“¡Tú eres el amado de Dios!”

Carta de
Mons. D. Ángel Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón

perezpueyoangel

Domingo 15 de enero de 2017

Casi sin tiempo para reaccionar, con los últimos turrones en la boca, besos al niño de Belén y algunos regalos todavía por descambiar, damos un salto de treinta años para escuchar aquella voz celestial, cuando Juan bautizó a Jesús en el Jordán, que nos diga para qué envió Dios a aquel niño y desvele su identidad.

De nuevo ante la cruda realidad, sin cánticos de ángeles ni estrella en el horizonte, según decía un simpático whatsApp durante los últimos días de Navidad: “ya pueden dar por finalizado el simulacro del amor, de la paz y de los buenos deseos y volver a ser los mismos … [no lo reproduzco íntegro por respeto a los lectores], inútiles de siempre”, tal vez necesitemos también nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, “enredados” en tantas cosas, que alguien nos ayude desvelar nuestra propia identidad.

Si cada uno lograra oír esa amorosa voz interior que le dice: «¡Tú eres el amado de Dios!», la humanidad cambiaría. Este fue el verdadero propósito del Papa Francisco al regalarnos el año jubilar de la misericordia.

Afirmar tu condición de «amado» impide que te sientas engañado, buscando algo que no te conduce a nada y, sin embargo, te ofrece una inusitada libertad interior. La peor tentación es dudar de que Dios te ama. Y enraizar tu vida en identidades alternativas.

Haz una prueba sencilla. Pregunta a la gente que te rodea, tus padres, hermanos, amigos, compañeros… ¿quién eres? Y verás cómo la mayoría de las veces te responden:

.- Yo soy lo que hago: soy un ingeniero, un médico, un maestro, etc.
.- Yo soy lo que tengo: soy doctor en ciencias sociales, soy licenciado en económicas, soy el dueño de este Ferrari, etc.
.- Yo soy lo que los demás dicen de mí: alegre, simpático, servicial, discreto, amable, etc.
.- Etc.

Tú realmente eres, ¡el amado de Dios! Esta es tu verdad fundamental, aunque no siempre resulte fácil oír esta voz en un mundo lleno de voces que gritan con fuerza: tú eres un «mindungui»; un «ganapán»; un «cenutrio»; un «matao»; un «monicaco»; tú eres «feo, gordo, cegato, pecotoso… de narices»… Estas voces negativas son tan altas y persistentes que uno termina por creérselas.

La trampa del auto-rechazo

Efectivamente, la trampa más sibilina de todo ser humano es la del auto-rechazo, verdadero «cáncer» del alma, que te impide ser tú mismo. Y desfigura tu verdadera identidad. No te confundas. La mayor trampa en tu vida no es el éxito económico, ni la popularidad, ni el poder, sino el auto-rechazo, porque uno duda acerca de quién es realmente. El éxito económico, la popularidad y el poder pueden ciertamente suponer una gran tentación, pero su seducción procede de la tentación de auto-rechazo, que es mucho mayor. Cuando terminamos haciendo caso a las voces que nos dicen que es imposible que nadie nos pueda querer, entonces el éxito, la popularidad y el poder se perciben fácilmente como soluciones alternativas muy atractivas. El auto-rechazo suele manifestarse de dos formas: como falta de confianza o como exceso de orgullo, y ninguna de las dos refleja verdaderamente la esencia de lo que somos. Es frecuente que el autorechazo sea visto simplemente como expresión neurótica de una persona insegura. Pero la neurosis suele ser la manifestación psíquica de una niebla densa mucho más profunda: la de no sentirse verdaderamente acogido ni amado. Mirad los ojos de vuestros hijos. Muchas veces, aun teniéndolo todo, revelan tristeza porque les falta lo más valioso: tu cercanía, tu cariño, tu tiempo, tu complicidad… Esa voz suave y tierna que les haga sentirse «amados» puede llegar no sólo a través de sus padres sino también a través de sus amigos, de sus profesores, de sus compañeros o de tantas mediaciones como Dios pone en nuestro camino.

La tentación de la compulsión

Emparejada con la tentación del auto-rechazo, dudar verdaderamente de quién eres, está la tentación de la compulsión. ¿No esperas, con demasiada frecuencia, que alguna persona, cosa o acontecimiento te proporcione esa sensación definitiva de bienestar interior que deseas?; ¿no sueles tener la siguiente esperanza: “Puede que este libro, que esta idea, este curso, esta película, este viaje, este trabajo, esta tierra, esta relación colme mi más profundo deseo?”. En la medida en que uno espere ese misterioso momento, seguirá confuso, siempre ansioso e inquieto, siempre anhelante y airado, nunca plenamente satisfecho. Este es el camino hacia la extenuación y el desasosiego. Este es el camino hacia la muerte espiritual. Un verdadero infierno.

La invitación a volver

En cuanto atisbamos esta verdad, emprendemos el camino que nos permita percibirla plenamente y no cejamos hasta poder descansar en ella. El gran trayecto espiritual que tenemos que recorrer es el de convertirnos en el Amado. Las palabras de Agustín, “Mi alma está inquieta hasta que descanse en ti, Señor”, resume perfectamente dicho trayecto. Ello conlleva un largo y penoso proceso de desapropiación o, mejor dicho, de encarnación. Y este proceso requiere la práctica regular de la oración.

Con mi afecto y bendición,

perez_pueyo_firmaÁngel Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón

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