Fiesta litúrgica de San Cecilio, patrón de Granada y la Archidiócesis

Homilía de
Mons. D. FRANCISCO JAVIER MARTÍNEZ FERÁNDEZ
Arzobispo metropolitano de Granada

martinez-fernandez

Abadía del Sacromonte
Miércoles 1 de febrero de 2017

Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe. ¿Y cuál es el contenido de esa fe si se puede resumir? Con palabras del mismo apóstol san Pablo: “Creo en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí. Vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí”.

Celebrar san Cecilio es hacer memoria de los orígenes tempranos de la fe en nuestra Iglesia de Granada. Lo suficientemente tempranos como para que en el Concilio de Elvira, el primer Concilio del que se conservan las actas de la Iglesia, todavía antes de la paz de Constantino, pudiese haber reunidos aquí 80 obispos, lo cual indica una vida cristiana sembrada muy tempranamente.

Lo importante en todo caso es que nosotros podamos dar gracias a Dios por haber recibido esa fe por los cauces carnales, humanos, por los que la experiencia de la redención de Cristo ha llegado a nosotros.

El Reino de Dios está cerca. El Reino de Dios ha venido. ¿Cómo traduciríamos en un lenguaje adecuado a los hombres de nuestro tiempo una frase como esa? Las esperanzas más profundas, más verdaderas del corazón humano se cumplen. Se cumplen en nosotros. Y se cumplen en esta vida. Y se cumplen de una forma que nosotros sabemos que no es obra nuestra, que no es resultado de nuestros cálculos, de nuestras estrategias, de nuestros trabajos; que se cumple nuestra humanidad de una forma que sólo el espíritu de Dios y la vida que el Hijo de Dios ha dejado sembrada en nuestra carne en los primeros momentos de la Iglesia ha llegado hasta nosotros.

Y con la certeza de esa vida cumplida, con la certeza de ese don que es la vida divina en nosotros, se sostiene, se hace razonable, la esperanza del Cielo, el horizonte de la vida eterna. Y no sólo se hace razonable, sino que se hace cierto, Señor. Si Tú has sido tan fiel como para permanecer en nuestro pobre mundo  tan  cargado de miserias y de pasiones; si Tú has sido tan fiel a nosotros y al amor a nosotros como para entregarnos a tu Hijo. Me viene también la palabra de San Juan: “Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo al mundo, no para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él”. ¿Y cuál es esa salvación? ¿Cuál es ese Reino de Dios que viene a nosotros? La vida. La vida que Él nos da; la vida de Hijos de Dios; la vida que nos permite vivir una humanidad desbordante de belleza, de afecto unos por otros; ese milagro de la comunión, de la comunión entre el hombre y la mujer en el matrimonio, de la comunión en la familia, de la comunión en la familia humana, y de una comunión que anhela extenderse si fuera posible, y si estuviera en nuestras manos, a todos los hombres, a todos los rincones de la Tierra.

Damos gracias a Dios por ese don precioso de la fe, por esa gracia que ha hecho llegar hasta nosotros el conocimiento de Dios y del amor de Dios, y con ello, el conocimiento y la experiencia de lo que es una vida humana que vale la pena vivirse. Lo recordamos en la oración de Laudes de la primera semana, palabras de un Salmo: Esa gracia vale más que la vida. Y eso es lo que los mártires, desde el comienzo de la Iglesia, han vivido. No es una especie de odio a la vida lo que les lleva a la muerte. No. Es el amor a la vida. Es la experiencia de una vida plena y es la experiencia de que esa vida plena es vivida gracias a un don que no sólo llena la vida de sentido, sino que abre para nosotros el horizonte del Cielo. Tu gracia vale más que la vida.

El martirio ha acompañado a la Iglesia desde el principio y la acompaña hoy. Estamos casi a las puertas, el día 25 de marzo se celebrará en Almería la beatificación de 114 mártires que fueron muertos por Cristo en la persecución religiosa que hubo en España en los comienzos del siglo XX. Y esta misma mañana yo me reunía con un grupo de 12 sacerdotes porque casi 30, o alrededor de 30, de esos mártires, eran de nuestra Diócesis, eran de distintas parroquias de nuestra Diócesis. Alguno de ellos está sepultado en la parroquia de san Justo y Pastor, otros provienen de Válor, en Turón dieron su vida un buen grupo de ellos; hay una carta de uno de ellos, días antes de morir, a su mujer, preciosa, donde le invita sencillamente a perdonar y a que les enseñe a sus hijos lo que nosotros hemos aprendido: a perdonar y a amar a aquellos que nos persiguen. Pocos días después…, él estaba ya cierto de su muerte cuando escribe esa carta, que hizo pasar en una lechera, para que llegase a su familia, y que yo he oído directamente de los labios de uno de sus hijos.

Uno comprende justamente el don que significa la fe. Hoy nosotros damos gracias por ese don. Y Le pedimos al Señor, como yo he pedido al comienzo de esta Eucaristía, la conversión: Señor, conviértenos a Ti, vuelve nuestros corazones a Ti para que podamos reconocer tu Presencia y para que esa Presencia tuya nos libere de todas las ataduras del pecado, los egoísmos, la posesividad que a veces empobrece tanto y empequeñece tanto nuestros corazones y nuestras vidas; que nos haga respirar; respirar como hijos tuyos, hijos libres, del Padre eterno, con una libertad que implica eso, hasta la ofrenda de la vida.

Te pedimos, Señor, que conviertas nuestro corazón, para que podamos ser no sólo en un momento así, donde además el martirio siempre lo ha visto la Iglesia como una gracia especial que Dios concede a quien quiere y nunca en proporción a las virtudes de quien lo recibe, pero permítenos ser testigos, testigos de ese amor tuyo, testigos de ese Reino tuyo, que no es más que ser testigos de esa vida buena que nosotros no somos capaces de construir, pero que cuando Tú estás con nosotros se hace posible. Se hace posible sin que desaparezca nuestra humanidad, ni siquiera la pequeñez de nuestra humanidad, solo que se hace evidente que esa humanidad está traspasada por algo que no es humano, que es tu Presencia, tu Misericordia, tu Amor.

Celebrar san Cecilio es dar gracias por el don de la fe. Es agradecerLe al Señor esa plétora de mártires de los primeros siglos de la Iglesia, y esa plétora de mártires que sigue habiendo en nuestro mundo. Yo comentaba esta mañana a este grupo de sacerdotes que se calcula que en estos últimos años el número de mártires que la Iglesia presenta a Dios como el don más precioso y el fruto más precioso de nuestra vida vienen a ser alrededor de 40.000 al año, en todo el mundo. Y por lo tanto, el martirio no es una cosa extraña tampoco, ¿no?, para los cristianos de Siria, para los cristianos de Iraq, para los cristianos de el Líbano, tantas veces, para los de Irán, para los de Pakistán; pero para los de China, ¿durante cuántas generaciones llevan los cristianos de China siendo perseguidos por el mero hecho de serlo? Estaba yo ya en Granada cuando me dieron la noticia de un obispo que había sido descuartizado y habían sido enviados sus fragmentos del cuerpo a las ciudades de la diócesis que él tenía. Y en China el cristianismo no para de crecer, hasta el punto de que se habla de que para el año 50, que está a la vuelta de la esquina, que vamos a conocer, si Dios quiere, muchos de vosotros lo vais a conocer, en números absolutos, China podría ser el segundo país cristiano del mundo. Crece a más velocidad. Un sacerdote que no llevaba más que 10 años ordenado, comentaba ya hace seis, siete años, que había creado 90 parroquias. No se trata de construir templos –entendedme-, se trata de generar una comunidad cristiana. ¿Cómo? Sencillamente, anunciando el amor. ¿Y se anuncia eso de palabra, como se presenta un museo o un guía cuenta las obras de un museo o de una antigüedad? No, no. Hay una manera de mirar propia de la fe, de mirar a los ojos, de decirle a la persona “tú me importas, me importas más que yo mismo, eres más importante para mí que yo mismo”. De mirar a los demás, de tratar a los demás como el Señor nos trata a nosotros, con la misma delicadeza, con la misma exquisitez, con el mismo afecto.

Esa humanidad que el mundo no es capaz de producir, esa humanidad la produce el Señor. Y no hacen falta muchas palabras cuando esa humanidad está presente. El cristianismo encuentra una complicidad en el corazón humano que está hecho para el amor, que está hecho para la verdad, que está hecho para el afecto, para el respeto; encuentra una complicidad que misteriosamente conecta con el Evangelio, lo acoge y dice: yo quiero vivir como estos. Si el Señor no esperó a que los discípulos supieran todos los dogmas que estaban sin formular y que tardarían algunos siglos en formularse, no esperó a que tuvieran un conocimiento de toda una serie de proposiciones; lo que no perdonó es que pudieran tener la experiencia, aquella que tuvieron Juan y Andrés aquella primera tarde, que san Juan recordaba tantos años después. Estuvieron con Él aquella tarde y al día siguiente les contaban a sus familias y a sus vecinos: “Hemos visto al Salvador del mundo”.

Y no es una tarea para sacerdotes o para seminaristas o para personas consagradas. Es una tarea para el pueblo, es una tarea para cualquiera que ha recibido esa vida. Nosotros no somos mas que servidores de esa vida en la vida del pueblo cristiano, no somos más que eso. Y por supuesto, se sirve a esa vida pidiéndole al Señor que la muestre también en nosotros, que la puedan reconocer también en nosotros no como un discurso, sino como una experiencia verdadera. Entonces, ellos se sienten fortalecidos en su fe, esa fe que vence al mundo, que siempre vencerá al mundo, que no ha dejado nunca de ser una fe victoriosa, victoriosa como la cruz de Cristo. Es la cruz gloriosa.

Mis queridos hermanos, celebrar esta Eucaristía es siempre un regalo del Señor, y repito: una ocasión de dar gracias por la fe que hemos recibido, y por no ser demasiado indignos de esa fe. En este mundo nuestro, tan a oscuras, se hablaba antes de “en esta negra noche”, yo pensaba para mí: Dios mío, si son las 5 de la tarde, pero no se refiere a la noche física. Este mundo confundido, este mundo perplejo, este mundo que no encuentra su camino, que anhela una humanidad verdadera y no encuentra el camino de esa humanidad verdadera. Concédenos, Señor, ser nosotros testigos de esa humanidad verdadera que nace de Ti. Y poder comunicar a los hombres que eso es posible, y que no es un camino complicado, es un camino sencillamente de acoger un amor que nos es ofrecido, que nosotros ofrecemos porque lo llevamos dentro de nosotros, que nosotros compartimos, porque nos ha sido dada a nosotros esa misma esperanza y esa misma vida. Como los 130 mártires, repito, que se celebrarán a poco más de mes y medio, será una ocasión para nosotros de renovar también la fe y de recoger en las parroquias donde ha habido, también en nuestra Catedral, también aquí en el Sacromonte, de poder celebrar (porque, además, varios de ellos tenían relación con el Sacromonte, habían sido estudiantes del Sacromonte), celebrar su triunfo. Y con motivo de esa celebración, renovar en nosotros la gracia de esa fe, siempre victoriosa. Vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó hasta entregarse por mí.

Uno de los más grandes teólogos del siglo XX escribió un librito pequeño: “Sólo el amor es digno de fe”. Y eso resume, si queréis, todo el testimonio que el mundo espera de nosotros: un amor tan grande al mundo que sea más potente que la vida misma. Sólo ese amor genera la fe, no los discursos. Sólo de ese amor, de ese grano de trigo, que muere para que crezca la espiga, nace constantemente y crece la vida de la Iglesia.

Señor, de nuevo, no consientas que seamos demasiado indignos de un tesoro tan grande que Tú has puesto en nuestras manos.

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