Oración y compromiso por la unidad de los Cristianos

Carta de
Mons. D. Casimiro López Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón

lopezllorentecasimiro

Domingo 22 de enero de 2017

Queridos diocesanos:

El miércoles pasado, día 18, empezó la Semana de oración por la unidad de los cristianos, que concluirá el día 25, fiesta de la Conversión de san Pablo apóstol. Esta valiosa iniciativa espiritual implica a las comunidades de todas las Iglesias y comunidades eclesiales desde hace más de cien años. Se trata de un tiempo dedicado a la oración por la unidad de todos los cristianos bautizados, según la voluntad de Cristo: “Que todos sean uno” (Jn 17, 21). Hemos de reconocer que esta Semana ha perdido fuerza entre nosotros, después de años de viva celebración. Quizá nuestras urgencias y preocupaciones sean otras o que las dificultades en el diálogo ecuménico nos hayan desalentado. Pero, la oración y el compromiso por la unidad de los cristianos siguen siendo algo vital, necesario y urgente.

La actual división de los cristianos contradice clara y abiertamente la voluntad de Jesús; es un escándalo para el mundo y debilita la tarea que el Señor nos encomendó de predicar el Evangelio a toda criatura, más si cabe en tiempos de descristianización. El mismo Señor ora al Padre Dios para que todos sus discípulos seamos uno para que el mundo crea (Jn 17, 21). El muestra así su vivo deseo de la unidad plena y visible entre sus discípulos y nos indica cuál es la fuente primera de esa unidad, que no es otra sino la oración. Porque la unidad de los cristianos es antes de nada un don de Dios que hemos de implorar con perseverancia e insistencia.

La unidad es algo esencial y vital para la Iglesia de Cristo; la Iglesia ha de ser una y mostrarse visiblemente unida para ser creíble en el anuncio del Evangelio y ser así en verdad fermento de unidad e instrumento promotor de unidad de los hombres con Dios y de todo el género. Nos urge orar por la unidad de los cristianos siempre. Hemos de pedir a Dios, para que todos los que confesamos a Jesús como Señor y desde cada una de las confesiones cristianas le invocamos como Redentor y Salvador, lleguemos a conseguir vivir en la unidad plena que lleve al mundo a creer que Jesús es el Mesías enviado por el Padre (cf. Jn 17,21), el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Junto con la oración, ‘el alma de todo el movimiento ecuménico’ en palabras el Concilio Vaticano II (UR 8) es la conversión del corazón y la santidad de vida. Es lo que en este año se quiere resaltar con el lema “Reconciliación. El amor de Cristo nos apremia” (cf. 2 Cor 5, 14-20. En este texto san Pablo habla de la obra reconciliadora de Dios por medio de la muerte de Jesucristo y del cambio que se produce en los que viven ‘en Cristo’ que se transforman en una nueva criatura, fruto de la gracia e iniciativa de Dios y del amor de Cristo que nos apremia a ser embajadores de reconciliación.

La reconciliación es un don de Dios destinado a toda la creación. Como consecuencia de la acción de Dios, la persona que ha sido reconciliada en Cristo está llamada a su vez a proclamar esta reconciliación con palabras y obras: “El amor de Cristo nos apremia” (v.14), dice san Pablo; y añade: “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios” (v.20). Esta reconciliación no se da sin sacrificio: Jesús entregó su vida, murió por todos. Los embajadores de la reconciliación están llamados, en su nombre, a dar su vida de forma parecida. Ya no viven para sí mismos; viven para aquel que por ellos murió. El hecho de que Dios ha reconciliado consigo el mundo es motivo para darle gracias y celebrar los dones de Él recibidos. Pero esto también tiene que incluir el arrepentimiento por la división causada y mantenida en el Cuerpo de Cristo y por los demás pecados cometidos; y ha de incluir también el compromiso de fortalecer nuestro testimonio común del Evangelio de la misericordia en el mundo y de caminar juntos en el futuro hacia la unidad basada en la verdad y la reconciliación.

Sólo entonces podremos dar testimonio ante el mundo de que la reconciliación y la paz son posibles. Así los hombres reconocerán en la Iglesia el sacramento de la unidad del género humano, ella aparecerá como testigo de Cristo en el mundo, como ámbito del encuentro y recinto de la congregación de los hombres y las naciones en Cristo.

Con mi afecto y bendición,

Casimiro López Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón

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