Ante la fiesta de san Vicente, diácono y mártir

Carta de
Mons. D. Vicente Jiménez Zamora
Arzobispo de Zaragoza

jimenezzamoravicente

Domingo 22 de enero de 2017

Testimonio de fe

Queridos diocesanos:

Celebramos hoy, 22 de enero, en nuestra Iglesia particular de Zaragoza, la fiesta de San Vicente, diácono y mártir. Fue diácono de San Valero y sufrió el martirio tras crueles tormentos en Valencia en el tribunal del prefecto Daciano, a comienzos del siglo IV, durante la persecución de Diocleciano.

La fama del martirio de San Vicente se extendió pronto por la Iglesia universal. El poeta Aurelio Prudencio le dedicó el libro V del “Peristephanon”. San Paulino de Nola lo evoca en el Cántico XIX, San Agustín de Hipona le dedica varios sermones, al igual que otros escritores de la Edad Media. Se le dedicaron numeros templos en toda la Cristiandad. Se le representa en la iconografía con la dalmática roja, la palma del martirio y a su alrededor los distintos instrumentos del suplicio.

San Vicente, por su fe, fue vencedor en todo.

El gran San Agustín escribe entusiasmado en el sermón 274: “Hemos contemplado un gran espectáculo con los ojos de la fe: al mártir San Vicente, vencedor en todo. Venció en las palabras y venció en los tormentos, venció en la confesión y venció en la tribulación, venció abrasado por el fuego y venció al ser arrojado a las olas, venció, finalmente, al ser atormentado y venció al morir por la fe”.

En realidad era el Espíritu de Dios el que obraba la victoria en la debilidad del cuerpo de Vicente. Así lo había prometido Cristo a sus testigos, al prepararlos para la lucha: “Cuando os arresten, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis; no seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros” (Mt 10, 19-20).

El testimonio de la fe

¿Cuál es el valor permanente, que en clave de actualidad, nos ofrece hoy nuestro santo mártir San Vicente? Sin duda, el testimonio de la fe.

Mártir es una palabra griega que significa testigo. Hoy el testimonio y los testigos son necesarios y urgentes. Nos encontramos en una cultura ‘icónica’, de la imagen, que pide signos de Evangelio: “El hombre cree más a los testigos que a los maestros; cree más en la experiencia que en la doctrina, en la vida y en los hechos que en las teorías. El testimonio de vida cristiana es la primera insustituible forma de la misión: Cristo, de cuya misión somos continuadores, es el “testigo” por excelencia (Ap 1, 5; 3, 14) y el modelo del testimonio cristiano” (RM 42).

La fe es un tesoro que debemos conservar y apreciar, que no podemos esconder, sino que debemos anunciar, celebrar y testimoniar con valentía y con alegría.

Vivimos en una época de decaimiento religioso generalizado, de enfriamiento de la fe y de debilidad interna de nuestras comunidades cristianas. En esta situación cultural, social y eclesial, urge despertar, fortalecer y transmitir la fe. La vida cristiana es, además de doctrina, “experiencia” y sólo a través de la experiencia vivida desde la infancia, en la familia, la catequesis, la parroquia y la escuela, podemos descubrir y vivir el gozo de creer. El Papa Benedicto XVI, en el comienzo de su encíclica “Deus cáritas est” (Dios es amor) nos dice que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona que da un nuevo horizonte a la vida” (DCE 1).

La doctrina se transmite por la enseñanza. El comportamiento moral se transmite por el ejemplo. La experiencia de la fe se transmite por la vía del testimonio vivo. Por eso, escribía Tertuliano que “la sangre de los mártires era semilla de cristianos”.

“El testimonio evangélico al que el mundo es más sensible es el de la atención a las personas y el de la caridad para con los pobres y los pequeños, con los que sufren. La gratuidad de esta actitud y de estas acciones, que contrastan profundamente con el egoísmo presente en el hombre, hace surgir unas preguntas precisas que orientan hacia Dios y el Evangelio. Incluso el trabajar por la paz, la justicia, los derechos del hombre, la promoción humana, es un testimonio del Evangelio si es signo de atención a las personas y está ordenado al desarrollo integral del hombre” (RM 42).

El testimonio de la fe se manifiesta en las obras de amor y caridad con el prójimo. Fe y caridad en el cristiano se reclaman mutuamente, de modo que la una sostiene a la otra. Hay que destacar hoy entre nosotros el valor testimonial de muchos cristianos, que dedican su tiempo y su vida con amor a los pobres, los marginados, los excluidos, porque precisamente en esas personas se refleja el rostro mismo de Cristo (cfr. Mt 25, 40). La caridad es el lenguaje que en la nueva evangelización, más que con palabras, se expresa en las obras de fraternidad, de cercanía y de ayuda a las personas en sus necesidades materiales y espirituales.

Que por su intercesión ante el Señor, nuestra Iglesia de Zaragoza progrese en el amor y en la unidad, se renueve en sus parroquias y comunidades, en sus movimientos e instituciones eclesiales, para que de este modo sea instrumento de la presencia de Cristo en nuestro mundo. Que con la fuerza del Espíritu Santo se abran nuevos caminos a nuestra Iglesia Diocesana, para que todos sus miembros participemos en un trabajo fecundo.

Con mi afecto y bendición,

jimenezzamora_firma

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