Santa Misa en la fiesta de la Presentación del Señor

Homilía de
Mons. D. Julián Ruiz Martorell
Obispo de Huesca y de Jaca

Julian-Ruiz-Martorell

S.I. Catedral de la Transfiguración del Señor, Huesca
Jueves 2 de febrero de 2017

HOM. JORNADA MUNDIAL DE LA VIDA CONSAGRADA 2017

0) Hoy, fiesta de la Presentación del Señor en el templo, celebramos la “Jornada Mundial de la Vida Consagrada” con el lema “Testigos de la esperanza y la alegría”. La vida consagrada, en cada uno de sus miembros, es un regalo de Dios a su Iglesia. Por ello damos gracias al Señor, de un modo especial por la presencia, la vida y la misión de las personas consagradas que viven y trabajan en la Iglesia que peregrina en Huesca.

La vida consagrada es siempre signo de esperanza. El Papa Francisco en la Carta Apostólica a todos los Consagrados, con ocasión del Año de la Vida Consagrada escribió: “Conocemos las dificultades (…): la disminución de las vocaciones y el envejecimiento, los retos de la internacionalidad y la globalización, las insidias del relativismo, la marginación y la irrelevancia social… Precisamente en estas incertidumbres, que compartimos con muchos de nuestros contemporáneos, se levanta nuestra esperanza, fruto de la fe en el Señor de la historia, que sigue repitiendo: “No tengas miedo, que yo estoy contigo” (Jer 1,8). La esperanza de la que hablamos no se basa en los números o en las obras, sino en aquel en quien hemos puesto nuestra confianza (cf. 2 Tim 1,12) (…). Esta es la esperanza que no defrauda y que permitirá a la vida consagrada seguir escribiendo una gran historia en el futuro, (…) conscientes de que hacia Él es donde nos conduce el Espíritu Santo para continuar haciendo cosas grandes con nosotros” (I, 3).

El Papa Francisco, al hablar de las expectativas para el Año de la Vida Consagrada, escribía: “Que sea siempre verdad lo que dije una vez: Donde hay religiosos hay alegría. Estamos llamados a experimentar que Dios es capaz de colmar nuestros corazones y hacernos felices, sin necesidad de buscar nuestra felicidad en otro lado; que la auténtica fraternidad vivida en nuestras comunidades alimenta nuestra alegría; que nuestra entrega total al servicio de la Iglesia, las familias, los jóvenes, los ancianos, los pobres, nos realiza como personas y da plenitud a nuestra vida” (II, 1).

La esperanza y la alegría van unidas. Una alegría sin esperanza es mero regocijo externo. Una esperanza sin alegría es mera especulación sobre el futuro.

1) Hemos escuchado en la primera lectura: “Mirad, yo envío a mi mensajero, para que prepare el camino ante mí”. Los consagrados son mujeres y hombres, conscientes de su identidad, enviados por el Señor para preparar caminos que favorezcan el encuentro, la convivencia, la fraternidad, la oración, el apostolado, la misión. Personas conscientes de su responsabilidad en la sociedad y en la Iglesia. Personas comprometidas en dar y darse, en compartir y en vivir con alegría.

2) El salmista dibuja este mismo proceso cuando, por dos veces, nos invita con estas palabras: “¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria”. Se trata de alzar los dinteles, de superar los muros de separación, de eliminar las barreras que impiden el contacto. Se trata de acoger con valentía, de tener la mente y el corazón abiertos para el diálogo, el intercambio de vivencias y todo ellos como precursores del Señor, viviendo el gozoso anuncio: “va a entrar el rey de la gloria”.

Es mucho lo que las personas consagradas comparten con nosotros. Son muchas las gracias que el Señor ha derramado abundantemente en sus corazones. Son muy numerosas sus posibilidades. “¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas”. Es cierto que las “antiguas compuertas” pueden alzarse para dar paso al Señor.

Nuestra tarea como cristianos consiste en trazar senderos, descubrir caminos, abrir puertas para que todos conozcan y amen al Señor. No nos conformamos pasivamente con la realidad que experimentamos cada día. No nos resulta indiferente el hecho de que muchas personas no conozcan a Jesucristo, ni hayan escuchado su palabra, ni se hayan encontrado personalmente con Él.

No aceptamos resignadamente que se ignore la Buena Noticia de la que están necesitados todos los corazones. Nuestro deseo es que la llama del Evangelio llegue a todas las personas, en todas las circunstancias de la vida, para que puedan recibir luz y puedan experimentar la presencia del Señor que se hace peregrino que acompaña. La Buena Noticia ayuda a valorar la dignidad de la vida, a encontrar apoyo en los momentos de desconsuelo, a descubrir nuevas posibilidades cuando aparentemente todos los caminos se cierran.

3) De esto saben mucho Simeón y Ana, dos personas ancianas abiertas al futuro con esperanza. Simeón “hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él”. Ana, “ya muy avanzada en años”, que “no se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día”.

Simeón considera alcanzada la meta de su vida y, en presencia de Jesús, proclama: “mis ojos han visto a tu Salvador”, a quien define como “luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”. En la vida consagrada no se desea preservar la luz de Jesús solamente para un grupo de iniciados, sino reflejar la luz de Cristo, a través del testimonio de la vida, para que todos, hombres y mujeres, puedan conocer y amar a Jesús. Vida Ascendente se propone dar testimonio vivo de Jesucristo, Salvador del mundo. Con la actitud de Ana, que sabía rezar, noche y día, por los que no rezan

4) Sabemos que existe una enfermedad espiritual que la tradición cristiana ha llamado “acedia” y de la que el Papa Francisco nos advierte con toda claridad en su Exhortación apostólica Evangelii gaudium (nn. 81-86). Consiste básicamente en no ser capaz de alegrarse ante las cosas buenas, ante los dones de Dios, que de por sí son fuente misma de alegría y bendición. Inicialmente es como la blanca termita que, imperceptiblemente, se adentra en el interior de la madera y la va carcomiendo por dentro, hasta el día en que se viene abajo lo que parecía externamente un robusto edificio. La acedia espiritual deriva tantas veces en acedia pastoral, y entonces la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad, oscuridad, cansancio interior, apolillamiento del dinamismo apostólico (Cf. Evangelii gaudium, n. 83).

La alegría cristiana es comunión con los sentimientos del Hijo, y consiste en amar con el Corazón misericordioso de Jesús. La alegría de los consagrados radica en la propia vocación, el misterio de la llamada y la elección de Dios en Cristo. La alegría está en el encuentro con el Señor, presente en su Iglesia y en todo prójimo necesitado, como atestigua el Papa Francisco que también es consagrado: “La alegría nace de la gratuidad de un encuentro. Es escuchar: Tú eres importante para mí, no necesariamente con palabras. Y es precisamente esto lo que Dios nos hace comprender. Al llamarnos, Dios nos dice: Tú eres importante para mí, te quiero, cuento contigo. Jesús, a cada uno de nosotros, nos dice esto. De ahí nace la alegría. La alegría del momento en que Jesús me ha mirado. Comprender y sentir esto es el secreto de nuestra alegría. Sentirse amado por Dios, sentir que para él no somos números, sino personas; y sentir que es él quien nos llama. Y la alegría del encuentro con él y de su llamada lleva a no cerrarse, sino a abrirse; lleva al servicio” (Francisco, Discurso, 6 julio 2013).

5) Que los ancianos Simeón y Ana os ayuden a vivir con ilusión y fortaleza de ánimo, grandeza de espíritu. Que la Virgen María interceda por todos vosotros para que siempre estéis dispuestos a ser testigos de esperanza y de alegría.

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