El Cordero que quita el pecado

Carta de
Mons. D. César Franco Martínez
Obispo de Segovia

CesarFrancoMartinez

Domingo 15 de enero de 2017

Para una mentalidad moderna, alejada del culto sacrificial que impregnaba la vida del pueblo judío en tiempo de Jesús, la imagen de éste como «cordero que quita el pecado del mundo», resulta incomprensible y anacrónica. Es, sin embargo, la definición que Juan Bautista da a Jesús cuando indica a sus discípulos que deben seguirle. Para los judíos, el cordero no sólo evocaba su vida de nómadas por el desierto, sino que era un símbolo del perdón de Dios. Cada día, mañana y tarde, en el altar de los holocaustos del templo de Jerusalén, se celebraba el llamado sacrificio perpetuo de un cordero de un año como signo de comunión con Dios y petición de perdón. En la fiesta más importante, la Pascua, los judíos sacrificaban un cordero en memoria del que cada familia había sacrificado, al salir de Egipto, para untar con su sangre los dinteles de sus puertas y verse libre de la muerte de sus primogénitos. ¿Y qué judío no sabía que, cuando Abrahán, intentó sacrificar a su hijo Isaac, Dios le impidió hacerlo y en su lugar le mostró un carnero enredado en unas zarzas como víctima del sacrificio?

El cordero, además, era un símbolo de una figura misteriosa, que aparece en el profeta Isaías, el llamado «Siervo de Yahvé», el cual entregaría su vida como expiación del pecado del mundo. El profeta le compara con un «cordero llevado al matadero», que no abrió la boca ante quienes le sacrificaban. Es sabido que, Jesús, en la última cena se identificó con este personaje al decir, en las palabras sobre el cáliz, que su sangre sería derramada «por muchos». No sorprende, pues, que cuando san Pablo escribe su primera carta a los Corintios diga, que «Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolada», que puede ser traducido perfectamente, por «Cristo, nuestro cordero pascual, ha sido inmolado».

Detrás de esta simbología se esconde una verdad que puede ser comprendida por los hombres de todas las culturas. En Cristo, Dios nos ha dado a Aquel que ha querido cargar con el pecado de la humanidad para borrarlo definitivamente. Cristo es el verdadero Cordero que quita el pecado del mundo. El sacrificio perfecto. Lo ha hecho, como dice san Pablo, porque nos amó y entregó su vida por nosotros. Los judíos eran conscientes de que la sangre de los animales no podía borrar los pecados. Sus sacrificios eran simples símbolos que personificaban el anhelo común de verse libres de sus culpas. Una vez al año, el gran Día del Perdón, se anunciaba públicamente que Dios había perdonado los pecados de Israel. Aún así, cada año debían repetir el mismo sacrificio.

Jesús cumple las esperanzas de Israel y de todos los pueblos que buscan la reconciliación con Dios. El se ofrece libremente y, por ser quien es, el Hijo de Dios, lleva a la perfección a todos los sacrificios que el hombre podía imaginar e instituir. Dios nos ha reconciliado en Cristo, que asume sobre sí el pecado del mundo. Ese pecado que tanto nos cuesta aceptar como propio y que, incluso cuando lo reconocemos, sigue acusándonos en nuestro interior como si fuera la carga pesada que debemos portar durante toda nuestra vida. Escribe Nietzsche: «He hecho esto, dice mi memoria. No puedo haber hecho eso, dice mi orgullo y permanece imperturbable. Finalmente cede la memoria». Cristo ha superado para siempre esta tensión ente la memoria y el orgullo. Aunque recordemos nuestros pecados, sabemos que han sido perdonados por el amor de Cristo, que es lo que permanece para siempre aunque nuestro orgullo se resista a aceptar el perdón. Cristo es el Cordero inocente que ha quitado el pecado del mundo. Y este perdón permanece vivo en la memoria de cada cristiano y de la Iglesia.

César Franco Martínez
Obispo de Segovia

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