Fraternidad (I). En la Vida Consagrada

Carta de
Mons. D. Agustín Cortés Soriano
Obispo de Sant Feliu de Llobregat

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Domingo 29 de enero de 2017

De acuerdo con el objetivo pastoral de este año, nos proponemos avanzar en el amor fraterno. Así, nos dejamos iluminar por el mandato de Jesús: «Permaneced en mi amor… amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15,12).

¿Dónde podemos hallar concreciones del amor fraterno? Una pregunta que nos formulan frecuentemente personas que se han dejado vencer por los fracasos y, desengañadas, están de vuelta de mu – chas ilusiones juveniles sobre el amor entre hermanos.

La Iglesia tiene muchos referentes de amor fraterno en los santos, algunos de ellos auténticos héroes de este amor. Pero, si alguien objeta que «son casos especiales», la Iglesia ofrece, además, formas de vida estables —institucionales— que tienen en su centro, en su esencia, el amor fraterno. Las personas que asumen estas formas de vida pueden fallar, pero siguen estando llamadas a vivir el amor a los otros como «programa fundamental». Estas formas de vida son tres: el matrimonio, la vida consagrada y los sacerdotes célibes.

Las tres formas de vida tienen el mismo amor fraterno, el amor más perfecto, el de Dios, el de su Espíritu, como uno de sus elementos esenciales: si les faltara serían falsas, estarían muertas.

La fiesta de la Presentación del Señor en el Templo nos invita a mirar con agradecimiento la Vida Consagrada en nuestra Iglesia. Las religiosas, los religiosos, las monjas y monjes, están llamados a convertirse en islas de amor fraterno para todos los náufragos de las tempestades del desamor, de la indiferencia, de las divisiones, de los enfrentamientos y del odio. Una isla es un refugio, porque aporta seguridad y firmeza. Los que están cansados de luchar por seguir a flote, sosteniendo el propósito de amar al hermano, en un mar proceloso de envidias, individualismo, luchas y conflictos, al hallar en su camino una comunidad de Vida Consagrada, han de poder decir: «a pesar de todo, sigo creyendo en el amor al hermano». Podrían decir también: «aquí se ama al hermano». O al menos: «aquí se sigue creyendo que el amor al hermano es el camino y vale la pena continuar intentándolo».

Como es sabido, lo que caracteriza a la Vida Consagrada es el compromiso, asumido ante la Iglesia, de vivir según los votos de pobreza, castidad y obediencia. Pero estos tres votos desembocan necesariamente en el amor fraterno, son puertas y caminos hacia este amor. Podemos decir que es camino necesario: nadie que diga vivir esos votos dejará de amar al hermano, como nadie que pretenda amar al hermano podrá lograrlo sin vivir, de alguna forma, la profundidad de esos votos.

Al mismo tiempo que los especialmente consagrados constituyen para nosotros un testimonio vivo de amor fraterno, nos dicen que la fraternidad se ha de trabajar. El proceso de iniciación que ellos viven —primera experiencia, postulantado, noviciado, profesión simple, profesión solemne— no es más que un camino de iniciación al amor, al amor a Dios y a los hermanos, vivido en la forma específica del carisma propio.

Su gran lección es hacer vida el principio de que, cuando ponemos a Dios sobre todas las cosas, en el centro de la vida, entonces los hermanos adquieren rasgos divinos y, en consecuencia, les podemos amar hasta dar la vida por ellos.

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✠ Agustín Cortés Soriano
Obispo de Sant Feliu de Llobregat

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