Los consagrados, testigos de la esperanza y la alegría

Carta de
Mons. D. Ginés García Beltrán
Obispo de Guadix

gines garcia beltran

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

La vida consagrada es un don del Señor Jesús a su Iglesia. Injertados en el misterio de Cristo y de la Iglesia, son muchos los hombres y las mujeres que quieren responder al don del bautismo siguiendo al Señor en la vida religiosa en las distintas formas que el Espíritu Santo ha ido suscitando en la Iglesia a lo largo de los siglos.

La fiesta de la Presentación del Señor cada 2 de febrero nos acerca de un modo especial a este estado de vida cristiana. Es un momento propicio para reflexionar sobre la vida consagrada, y para rezar por ellos. Es un modo también de tenerlos realmente cerca de nosotros.

Qué importantes es, queridos hermanos, el testimonio de los consagrados en la Iglesia y en mundo. En la contemplación, en la enseñanza, en la caridad, en las parroquias, su presencia es testimonio del paso del Señor por la vida de los hombres. Por eso, esta vocación que es un don, es también una tarea comprometida para ser transparencia de Dios.

El lema de la Jornada de este año nos habla de este testimonio de los religiosos, y de los demás consagrados. Su vocación es una llamada a ser testigos de la esperanza y de la alegría.

Los consagrados están llamados a ser signos de esperanza. En medio de un mundo que tiene tantos motivos para la desesperanza, ellos son signo de una esperanza mayor, la esperanza que no defrauda porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones (cf. Rom 5,5). Es una esperanza, por tanto, que tiene como fundamento a Aquel en quien hemos puesto nuestra confianza. “Esta es la esperanza que no defrauda y que permitirá a la vida consagrada seguir escribiendo una gran historia en el futuro, (…) conscientes de que hacia Él es donde nos conduce el Espíritu Santo para continuar haciendo cosas grandes con nosotros» (Francisco, Carta con motivo del año de la vida consagrada, I, 3).

Vivir la esperanza es una vocación que tiene como misión llevar esa esperanza a quien la ha perdido, o mantenerla viva en donde se apaga. Llevar la esperanza hasta las fronteras, donde no llega nadie. Llevarla con libertad y disponibilidad, con amor y con ternura, con paciencia y perseverancia. Los consagrados tienen que ser signo de esperanza porque tienen que ser discípulos misioneros, apasionados por el Evangelio que corre por sus venas. Ser signo de esperanza es crear fraternidad, la que ellos viven, y han de vivir, en su cotidianidad.

La esperanza hará brotar la alegría. Un testigo de la esperanza lo es también de la alegría. El Papa Francisco, en alguna ocasión, les ha lanzado un piropo que conlleva reto: Donde hay religiosos hay alegría. Y continúa: “Estamos llamados a experimentar que Dios es capaz de colmar nuestros corazones y hacernos felices, sin necesidad de buscar nuestra felicidad en otro lado; que la auténtica fraternidad vivida en nuestras comunidades alimenta nuestra alegría; que nuestra entrega total al servicio de la Iglesia, las familias, los jóvenes, los ancianos, los pobres, nos realiza como personas y da plenitud a nuestra vida” (II, 1).

La alegría cristiana brota de una vida interior profunda y rica; nace del encuentro con el Señor que es nuestra alegría. La alegría interior se contagia, se transmite en una palabra, en una sonrisa, en una mirada, en un abrazo, en una presencia, y hasta en un silencio. El testimonio de la alegría es la prueba de un corazón lleno de Dios. La Iglesia necesita evangelizadores alegres, consagrados que viven la alegría de la consagración. “Ojalá que el mundo actual –que busca a veces con angustia, a veces con esperanza– pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo, y aceptan consagrar su vida a la tarea de anunciar el reino de Dios y de implantar la Iglesia en el mundo» (Sínodo de la Nueva Evangelización, Lineamenta 25).

Quiero dirigirme a cada uno de vosotros y vosotras, queridos consagrados que pertenecéis a esta Iglesia del Señor que peregrina en Guadix. Quiero unirme a vuestra acción de gracias al Señor por la llamada a seguirlo casto, pobre y obediente, al tiempo que os ofrezco el testimonio de mi afecto. Sabéis bien que os llevamos muy dentro, que estáis en el corazón de esta iglesia, porque sois piedras vivas en su edificación. Dejadme que os repita que lo más hermoso que nos dais es vuestra vocación; por eso necesitamos, y os pedimos, que viváis según lo que sois. Sed testigos de vuestra consagración que tanto necesita el mundo. No os canséis de ser testigos de esperanza y de alegría. Pensad que el Señor os necesita; que vuestras limitaciones y tantas dificultades no frenen nunca la fuerza de vuestro amor a Dios que es entrega en favor de los hombres.

Queridos hermanos y hermanas, pidamos por nuestros consagrados para que su testimonio no se apague, y para que surjan de entre nuestros jóvenes, vocaciones a este estado de vida cristiana.

Que la Virgen María, mujer consagrada a Dios, Madre de nuestra esperanza y causa de nuestra alegría, sostenga y acompañe siempre a las personas consagradas en su vocación, consagración y misión.

            Con mi afecto y bendición.

 

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