EcumenismoPolítica-Iglesia

Carta de
Mons. D. Agustín Cortés Soriano
Obispo de Sant Feliu de Llobregat

cortessorianoagustin

Domingo 22 de enero de 2017

Acudimos a la cita anual de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Este año, afectados por el recuerdo de aquel hecho, hace quinientos años, cuando Lutero clavó en la puerta de la catedral de Wittenberg un escrito con sus 95 tesis. Fue el comienzo de una larga y trágica historia fratricida, que llegó a materializarse en una auténtica guerra de religión. Hoy no podemos pensar en ello sin sentir un profundísimo dolor. Con expresión del filósofo católico Jean Guitton, que luchó honestamente por la unidad, seguimos contemplando a «Cristo desgarrado».

En estas breves líneas es imposible dar razón de aquellos hechos ni de sus consecuencias. Menos aún discernir responsabilidades de unos y otros. Pero sí es oportuno recordar una lección que la historia de la Iglesia nos ha enseñado y que corremos el riesgo de olvidar, cayendo en errores iguales o semejantes.

Los enfrentamientos y las rupturas en la Iglesia han aparecido a los ojos de la mayoría como efecto solamente de causas religiosas o de fe. Sin embargo la historia nos enseña que el factor estrictamente religioso, aunque ocupaba el centro de la discusión, no era el único: siempre ha intervenido un com ponente político-cultural, mezclándose con los mensajes y las acciones de tipo teológico o religioso. El recuerdo de la otra gran separación y ruptura sufrida en la Iglesia, el Cisma de Oriente, que se produjo en el 1054, confirma claramente esta afirmación. Rupturas, como la de la Iglesia anglicana y otras de menor importancia, como la del cisma papal entre los siglos XIV y XV o la del galicanismo, son prueba evidente de ello.

Pensamos frecuentemente qué habría pasado si en la cuestión de la Reforma luterana (o en otros casos semejantes) hubiera habido menos presencia de príncipes y reyes, o si no hubiera sido tan decisiva la defensa de intereses particularistas (podríamos decir también «temporales» en ambos bandos). Es posible que no se habría llegado tan lejos. La enemistad y el enfrentamiento se iba fraguando desde mucho antes, alimentados por reivindicaciones y aspiraciones que, en su campo, podían ser legítimas, pero que hallaban en la religión un aliado eficaz para su defensa. En ello no hacemos distinción entre una confesión y otra.

Por esto el movimiento ecuménico no puede ser sino un movimiento de purificación. Aunque hoy las circunstancias históricas concretas no sean las mismas que las del siglo XVI, las tentaciones son semejantes. La purificación es un proceso de aproximación a lo esencial, discerniendo entre lo que son adherencias y aquello que es propiamente la fe en Cristo.

Reconocemos que una Iglesia encarnada en la historia no se puede ver libre de adherencias humanas. La Iglesia no ha de tener miedo a «lo verdaderamente humano», antes al contrario lo ha de asumir como asumió el Verbo de Dios la humanidad completa en Jesús. El problema sobreviene cuando la Iglesia permite que lo humano (ideología, cultura, política, economía, intereses de todo tipo), en lugar de dejarse transformar por el Espíritu de amor universal, lo condicione y lo limite adulterándolo.

La mirada ecuménica a nuestros hermanos separados nos permite avanzar en autenticidad cristiana. Si todos caminamos en la búsqueda sincera del rostro más auténtico de Cristo, ¿no llegaremos a encontrarnos más unidos?

Nos equivocaremos si vamos detrás de componendas ideológicas o políticas. Sólo el mismo Espíritu del único Señor Jesucristo logrará hacer realidad visible la riqueza de la diversidad en el gozo de la unidad.

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✠ Agustín Cortés Soriano
Obispo de Sant Feliu de Llobregat

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