El “Pastor” que se hizo “cordero” para rescatar al “rebaño”

Carta de
Mons. D. Ángel Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón

perezpueyoangel

Domingo 22 de enero de 2017

El día 24 de abril de 2005 tuve la GRACIA de poder asistir en la plaza de san Pedro a la misa de inauguración del Pontificado del Papa Benedicto XVI. Al acercarse mi segundo aniversario como obispo de esta Diócesis veo cómo sus palabras están resultando programáticas en mi humilde ministerio pastoral: «Era costumbre en el antiguo oriente que los reyes se llamasen a sí mismos pastores de su pueblo. Era una imagen de su poder, una imagen única: para ellos los pueblos eran como ovejas de las que el pastor podía disponer a su agrado.

Por el contrario, el Pastor de todos los hombres, [el Emmanuel, el Dios con nosotros, que acabamos de celebrar su nacimiento,] se ha hecho ÉL MISMO CORDERO, se ha puesto de la parte de los corderos, de los que son pisoteados y sacrificados, dando la vida por sus ovejas. No es el poder lo que redime sino el amor. Este es el distintivo de Dios: Él mismo es AMOR (…) El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el CRUCIFICADO y no por los crucificadores».

Juan Bautista reconoce en Jesús al “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Estas palabras se repiten cinco veces en la celebración de la eucaristía. La quinta vez, inmediatamente antes de la comunión como indicando que el que se une a Cristo sacramentalmente reconoce y asume también su condición de “Cordero sacrificial” que está dispuesto a cargar con el pecado del mundo, es decir, con el pecado propio y ajeno.

“Quitar el pecado del mundo” significa no sólo erradicar toda la situación de mal que hay en el mundo sino que supone también la victoria de la luz sobre las tinieblas y sobre la negación del amor a Dios y a los hermanos en sus múltiples manifestaciones, cuyo resumen es el EGOÍSMO, el DESAMOR. Estos pecados están dentro de cada uno de nosotros. Si echamos un vistazo, nos damos cuenta de que en la sociedad campea la explotación, la corrupción, la pobreza, el hambre, la incultura, la violencia, el sufrimiento de muchos inocentes, la marginación de los sin voz… en una palabra, la violación de los derechos humanos. A nadie se le escapa que en el mundo laboral, abunda la competencia desleal, el paro, la inseguridad y las zancadillas. Que en nuestras familias hay frialdad, falta de diálogo y de entendimiento, lucha entre las generaciones, desamor, infidelidades, divorcios y abortos. Y en el plano personal nos dominan las actitudes de soberbia, la avaricia, la lujuria, la envidia, el afán de dominio, el odio, la rivalidad y la venganza.

¿Cómo luchar contra el mal para erradicarlo de nuestras vidas, de nuestros hogares, de nuestros ambientes…? Nuestra única esperanza sigue siendo Jesús de Nazaret, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Él es nuestra victoria, nuestra liberación y nuestra paz. Por Cristo y con Él somos capaces de vencer el pecado cada día y de construir el Reino de Dios y su justicia en la tierra. Jesús cargó sobre sí nuestros pecados y asumió nuestra condición pecadora, como lo demostró en su bautismo en las aguas del Jordán; pero al mismo tiempo venció nuestros pecados por medio de su muerte expiatoria y de su resurrección gloriosa, que en nosotros se actualiza a través de los sacramentos.

Pedir perdón no es una actitud propia de cobardes. Justo lo contrario. Pedir perdón nos hace creíbles, nos ennoblece, nos engrandece, nos hace más humanos y celestiales. Desde hace un tiempo, cuando termino de hablar personalmente con alguien, y ya son más de quinientas las personas con las que he tenido la dicha de “bucear por su corazón”, suelo preguntarle si desea que le regale el “abrazo de Dios”. Y mientras le impongo las manos para absolverle y fundirme finalmente en un abrazo fraterno, no es infrecuente tener que ofrecerle también un kleenex.

Os invito, por medio de esta oración de José Javier Pérez Benedí, a pedir por nuestra conversión continua como testigos del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y a mostrar con nuestra vida que vivimos todos los valores evangélicos, sobre todo el amor, la fraternidad humana, la justicia y la solidaridad con los más pobres.

Con su sangre nos compró

Juan nos presenta a Jesús
como “Cordero de Dios”:
Quita el pecado del mundo,
nos ofrece su perdón.

Por el pecado, los hombres
no aceptan al Creador.
Le vuelven el rostro al Padre,
abusando de su amor.

Y así despiden, con rabia,
un olor a corrupción,
proclamando con orgullo:
El único “dios soy yo”.

Al no creer en Dios Padre,
se buscan la perdición:
Esclavos de “falsos dioses”
les rinden adoración.

El resultado es un mundo
duro, injusto y pecador,
marcado por la violencia,
la soberbia y la ambición.

Dios, que no abandona al hombre,
nos envió un Salvador,
un Cordero que, en la cruz,
con su sangre nos compró.

Que, al recordar al Cordero,
antes de la comunión,
con fe y amor, le entreguemos
todo nuestro corazón.

Con mi afecto y bendición,

perez_pueyo_firmaÁngel Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón

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