventurarse a reconvertir estructuras sin crear nuevos cauces pastorales más adecuados al momento presente. Porque el discernimiento exige no ver sólo lo que no sirve a la evangelización, sino también para buscar nuevos caminos, nuevas propuestas de llamada a la gente para ser discípulo de Cristo. En este sentido tendremos que afrontar la renovación de las parroquias para ver cómo se convierten en comunidades de discípulos y apóstoles, de comunión y misión. Los sacerdotes debemos ser los primeros en situarnos al frente de esta renovación de las estructuras pastorales para que reflejen esa “iglesia en salida” que el Papa quiere poner en marcha para llegar a “las periferias existenciales”, donde el hombre se juega su existencia.

3) Los pobres en el centro de la acción pastoral

Los pobres han de ocupar el centro de nuestra atención pastoral. Los pobres de siempre, sin recursos, sin hogar y los nuevos pobres sin rumbo en la vida y sin fe. Los pobres de aquí y los pobres de allí. Escuchemos con atención sus gritos de auxilio: gritos desde la soledad en la que viven muchos ancianos en los pueblos pequeños, desde el desempleo, la exclusión social, la enfermedad, el fracaso o la falta de sentido. La cercanía a los que sufren por cualquier causa es una de las tareas principales del ministerio sacerdotal. La Iglesia, representada en la persona del sacerdote, tiene que estar al lado de los que han perdido a sus seres queridos, de las familias rotas, de los enfermos en los hospitales, de los desempleados que buscan trabajo y no lo encuentran, de los inmigrantes y refugiados y… ¡de tantos hermanos que padecen las consecuencias de la injusticia y del pecado! El contacto con las situaciones de pobreza nos hará un gran bien también a nosotros porque nos ayudará a vivir con más austeridad y con mayor desprendimiento de los bienes de este mundo.

4) La piedad popular y el anuncio persona a persona

El Papa Francisco valora la piedad popular como uno de los elementos pastorales que hemos de tener en cuenta en el proceso de conversión pastoral de las estructuras. Dice el Santo Padre: “En la piedad popular, por ser fruto del Evangelio inculturado, subyace una fuerza activamente evangelizadora que no podemos menospreciar: sería desconocer la obra del Espíritu Santo. Más bien estamos llamados a alentarla y fortalecerla para profundizar el proceso de inculturación que es una realidad nunca acabada. Las expresiones de la piedad popular tienen mucho que enseñarnos y, para quien sabe leerlas, son un lugar teológico al que debemos prestar atención, particularmente a la hora de pensar la nueva evangelización” (EG 126). Los sacerdotes debemos amar la piedad popular y acompañar con amor y paciencia a tantos hermanos que, gracias a ella, mantienen su vinculación a la fe y a la comunidad cristiana. Muchos hermanos son como los antiguos catecúmenos a los que la Iglesia no despreciaba sino que los acompañaba con paciencia y amor. Debemos invitarles a encontrarse con el Señor que se encarnó en el seno de la Virgen y murió y resucitó para nuestra salvación.

La conversión pastoral significa también abandonar la idea de esperar respuestas masivas para participar en las iniciativas parroquiales como sucedía antaño. Hoy la evangelización ha de ser “persona a persona”. En este sentido el Papa nos exhorta “a tener la disposición permanente de llevar a otros el amor de Jesús y eso se produce espontáneamente en cualquier lugar: en la calle, en la plaza, en el trabajo, en un camino. En esta predicación, siempre respetuosa y amable, el primer momento es un diálogo personal, donde la otra persona se expresa y comparte sus alegrías, sus esperanzas, las inquietudes por sus seres queridos y tantas cosas que llenan el corazón. Sólo después de esta conversación es posible presentarle la Palabra, sea con la lectura de algún versículo o de un modo narrativo, pero siempre recordando el anuncio fundamental: el amor personal de Dios que se hizo hombre, se entregó por nosotros y está vivo ofreciendo su salvación y su amistad” (EG, 127-128). Sigamos el método misionero del apóstol san Pablo: “Me hice todo a todos para ganar a algunos” (1 Cor 9,22). Es necesario invitar a muchos para que respondan algunos. No tengamos miedo al fracaso ni nos desanime la falta de respuesta. Con la respuesta de una sóla persona ya se puede emprender un proceso de conversión y catequización.

5) Dos acentos pastorales: la familia y los jóvenes

El Santo Padre ha querido señalar dos urgencias pastorales convocando al Sínodo de obispos para reflexionar sobre ellas. Una reflexión que el Papa quiere extender a los episcopados, universidades y realidades pastorales de toda la Iglesia antes y después de la celebración de los Sínodos. Así se hizo para la celebración de los dos Sínodos sobre la familia y así se hará sobre el próximo sobre los jóvenes.

La institución de la familia, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer está como inundada por presiones legislativas, culturales, sociales y económicas que la ahogan. La reciente Exhortación postsinodal Amoris laetitia ha puesto de manifiesto la cruda realidad familiar y ha renovado y actualizado la doctrina católica sobre el matrimonio y la familia, siendo fiel al Evangelio y a la Tradición y al mismo tiempo proponiendo nuevos cauces pastorales para acompañar, discernir e integrar las nuevas realidades familiares.

Los sacerdotes debemos comprometernos más en el acompañamiento de los novios, de los matrimonios, de las familias en crisis existencial o econó- mica y de aquellos que todavía no han descubierto la belleza y la alegría del amor conyugal pleno. El Papa nos exhorta a prepararnos para una nueva pastoral familiar. Hagamos el esfuerzo de ponernos al día y de vivir nuestro ministerio referido a la familia como aquella iglesia doméstica donde se transmite la fe y se aprende a amar de verdad.

Hemos de reconocer la gran desafección que tienen los jóvenes hacia la Iglesia. Muchos han sido educados en nuestros colegios católicos y han asistido a la clase de religión, a la catequesis y otras actividades parroquiales. Sin embargo esto no ha sido suficiente para ayudarles a encontrarse con el Señor. En ellos se manifiesta cómo la secularización hace mella en los más débiles en la fe. Sin embargo hay jóvenes verdaderos testigos del evangelio y confesantes de la fe. Son pocos y necesitan apoyo, formación y coordinación en ámbitos pastorales interparroquiales. Salgamos al encuentro de los jóvenes, especialmente a aquellos que más alejados se encuentran de la fe. Hagámoslo como lo haría una madre amorosa con sus hijos. ¡Qué la edad no nos reste fuerzas para tratar con ellos! Muchos jóvenes tienen relaciones excelentes con sus abuelos y tienen más influencia sobre ellos que sus padres. También los sacerdotes mayores podéis acercaros a los jóvenes y ayudarles a encontrar a Cristo. No tengáis miedo.

Estos elementos que os he propuesto, creo que son fundamentales para seguir caminando por la senda de la nueva evangelización, la cual exige en palabras de san Juan Pablo II “un nuevo ardor, nuevo método y nueva expresión.” En este sentido ya se han dado pasos importantes en nuestra diócesis para hacer de las parroquias, los arciprestazgos y otras estructuras pastorales ámbitos de encuentro con Dios y espacios de evangelización. Aún queda un largo camino por recorrer. No desaceleremos el paso ni caigamos en nuevas rutinas y comodidades. Hagamos esfuerzos, con la ayuda de la gracia de Dios, para ser constantes en salir a buscar a los hombres que por cualquier circunstancia ignoran a Dios o se han apartado de Él.

4. ¡Qué no nos atrapen las estructuras que hemos heredado del pasado!

La llamada a la conversión pastoral tiene que servir para abrir los ojos y mirar hacia el horizonte. No podemos seguir mirando con nostalgia hacia atrás y quedar atrapados en las estructuras pastorales que hemos heredado y que ya no sirven. La atención a los asuntos administrativos como el cuidado de los templos y edificios parroquiales absorben mucho tiempo a los sacerdotes. Ciertamente no podemos descuidar los asuntos administrativos; pero tampoco permitir que ocupen la mayor parte de nuestro tiempo. Por eso conviene aprovechar las tareas administrativas tales como el despacho parroquial o la rehabilitación de un templo para evangelizar, convocar al seguimiento de Cristo y profundizar en la comunión eclesial. Es posible buscar la ductilidad de los asuntos parroquiales y convertir lo que en principio puede parecer una tarea simplemente administrativa en una ocasión evangelizadora. ¡Cuánto bien podemos hacer a las personas acogiendo con caridad y amor a los que vienen al despacho parroquial!

Para ahorrarnos tiempo en las cuestiones administrativas, conviene buscar la colaboración de seglares que nos ayuden en el desempeño de tal misión. Son muchas las tareas en las que los seglares o los consagrados pueden comprometerse. Desde la administración de los bienes de las parroquias hasta la celebración del día del Señor en ausencia del sacerdote. Si no aceptamos esta ayuda y preparamos convenientemente a los colaboradores, nos encontraremos con la disyuntiva de cerrar por largo tiempo los templos parroquiales hasta que el sacerdote pueda celebrar la eucaristía o asumir sólo nosotros las cargas de tantas celebraciones lo cual será imposible.

También es muy importante ayudar a los fieles a que descubran la importancia de la participación en ámbitos interparroquiales tales como celebraciones, formación y organización del apostolado. Los sacerdotes debemos apoyar todo aquello que favorezca la interparroquialidad porque eso es lo que posiblemente quedará como estructura pastoral de evangelización en el futuro.

Otro punto que agobia a los sacerdotes son las Misas que han de celebrar el fin de semana para atender la demanda de los fieles. En este sentido quiero daros esta indicación: “Teniendo en cuenta que el sacerdote sólo puede celebrar tres misas los domingos y dos el sábado, el párroco, consultado el vicario episcopal, debe establecer aquellos lugares de culto donde se celebren las misas dominicales a las que debe invitar a asistir a los fieles de las demás parroquias. En aquellas parroquias donde no se celebre la misa dominical, recomiendo que se organice una oración comunitaria o una celebración dominical en ausencia de presbítero. Donde no se celebra la Misa dominical, el sacerdote celebrará la Misa durante la semana o cada quince días”.

5. Vivir intensamente cada día el don que hemos recibido en la ordenación sacerdotal

No se puede ignorar que la nueva realidad social, cultural y religiosa que nos toca vivir es dura y difícil para la realización de nuestro ministerio sacerdotal. ¡Han sido tantos los cambios efectuados desde que salimos del Seminario hasta el momento presente que difícilmente los hemos podido asimilar! Las dificultades y los retos pastorales tenemos que afrontarlos desde la fortaleza de la fe y la comunión eclesial. Efectivamente, la fe y la comunión son los dos polos del eje que han de dinamizar el ejercicio de nuestro ministerio. Por eso debemos renovar constantemente nuestra respuesta a la llamada de Dios y nuestra fraternidad con los demás hermanos. De nada sirve la lamentación constante o la acedia de las que la habla el Papa Francisco.

Fuertes en la fe

La fe se fortalece viviéndola, conociéndola y entregándola. Como hombres de Dios, los sacerdotes somos hombres de fe y de esperanza. Por tanto, no podemos vivir como los que no creen en Dios o lo ignoran. Tampoco podemos caer en la tentación del funcionariado religioso, que sólo pretende cumplir los mínimos establecidos para mantener lo que hay. Nuestra fe debe ser adulta, transparente y fiel. Para mantenernos firmes en la fe y desarrollar el don recibido en el sacramento del Orden, nos ayudará mucho el ser constantes en la formación, en la oración y en la caridad pastoral. El Seminario nos ha ayudado a formarnos en lo esencial, después cada uno buscó como pudo la manera de seguir formándose en la fe y en el ministerio. Por desgracia algunos hermanos sacerdotes no han sido constantes en esa formación integral o en el cuidado del don que han recibido y esto ha provocado en ellos y en los fieles encomendados un grave perjuicio. El primer responsable de cuidar el don recibido es el propio sacerdote.

La formación permanente

Los cambios acelerados de los que nos habló el Concilio, hoy se han acelerado aún más. Por eso conviene estar al día no sólo en las ciencias sagradas sino también en el conocimiento de los avances de la ciencia y de la técnica, de la sociología y la economía. Los problemas derivados del respeto a la dignidad de la vida humana, de la familia, de la paz en el mundo, de la economía, de la migración y movilidad de las personas, del consumo y del bienestar y de tantos otros factores que podríamos enumerar, repercuten tanto en la vida de la comunidad que no podemos quedarnos sólo con una información superficial. Es necesario estudiar, leer y asimilar lo leído para responder con razones a los interrogantes que el mundo actual nos plantea. A nosotros nos toca “dar razón de nuestra esperanza” (1 Pe 3,15) y para hacerlo tenemos que llenarnos de argumentos como lo hicieron los antiguos apologetas de la fe. En este sentido insisto una vez más en la importancia que tiene la formación permanente, tanto intelectual como práctica. No dejéis de asistir a las sesiones de formación por cualquier motivo.

La dirección espiritual

Las dificultades que, a veces, nos presentan los problemas personales de cada uno, de las parroquias o del pueblo pueden provocar en nosotros situaciones de soledad que nos encaminan al aislamiento, al desánimo y a la tentación de abandonar la tarea. Muchas veces he oído comentar a los compañeros la soledad con la que afrontan las situaciones de conflicto personal o parroquial. ¿Quién nos puede ayudar en esas circunstancias? Sin duda los amigos sacerdotes. Por eso es muy importante cultivar la amistad sacerdotal y particularmente la relación con aquella persona de confianza en cuyas manos pongo mi conciencia para que me ayude a discernir y decidir según la voluntad de Dios. El Papa insiste en la dirección espiritual como un instrumento muy conveniente para conocer lo que el Señor nos pide en cada momento. No descuidemos esta cuestión.

6. La caridad pastoral

El contenido del número 14 del Decreto conciliar sobre “La vida y el ministerio de los sacerdotes” (Presbyterorum ordinis) sigue plenamente vigente. Incluso con más razón que en aquel momento. En síntesis nos dice el documento del Concilio que las preocupaciones y tareas del mundo moderno pueden conducir a los sacerdotes a una situación de dispersión espiritual. Es necesario que los sacerdotes busquen la unidad de vida “imitando en el cumplimiento de su ministerio el ejemplo de Cristo Señor, cuyo alimento era cumplir la voluntad de Aquel que le envió a completar su obra (Jn 4,34) (PO 14). Y sigue diciendo el Decreto conciliar: “Los presbíteros conseguirán la unidad de su vida uniéndose a Cristo en el conocimiento de la voluntad del Padre y en la entrega de sí mismo por el rebaño que se les ha encomendado (1 Jn 3,16). De esta forma, desempeñando el papel del Buen Pastor, en el mismo ejercicio de la caridad pastoral encontrarán el vínculo de perfección sacerdotal que reduce a unidad su vida y su actividad” (PO 14).

Espiritualidad propia del sacerdote diocesano

En efecto, la caridad pastoral es la espiritualidad propia del sacerdote diocesano. Configurado con Cristo Buen Pastor que cuida del rebaño confiado y, alimentado del amor manso y humilde que desprende su Corazón traspasado por el dolor, el sacerdote diocesano no tiene que buscar otra espiritualidad distinta a la que surge del ejercicio del ministerio sacerdotal bien como párroco, bien como encargado de otro oficio eclesiástico. San Juan Pablo II desarrolló el concepto de “caridad pastoral” enunciado en los documentos del Concilio. En la Exhortación Apostólica Pastores dabo vobis, el Papa santo define la caridad pastoral como “La donación de sí, la total donación de sí a la Iglesia, compartiendo el don de Cristo y a su imagen. `La caridad pastoral es aquella virtud con la que nosotros imitamos a Cristo en su entrega de sí mismo y en su servicio. No es sólo aquello que hacemos, sino la donación de nosotros mismos lo que muestra el amor de Cristo por su grey. La caridad pastoral determina nuestro modo de pensar y de actuar, nuestro modo de comportarnos con la gente. Y resulta particularmente exigente para nosotros…” (PDV 23). Por tanto, la espiritualidad del sacerdote diocesano se fortalecerá tanto más cuanto mayor y más sincera sea la entrega a Cristo y al pueblo que se le ha encomendado.

Esta entrega, semejante a la entrega de los esposos, tiene como fuente la configuración con Cristo Cabeza y Pastor de la Iglesia que hemos recibido por el sacramento del Orden. La entrega se renueva diariamente en la celebración de la eucaristía. De ahí que los documentos y normas de la Iglesia insistan en la importancia que tiene para el sacerdote la celebración diaria de la eucaristía. Porque, como nos dice san Juan Pablo II en la Exhortación antes citada: “La caridad pastoral del sacerdote no sólo fluye de la Eucaristía, sino que encuentra su más alta realización en su celebración, así como también recibe de ella la gracia y la responsabilidad de impregnar de manera `sacrificial´ toda su existencia”.

Diocesaneidad

“La caridad pastoral pide que los presbíteros no corran en vano (Gal 2,2), sino que han de trabajar siempre en vínculo de unión con los obispos y con otros hermanos en el sacerdocio. Obrando así hallarán los presbíteros la unidad de la propia vida en la misma unidad de la misión de la Iglesia y de esta suerte se unirán con su Señor y por Él y con el Padre, en el Espíritu Santo, a fin de llenarse de consuelo y de rebosar de gozo” (PO 14). Cuidemos, pues, queridos hermanos, nuestra diocesaneidad sobre la base de la caridad pastoral. Muchas veces me pregunto ¿por qué el ejercicio del ministerio sacerdotal desgasta tanto a los presbíteros en el orden espiritual, sicológico e incluso fí- sico? Quizá la respuesta está precisamente en que, por una parte, no se da una unidad de vida por la falta de una recta y auténtica caridad pastoral y, por otra, no se manifiesta una vida diocesana comprometida. Vigilemos, pues, nuestras conductas, actitudes y hasta nuestra agenda para no caer en el activismo sin sentido ni en el aislamiento. Cultivemos la actitud de servicio y apertura a la diócesis porque en ella encontraremos la ayuda necesaria para que nuestras iniciativas y planes den fruto abundante.

La dinámica de Encarnación

“Nosotros actuamos como enviados de Cristo” (2 Cor 5,20) y Cristo actuó en este mundo como enviado del Padre. Los sacerdotes, llamados a vivir hasta las últimas consecuencias la caridad pastoral, debemos asumir en nuestra vida y en nuestra misión la dinámica del Misterio de la Encarnación. El amor misericordioso del Padre al mundo, herido por el pecado, hizo que enviara a su Hijo para salvar al mundo. Y el Señor quiso salvar desde dentro, es decir, revistiéndose de nuestra debilidad, excepto en el pecado, y anonadándose hasta morir en una cruz.

El sacerdote, particularmente el párroco, debe entender su ministerio en clave de encarnación y de entrega al Pueblo que le ha sido confiado. No podemos perder de vista esta espiritualidad porque es fundamental para la misión. Encarnarse con la realidad significa amar el mundo tal cual es, el mundo que cada uno tiene delante. Amar a las pocas personas que quedan en los pueblos o a la masa anónima que vive en la ciudad con sus defectos y con sus posibilidades. Encarnarse significa compartir con pasión los gozos y las esperanzas (GS 1), los dolores y angustias de los hombres y mujeres con las que convivo en la parroquia. Significa amar a las personas tal como son, estar cerca de ellos en la bonanza y en el fracaso, con los creen y con los que no creen o han abandonado la fe. Hagamos nuestras las palabras del Señor: “Dios Padre hace salir el sol sobre buenos y malos, sobre justos e injustos” (Mt 5, 45). En esta dinámica de la encarnación no cabe la actitud de ausentarse de las parroquias por un tiempo largo ni el vivir al margen de los problemas de la gente ni lamentarse constantemente.

Jesús enseñó como profeta el Reino de Dios, se ofreció al Padre como sacerdote, víctima y altar en el ara de la Cruz, asumió la función de Siervo de Dios. El Código de Derecho canónico describe detalladamente en los cánones 528 y 529 la trilogía de funciones (enseñar, santificar y regir) que han de desempeñar los párrocos. Recoge la doctrina conciliar y magisterial de los Papas. Puede ser un buen vademécum para contrastar, de vez en cuando, la acción pastoral o incluso se puede tomar como hoja de ruta para saber lo que tenemos que hacer. La meta de todo buen pastor ha de ser la de “conocer a todos los fieles que se le encomienden” y llamarlos a vivir en santidad.

IV. “ORAD POR VUESTROS SACERDOTES Y TAMBIÉN POR MI”

Quiero dirigirme ahora a todo el Pueblo santo de Dios y lo hago apoyándome en las palabras con las que concluye la renovación de las promesas sacerdotales en la liturgia de la Misa Crismal: “Y ahora, hijos muy queridos, orad por vuestros sacerdotes, para que el Señor derrame abundantemente sobre ellos sus bendiciones; que sean ministros fieles de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote, y os conduzcan a Él, única fuente de salvación.” Y prosigue el obispo diciendo: “Y rezad también por mí, para que sea fiel al ministerio apostólico confiado a mi humilde persona y sea imagen cada vez más viva y perfecta de Cristo Sacerdote, Buen Pastor, Maestro y Siervo de todos” (Misal Romano, Liturgia de la Misa Crismal).

La oración por los ministros ordenados

Desde los tiempos de los apóstoles, la comunidad sostenía la acción apostólica de sus ministros con la oración. El Libro de los Hechos de los Apóstoles narra cómo la comunidad de Jerusalén acompañaba con la oración a Pedro y Juan y daba gracias por su liberación (Hch 4,23-31). También ahora la comunidad pide al Señor por sus ministros en las preces de la celebración eucarística y en la Liturgia de las Horas. Os invito a que también pidáis al Señor por la eficacia de nuestro ministerio y por la integridad y santidad de nuestras vidas. Mi experiencia personal confirma la fuerza que tiene la oración del pueblo por sus ministros.

El sacerdocio, un regalo del Señor a su comunidad

Reconoced también que el sacerdote es un regalo para la comunidad y apreciadlo como tal. La escasez de sacerdotes ha puesto de manifiesto la importancia que tiene el sacerdote para hacer presente al Señor en medio de la comunidad, para confeccionar el misterio eucarístico, para perdonar los pecados, para ungir y confortar a los enfermos, para predicar la Palabra de Dios y para reunir a la comunidad en el nombre del Señor Jesús. No despreciéis la misión del sacerdote con la indiferencia. No la manipuléis utilizándola para lo que no ha sido enviado. Más bien acoged a los sacerdotes como hermanos que vienen en el nombre del Señor, como mensajeros de la Buena noticia, como portadores de la paz de Cristo resucitado.

Además de orar insistentemente por los sacerdotes y por las vocaciones al ministerio sacerdotal, ofreceos para colaborar con ellos en la tarea de la evangelización. Muchos ya lo hacéis habitualmente y otros desearías hacerlo. Colaborar con el ministerio sacerdotal significa servir, no mandar. Significa desprenderse de tiempo propio para dedicarlo a la tarea pastoral bajo la guía del sacerdote y al servicio de los demás hermanos. Son muchas las tareas en las que los seglares y consagrados podéis colaborar para la edificación de la comunidad. Pero no olvidéis que vuestra mejor colaboración es la transformación de las realidades sociales según el evangelio.

Agradecimiento por la acogida que los fieles dispensan a los sacerdotes

Agradezco a tantas familias que acogéis a los sacerdotes y sois para ellos como aquella casa de Betania en la que Lázaro, Marta y María acogían al Señor y a sus discípulos. ¡Dios os bendiga por tanto bien como hacéis!. Recordad lo que dice Jesús en el evangelio de San Mateo: “El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe a mi recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro” (Mt 10, 40-42).

Sacerdocio común y sacerdocio ministerial

Conviene que, tanto los sacerdotes como los seglares y consagrados, recordemos la doctrina conciliar expresada en el Catecismo de la Iglesia Católica sobre el sacerdocio de Cristo y el sacerdocio común y ministerial. “Cristo, sumo sacerdote y único mediador, ha hecho de la Iglesia “un Reino de sacerdotes para su Dios y Padre” (Ap 1,6; cf. Ap 5,9-10; 1 P 2,5.9). Toda la comunidad de los creyentes es, como tal, sacerdotal. Los fieles ejercen su sacerdocio bautismal a través de su participación, cada uno según su vocación propia, en la misión de Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey. Por los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación los fieles son «consagrados para ser […] un sacerdocio santo» (LG 10). El sacerdocio ministerial o jerárquico de los obispos y de los presbíteros, y el sacerdocio común de todos los fieles, “aunque su diferencia es esencial y no sólo en grado, están ordenados el uno al otro; […] ambos, en efecto, participan (LG 10), cada uno a su manera, del único sacerdocio de Cristo” (LG 10). ¿En qué sentido? Mientras el sacerdocio común de los fieles se realiza en el desarrollo de la gracia bautismal (vida de fe, de esperanza y de caridad, vida según el Espíritu), el sacerdocio ministerial está al servicio del sacerdocio común, en orden al desarrollo de la gracia bautismal de todos los cristianos. Es uno de los medios por los cuales Cristo no cesa de construir y de conducir a su Iglesia. Por esto es transmitido mediante un sacramento propio, el sacramento del Orden” (CIC nº 1547).

Es necesario que todos comprendamos bien estas palabras para no caer en abusos o en deficiencias. Los sacerdotes ejercen su ministerio sacerdotal al servicio del sacerdocio común de los fieles de modo que éstos puedan desarrollar la gracia del bautismo y la misión que el mismo Señor les confió en este sacramento. Por su parte los seglares, que participan del sacerdocio común de todos los fieles, pueden colaborar con el ministerio ordenado; pero no sustituirlo ni simularlo.

V. BAJO TU AMPARO NOS ACOGEMOS, SANTA MADRE DE DIOS

¡Qué hermosa es la escena –tantas veces representada por los artistasen la que la Virgen María acompaña en la oración a los apóstoles esperando la venida del Espíritu Santo! No se trata de una escena estática del pasado. La Virgen María continúa también hoy acompañando las fatigas y los desvelos de los sacerdotes con su intercesión. Bajo su amparo maternal nos acogemos porque sabemos que ella es faro que ilumina nuestra vida sacerdotal y estrella que guía nuestros pasos en la noche oscura de nuestras fatigas apostólicas. Recibamos a María en nuestra casa como la recibió el discípulo amado. Guardemos y meditemos como ella los Misterios de la vida de Cristo con la práctica del Santo Rosario. Cuidemos con especial cariño las celebraciones de la Virgen en los Santuarios y acompañemos a los fieles devotos que se acercan con respeto y amor.

Todo lo que os he dicho sobre nuestro ministerio se resume en una sola norma: “amar a la gente en su circunstancia concreta”. El gozo de los pastores es el progreso espiritual de los fieles. Estoy convencido que la nueva evangelización y la conversión pastoral nos traerá muchas alegrías porque veremos con nuestros propios ojos las maravillas que el Señor hace en el corazón y en la mente de los hombres.

Concluyo esta Carta Pastoral ofreciéndoos una oración que recitaba nuestro Patrono universal, San Juan María Vianney, a quien hemos recordado y honrado recientemente con motivo del año sacerdotal convocado por el Papa Benedicto XVI:

Te amo, mi Dios, y mi solo deseo
es amarte hasta el último respiro de mi vida.
Te amo, oh Dios infinitamente amable,
y prefiero morir amándote
antes que vivir un solo instante sin amarte.
Te amo, Señor, y la única gracia que te pido
es aquella de amarte eternamente.
Dios mío, si mi lengua
no pudiera decir que te amo en cada instante,
quiero que mi corazón te lo repita
tantas veces cuantas respiro.
Te amo, oh mi Dios Salvador,
porque has sido crucificado por mí,
y me tienes acá crucificado por Ti.
Dios mío, dame la gracia de morir amándote
y sabiendo que te amo”. Amén.

14 de diciembre de 2016, Memoria de San Juan de la Cruz

menendezfernandez_firma
✠ Juan Antonio Menéndez Fernández
Obispo de Astorga

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