La alegría del triunfo

Carta de
Mons. D. César Franco Martínez
Obispo de Segovia

CesarFrancoMartinez

Domingo 29 de enero de 2017

Las bienaventuranzas de Mateo, que leemos en este domingo, inician el sermón de la montaña que Jesús pronunció como un nuevo Moisés. Éste subió al Sinaí para recibir la Ley; Jesús sube al monte para enseñar la novedad más absoluta del Evangelio, la Gracia y la Verdad definitivas. Las bienaventuranzas no comienzan, como la ley antigua, diciendo lo que no debemos hacer: no son preceptos de prohibición: No matarás, no mentirás, no adulterarás… Son afirmaciones solemnes, positivas, enunciados de la felicidad que Cristo propone a los suyos. Su lectura nos fascina, pero su realización nos atemoriza. Parece que Cristo propone metas inalcanzables, realizaciones imposibles. No es así. Propone la felicidad plena. Eso sí: a contrapelo del mundo, que considera las bienaventuranzas como moral de débiles, como consuelo para fracasados, que no han conseguido triunfar en este mundo, donde reina el orgullo, la riqueza y avaricia, la violencia y la lujuria, la risa de quienes pisotean a los pobres y humillados.

Decía san Juan Crisóstomo que sólo los cristianos valoran las cosas en su justa apreciación y tienen motivos muy distintos para alegrarse del resto de los humanos. Dice que quien nunca ha practicado un deporte, cuando ve a un atleta herido, llevando en su cabeza la corona de triunfador, sólo se fija en las heridas y el sufrimiento que ha pasado para vencer. Sólo mira el dolor que comporta la prueba. Se le ocultan las razones de su triunfo y la misma recompensa. En las bienaventuranzas, incluso los cristianos, nos quedamos en la primera parte de los enunciados: bienaventurados los pobres, los que sufren, los pacíficos, los limpios de corazón, etc. Y nuestro hombre viejo se revuelve, como si le acechara la muerte. Y así es. Jesús predica la muerte de lo viejo, lo que no heredará el Reino de Dios: el dinero, el placer, la vida disoluta, la inmisericordia, la injusticia. Todo eso está llamado a morir.

Hay que leer la bienaventuranza entera: el premio del vencedor que está en la segunda parte: Los pobres poseerán el Reino; los que lloran el consuelo; los sufridos, la tierra —se entiende la nueva, la renovada—; los hambrientos y sedientos, la satisfacción; los misericordiosos, la misericordia; los limpios de corazón, la visión de Dios; los pacificadores, el ser hijos de Dios; los perseguidos por la justicia, el reino de los cielos; y los que sufran por Cristo, la recompensa eterna. Esta es la corona del triunfo, que no ven quienes se echan atrás ante la propuesta de ser felices. En realidad, nos echamos en manos de una moral para cobardes y timoratos; o de una moral que se rinde ante lo que ofrece un mundo viejo y caduco, llamado a desaparecer.

Olvidamos también que Cristo hace posible la realización de las bienaventuranzas. San Agustín las comenta, en su tratado sobre la Virginidad, repitiendo, después de cada una: imitad al que la cumplió. Tenemos un modelo insuperable: el testimonio de Cristo, el más feliz de los hombres, que alcanzó la corona de la inmortalidad y la incorrupción. Nadie puede cumplirlas sin mirar a Cristo y asumir su modo de vida, su carrera hacia la dicha eterna. Unidos a él, entenderemos la exhortación de san Juan Crisóstomo: «Si ayunamos, saltemos de gozo como si estuviéramos rodeados de delicias. Si nos ultrajan, dancemos con alegría como si estuviéramos colmados de alabanza. Si sufrimos daños, considerémoslo como una ganancia. Si damos a los pobres, convenzámonos de que recibimos más. Ante todo, acuérdate de que combates por el Señor Jesucristo. Entonces entrarás con ánimo en la lucha y vivirán siempre en la alegría, ya que nada nos hace más felices que una buena conciencia».

César Franco Martínez
Obispo de Segovia

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