Orientaciones pastorales para el uso del misal romano (III)

Carta de
Mons. D. Vicente Jiménez Zamora
Arzobispo de Zaragoza

jimenezzamoravicente

Domingo 15 de enero de 2017

Queridos diocesanos:

El espacio destinado a la celebración ha sido organizado y distribuido en cada época de la historia de acuerdo con las necesidades litúrgicas y espirituales de la Iglesia. Los principios que han orientado la reforma de la liturgia después del Concilio Vaticano II en el campo de la disposición de los lugares de la celebración se condensan en estas palabras de la Constitución sobre la sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium y de la Instrucción Inter Oecumenici: “Al construir nuevas iglesias, al reconstruirlas o adaptarlas, procúrese con diligencia que resulten adecuadas para celebrar las acciones sagradas, conforme a su auténtica naturaleza, y obtener la participación activa de los fieles” (SC, 124; IOec, 10).

El altar. En relación con los altares, es necesario observar lo que establece el nuevo Código de Derecho Canónico, cc. 1235-1239. El altar en el que se hace presente el Sacrificio de la cruz bajo los signos sacramentales es, además, la mesa del Señor, para participar en la cual es convocado en la Misa el pueblo de Dios; es también el centro de la acción de gracias que se realiza en la Eucaristía (OGMR, 296). Sobre el ornato del altar, véase la OGMR, 305-308).

La sede. La sede del sacerdote celebrante debe significar su oficio de presidente de la asamblea y director de la oración. La sede ha de estar en un lugar preeminente, de cara al pueblo y que haga fácil la comunicación entre el sacerdote y la asamblea (cfr. OGMR, 310).

El ambón. “La dignidad de la Palabra de Dios exige que en la Iglesia haya un lugar adecuado para su proclamación, hacia el que, durante la Liturgia de la Palabra, se vuelva espontáneamente la atención de los fieles. Conviene que en general este lugar sea un ambón estable, no un facistol portátil […] Desde el ambón únicamente se proclaman las lecturas, el salmo responsorial y el pregón pascual; puede también pronunciarse la homilía y las intenciones de la oración universal. La dignidad del ambón exige que a él sólo suba el ministro de la Palabra” (OGMR, 309).

Palabra de Dios y homilía

En las lecturas se dispone la mesa de la palabra de Dios a los fieles y se les abren los tesoros bíblicos. Se debe, por tanto, respetar la disposición de las lecturas bíblicas por medio de las cuales se ilustra la unidad del antiguo y nuevo Testamento y la historia de la salvación. No es lícito sustituir las lecturas bíblicas y el salmo responsorial, que contienen la Palabra de Dios, por otros textos no bíblicos (cfr. OGMR, 57).

La homilía es parte de la liturgia, y muy recomendada, por ser necesaria para alimentar la vida cristiana. Conviene que sea explicación de algún aspecto particular de las lecturas de la sagrada Escritura, o de otro texto del Ordinario, o del Propio de la Misa del día, teniendo presente el misterio que se celebra y las particulares necesidades de los oyentes (OGMR, 65).

En la homilía se exponen, a lo largo del año litúrgico, y partiendo del texto sagrado, los misterios de la fe y las normas de la vida cristiana. Como parte que es de la Liturgia de la Palabra, ha sido recomendada con mucha frecuencia y, […] principalmente, se prescribe en algunos casos. En la celebración de la Misa, la homilía, hecha normalmente por el mismo que preside, tiene por objeto el que la Palabra de Dios proclamada, junto con la Liturgia Eucarística, sea “como una proclamación de las maravillas de Dios en la Historia de la Salvación o misterio de Cristo” (SC, 35, 2). En efecto, el Misterio Pascual de Cristo, proclamado en las lecturas y en la homilía, se realiza en medio del sacrificio de la Misa. Cristo está siempre presente y operante en la predicación de la Iglesia. La homilía, por consiguiente, tanto si explica las palabras de la sagrada Escritura que se acaban de leer como si explica otro texto litúrgico, debe llevar a la comunidad de los fieles a una activa participación en la Eucaristía, a fin de que “vivan siempre de acuerdo con la fe que profesaron” (SC, 10). Con esta explicación viva, la Palabra de Dios que se ha leído y las celebraciones que realiza la Iglesia pueden adquirir una mayor eficacia, a condición de que la homilía sea realmente fruto de la meditación, debidamente preparada, ni demasiado larga ni demasiado corta, y de que tenga en cuenta a todos los que están presentes, incluso a los niños y a los menos formados.

“Los domingos y fiestas de precepto ha de haber homilía, y no se puede omitir sin causa grave en ninguna de las Misas que se celebran con asistencia del pueblo; los demás días se recomienda, sobre todo, en las ferias de Adviento, Cuaresma y tiempo pascual, y también en otras fiestas y ocasiones en que el pueblo acude en mayor número a la iglesia. Tras la homilía es oportuno guardar un breve espacio de tiempo” (OGMR, 66).

Con mi afecto y bendición,

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