XXV Jornada Mundial del Enfermo

Carta del
Card. D. Ricardo Blázquez Pérez
Arzobispo de Valladolid

ricardo blazquez perez

Febrero 2017

Se cumplen este año los veinticinco de la Jornada Mundial del Enfermo, instituida por Juan Pablo II en 1992. Las Jornadas convocadas por la Iglesia nos recuerdan unas necesidades básicas que solicitan nuestra peculiar atención. Las diócesis de España, además del día 11 de febrero en que comenzamos las celebraciones, dedicamos otro día, el sexto Domingo de Pascua, que viene a culminar lo que ahora empezamos. De esta forma conectamos con la Iglesia universal y continuamos una práctica surgida entre nosotros en el año 1985. Al cumplirse los XXV años de su institución me ha parecido conveniente llamar la atención de todos acerca de la Pastoral de la Salud o del cuidado de los enfermos.

La enfermedad, a la que podemos en muchos aspectos asimilar la ancianidad, es parte de la existencia del hombre. Poco a poco, con el paso de los años, se apoderan de nosotros la fragilidad, las limitaciones, los sufrimientos, las penalidades y dependencias cada vez mayores. Vivimos personalmente como niños, jóvenes, adultos y ancianos; el recorrido de nuestra fe va conociendo también las diferentes etapas de la vida. Creemos y rezamos como niños, como jóvenes, como personas maduras y como ancianos en creciente decrepitud.

La Jornada del Enfermo nos ofrece la oportunidad de reflexionar sobre la sintonía o desajuste con el paso del tiempo de nuestra voluntad con la voluntad de Dios que nos ha creado sometidos a la temporalidad. Es también una ocasión propicia para examinar nuestra disponibilidad a ayudar a los debilitados y enfermos. Es la Jornada una llamada a que la sociedad califique cada vez más su servicio a favor de los enfermos y ancianos. Y nos presta la ocasión de agradecer al personal sanitario, médicos, enfermeros y voluntarios sus servicios. Con frecuencia nos pasan desapercibidos hasta que los necesitamos.

La Jornada Mundial del Enfermo está unida a la Virgen de Lourdes y a la vidente Santa Bernardette. Por esta relación, surgieron y se multiplicaron las peregrinaciones de enfermos y con enfermos al santuario de Lourdes. Junto a la gruta de Masabielle Bernardette, una muchacha pobre, analfabeta y enferma, sintió que María la miraba con amor, con respeto y como a persona. Esta experiencia de Bernardette es una enseñanza para nosotros: A un enfermo se le trata como a persona, como alguien amado personalmente por Dios, como un hermano o hermana. Hay un tipo de lástima que no es genuina compasión humana y cristiana.

A la Virgen de Lourdes, a quien podemos contemplar en la hendidura de las rocas, invocamos “Salud de los enfermos”, “Consuelo de los afligidos”, “Refugio de los pecadores”, “Esperanza nuestra”. En María podemos descargar el peso de la vida, la oscuridad del camino, las inclemencias del presente. Ella “nos infunde la fuerza de la esperanza en nuestra vida, especialmente cuando es frágil, está herida, humillada y marginada” (Mensaje del Papa Francisco).

En nuestra Diócesis hay muchas residencias de ancianos, tanto en la ciudad como en las zonas rurales. Es un signo por parte de las instituciones, de la sociedad y de la Iglesia, del cuidado de la denominada tercera edad. La calidad humana de una sociedad se mide particularmente por la cercanía a las personas en situación de desvalimiento y de necesidad de ayuda.

Los ancianos, como todos nosotros, necesitamos cobijo, vestido, comida, medicina, calor. Pero cada uno tenemos un “corazoncito” que requiere otro tipo de calor y de alimento. En este sentido quiero hoy agradecer y al mismo tiempo pedir que visitemos a los enfermos y ancianos también en las residencias de mayores. No pueden quedar como al margen de la vida. Ahora me refiero a los sacerdotes, consagrados, laicos y familias cristianas, compartamos con nuestros mayores la gracia de la fe y el gozo de la esperanza cristiana.

Que nunca cedamos al falso respeto de autocensurar nuestra conversación cuando lleguemos a tratar estas cuestiones que siempre son vitales y se sienten particularmente vitales cuando nos aproximamos al adiós de la vida. No es buen servicio ocultar la realidad de la muerte como si fuera una alusión de mal gusto.

¡Precisamente en tantas ocasiones los enfermos echan de menos que no les proporcionemos la oportunidad para nutrir la esperanza en esas situaciones decisivas!

La fe cristiana nos proporciona consuelo, porque por ella sabemos que Dios Padre nos aguarda. La Palabra de Dios, los Sacramentos, la oración, nos otorgan la fuerza de Dios para acogernos a su mano omnipotente y paternal.

En la acción pastoral de una parroquia debe ocupar lugar importante la visita, la celebración litúrgica, la cercanía a las residencias de ancianos que hay en la demarcación parroquial. Las puertas de las residencias no sólo están abiertas para la atención pastoral sino que los visitantes también son saludados con gozo por los ancianos, muchos de los cuales vivieron en un ambiente religiosamente intenso. El Secretariado de Pastoral de la Salud está disponible para facilitar estas visitas y celebraciones.

Lourdes es un lugar privilegiado de encuentro con Dios de la mano de Santa María la Virgen, que dio a luz al Salvador del mundo, lo mostró a los pastores y a los magos, y lo presentó a Simeón y Ana en el templo de Jerusalén. En la escuela de la Virgen aprendemos a creer, a meditar en el corazón el Evangelio, a seguir al Señor y mantener la fidelidad junto a la cruz.

Lourdes es un lugar de oración, de penitencia y conversión, de curación. Aunque la curación no acontezca, ciertamente llega al corazón sufriente la paz y la serenidad. Junto a la Virgen aprendemos a conformar nuestra voluntad con la voluntad de Dios. Con la Virgen en el “Magníficat” y con santa Bernardette podemos rezar el lema de este año: “El poderoso ha hecho obras grandes por mí” (Lc. 1, 49).

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