Santa Misa con motivo de la apertura del tercer Año Jubilar perpetuo de la Santísima y Vera Cruz de Caravaca

Homilía del
Card. AGOSTINO VALLINI
Vicario general de Su Santidad para la Diócesis de Roma

vallini08012017

Santuario de la Vera Cruz, Caravaca
Domingo 8 de enero de 2017

Agradezco muy cordialmente a mi hermano, el Señor Obispo de Cartagena, Mons. José Manuel Lorca Planes, el haberme invitado, y las palabras calurosas que me ha dirigido. Muchas gracias.

He venido como peregrino para celebrar esta Santa Eucaristía de apertura del Año Jubilar 2017 y ruego al Señor que todos nosotros podamos ser más amantes de la Santísima Cruz del Nuestro Señor Jesús Cristo.

Queridos hermanos y hermanas,

Se concluye hoy el tiempo litúrgico de la Navidad del Señor con la celebración del Bautismo de Jesús. La Palabra de Dios que ha sido proclamada nos presenta a Cristo en su manifestación al mundo como Dios. Después de treinta años de vida escondida a Nazaret, durante los cuáles Cristo ha tenido una vida igual a la de todos los otros hombres, se presenta en el río Jordán para recibir un rito de penitencia. Jesús es anunciado por el profeta Isaías, en la primera lectura, con estas palabras: “es el siervo de Dios, que no grita y no amenaza, es suave, y llama a los pecadores a la penitencia con la misericordia, es la luz de las naciones”. San Pablo, en la Carta a los Filipenses (2,6-7), ha manifestado el mismo pensamiento: “Cristo, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo haciéndose semejante a los hombres”.

Con todo esto, con este gesto de humildad, Jesús inicia una nueva fase de su vida: “Se abrieron los cielos… y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia él y una voz desde el cielo dijo: este es mi Hijo predilecto en quien tengo puesta toda mi predilección“.

Cristo es presentado oficialmente al mundo por el Padre como Aquél que habla y actúa en nombre de Dios. En este modo inicia la vida pública de Jesús: de ahí en adelante Él habla con autoridad, crea asombro y admiración. San Pedro, en el discurso que hemos escuchado en la segunda lectura, hace del Bautismo de Jesús el inicio de su historia: ha sido en el Bautismo que Dios “consagró con el Espíritu Santo y con potencia Jesús de Nazaret”. La venida del Espíritu Santo es el inicio de la redención, comienza una nueva creación. En realidad el Espíritu había ya descendido sobre María, sin embargo es en el evento del río Jordán donde se realiza la manifestación de Jesús al mundo; Jesús es aquél sobre el que ha descendido el Espíritu de Dios, es el Hijo en el cuál el Padre se complace. San Pablo, en la Carta a los Filipenses, dice: “Por eso Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre” (Fil 2,9).

Con todo esto Jesús ha confirmado su conciencia de ser Hijo de Dios, de hacer la voluntad del Padre, de estar en diálogo continuo con el Padre. Nuestra fe está unida estrechamente a esta conciencia de Jesús. Él nos salva porque es el Hijo de Dios; nos hace hijos, porque Él es el Hijo. La consecuencia de esta revelación está en la palabra del Padre: ¡Escuchadlo! (Me 9,7).

“Escuchar a Jesús”: he aquí el corazón del Evangelio, el centro de nuestra fe. Pero ¿qué significa escuchar a Jesús? Ésta es la gran pregunta que debemos hacernos siempre. Seguramente quiere decir: dar importancia a sus palabras, a sus enseñanzas, es proclamar su Evangelio, ponerle atención, porque Él habla en nombre de Dios. Es más, “escuchar a Jesús” significa sobre todo otra cosa, más profunda y desafiante, quiere decir creer en Él, tener fe en Él, acogerlo a Él antes que a su palabra, su persona, como modelo de vida, amarlo como Él nos ama.

Todo esto es de fácil comprensión solamente si consideramos los comportamientos y la decisión de amor del Señor: Jesús nos manifiesta un amor sin límites por los pobres, los enfermos, los pecadores, los marginados, los últimos, demostrando así que existe un Padre en los cielos que ama a todos y que salva a todos.

Sin embargo, en la revelación del amor de Cristo, Dios para nosotros alcanza el punto más alto cuando Él se ofrece a sí mismo en la cruz, muere en la cruz para vencer el pecado y la muerte, y resucita para donarse a todos aquellos que se abren a Él con un corazón sincero el Espíritu Santo que transforma y santifica. La cruz es el signo que representa, en su forma más alta, el misterio de Dios y nos dice quién es Cristo para nosotros y para el mundo.

Aquí, en Caravaca, la Providencia ha querido que sea custodiado un trozo de madera perteneciente al leño en donde fue crucificado Cristo, porque a partir de esta tierra –desde el 1232– el mensaje de la cruz atravesará las fronteras de un pueblo para convertirse en un anuncio de fe y de salvación en el mundo entero, sobre todo entre los pueblos hispánicos y de las Américas.

Por este motivo la fama milagrosa de la Santísima y Vera Cruz de Caravaca, atrae a esta Basílica Santuario a multitud de fieles, para encontrar paz y alegría en la fe y en la caridad.

Meditemos brevemente, queridos hermanos, el misterio de la Cruz de Cristo. En una primera desinteresada observación, Jesús parece un perdedor, un ser miserable, un condenado, vendido por treinta monedas, coronado de espinas, sangrante, desnudo, con un aspecto capaz de provocar solamente un sentimiento fugaz de compasión humana. Sin embargo ese condenado a muerte, sin algún poder humano, con las manos atravesadas por los clavos y con el costado desgarrado, justo a través de esos signos de aniquilamiento, por un “plan conforme a la voluntad y a la previsión de Dios” (Hechos 2,22-23) entregado a la muerte, Dios lo ha resucitado, destruyendo la misma muerte no solo para sí mismo sino también para todos nosotros y para el mundo entero. Por amor pues Cristo bajó hasta nosotros, ha querido compartir nuestra miseria humana, ha experimentado nuestra condición más ínfima: la injusticia, la traición, el abandono, ha experimentado la muerte para vencer la muerte y así abrazar y salvar a todos los hombres en su resurrección.

La cruz de Cristo se convierte, por lo tanto, en una Cruz gloriosa, un trono real, pero no de éste mundo. La realeza de Cristo “no es la potencia según el mundo, sino según el amor de Dios, un amor capaz de alcanzar y resanar todas las cosas”. Esto explica el aniquilamiento de Jesús por nosotros, el haber compartido nuestra miseria humana, haber experimentado la misma muerte. Papa Francisco ha dicho “solo este amor ha vencido y continúa para vencer a nuestros grandes enemigos: el pecado, la muerte, el miedo”.

La cruz gloriosa de Caravaca, que la fe de los fieles ha adornado de oro y de piedras preciosas, quiere proclamar esta victoria, con la cuál Jesús se ha convertido en el rey de los siglos, el Señor de la vida y de la historia. Cristo en la cruz y resucitado revela la omnipotencia del amor que no tendrá nunca fin (cfr. 1 Cor 13, 8). Sigamos con alegría a Cristo crucificado y glorioso y su señoría de amor que transforma el pecado en gracia, la muerte en resurrección, el miedo en confianza.

Preguntémonos: con qué actitud interior tenemos que seguir a Cristo crucificado y resucitado. Ante la cruz de Cristo no se puede permanecer como espectadores mudos, como muchos del Pueblo de Israel que después de haber aclamado a Jesús durante su entrada a Jerusalén, en el Calvario se quedan sólo mirando. Primero lo seguían y le pedían la curación de las enfermedades, ahora se quedan a distancia. Puede sucedemos también a nosotros. A veces si Cristo no hace aquello que le pedimos, podría no interesarnos más. Pensamos: que Dios es para mí, si no me escucha y no acoge mis oraciones. Podríamos no estar dispuestos a aceptar el escándalo del amor crucificado, porque es incómodo. Permanecemos ahí mirando. Deberíamos en cambio, como verdaderos discípulos, acercarnos a la cruz de Cristo, abrazarla, aceptarla, seguros que no la podemos cargar solos. Bajo la cruz caminan también otras personas: los jefes del pueblo, los soldados, para los cuáles Cristo es un malhechor castigado justamente. Esta gente maltrata Jesús: “si eres Hijo de Dios, sálvate a ti mismo” y te creeremos (cfr. Le 23, 35.37.39). Es una tentación en la que podemos caer también nosotros. Podremos querer un Cristo potente, que baje de la cruz y venza los enemigos. Cristo no es esto. La lógica que ha guiado a Jesús a subir a la cruz no ha sido la lógica de la razón, en la que la persona se afirma a sí misma con fuerza, con poder, con suceso. La lógica de Cristo es aquella del amor que no se impone, no se defiende, continua amando, perdonando y vive la prueba según la voluntad del Padre, seguro de que el amor dará fruto.

Queridos hermanos, para acoger la cruz gloriosa de Cristo, debemos luchar contra la lógica de la sola razón, y fijando la mirada en el Crucificado glorioso, seguirlo haciendo nuestra la lógica misteriosa del amor. Cuando las pruebas llegan en nuestra vida, no bajemos de la cruz. La lógica del poder y del suceso puede parecemos una vía fácil y rápida inclusive para anunciar el Evangelio: no es ésta la vía de Cristo. La vía de Cristo es aquella del grano de trigo que cae en la tierra, en el silencio, en la discreción, muere y así da fruto.

Hemos celebrado hace poco el Jubileo de la Misericordia y hoy en Caravaca damos inicio al Año Santo de la Cruz. Somos invitados a continuar, en una intensa experiencia de fe, a descubrir nuevamente el centro de nuestra fe, a regresar a lo esencial.

Hagamos nuestra, con generosidad de corazón y fe sincera, la invitación más que cordial del Pastor de la Iglesia universal, el Papa Francisco, que el día de la conclusión del Jubileo de la Misericordia dirigió al mundo. Este tiempo de gracia, nos ha dicho el Papa, “nos llama a mirar al verdadero rostro de nuestro Rey, el que resplandece en la Pascua, y a redescubrir el rostro joven y hermoso de la Iglesia, que resplandece cuando es acogedora, libre, fiel, pobre en los medios y rica en el amor, misionera. La misericordia, al llevarnos al corazón del Evangelio, nos exhorta también a que renunciemos a los hábitos y costumbres que pueden obstaculizar el servicio al reino de Dios; a que nos dirijamos sólo a la perenne y humilde realeza de Jesús, no adecuándonos a las realezas precarias y poderes cambiantes de cada época”.

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