El desarrollo humano

Carta de
Mons. D. Juan José Omella Omella
Arzobispo de Barcelona

OmellaOmellaJose

Domingo 15 de enero de 2017

En nuestra sociedad –la llamada sociedad del bienestar– se ha oscurecido gravemente la atención a las personas, hasta el punto de que se valoran más las cosas que el ser humano. Se valora más el tener que el ser. Parece que el centro de todo es el dinero, el figurar, el poseer mucho.

La Biblia, en el relato de la creación, nos descubre que Dios ha colocado al hombre en el centro. Todo lo creado es hermoso e importante (los animales, el aire, el sol y las estrellas, el agua…), pero lo más valioso es el ser humano. Dios lo hizo constituyéndolo como verdadero rey de la creación. Pero es que además lo creó a imagen suya. Así dice el texto: “A imagen de Dios los creo, hombre y mujer los creó” (Gn 1,27). Y añade: “Y vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno.” (Ib., 31)

Los dos, tanto el hombre como la mujer, son imagen de Dios. Los dos tienen igual dignidad y valor. Pero es que, además, el dinamismo de reciprocidad que anima el nosotros de la pareja humana es imagen de Dios.

Más arriba me hacía eco de la calificación de sociedad del bienestar que aún venimos dando a nuestra sociedad. Ello equivale a decir, en buena medida, que nuestra sociedad es mercantilista y materialista, que sobrevalora el dinero y las ganancias por encima de la persona humana. ¡Qué bella descripción sobre el desarrollo social y el desarrollo de los pueblos nos legó el papa Pablo VI en la Populorum Progressio! Dejó escrito que “el verdadero desarrollo es el paso, para cada uno y para todos, de unas condiciones de vida menos humanas a otras más humanas” (PP 20). Lo razonaba partiendo de la base de que el desarrollo no puede ser reducido a un simple crecimiento económico. Para ser auténtico debe ser integral, esto es, debe promover a todos los hombres y a todo el hombre. Y lo explicitaba más: “El desarrollo debe ayudar a pasar de situaciones menos humanas, como las carencias materiales de los que están privados del mínimo vital y las carencias morales de los que están mutilados por el egoísmo. Menos humanas: las estructuras opresoras que provienen del abuso del tener o del abuso del poder, de las explotaciones de los trabajadores o de la injusticia de las transacciones. Más humanas: el remontarse de la miseria a la posesión de lo necesario, la victoria sobre las calamidades sociales, la ampliación de los conocimientos, la adquisición de la cultura. Más humanas también: el aumento en la consideración de la dignidad de los demás, la orientación hacia el espíritu de pobreza (cf. Mt 5, 3), la cooperación en el bien común, la voluntad de paz. Más humanas todavía: el reconocimiento por parte del hombre de los valores supremos, y de Dios, que de ellos es la fuente y el fin. Y ya las más humanas: la fe, don de Dios acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad de la caridad de Cristo, que nos llama a todos a participar, como hijos, en la vida de Dios vivo, Padre de todos los hombres.” (PP 21)

¡Qué elenco de situaciones tan hermoso y estimulador nos ofrece el papa Pablo VI con estas reflexiones acerca del verdadero desarrollo de la persona! Meditémoslas despacio y hagámoslas llegar a nuestro entorno familiar, profesional y social.

firma_omella Juan José Omella Omella
Arzobispo de Barcelona

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