Santa Misa en la Solemnidad de San Valero, obispo, patrono de la archidiócesis de Zaragoza

Homilía de
Mons. D. VICENTE JIMÉNEZ ZAMORA
Arzobispo metropolitano de Zaragoza

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S.I. Catedral del Salvador (La Seo), Zaragoza
Domingo 29 de enero de 2017

SAN VALERO,
PATRONO DE ZARAGOZA
Y DE LA ARCHIDIÓCESIS

Queridos hermanos:

Celebramos hoy la solemnidad de San Valero, Patrono de Zaragoza y de la Archidiócesis. Celebrar a los santos es glorificar a Dios, fuente de toda santidad.

San Valero fue insigne Obispo de Zaragoza, probablemente relacionado con la familia consular de los Valerios, de la que habla el poeta Prudencio. En Valencia sufrió prisión y un proceso que le condenó al destierro, donde murió. Aunque no fue propiamente mártir, sí confesó la fe, sufrió persecución y mantuvo fidelidad a su misión episcopal.

Su cuerpo se venera en la iglesia de San Vicente de Roda de Isábena, de donde, ya en el siglo XII, fueron trasladadas a la Seo de Zaragoza las reliquias de su cabeza y uno de sus brazos.

Liturgia de la Palabra

Las oraciones y las lecturas bíblicas de la solemnidad destacan la figura del Obispo como pastor, que sigue el  rastro del rebaño, aplicado a San Valero, que apacentó a sus ovejas, buscó a las perdidas, hizo volver a las descarriadas, vendó a las heridas, curó a las enfermas y guardó a las gordas y a las fuertes (cfr. Ez 34, 11-16).

San Valero fue el servidor  prudente que Dios puso al frente de su pueblo y el administrador fiel de los misterios de Dios (cfr. 1 Cor  4, 1-5). No temió a los tribunales humanos. La conciencia no le remordía y su juez verdadero era el Señor.

Nuestro Santo Patrón recorrió el camino de las bienaventuranzas del Reino, fue perseguido por causa de la justicia y hoy vive alegre y contento, y su recompensa es grande en el cielo (cfr. Mt  5, 1-12).

San Valero y el valor de la fe en nuestro tiempo

El mensaje que hoy nos ofrece San Valero a sus hijos y fieles es el valor de la fe. El hombre de hoy, envuelto en tantas ideologías y embarcado en multitud de tareas y quehaceres, está olvidando lo fundamental: cuidar el valor de la fe. Los tiempos recios en que vivimos reclaman amigos fuertes de Dios (Santa Teresa de Jesús) y piden  una fe especialmente viva, que implique no sólo a la inteligencia y a la voluntad, sino también al corazón y a la vida entera. Si la experiencia de la fe no se aviva, la fe languidece y se convierte en una especie de ideología, en costumbrismo social o en un voluntarismo extenuante.

En la vida real de la mayoría de nuestras gentes la importancia efectiva de Dios es escasa. Muchos no dedican ratos a Dios, a oír y obedecer su Palabra. Viven de espaldas a Dios. El tiempo y la vida se nos van en otras cosas, estudios, trabajos, diversiones, proyectos, aspiraciones.

Ocurre algo más preocupante todavía. En nuestra sociedad y en nuestros pueblos están vigentes muchas ideas que tienden a configurar una cultura y una forma de vivir en las cuales no se tiene en cuenta  ni la existencia ni mucho menos la importancia de Dios. Este abandono y olvido de Dios viene favorecido en parte por la cultura emergente, que prima absolutamente la economía y el bienestar material, olvidando la referencia a la trascendencia. El hombre vive así sin horizontes y sin referencias.

Todo esto se hace de forma tranquila, nada agresiva. Por la vía del silencio y de la marginación de la fe, por la llamada “apostasía silenciosa”. Dios es el gran ausente en nuestra sociedad hasta en los signos religiosos.

Incluso entre los creyentes, hay muchas formas de fe débil, enferma, poco operante, incapaz de informar y dirigir la vida y las actuaciones personales, y por todo ello sin fuerza para el testimonio y la misión. Muchos cristianos tienen la fe como un recurso de última hora, por si acaso. Hoy más que nunca son necesarios los testigos valientes, que anuncien con alegría el Evangelio. Porque “la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (EG, 1).

Nuestro Plan Diocesano de Pastoral para el quinquenio 2015-2020 refleja bien esta situación en el diagnóstico socio-cultural, que hace en el capítulo II, titulado Evangelizar en tiempos recios. Dice nuestro Plan: “La indiferencia convive con una cultura de la increencia, que va forjándose poco a poco, y que se divulga, unas veces de forma sutil, otras explícita y militante, a través de los medios de comunicación, favoreciendo un imaginario religioso (y, sobre todo, cristiano) colectivo muy negativo que incapacita todo acercamiento a la fe […] El efecto demoledor del tratamiento caricaturesco y tópico de la vida cristiana, de Dios, de la Iglesia y del clero, que aparece en los medios de comunicación social (noticias, entrevistas, debates, series…), fruto de un laicismo mal entendido, es clara expresión de ello” (Plan Diocesano de Pastoral 2015-2020, página 53).

Hoy es necesario que, con la ayuda de Dios, crezcan en nuestra Iglesia el coraje y las energías en favor de la evangelización, que lleve a redescubrir la alegría del Evangelio, como nos recuerda el Papa Francisco en la exhortación apostólica Evangelii Gaudium. Es urgente encontrar nuevamente el entusiasmo en la comunicación de la fe. Hay que comunicar con valores. “La misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones. ¡La fe se fortalece dándola!” (Benedicto XVI, Deus cáritas est, n. 1).

En esta fiesta de San Valero, confiamos a sus cuidados pastorales la fe de nuestras gentes y la vida de nuestra Iglesia Diocesana. La pedimos su valiosa protección en favor de nuestro Ayuntamiento de Zaragoza y de las autoridades, que rigen los destinos de Aragón, para que promuevan el bien común y el desarrollo integral de nuestro pueblo.

San Valero, nuestro padre en la fe, ayudamos a vivir el misterio de la comunión eclesial para la misión evangelizadora. Intercede ante el Señor, para que con la luz y la fuerza del Espíritu Santo se abran en nuestra Iglesia Diocesana de Zaragoza nuevos caminos para el anuncio gozoso del Evangelio. Haz que seamos una Iglesia al servicio de nuestro pueblo. Una Iglesia, que escucha, acoge, celebra y sirve.

La Eucaristía, en la que estamos participando, es alimento y bebida para el camino. Que nos acompañe en este camino Santa María del Pilar, estrella de evangelización, tan querida y venerada en nuestra tierra. Amén.

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