Volver a ser cristiano

Carta de
Mons. D. Agustín Cortés Soriano
Obispo de Sant Feliu de Llobregat

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Domingo 15 de enero de 2017

Ha llegado a mis manos un libro muy interesante: es lúcido y actual, iluminador, no sólo para los creyentes, sino también para quienes hoy se sitúan al margen de la fe. Se trata del ensayo-testimonio de Jean Claude Guillebaud Cómo he vuelto a ser cristiano. Este autor bien puede considerarse representante de toda una generación de europeos que han vivido durante la segunda mitad del siglo pasado impregnados de la cultura moderna, identificados plenamente con ella. Han experimentado también las últimas vicisitudes de esta cultura y han participado de aquella actitud, según la cual, la fe cristiana se ha de relegar al almacén de lo prescindible, de lo inútil, de lo no necesario o incluso perjudicial para lo que realmente interesa. Testigo al mismo tiempo de una forma de vivir la fe cristiana entre los creyentes, bien de un manera vergonzante, disimulada, silenciosa, bien de un modo meramente defensivo.

J. C. Guillebaud ha dedicado gran parte de su vida, treinta años, al reportaje periodístico de conflictos bélicos con relevancia internacional, llegando a ser presidente de «Reporteros sin fronteras». El hecho decisivo en su trayectoria personal ha sido el haberse constituido en testigo directo de acontecimientos en el límite de lo humanamente soportable: el mal y el dolor encarnados en rostros y en personas concretas, mayoritariamente víctimas inocentes. Incapaz de mantener más tiempo la distancia y la indiferencia profesional que se le exige a un reportero, renunció a este trabajo, por el que era tan valorado, para detenerse e integrar personalmente todo lo vivido. Se adentró para ello en la búsqueda filosófica, en el estudio, la reflexión y el diálogo, llegando a ser director literario de una gran editorial francesa.

No es el lugar de resumir su proceso interior. Pero sí dejamos constancia aquí del momento en que este autor descubre algo que Chesterton y el propio Benedicto XVI, coincidiendo con no pocos testimonios de autores no creyentes, habían afirmado: el humanismo de nuestra cultura, los derechos humanos que sustentan la democracia, son fruto de una raíz judeocristiana.

En su camino de búsqueda honrada y consecuente había hallado un dedo que le señalaba la persona de Jesucristo, portador de «la más grande y radical revolución habida en la historia», según sus palabras (con las que cita al filósofo Benedetto Croce). Él no sabría, en fin, decir si «ha vuelto a ser cristiano», puesto que duda si en su anterior agnosticismo, seguía siéndolo, pero lo cierto es que hoy confiesa abiertamente su decisión de creer para seguir viviendo con sentido.

Muchas veces hemos meditado sobre «el dedo de Juan Bautista», ese que señalaba «al Cordero que quita el pecado del mundo». Era una confesión pública, libre, testimonial e indicadora de un camino para quienes deseaban hallar una verdad salvadora. Nos preguntamos qué es lo que falta hoy, si dedos que señalen con claridad dónde está el Salvador o corazones y ojos que busquen con ansia una respuesta plena y convincente.

De lo que no podemos dudar es de que, cuando ambas circunstancias se dan, el corazón que busca y el dedo que señala, se hace posible la alegría.

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✠ Agustín Cortés Soriano
Obispo de Sant Feliu de Llobregat

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